Una de mis queridas amigas llevaba un tiempo
pensando en mudarse de provincia. Al fin lo ha
decidido y ha tomado un trabajo nuevo en una
administración de fincas. —Como es parte de la
ficción adjudicarle una profesión al personaje, ella
no tiene problemas para conseguir trabajo. En
Francia tampoco lo tendría, pero ella quiere vivir
en Latinoamérica porque allí la vida es ¿cómo
decirlo?, más intensamente vivida. No hay día que no
merezca la pena porque nunca se sabe si habrá otro
igual, u otro, a secas—.
Además de querer mudarse de provincia, de trabajo y
no de nación, ella estaba manteniendo un romance con
un hombre que vivía en un barrio que quedaba a diez
manzanas de su casa. El romance era todo lo que ella
había estado deseado para su vida: un hombre
romántico, dado a las trances del amor de un modo
impensado, atento, afectuoso, solícito… ¡un hombre
inhallable!
Ella dijo: “extraño”, la primera vez que él se le
acercó en la tienda de ventas de supremas de pollo.
Y dijo: “más extraño”, cuando él le regaló, sin
motivo aparente, un ramo enorme de rosas en la
primera cita. Querida amiga, desde ese momento,
comenzó a enviarme unos lindos e-mails contándome
los pormenores. El romance no era muy convencional
que digamos ya que faltaban algunos puntos
indispensables para que fuera una relación a la
vieja usanza. Pero como ella parecía no notarlo no
juzgué conveniente realizar algún comentario.
Querida amiga me contó en su e-mail que la primera
cita no fue a ciegas, pero sí ciertamente
sorprendente. El negocio que vendía pollo no había
sido hasta ahora más que eso para ella, en cambio
las cosas habían tomado un nuevo cauce y ella estaba
feliz de haber encontrado a su príncipe azul.
Luego de la décima cita fue ella quién decidió
preguntarle al hombre extraño si no estaba
interesado en algo más que un amor maravilloso y
romántico. Querida amiga escribe que Él, con unos
modales sumamente exquisitos, procedió a decirle
¡que sí! Estaba interesado en ella de todas las
formas posibles. Entonces ella pudo asumir una
actitud tranquila ante lo que amenazaba con ser un
franco estallido de desilusión.
Querida amiga cayó en la cuenta que estaba con un
hombre… indeciso, por lo menos. La paciencia de ella
se vio colmada cierta noche en que los besos en
cuestión nunca dejaron de ser los preliminares de
algo que no pasaba y parecía que nunca pasaría.
Escribe en su e-mail que está totalmente enamorada
de él, pero muy desalentada a esta altura de las
circunstancias porque teme un arrebato de inmadurez
en el hombre romántico o algún problema disfuncional
de esos difíciles de confesar.
Querida amiga atraviesa un momento trepidante en su
vida y luego de confesar el amor que siente por el
hombre extraño y que él se confiese locamente
enamorado de ella, ha recibido la peor noticia de su
vida. Ella lo escribe en un e-mail al rojo vivo: “el
hombre extraño, ha resultado ser aún más extraño de
lo que yo misma hubiera podido imaginar. Me ha
confesado la magnitud del amor que siente por mí y
consecuentemente, la necesidad de mantener el
altísimo y puro sentimiento mediante un amor
platónico”.
Querida amiga agrega otras opiniones personales en
el e-mail. Además declara estar pasmada. Duda,
porque su ser le ha dado clara señales, de su
capacidad para soportar semejante situación. Y teme
caer presa de un arrebato de descontrol que la
impulse a saltar sobre la yugular del hombre
extraño. Aún así, y llevada por los misterios del
amor, cuenta que ha accedido a la relación que él le
propone.
No he sabido qué responderle en el e-mail porque,
tratándose de una elección tan falta de consumación,
mis respuestas como amiga son de palo y no cuentan
para nada. Indignada, ella ha vuelto a escribirme
para reprocharme mi incapacidad para comprender un
amor tan maravilloso, excelso y puro como el que les
une a ellos.
Al cabo de seis meses de sostenida abstinencia y
azucarado romance, querida amiga camina por las
paredes, no sólo de su casa sino, y lo que es peor,
de la mía. Además de enviarme e-mails cuando no nos
vemos, también lo hace mientras está en mi casa,
porque del tema no podemos seguir hablando ya
personalmente.
Los días del verano terminaron de una manera
grotesca. Fue cuando ella decidió finalmente irse a
vivir a otro sitio, cambiar de vida, de aire y de
novio.
Querida amiga me cuenta en un correo muy detallado
la forma clara en la que le ha comunicado al hombre
romántico todo lo que pensaba sobre el amor
platónico y una cantidad de incisos que llegan al
número doscientos treinta.
Cuando faltaban sólo dos semanas para que ella
tomara su tren hacia su nuevo destino el extraño
hombre, arrepentido de profesar ese tipo de amores,
le propuso una despedida. Tomada una reserva en un
hotel de estilo; de esos que tienen muchos elementos
que se supone ambientan las relaciones entre las
personas y distraen la atención de lo que realmente
es importante.
Ella me escribe sobre sus dudas de acceder a la
invitación del hombre romántico. Luego de todo lo
ocurrido y de tantas sensaciones encontradas teme un
amargo desenlace. Por otra parte, ella prefiere no
recordar el tiempo que ha pasado sosteniendo un amor
platónico.
Después de unos días de silencio, querida amiga me
cuenta que finalmente decidió ir a la cita. Aunque
las cosas, como era de suponer, no han salido bien.
No desde el comienzo, escribe ella, donde todo
parecía inclinarse hacia un desarrollo de lo que
recordaba como normal en esos casos. Sino desde que
él comenzó a tomar champagne para festejar lo
magnánimo de la ocasión y a explorar, con emoción de
turista, las prestaciones de la habitación del
hotel.
Querida amiga estaba en el peor de los trances
cuando describía cómo él se había quedado dormido en
el jacuzzi sin prestar la menor atención a los
globos que le salpicaban la cara; sumergido hasta la
nariz en el cóctel de quién sabe que trance
psicodélico. Ella, sin que él se enterase de nada,
ha destruido todas las pertenencias del hombre
romántico. Luego, con no menos malicia en su cuerpo,
ha salido de aquél lugar con los pantalones, las
prendas íntimas y los zapatos en las manos.
Querida amiga ya se ha ido de la ciudad rumbo a su
nueva etapa. Lleva consigo un trozo de zapato que le
recuerda la inconveniencia de sostener amores con
hombre que se declaren románticos a la primera cita.