Cada mañana, antes de irse a la Universidad Autónoma
y encerrarse en sus aulas vacías, desertadas por los
alumnos e iluminadas por una asfixiante luz blanca,
Antonio Ballesteros se despierta con esas ganas
invariables de estudiar el mundo que le rodea, de
comprender la rutina de una vida que pasa delante de
sus ojos sin la mínima novedad, sin un ápice de
sorpresa. La vida que él observa es lamentablemente
previsible, descolorida, y se resume a unos esquemas
sociológicos que él ha estudiado en las teorías de
Durkheim, de Tocqueville, Marx, Bourdieu y otros
centenares de sociólogos que, como él, quieren
entender este mundo caótico y darle una apariencia
digerible.
La tradición cultural es una de las cosas que
estudia continuamente. Y la tradición del lenguaje
en particular, con sus dinámicas, sus variaciones,
sus construcciones y sus formas universales. En esa
tradición quiere fijarse para comprender por qué
ciertas personas repiten las mismas frases, las
mismas expresiones desde hace siglos sin ni siquiera
saber de dónde vienen, lo que pueden significar o lo
que han dejado de expresar. Él sabe que el lenguaje
va íntimamente ligado con otras tradiciones
milenarias, religiosas o paganas, domésticas o
culturales. A esa tradición lingüística le dedicará,
algún día, una tesis entera, una investigación
minuciosa y profundizada, elaborada en la soledad de
su biblioteca, frente a su escritorio de madera
oscura invadido por los libros de sociología, para
disecar los atavismos inconfesados de los que le
rodean, sus complejos o sus deseos contenidos, las
últimas tendencias matrimoniales y las filosofías de
vida que se imponen. Será, quizás, después de otra
tesis que tiene pendiente y en la que se propone
estudiar los efectos de la globalización o los
síntomas de un cambio internacional, sus
percepciones en la ciudad condal, ciudad en la cual
siempre ha vivido y en la que seguirá viviendo sin
demasiadas dudas, ya que nunca ha sopesado ningún
cambiado ni tampoco considera que los cambios sean
buenos. Finalmente, él también es el reflejo de esa
tradición lingüística que perdura y sobrevive. Es la
fiel representación de una humanidad que evoluciona
muy lentamente, sin ser consciente de sus cambios y
mantiene las mismas costumbres, los mismos esquemas
de funcionamiento, sin cuestionarlos. Así mismo,
puede que su puesto de profesor de sociología en la
universidad se deba más al puesto de su padre, el
profesor Ballesteros de la escuela Ferrán, que a su
deseo de abrazar la sociología. Todo es cuestionable.
Lo seguro es que al volver a casa, después de unos
interminables días marcados por la deserción de sus
alumnos, el vacío y el silencio de sus aulas,
Antonio Ballesteros experimenta una sensación
extraña al subir lentamente por las escaleras de su
edificio antiguo en el que siguen vibrando el eco de
los cotilleos de los vecinos y los comentarios de
hace años dejados descuidadamente en la penumbra. Le
extraña también la vista de esa mujer de abajo,
extremeña o maña, ya no sabe de dónde, siempre
detrás de la puerta y siempre vestida de negro. Un
negro sepulcral y deprimente que empezó a lucir hace
veinticinco años atrás, cuando se le murió uno de
sus dos hijos, y que nunca ha dejado de llevar por
costumbre, por falta de ganas o simplemente porque
considera que el luto ha de prolongarse eternamente,
hasta que ella se encuentre con su hijo en el
paraíso. Su forma de vestir parece más un estilo que
una condición, parece más una falta de imaginación
que una convicción o un compromiso. Así lo ve por lo
menos Arturo Ballesteros que no entiende de
costumbres antiguas. Él, pese a ser un profesor en
la Universidad Autónoma, es joven y desconoce las
prácticas que se imponían antaño entorno a la muerte,
a los funerales y el luto. Este puede ser otro tema
de investigación: el significado de la muerte dentro
de nuestras costumbres diarias.
Pero lo que más le choca a Antonio Ballesteros, es
la forma de hablar de esa mujer. Cada vez que se
topa con ella, cada vez que la encuentra olfateando
el aire quieto y pesado de las escaleras vacías, le
pregunta cómo está, trata de incentivar una
discusión que nunca florece porque ella le responde
siempre lo mismo, con desgana o apatía: “Tirandillo.
Estoy tirandillo”. Aunque años atrás dedujo
de esa expresión que la señora se encontraba en un
estado anímico deplorable, cansada por la situación
económica en general o por la muerte de su hijo,
desanimada por el aire irrespirable de la gran
ciudad, ahora ya no entiende esa respuesta. No, no
la entiende. Simplemente porque ha perdido todo su
significado. Ya han pasado los años y han quedado
atrás los problemas económicos, la muerte del hijo y
otras inapetencias de hace más de veinte años que no
deberían seguir afectando a la mujer, pero ella
persiste, insiste, no se cansa y sigue reproduciendo
las mismas palabras con el acérrimo deseo de exponer
un sufrimiento interminable, de mostrar al mundo que
no está en este planeta para vivir, ni para sonreír,
sino para sufrir. A eso ha venido ella al mundo: a
decir lo mucho que está sufriendo, a manifestar lo
cansada que está, lo agotada que se siente y lo
mucho que le cuesta vivir con los recuerdos de otros
tiempos, de quienes ya no están o los sueños que
hubiera querido convertir en realidad pero que no
pudo ser.
