Todo comenzó una tarde cuando de regreso de la
escuela mi madre me traía de la mano. Veníamos
caminando por una larga avenida y yo estaba cansado.
Ya sabía que llegando a casa tendría que comer todo
lo que me sirvieran en mi plato y sabía que el menú
del día era sopa de verduras, pollo empanizado
acompañado de pepinos o alguna cosa semejante o,
peor aún, sopa de frutas, porque estábamos en verano
y hacía un calor infernal, y a mi mamá le gustaba en
esa época preparar un cóctel de frutas para antes de
comer el plato principal, que generalmente consistía
en algún tipo de carne. Yo no sé porqué nunca
comprendió que a mí sólo me gustaban las milanesas,
pero no la carne... En fin, ya sabía la cantaleta de
todos los días: come, me decía, o si no te
castigaré. Reglas, reglas y más reglas, si un día no
hacía la tarea era regaño seguro, y si al otro día
se me ocurría no recoger mis zapatos en su lugar,
también. La verdad, mientras iba caminando de la
mano de mi madre, me imaginé que mi vida era
horrible.
Miré hacia el cielo, porque a los niños nos
gusta entretenernos con el viento, ver cómo mueve
las hojas de los árboles y levanta basuritas en el
aire. Imaginamos que las nubes son árboles o
serpientes, y podemos ver cómo pasa volando un avión
y hasta vemos en la cabina a los pilotos, los
saludamos y les deseamos buena suerte. Pero, sobre
todo, envidiamos la vida absurda que llevan los
mayores. Siempre que miraba al cielo, detrás de
aquella nube en forma de ballena o al dragón que iba
pasando sobre mi cabeza, venía la cara de mi madre:
Pablo, Pablo, despierta, ya llegamos. Quítate el
uniforme y siéntate a la mesa. Las manos, lávatelas,
Pablo, las traes llenas de mugre, sucias de calle y
límpiate esos mocos en lo que yo preparo la
comida... Ya era demasiado, llevaba siete años de mi
vida oyendo la misma cantaleta todos los días, y la
verdad ya no estaba gustándome para nada ser niño. A
veces me imaginaba siendo mayor, y pensaba que tal
vez mi madre se volvería niña, y entonces sí vería
lo feo que era mi vida. O pensaba que quizás si lo
deseaba con mucha fuerza, un día mi madre podría ser
otra persona diferente, tal vez la madre de Paquico,
que le daba golosinas por todas las gracias que
sabía hacer, porque Paquico podía mover el ombligo
como los niños de la playa y sabía hacer bombas de
baba que le reventaban entre los labios, además se
decoraba los zapatos y hasta donde Paquico confesaba
lo más que le llegaba a pasar era que su mamá dijera
con su vocecita suave y pequeña ay, Paquico, otra
vez te ensuciaste demasiado... En cambio, para mí
que mi madre era una especie de mutación dragonífica
en mujer, porque cuando veía una manchita en mi
pantalón se le erizaban los pelos y le salía humo
por los ojos y la nariz y se volvía inmensa, tanto,
que a veces pegaba contra el techo y de su boca no
salían sonidos suaves, sino una especie de rugidos
que decían: otra vez ya vienes hecho una porquería,
Pablo, mira nada más, apenas ayer estuve tallando
esa chamarra y ya otra vez la traes toda puerca,
ahora tú me la vas a lavar, porque ni creas que yo
voy a tallar de nuevo. Y antes que te metas a la
casa te limpias esos pies, sácales toda la arena
porque acabo de barrer...
Mi mamá era como un dragón, o por lo menos
así se ponía cuando se enfurecía. A mí, por supuesto,
me daba miedo cuando se ponía así, y la prefería en
los momentos que estaba contenta y tranquilita,
porque entonces era como un hada de los sueños:
Pablo, me decía, vamos a contar las flores de este
bosque, mira, son lindos sus colores, y en las
noches esta planta se acurruca para descansar... O
me contaba cuentos de animales fantásticos o de
guerras ultraplanetarias que sólo ella y yo podíamos
ver entre las grietas de las paredes de nuestro
cuarto. Y cuando la imaginaba tranquila y serena,
definitivamente me encantaba ser niño, tener una
persona que me mimaba y procuraba, y hasta pensaba
en sus regaños como un detalle curioso de mi vida. A
veces pensaba que quizás, pero sin seguridad, mamá
tenía razón al regañarme y que también su
transformación en dragón era justificada. Pero
aquella tarde que regresaba de la escuela e
imaginaba más bien sus cantaletas, yo creí
firmemente que no y que ni siquiera había razón para
que yo tuviera que seguir soportando esta vida de
niño.
