Cuando don Quijote pronuncia el
discurso de las armas y las letras en el que, si
bien considera ambas ocupaciones de la más alta
estimación y provecho para el engrandecimiento y
la estabilidad de un reino, no deja de llevar
“agua a su molino” de las andantes caballerías
al hacer una especie de debate en que cada una
de estas ocupaciones toma la palabra y esgrime
sus razones para ser considerada superior a la
otra. Al ser la imaginación de don Quijote juez
y parte en la disputa no nos sorprende que haya
inclinado el fiel de la balanza hacia la
profesión que lo hizo dejar “las ociosas plumas”
(Quijote I, 2: 35) y acometer a tan
desfavorable edad la profesión de caballero
andante: “Quítenseme delante los que dijeren que
las letras hacen ventaja a las armas, que le
diré, y sean quien se fueren, que no saben lo
que dicen” (I, 37: 392).
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