México, Distrito Federal I Diciembre  2009- Enero 2010 I Año 4 I Número 23 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 







 

 

MAMÁ DRAGÓN

Gabriela Ballesteros. Nació en México, D. F. en 1977. Estudió Letras Latinoamericanas en la Universidad Autónoma del Estado de México y es egresada de la Primera Generación de la Escuela de Escritores de la SOGEM de Metepec. Ha sido becaria del Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México en cuatro ocasiones y ha colaborado con algunos periódicos y revistas durante su trayectoria, entre los que destacan La Colmena, Castálida, El Águila, Cambio, y otros. Está antologada en el libro Árbol de las letras y la vida, antología de la primera generación de escritores de Metepec (IMC, 2000) y tiene publicada la novela Historias de entrecasa y caza (IMC, 2001). Actualmente imparte clases a nivel medio superior y superior en el área de lengua y literatura.

 

Todo comenzó una tarde cuando de regreso de la escuela mi madre me traía de la mano. Veníamos caminando por una larga avenida y yo estaba cansado. Ya sabía que llegando a casa tendría que comer todo lo que me sirvieran en mi plato y sabía que el menú del día era sopa de verduras, pollo empanizado acompañado de pepinos o alguna cosa semejante o, peor aún, sopa de frutas, porque estábamos en verano y hacía un calor infernal, y a mi mamá le gustaba en esa época preparar un cóctel de frutas para antes de comer el plato principal, que generalmente consistía en algún tipo de carne. Yo no sé porqué nunca comprendió que a mí sólo me gustaban las milanesas, pero no la carne... En fin, ya sabía la cantaleta de todos los días: come, me decía, o si no te castigaré. Reglas, reglas y más reglas, si un día no hacía la tarea era regaño seguro, y si al otro día se me ocurría no recoger mis zapatos en su lugar, también. La verdad, mientras iba caminando de la mano de mi madre, me imaginé que mi vida era horrible.

         Miré hacia el cielo, porque a los niños nos gusta entretenernos con el viento, ver cómo mueve las hojas de los árboles y levanta basuritas en el aire. Imaginamos que las nubes son árboles o serpientes, y podemos ver cómo pasa volando un avión y hasta vemos en la cabina a los pilotos, los saludamos y les deseamos buena suerte. Pero, sobre todo, envidiamos la vida absurda que llevan los mayores. Siempre que miraba al cielo, detrás de aquella nube en forma de ballena o al dragón que iba pasando sobre mi cabeza, venía la cara de mi madre: Pablo, Pablo, despierta, ya llegamos. Quítate el uniforme y siéntate a la mesa. Las manos, lávatelas, Pablo, las traes llenas de mugre, sucias de calle y límpiate esos mocos en lo que yo preparo la comida... Ya era demasiado, llevaba siete años de mi vida oyendo la misma cantaleta todos los días, y la verdad ya no estaba gustándome para nada ser niño. A veces me imaginaba siendo mayor, y pensaba que tal vez mi madre se volvería niña, y entonces sí vería lo feo que era mi vida. O pensaba que quizás si lo deseaba con mucha fuerza, un día mi madre podría ser otra persona diferente, tal vez la madre de Paquico, que le daba golosinas por todas las gracias que sabía hacer, porque Paquico podía mover el ombligo como los niños de la playa y sabía hacer bombas de baba que le reventaban entre los labios, además se decoraba los zapatos y hasta donde Paquico confesaba lo más que le llegaba a pasar era que su mamá dijera con su vocecita suave y pequeña ay, Paquico, otra vez te ensuciaste demasiado... En cambio, para mí que mi madre era una especie de mutación dragonífica en mujer, porque cuando veía una manchita en mi pantalón se le erizaban los pelos y le salía humo por los ojos y la nariz y se volvía inmensa, tanto, que a veces pegaba contra el techo y de su boca no salían sonidos suaves, sino una especie de rugidos que decían: otra vez ya vienes hecho una porquería, Pablo, mira nada más, apenas ayer estuve tallando esa chamarra y ya otra vez la traes toda puerca, ahora tú me la vas a lavar, porque ni creas que yo voy a tallar de nuevo. Y antes que te metas a la casa te limpias esos pies, sácales toda la arena porque acabo de barrer...

