“La mejor palabra objeto es de burla,
cuando un majadero es el que la escucha”.
J. W. Goethe. Diván de Occidente y Oriente
I-
Querida amiga me ha estado contando por e-mail una
reseña pormenorizada de su vida sentimental. A pesar
de estar enterada del proceso, tengo que confesar
que el último correo electrónico me ha dejado
pasmada.
En él relata las consecuencias terribles de haber
descubierto el origen de una confusión. Querida
amiga posee gran inclinación a interpretar sus
propios sueños. Muchos años de escucha sostenida en
el oído de su terapeuta la han convertido en una
gran habladora. Y ese estado le ha revelado
increíbles imágenes provenientes del conciente y sus
alrededores.
Por eso cuando tuvo el sueño que tuvo, sumado al
deseo que había acumulado de encontrar un hermosos
adonis con quien compartir el verano, no le quedó
más remedio que admitir que el amor la andaba
cercando. Con esas certezas ululando en micro ondas
me escribió un correo diciendo: “He tenido un sueño
iluminador; dos hombre muy hermosos aparecían en la
ensoñación, supe entonces que uno de ellos es
el amor que tanto estoy esperando. Una voz
inexplicable, ha dirigido mi atención (en el sueño)
a la hebilla del cinturón que apresaba el pantalón
de uno de ellos y es por esa señal, tan clara por
cierto, que sé que él será el padre mis hijos. Creo
que sólo debo esperar un poco y el tiempo hará su
trabajo para mi beneficio”.
Al leer las líneas escritas por querida amiga no me
he sentido con el valor suficiente para
desmotivarla, ya que, aunque es improbable del todo
que su sueño se haga realidad (con la exactitud que
ella pretende), no creo lograr disuadirla de su
ambición de espera. Después de todo, los últimos
amores que ha tenido no eran, precisamente, una
imagen onírica estimulante.
Inesperadamente, querida amiga, ha conocido a los
seres trasnochados que su informante secreto le
había develado. Al relatarme el acontecimiento, el
e-mail parecía emanar corazones y certezas de un
modo perturbador:
Querida amiga cuenta que: “Los dos sujetos estaban
igual que en mi sueño, uno sostenía en la mano un
candelabro con la vela encendida y el otro una copa
antigua de color roja, con un sorbo de vino. Yo
había salido de una fiesta y caminaba a casa
respirando el sereno de la noche cuando uno de ellos
me habló de un poeta del lugar. Siendo yo forastera,
me acerqué a preguntar los detalles específicos. Esa
conversación se amplió durante mucho rato en que
tuvimos tiempo de intercambiar ideas, versos sueltos
de sonetos y direcciones de correo electrónico.
Al cabo de la noche decidí irme, fue cuando noté la
hebilla que antes había soñado. ¿Te imaginarás
cuánto de impresionada me quedé? ¿Qué podía yo
decirle al hombre hermoso en ese momento?, ¿cómo
podía hacer para que el amigo se esfumara en la
bruma de la noche? Presa de la emoción estuve a
punto de soltarle las buenas nuevas: he soñado
contigo vamos ha tener una larga y maravillosa
historia de amor cinco hijos y un árbol de cerezas
en la maceta de la sala de estar. Todo eso se
desvaneció cuando en un momento de escalofriante
sensación la luna desapareció y el sol brillante nos
perturbó”.
Al pasar los días, querida amiga, no cabía dentro su
emoción. Ahora, según sus conjeturas oníricas, sólo
se trataba de esperar que los hechos acontecieran y
que el tiempo y sus fuerzas devoradoras fueran
haciendo lo suyo.
La sorpresa de querida amiga fue de tamaño
inconmensurable cuando recibió un e-mail, sumamente
encantador, pero del varón que no poseía la hebilla
en su pantalón.
Claro está que querida amiga no estaba a la espera
de cualquier amor. Ella quería un gran amor, de
esos que después sirven para hacer películas de
clase B o C, entonces no estaba dispuesta a perder
la oportunidad de su protagónico, aunque el segundo
chico también fuera casi un bombón.
Querida amiga me cuenta que ha resuelto salir de
cualquier forma con el hombre encantador, porque,
según están las cosas, es la única manera de no
perder el contacto con el auténtico amor.
Al volver de la cita, querida amiga estaba presa de
un sentimiento extrañamente contradictorio, ya que
confiesa sentirse tan atraída por el hombre
encantador, que casi ha olvidado al otro. Más,
obligando a su voluntad a no perderse en el camino
de la tentación divergente, ha resistido los
intentos repetidos y repetidos en los que el hombre
encantador ha intentado besarla.
Al avanzar la noche, querida amiga le ha mostrado
los dientes en señal de enojo, por la actitud
acosadora de él y le ha hecho saber que en la
próxima cita si no viene acompañado por el amigo de
la hebilla en el pantalón no podrán volver a verse.
Querida amiga cuenta que ante la solicitud y,
contemplando los apremios que conlleva el amor en el
verano, el hombre encantador ha accedido a todo.
II-
Querida amiga se encuentra en una situación
comprometedora, porque, piensa ella, ¿cuál será la
forma más adecuada para terciar la cuestión?, ¿cómo
hacer realidad su sueño?
El hombre encantador es, según su relato:
encantador. Pero la energía psíquica no deja de
punzar a favor de la hebilla en cuestión.
Querida amiga ha resuelto ser frontal. Cuando la
cita triple tenga lugar, hará lo imposible por
lograr quedarse un momento a solas con el hombre de
la hebilla. Ahí le soltará todos los detalles de su
sueño, y le explicará la improcedencia de avanzar en
tratos con el hombre encantador, siendo el otro, con
quién ella está interesada en casarse.
Los días habían pasado unos tras otros sin recibir
ninguna noticia de querida amiga. No sabiendo qué
podía haber sucedido le envié un correo interrogando
sobre la situación, para saber de cuánto tiempo
estábamos hablando, porque la confección de vestidos
de ceremonia no es algo que se pueda improvisar.
Lamentablemente algunas cosas han cambiado en el
escenario de querida amiga. Ella cuenta que está
desconsolada, y que las cosas no han funcionado como
esperaba. Porque cuando la cita triple tuvo lugar, y
el hombre encantador se ausentó un momento, ella
aprovechó para ilustrar al hombre de la hebilla en
sus verdades psíquicas.
Querida amiga me cuenta con todo su ser atormentado,
que el hombre de la hebilla le confesó una horrible
verdad: La noche en la que se habían conocido los
tres, él había tenido un percance con el botón de
sus pantalones, y éste, siendo de una tela
extremadamente endeble se le caía. Entonces, el
hombre encantador le había ayudado a mantener la
compostura prestándole su cinturón. Y por esa razón
le explicó que no era él el hombre de sus sueños
sino el otro varón en cuestión.
Querida amiga escribe que desde ese momento no ha
podio superar el trance de su equivocación. ¿Cómo
había podido su psique ser tan traicionera? ¿Cómo
podía ella haber errado así la interpretación de los
símbolos?
De un momento a otro, y presa de una conturbación
indescriptible, ella abandonó la cita sin mayores
detalles. Y desde estonces, querida amiga, no puede
responder los correos que el hombre encantador no
deja de enviarle cada día a las siete y cuarenta y
cinco de la mañana.