El cielo se empezó a nublar, quizás iba a llover muy
fuerte, y detrás de aquellas nubes que se
convulsionaban formando grotescas figuras, aparecía
casi siempre la mirada humeante de mi madre. Ella
era efectivamente, cuando estaba enojada, un dragón
furibundo que arrasaba con mis anhelos más profundos
de niño. La verdad estaba tan triste como el día, y
pensaba que si llovería fuertemente era sólo porque
yo así lo deseaba, para ver si la lluvia arrastraba
consigo a las infinitas reglas que me perseguían.
Luego pensé largas horas en lo que sucedería si, por
ejemplo, yo fuera el dragón que podía aterrorizarla
a ella. Qué tal si un día yo amaneciera y fuera su
monstruo más temido. Qué tal, por ejemplo, que en
lugar de hallar un chamaco de siete años en la cama,
se encontrara con un minotauro enfurecido, o con un
centauro dando de gritos porque quería romper el
viento con su aliento, o peor, un dragón más grande
que ella, más poderoso, más fuerte, más enojado y
más gritón... ¡Qué belleza poderle rugir que me
dejara en paz! Ah, qué bonitos pensamientos. A los
niños nos gusta sumirnos en nuestros mundos
interiores, y efectivamente yo tenía uno privado
donde mi madre era una princesa que yo había
capturado entre mis garras de dragón. A veces las
ideas de los niños se quedan en ensoñaciones
pasajeras, y la verdad no sé cómo den el paso de ser
una fantasía para convertirse en una posibilidad
real, pero aquella tarde yo pensé que tendría que
hallar una forma de convertirme, a costa de lo que
fuera, en un dragón más poderoso que ella. Pero, ¿cómo?
No lo sabía, pero en algún momento la idea tendría
que venir a mí.
Se me ocurrieron mil cosas, viajar para buscar una
pócima secreta, encontrar en el libro de recetas de
mamá la que me transformaría en dragón, desear con
todas mis fuerzas que cayera un meteorito en el
patio trasero y que al tocarlo me convirtiera en lo
que deseaba, que los marcianos vinieran por mí y me
llevaran a sus laboratorios para hacerme una cirugía
de transformación, que el milagro, simplemente,
sucediera... Pero la verdad, entre todas las cosas
que pensaba, la que me parecía más probable era esta:
yo era hijo de mi madre, y mi madre era una especie
de dragón, que sólo se manifestaba al estar bastante
enojada por alguna travesura. El dragón no había
llegado de fuera, sino que estaba dentro de mi madre,
y ella, que debía tener un poder impresionante para
soportar una presencia como esa dentro de sí, había
conseguido retenerlo y hacerlo surgir sólo en
circunstancias especiales. Quizás el dragón se le
había ido formando por dentro gracias también a
tanta cosa que se echaba encima, cremas, maquillajes,
tinturas para el pelo... Siempre decía que los
químicos hacían daño y no sé qué tantas cosas, pero
igual me obligaba a usar jabones con lauret sulfato
de sodio, ¿y no era eso un químico? Tal vez no se
daba cuenta que todas esas cosas superficiales la
habían vuelto un dragón que no comprendía mi
necesidad de correr libremente por el mundo, de
sentir la tierra, oler mi sudor, saborear
infinitamente la miel por toda una eternidad, vivir
encerrado en mis fantasías y sin hacer tareas...
aunque quién sabe, porque los químicos son demasiado
elaborados, y la verdad no combinan con la simpleza
de un abracadabra...
No vendrían marcianos ni meteoritos a mi encuentro,
tampoco tendría oportunidad de buscar la piedra
filosofal o la fuente de la eterna juventud, menos
aún la de la mutación en dragón... Así que
finalmente esperé que el milagro, simplemente,
sucediera. Esperé que la casualidad me pusiera
enfrente de mi destino: convertirme en el dragón de
mi mamá, su más temible enemigo, su pesadilla más
abominable, y así liberarme de su poder.
