México, Distrito Federal I Octubre- Noviembre  2009 I Año 4 I Número 22 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

 

LA NIEVE

 

Federico Javier Rufete Monroy. Nació en Arcos de la Frontera (Cádiz, España) hace 34 años. Ha publicado en diversas revistas literarias, en una antología de poetas jóvenes 23 poetas y un DNI y tiene una plaquette titulada Postales póstumas. Posee diversos premios literarios españoles.

                               

(VIAJES)

 

La nieve toma el cuento del científico

imaginando cumbres y poemas,

aleteando versos fugazmente,

nieve inquietud de ciencia, una vorágine.

 

La nieve da en los muslos de la piedra,

sentida da en el templo de lo lírico,

a veces hay censura entre los arcos,

hay percusión, vacío, una ponencia.

 

Bordada hace la nieve mi locura,

la gracia se despeña en sus metáforas,

los patios y balcones de mi pueblo

    

de nieve, entre mi pecho y su despecho.

Ulises solicita que Telémaco

la angustia beba nieve en cada copa…

 

-De qué poema–nieve- está Penélope…                                               

                                               

  

 

LA VOZ DEL ALPINISTA

 

 

El alpinista es un poeta en las montañas,

es un trazo único en la celeridad de la tierra.

 

Perece en la montaña que ama, donde escribe sus versos.

Se ha perdido, se ha perdido y resbaló su poema en la nieve.

 

Por eso –cuando regresas-,

soy puñal de haikus que dos veces ha bordado la ladera.

Incapaz de escuchar a las aves,

su halcón contra mí, su cetrería de voces en el viento.

El alpinista es un poeta que no espera su rescate,

perece en la montaña que ama, donde escribe, donde yace.

    

 

MAR DE VENUS

 

Se dice que nos ronda una basura emocional.

 

Y llega, del Espacio, -con su voz rotunda-

de una estación llamada Tierra.

Y duele la herida que dejan los satélites.

Y su rastro es el camino de la evaporación.

 

Se contaminan los besos,

y dónde pongo el labio, el combustible,

dónde la ausencia contenida en la cápsula.

Y cómo florece esta legumbre, para qué invento

-dices tú- sembramos el alma,

si pusieron en órbita nuestros padres

 los cultivos al límite, para helarlos.

 

Los satélites nos rozan cuarenta y tres veces al año,

son como gigantescos  embudos, huellas que atraen,

tus manos cosen mi traje espacial e infinito.

 

Dónde has dejado tu sed

                                                que heló como un témpano,

dónde el lenguaje

                                                que hizo una cicatriz a la Osa,

dónde tu piel,

                                                que diluiste en la probeta de otoño.

Y llega, del Espacio, -y tal vez no lo sabe-

para cerrar con llave su planeta…

para ponerle un cartel,- No gravedad-, a su memoria.

                                                       

 

                                                       

  

 

 

 

 

 

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