México, Distrito Federal I Diciembre  2009- Enero 2010 I Año 4 I Número 23 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TIRANDILLO

Johari Gautier Carmona (1979) es un joven narrador español nacido en París (Francia). Actualmente reside en Barcelona, ciudad central dentro de su creación literaria, tras una estancia de varios años en Inglaterra. Ha publicado en 2009 una novela El Rey del mambo (Ed. Irreverentes) y un libro de Cuentos históricos del pueblo africano (Ed. Almuzara).    

 

Cada mañana, antes de irse a la Universidad Autónoma y encerrarse en sus aulas vacías, desertadas por los alumnos e iluminadas por una asfixiante luz blanca, Antonio Ballesteros se despierta con esas ganas invariables de estudiar el mundo que le rodea, de comprender la rutina de una vida que pasa delante de sus ojos sin la mínima novedad, sin un ápice de sorpresa. La vida que él observa es lamentablemente previsible, descolorida, y se resume a unos esquemas sociológicos que él ha estudiado en las teorías de Durkheim, de Tocqueville, Marx, Bourdieu y otros centenares de sociólogos que, como él, quieren entender este mundo caótico y darle una apariencia digerible.

La tradición cultural es una de las cosas que estudia continuamente. Y la tradición del lenguaje en particular, con sus dinámicas, sus variaciones, sus construcciones y sus formas universales. En esa tradición quiere fijarse para comprender por qué ciertas personas repiten las mismas frases, las mismas expresiones desde hace siglos sin ni siquiera saber de dónde vienen, lo que pueden significar o lo que han dejado de expresar. Él sabe que el lenguaje va íntimamente ligado con otras tradiciones milenarias, religiosas o paganas, domésticas o culturales. A esa tradición lingüística le dedicará, algún día, una tesis entera, una investigación minuciosa y profundizada, elaborada en la soledad de su biblioteca, frente a su escritorio de madera oscura invadido por los libros de sociología, para disecar los atavismos inconfesados de los que le rodean, sus complejos o sus deseos contenidos, las últimas tendencias matrimoniales y las filosofías de vida que se imponen. Será, quizás, después de otra tesis que tiene pendiente y en la que se propone estudiar los efectos de la globalización o los síntomas de un cambio internacional, sus percepciones en la ciudad condal, ciudad en la cual siempre ha vivido y en la que seguirá viviendo sin demasiadas dudas, ya que nunca ha sopesado ningún cambiado ni tampoco considera que los cambios sean buenos. Finalmente, él también es el reflejo de esa tradición lingüística que perdura y sobrevive. Es la fiel representación de una humanidad que evoluciona muy lentamente, sin ser consciente de sus cambios y mantiene las mismas costumbres, los mismos esquemas de funcionamiento, sin cuestionarlos. Así mismo, puede que su puesto de profesor de sociología en la universidad se deba más al puesto de su padre, el profesor Ballesteros de la escuela Ferrán, que a su deseo de abrazar la sociología. Todo es cuestionable.

Lo seguro es que al volver a casa, después de unos interminables días marcados por la deserción de sus alumnos, el vacío y el silencio de sus aulas, Antonio Ballesteros experimenta una sensación extraña al subir lentamente por las escaleras de su edificio antiguo en el que siguen vibrando el eco de los cotilleos de los vecinos y los comentarios de hace años dejados descuidadamente en la penumbra. Le extraña también la vista de esa mujer de abajo, extremeña o maña, ya no sabe de dónde, siempre detrás de la puerta  y siempre vestida de negro. Un negro sepulcral y deprimente que empezó a lucir hace veinticinco años atrás, cuando se le murió uno de sus dos hijos, y que nunca ha dejado de llevar por costumbre, por falta de ganas o simplemente porque considera que el luto ha de prolongarse eternamente, hasta que ella se encuentre con su hijo en el paraíso. Su forma de vestir parece más un estilo que una condición, parece más una falta de imaginación que una convicción o un compromiso. Así lo ve por lo menos Arturo Ballesteros que no entiende de costumbres antiguas. Él, pese a ser un profesor en la Universidad Autónoma, es joven y desconoce las prácticas que se imponían antaño entorno a la muerte, a los funerales y el luto. Este puede ser otro tema de investigación: el significado de la muerte dentro de nuestras costumbres diarias.

Pero lo que más le choca a Antonio Ballesteros, es la forma de hablar de esa mujer. Cada vez que se topa con ella, cada vez que la encuentra olfateando el aire quieto y pesado de las escaleras vacías, le pregunta cómo está, trata de incentivar una discusión que nunca florece porque ella le responde siempre lo mismo, con desgana o apatía: “Tirandillo. Estoy tirandillo”. Aunque años atrás dedujo de esa expresión que la señora se encontraba en un estado anímico deplorable, cansada por la situación económica en general o por la muerte de su hijo, desanimada por el aire irrespirable de la gran ciudad, ahora ya no entiende esa respuesta. No, no la entiende. Simplemente porque ha perdido todo su significado. Ya han pasado los años y han quedado atrás los problemas económicos, la muerte del hijo y otras inapetencias de hace más de veinte años que no deberían seguir afectando a la mujer, pero ella persiste, insiste, no se cansa y sigue reproduciendo las mismas palabras con el acérrimo deseo de exponer un sufrimiento interminable, de mostrar al mundo que no está en este planeta para vivir, ni para sonreír, sino para sufrir. A eso ha venido ella al mundo: a decir lo mucho que está sufriendo, a manifestar lo cansada que está, lo agotada que se siente y lo mucho que le cuesta vivir con los recuerdos de otros tiempos, de quienes ya no están o los sueños que hubiera querido convertir en realidad pero que no pudo ser.

