México, Distrito Federal I Diciembre  2009- Enero 2010 I Año 4 I Número 23 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

COMPENETRADO

Adam Gai. Nacido en Buenos Aires en 1941. Licenciado en Letras por  la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y Doctor en Letras por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Vive en Israel desde 1972. Ha dictado cursos de literatura hispanoamericana y  de literatura española en la Universidad Hebrea, y de literatura hispanoamericana en la Universidad de Tel Aviv. Ha publicado artículos sobre la narrativa de Anderson Imbert, Benedetti, Bianco, Bioy Casares, Borges, Carpentier, Cervantes, Cortázar, Piñera  y Valle Inclán.  Algunos de sus cuentos han aparecido en las revistas digitales: Axolotl, El coloquio de los perros, Axxon,  La zorra y el cuervo,  fanzine Minatura,  Remolinos, en el blog de Esperando a Godot, en el Proyecto Sherezade, en Ciberayllu,  Destiempos, Al margen.net,  La Casa de Asterión, Odradek el cuento y en el blog Breves no tan breves. También ha sido publicado en las  antologías de papel: Grageas, Desde la Gente, Buenos Aires, 2007, La Monstrua, Narraciones de lo Innombrable, Vavelia,  México, 2008 y Otras miradas, Desde la Gente, Buenos Aires, 2008.

 

La vida de mi familia ha sido especialmente dolorosa. En la antigüedad hemos hecho correr bastante sangre. Numerosos cuadros han fijado en la historia del arte nuestra irreprimible capacidad de perforar. Son célebres entre mis antepasados los clavos usados en la crucifixión del Redentor. Para bien o para mal, siempre tendemos a adherirnos.  Es para nosotros algo natural. Unas tías mías que tenían gancho, han vivido siglos en la cocina sosteniendo sartenes, ollas y otros enseres. Hasta las postrimerías del siglo veinte, parientas lejanas como las chinches resultaron indispensables para la administración pública y las carteleras de las escuelas. También sufrimos persecuciones. En la década del sesenta muchos de mis primos sudamericanos fueron masacrados a golpes de martillo por soldados obligados a enderezarlos, si no había otra cosa que hacer.  Pero no todo es infortunio. Puedo recordar con orgullo  a familiares que fueron becados al exterior o merecieron elogios por su heroísmo: Mi hermano mayor sostuvo durante un mes el Guernica de Picasso en una exposición del museo del Prado. Mi abuela materna fue muy alabada por sujetar, aun torcida, el retrato del gobernador de  San Francisco en los días del terremoto. Si pienso en el porvenir, confieso que me da mala espina.  Por una nueva ley de alquileres en muchos edificios no nos clavan. Yo vivo de mi trabajo en un consorcio internacional. Mi tarea es tener al mundo pendiente. Que no lo eche abajo algún loco, arrancándome de un tirón.

 

 

 

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