         Mi mamá era como un dragón, o por lo menos así se ponía cuando se enfurecía. A mí, por supuesto, me daba miedo cuando se ponía así, y la prefería en los momentos que estaba contenta y tranquilita, porque entonces era como un hada de los sueños: Pablo, me decía, vamos a contar las flores de este bosque, mira, son lindos sus colores, y en las noches esta planta se acurruca para descansar... O me contaba cuentos de animales fantásticos o de guerras ultraplanetarias que sólo ella y yo podíamos ver entre las grietas de las paredes de nuestro cuarto. Y cuando la imaginaba tranquila y serena, definitivamente me encantaba ser niño, tener una persona que me mimaba y procuraba, y hasta pensaba en sus regaños como un detalle curioso de mi vida. A veces pensaba que quizás, pero sin seguridad, mamá tenía razón al regañarme y que también su transformación en dragón era justificada. Pero aquella tarde que regresaba de la escuela e imaginaba más bien sus cantaletas, yo creí firmemente que no y que ni siquiera había razón para que yo tuviera que seguir soportando esta vida de niño.

El cielo se empezó a nublar, quizás iba a llover muy fuerte, y detrás de aquellas nubes que se convulsionaban formando grotescas figuras, aparecía casi siempre la mirada humeante de mi madre. Ella era efectivamente, cuando estaba enojada, un dragón furibundo que arrasaba con mis anhelos más profundos de niño. La verdad estaba tan triste como el día, y pensaba que si llovería fuertemente era sólo porque yo así lo deseaba, para ver si la lluvia arrastraba consigo a las infinitas reglas que me perseguían. Luego pensé largas horas en lo que sucedería si, por ejemplo, yo fuera el dragón que podía aterrorizarla a ella. Qué tal si un día yo amaneciera y fuera su monstruo más temido. Qué tal, por ejemplo, que en lugar de hallar un chamaco de siete años en la cama, se encontrara con un minotauro enfurecido, o con un centauro dando de gritos porque quería romper el viento con su aliento, o peor, un dragón más grande que ella, más poderoso, más fuerte, más enojado y más gritón... ¡Qué belleza poderle rugir que me dejara en paz! Ah, qué bonitos pensamientos. A los niños nos gusta sumirnos en nuestros mundos interiores, y efectivamente yo tenía uno privado donde mi madre era una princesa que yo había capturado entre mis garras de dragón. A veces las ideas de los niños se quedan en ensoñaciones pasajeras, y la verdad no sé cómo den el paso de ser una fantasía para convertirse en una posibilidad real, pero aquella tarde yo pensé que tendría que hallar una forma de convertirme, a costa de lo que fuera, en un dragón más poderoso que ella. Pero, ¿cómo? No lo sabía, pero en algún momento la idea tendría que venir a mí.

Se me ocurrieron mil cosas, viajar para buscar una pócima secreta, encontrar en el libro de recetas de mamá la que me transformaría en dragón, desear con todas mis fuerzas que cayera un meteorito en el patio trasero y que al tocarlo me convirtiera en lo que deseaba, que los marcianos vinieran por mí y me llevaran a sus laboratorios para hacerme una cirugía de transformación, que el milagro, simplemente, sucediera... Pero la verdad, entre todas las cosas que pensaba, la que me parecía más probable era esta: yo era hijo de mi madre, y mi madre era una especie de dragón, que sólo se manifestaba al estar bastante enojada por alguna travesura. El dragón no había llegado de fuera, sino que estaba dentro de mi madre, y ella, que debía tener un poder impresionante para soportar una presencia como esa dentro de sí, había conseguido retenerlo y hacerlo surgir sólo en circunstancias especiales. Quizás el dragón se le había ido formando por dentro gracias también a tanta cosa que se echaba encima, cremas, maquillajes, tinturas para el pelo... Siempre decía que los químicos hacían daño y no sé qué tantas cosas, pero igual me obligaba a usar jabones con lauret sulfato de sodio, ¿y no era eso un químico? Tal vez no se daba cuenta que todas esas cosas superficiales la habían vuelto un dragón que no comprendía mi necesidad de correr libremente por el mundo, de sentir la tierra, oler mi sudor, saborear infinitamente la miel por toda una eternidad, vivir encerrado en mis fantasías y sin hacer tareas... aunque quién sabe, porque los químicos son demasiado elaborados, y la verdad no combinan con la simpleza de un abracadabra...