No sé exactamente cuántos días pasaron,
pero una mañana, por fin, el destino me hizo
justicia y amanecí con la cara morada. A primera
vista parecían ronchas, pero inmensas, que ningún
doctor pudo discernir de qué eran con exactitud.
Luego se me escamaron las manos y me empezaron a
crecer unas protuberancias en la espalda, hasta que
al final, uno de tantos días que siguieron a mi
metamorfosis, amanecí monstruosamente transformado
en dragón. Yo me di cuenta por la madrugada, cuando
quise taparme con mis cobijas y apenas si pude
cubrir un pedacito de mi ala. Era casi tan grande
como el cuarto, y tenía una cola inmensa, unas
fauces temerarias, unos ojos que aunque no eran
lanzallamas parecía que quemaban. Me acurruqué y
traté de guardar calor expulsando un poco de vaho.
Al amanecer oí los pasos de mi madre, que abrió
poquito mi cuarto y se asomó para decirme su típico
buenos días, alegría, ya despierta, corazón de melón,
es hora de ir a clases... No me vio. Ja, en cuanto
regresara porque no escuchaba movimiento, ya vería,
sus gritos, que en ese momento se volvían
grandísimos, se verían apagados por mi rugido
poderoso.
Dicho y hecho, mi madre, como no oía nada
de movimiento, subió las escaleras a paso veloz. Era
muy curioso, porque iba subiendo como mamá, con
pasos de mujer, y a media escalera aquellos eran
pasos de caballo y luego pasos de dragón, Pablo,
gritaba, ¿qué no me escuchaste? Levántate ya, a la
una, a las dos... y si no me levantaba, antes de las
tres me jalaba de las greñas y me hacía levantar a
fuerzas. Sucedió lo mismo, pero al decir a la una, a
las dos y tratar de agarrarme de las greñas, se topó
con una corona de escamas y unas fauces que le
echaron humo. Creo que al principio sí se echó para
atrás un poco, y tal vez ése fue mi error, porque
creí que sólo con mi presencia ella se había
tranquilizado, así que no le dije nada y pensé que
me dejaría seguir dormido plácidamente. Pero no se
fue, sino al contrario, se volvió a acercar y me
miró a los ojos para preguntarme ¿Pablo, eres tú? Sí,
mamá, soy yo... Ay, Pablo, dijo, ¿y ahora qué te voy
a dar de desayunar? Levántate y ve a ver qué puedes
hacer con esas garras, si no puedes tender la cama
coletea tus juguetes al clóset, ya luego los
acomodamos otro día, definitivamente no puedes
utilizar ningún uniforme, así que veremos si sigues
o no asistiendo a la escuela, pero de que aprendes a
multiplicar, de eso me encargo yo, y apúrate, Pablo,
que ser dragón no te vuelve menos hijo...
Santo cielo... Sólo una madre como la mía
podía tomar tan a la ligera una transformación tan
grande, o quizás, como en el fondo efectivamente era
un dragón, a ella no le resultó extraño que su hijo
una mañana apareciera como tal. La cosa es que de
cualquier manera no me dejó ni a sol ni sombra.
El tiempo pasó y pasó, y mi madre seguía
levantándome temprano y dándome de comer cosas que
para ella eran nutritivas. Debo admitir que se
quebraba la cabeza pensando en lo que un dragón
debía o no comer, y a veces, también, se volvía de
nuevo dragón y peleaba conmigo de igual a igual. Yo
seguía creciendo, y apenas cabía dentro de la casa,
mi cola daba vueltas por el pasillo y rodaba por la
escalera para quedar tendida sobre algún sillón en
la sala, y de vez en vez, cuando mamá sacudía o
barría, tenía que subirla para que ella pudiera
pasar la escoba y el sacudidor. Yo tenía mi cara
cerca de mi ventana, y veía cómo los otros niños
salían al parque a jugar y se divertían. Vi a
Paquico crecer con su mamá de dulce voz, lo vi hacer
travesuras y a su madre diciéndole Paquico, ya basta,
por favor, a Mariela, que se puso muy bonita, y a
todos mis compañeros, pero yo no podía ni siquiera
pensar en salir, ¿cómo?, si yo era un monstruo, el
eterno monstruo de mamá...