¿Y tirandillo qué? ¿Qué es lo que va tirando
con desgana, arrastrando por ese destino estático
que se asemeja más a una tumba que a un camino?
Parece que lo que llevé cargando es una enorme cruz
invisible, un madero de tormento, que asola su
silueta y agrieta su rostro hasta darle reflejos de
sempiterna amargura. El peso de lo cotidiano y de
esa condena católica de una vida en la tierra es tan
grande, tan asolador, pero ella lo aguanta
heroicamente, con resignación, y lo ostenta
constantemente porque, aunque ese dolor sea
personal, aunque le afecte a ella y nada más que a
ella, es preciso compartirlo, exhibirlo, comentarlo,
subrayarlo, y si puede ser, con alguna lágrima,
algún gesto de impotencia o un llanto espontáneo que
dé más fuerza a su papel de mujer herida, dolida y
violentada por el destino. El simple pensamiento de
que la forma de vivir de esa mujer se estriba
principalmente de la tradición religiosa y cultural
agita enormemente a Antonio Ballesteros, le conmueve
dentro de sus conceptos sociológicos porque, él,
eterno estudiante de la sociedad, se da cuenta de lo
influenciable que es el ser humano, del nexo que
existe entre el lenguaje y la actitud existencial,
del cambio que ha habido en los últimos años y del
notable conflicto generacional que existe en este
país. Él mismo, hijo de un profesor anarquista
empecinado en cambiar la sociedad, se distancia
mucho de ese mundo en el cual el sufrimiento es
constante (aunque sin llegar a considerarse
hedonista). Se declara ajeno a ese pensamiento
católico que induce a una vida penitenciaria y a una
culpabilidad omnipresente pero, sin embargo,
comprueba que su forma de expresarse, sus costumbres
y su visión están repletas de dichos anticuados,
refranes y frases que denotan un pensamiento
contradictorio. Son incoherencias de la vida
cotidiana que le asombran, que le sacuden dentro de
su rutina inamovible y pesada.
En pleno análisis del lenguaje de su vecina de abajo,
Antonio Ballesteros se lanza en un juego arriesgado
y cuestiona sus hábitos con sutileza. Cuando el
hombre la saluda educadamente por enésima vez y
recibe esa respuesta tan previsible —“Mira. Aquí
estoy, tirandillo”—, entonces, le comenta
irónicamente que le gustaría saber qué es lo que
ella está tirando. Sí, se lo pregunta literalmente
para entender el fondo de su mente, para forzar una
explicación clara de su interlocutora, pero la mujer
no entiende. “¿Cómo? ¿Qué dices, jovencito?”,
inquiere ella con la intención de marear la perdiz o
simplemente porque tiene problemas de oído.
Aparentemente, le cuesta escuchar la vocecita
reprimida de Antonio. Y ahí es cuando el hombre
formula claramente las preguntas que tiene
memorizadas y que ha elaborado unas horas antes para
no perderse un solo detalle. Las enumera una a una,
sin dejar tiempo a su interlocutora para responder:
“¿Qué es lo que va tirando, mujer? ¿Acaso tiene algo
invisible colgando a su vestido negro? ¿El carro de
la compra? ¿Una vida entera de recuerdos? ¿Cuáles
son los impedimentos de la vida que previenen su
plena satisfacción?”. La mujer se calla, masculla
unas palabras inaudibles y se queda mirando al
profesor. Evidentemente, no sabe si tomárselo todo
como una broma de muy mal gusto o una ofensa directa
a su persona. Ella es muy respondona, muy lista, eso
lo recalca a menudo en sus tertulias con las otras
vecinas de la escalera, y no le gusta que
malinterpreten sus palabras o que juzguen su forma
de vivir. Con la edad que tiene, nadie le puede dar
lecciones y menos un jovencito que imparte clases en
unas aulas desatendidas de la Universidad Autónoma.
Por eso, mira al hombre insistentemente, de arriba a
bajo, con unos ojos indignados, y le responde
amargamente sin medir la dureza de sus palabras: “Lo
que tiro es una vida cargada de sinsabores. Pero tú,
jovencito, no tiras nada. Eres un novato en la vida.
No has ido a la mili y todo lo que tienes se lo
debes a tu papá”.
Herido en su orgullo y desequilibrado por la
agresividad de la vecina, Antonio Ballesteros se
arrepiente de haberle hecho estas preguntas. Ha sido
un error suyo. Un acto espontáneo e inocente.
Algunas cosas no se preguntan, es evidente, y él,
joven Profesor de Sociología de la universidad,
debería saberlo mejor que cualquiera, pero la
tentación era demasiado grande. Entonces, le sacude
un deseo de desaparecer, de despedirse de esa mujer
bravucona y encerrarse en su casa para reflexionar
sobre lo que le ha dicho la señora. Se disculpa con
un gesto de culpabilidad: “No quería incomodarla,
señora. Mi propósito era entender el verdadero
significado de la palabr…”. Pero ella, decidida a
imponerse y hacerse escuchar, no le deja terminar.
Según ella, pululan los jóvenes irrespetuosos que
cuestionan las formas de hablar, que destruyen la
lengua y desprecian el sacrificio de los mayores.
Eso es lo que habría que estudiar: “¿por qué se
pierde el respeto a los ancianos? ¿Por qué no se
aprende del sacrificio que han hecho otras
generaciones?”. Antonio se despide con un gesto
precipitado: lo que menos quería era iniciar una
contienda. Se va corriendo (y no tirando)…