¿Y tirandillo qué? ¿Qué es lo que va tirando con desgana, arrastrando por ese destino estático que se asemeja más a una tumba que a un camino? Parece que lo que llevé cargando es una enorme cruz invisible, un madero de tormento, que asola su silueta y agrieta su rostro hasta darle reflejos de sempiterna amargura. El peso de lo cotidiano y de esa condena católica de una vida en la tierra es tan grande, tan asolador, pero ella lo aguanta heroicamente, con resignación, y lo ostenta constantemente porque, aunque ese dolor sea personal, aunque le afecte a ella y nada más que a ella, es preciso compartirlo, exhibirlo, comentarlo, subrayarlo, y si puede ser, con alguna lágrima, algún gesto de impotencia o un llanto espontáneo que dé más fuerza a su papel de mujer herida, dolida y violentada por el destino. El simple pensamiento de que la forma de vivir de esa mujer se estriba principalmente de la tradición religiosa y cultural agita enormemente a Antonio Ballesteros, le conmueve dentro de sus conceptos sociológicos porque, él, eterno estudiante de la sociedad, se da cuenta de lo influenciable que es el ser humano, del nexo que existe entre el lenguaje y la actitud existencial, del cambio que ha habido en los últimos años y del notable conflicto generacional que existe en este país. Él mismo, hijo de un profesor anarquista empecinado en cambiar la sociedad, se distancia mucho de ese mundo en el cual el sufrimiento es constante (aunque sin llegar a considerarse hedonista). Se declara ajeno a ese pensamiento católico que induce a una vida penitenciaria y a una culpabilidad omnipresente pero, sin embargo, comprueba que su forma de expresarse, sus costumbres y su visión están repletas de dichos anticuados, refranes y frases que denotan un pensamiento contradictorio. Son incoherencias de la vida cotidiana que le asombran, que le sacuden dentro de su rutina inamovible y pesada.

En pleno análisis del lenguaje de su vecina de abajo, Antonio Ballesteros se lanza en un juego arriesgado y cuestiona sus hábitos con sutileza. Cuando el hombre la saluda educadamente por enésima vez y recibe esa respuesta tan previsible —“Mira. Aquí estoy, tirandillo”—, entonces, le comenta irónicamente que le gustaría saber qué es lo que ella está tirando. Sí, se lo pregunta literalmente para entender el fondo de su mente, para forzar una explicación clara de su interlocutora, pero la mujer no entiende. “¿Cómo? ¿Qué dices, jovencito?”, inquiere ella con la intención de marear la perdiz o simplemente porque tiene problemas de oído. Aparentemente, le cuesta escuchar la vocecita reprimida de Antonio. Y ahí es cuando el hombre formula claramente las preguntas que tiene memorizadas y que ha elaborado unas horas antes para no perderse un solo detalle. Las enumera una a una, sin dejar tiempo a su interlocutora para responder: “¿Qué es lo que va tirando, mujer? ¿Acaso tiene algo invisible colgando a su vestido negro? ¿El carro de la compra? ¿Una vida entera de recuerdos? ¿Cuáles son los impedimentos de la vida que previenen su plena satisfacción?”. La mujer se calla, masculla unas palabras inaudibles y se queda mirando al profesor. Evidentemente, no sabe si tomárselo todo como una broma de muy mal gusto o una ofensa directa a su persona. Ella es muy respondona, muy lista, eso lo recalca a menudo en sus tertulias con las otras vecinas de la escalera, y no le gusta que malinterpreten sus palabras o que juzguen su forma de vivir. Con la edad que tiene, nadie le puede dar lecciones y menos un jovencito que imparte clases en unas aulas desatendidas de la Universidad Autónoma. Por eso, mira al hombre insistentemente, de arriba a bajo, con unos ojos indignados, y le responde amargamente sin medir la dureza de sus palabras: “Lo que tiro es una vida cargada de sinsabores. Pero tú, jovencito, no tiras nada. Eres un novato en la vida. No has ido a la mili y todo lo que tienes se lo debes a tu papá”.

Herido en su orgullo y desequilibrado por la agresividad de la vecina, Antonio Ballesteros se arrepiente de haberle hecho estas preguntas. Ha sido un error suyo. Un acto espontáneo e inocente. Algunas cosas no se preguntan, es evidente, y él, joven Profesor de Sociología de la universidad, debería saberlo mejor que cualquiera, pero la tentación era demasiado grande. Entonces, le sacude un deseo de desaparecer, de despedirse de esa mujer bravucona y encerrarse en su casa para reflexionar sobre lo que le ha dicho la señora. Se disculpa con un gesto de culpabilidad: “No quería incomodarla, señora. Mi propósito era entender el verdadero significado de la palabr…”. Pero ella, decidida a imponerse y hacerse escuchar, no le deja terminar. Según ella, pululan los jóvenes irrespetuosos que cuestionan las formas de hablar, que destruyen la lengua y desprecian el sacrificio de los mayores. Eso es lo que habría que estudiar: “¿por qué se pierde el respeto a los ancianos? ¿Por qué no se aprende del sacrificio que han hecho otras generaciones?”. Antonio se despide con un gesto precipitado: lo que menos quería era iniciar una contienda. Se va corriendo (y no tirando)…

 

 

 

 

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