No vendrían marcianos ni meteoritos a mi encuentro, tampoco tendría oportunidad de buscar la piedra filosofal o la fuente de la eterna juventud, menos aún la de la mutación en dragón... Así que finalmente esperé que el milagro, simplemente, sucediera. Esperé que la casualidad me pusiera enfrente de mi destino: convertirme en el dragón de mi mamá, su más temible enemigo, su pesadilla más abominable, y así liberarme de su poder.

         No sé exactamente cuántos días pasaron, pero una mañana, por fin, el destino me hizo justicia y amanecí con la cara morada. A primera vista parecían ronchas, pero inmensas, que ningún doctor pudo discernir de qué eran con exactitud. Luego se me escamaron las manos y me empezaron a crecer unas protuberancias en la espalda, hasta que al final, uno de tantos días que siguieron a mi metamorfosis, amanecí monstruosamente transformado en dragón. Yo me di cuenta por la madrugada, cuando quise taparme con mis cobijas y apenas si pude cubrir un pedacito de mi ala. Era casi tan grande como el cuarto, y tenía una cola inmensa, unas fauces temerarias, unos ojos que aunque no eran lanzallamas parecía que quemaban. Me acurruqué y traté de guardar calor expulsando un poco de vaho. Al amanecer oí los pasos de mi madre, que abrió poquito mi cuarto y se asomó para decirme su típico buenos días, alegría, ya despierta, corazón de melón, es hora de ir a clases... No me vio. Ja, en cuanto regresara porque no escuchaba movimiento, ya vería, sus gritos, que en ese momento se volvían grandísimos, se verían apagados por mi rugido poderoso.

         Dicho y hecho, mi madre, como no oía nada de movimiento, subió las escaleras a paso veloz. Era muy curioso, porque iba subiendo como mamá, con pasos de mujer, y a media escalera aquellos eran pasos de caballo y luego pasos de dragón, Pablo, gritaba, ¿qué no me escuchaste? Levántate ya, a la una, a las dos... y si no me levantaba, antes de las tres me jalaba de las greñas y me hacía levantar a fuerzas. Sucedió lo mismo, pero al decir a la una, a las dos y tratar de agarrarme de las greñas, se topó con una corona de escamas y unas fauces que le echaron humo. Creo que al principio sí se echó para atrás un poco, y tal vez ése fue mi error, porque creí que sólo con mi presencia ella se había tranquilizado, así que no le dije nada y pensé que me dejaría seguir dormido plácidamente. Pero no se fue, sino al contrario, se volvió a acercar y me miró a los ojos para preguntarme ¿Pablo, eres tú? Sí, mamá, soy yo... Ay, Pablo, dijo, ¿y ahora qué te voy a dar de desayunar? Levántate y ve a ver qué puedes hacer con esas garras, si no puedes tender la cama coletea tus juguetes al clóset, ya luego los acomodamos otro día, definitivamente no puedes utilizar ningún uniforme, así que veremos si sigues o no asistiendo a la escuela, pero de que aprendes a multiplicar, de eso me encargo yo, y apúrate, Pablo, que ser dragón no te vuelve menos hijo...

         Santo cielo... Sólo una madre como la mía podía tomar tan a la ligera una transformación tan grande, o quizás, como en el fondo efectivamente era un dragón, a ella no le resultó extraño que su hijo una mañana apareciera como tal. La cosa es que de cualquier manera no me dejó ni a sol ni sombra.

         El tiempo pasó y pasó, y mi madre seguía levantándome temprano y dándome de comer cosas que para ella eran nutritivas. Debo admitir que se quebraba la cabeza pensando en lo que un dragón debía o no comer, y a veces, también, se volvía de nuevo dragón y peleaba conmigo de igual a igual. Yo seguía creciendo, y apenas cabía dentro de la casa, mi cola daba vueltas por el pasillo y rodaba por la escalera para quedar tendida sobre algún sillón en la sala, y de vez en vez, cuando mamá sacudía o barría, tenía que subirla para que ella pudiera pasar la escoba y el sacudidor. Yo tenía mi cara cerca de mi ventana, y veía cómo los otros niños salían al parque a jugar y se divertían. Vi a Paquico crecer con su mamá de dulce voz, lo vi hacer travesuras y a su madre diciéndole Paquico, ya basta, por favor, a Mariela, que se puso muy bonita, y a todos mis compañeros, pero yo no podía ni siquiera pensar en salir, ¿cómo?, si yo era un monstruo, el eterno monstruo de mamá...

 

 

 

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