El hombre de ojos tristes sopló a través de la
concha que tenía entre sus manos, y así, se produjo
ese sonido entre doloroso y seco que se irradió por
el espacio cálido de ese mediodía. Su mensaje de
derrota desparramó la sal en la carne viva de los
que estaban moribundos tendidos en el suelo. El
muchacho emprendió su carrera mientras el sonido
todavía se esparcía como sombra desde la colina: su
figura salió del sonido y entró a su carrera; sus
pies descalzos, se llenaron de polvo al lanzarse
sobre el espacio horizontal al otro lado del valle.
Era como si él persiguiera su destino, o él mismo
fuese perseguido por su propia fatalidad. Al correr,
ejecutaba un plan, seguía la ruta preconcebida cada
noche en medio de la espera. Soñó, esperó, planeó y
ahora ejecutaba. Había ya recorrido ese trayecto
tantas veces en la oscuridad de sus sueños, pero
hoy, tenía que ser más rápido, más veloz. Todo era
distinto: si allá en el sueño fue júbilo, acá fue
angustia; si allá en la espera fue entusiasmo,
triunfo, acá fue abatimiento, derrota.
Había una diferencia profunda entre lo que había
esperado y esta realidad bajo la luz abrasadora del
mediodía. ¡Si acaso pudiese volar como las aves! Si
acaso pudiese este día, ser esa águila inmensa cuya
belleza envidiaba. Hoy, todo se hizo realidad, cesó
la espera, cesó el sueño; era verdad, verdad
envolvente. Una verdad que abarcaba toda su
existencia, que la consumía, la demandaba, la
devoraba en su imposible ferocidad.
El
cenit detuvo el tiempo de los anhelos, y en medio
del calor marino, la muerte lo envolvió todo con su
color de sangre. Atrás quedaron los cuerpos regados
sobre el campo; las manos aún rígidas por el coraje
y la fuerza; los rostros húmedos del esfuerzo ya sin
sentido de la lucha inútil; cuellos y costillas
pasadas por el hierro -esa materia que hasta hoy
habían conocido a través de la muerte-. En sus
corazas de algodón la huella de la espada se fijó
profunda, llegando hasta las entrañas, partiendo
los huesos. Era el choque brutal del metal contra la
carne, contra la piel humana y la sustancia de los
vegetales. Arcos y flechas quedaron por el suelo,
fuera de las manos que un segundo atrás las
sostenían. Yacían las flechas con sus puntas de
obsidiana rotas en el contacto con el bronce. Y las
lanzas, quedaban tiradas por el suelo ya vencidas,
con sus treinta palmos midiendo en silencio esas
manchas, rojas y oscuras, que crecían alrededor de
los cuerpos ahogados en su propia sangre confundida
con la tierra.
Ya sin ver atrás, aquel muchacho cruzó el llano. El
golpe de sus pies sobre la tierra se hizo recio,
rítmico, contundente. Su paso adquirió el compás de
los segundos, marcó el tiempo en medidas de su
anhelo, no de su sombra; su eco, emanaba constante
de la tierra, seco, enérgico, como salido de la
profundidad de todo el mundo. El sudor comenzó a
bañar su rostro, y sus ojos le ardieron, quemados
por esas primeras gotas que resbalaron de sus
cejas, cejas oscuras y espesas que adornaban sus
ojos también negros. Sorbió ese líquido que penetró
en su boca y sintió su ácido sabor como un jugo
sagrado: llanto y sudor fueron indistinguibles en
su lengua seca. Gimió y gritó tan fuerte como
pudo; apretó sus puños en el vuelo, y por un
momento, no vio más nada frente a sí que el sendero
confuso que iluminaban sus ojos inundados por la
lagrimas. No escuchó otra cosa que un latir violento
adentro de su pecho, en su cuello; tan sólo sus
gemidos y el aire que se agolpaba en su garganta
entrando a sus pulmones.
Atravesó así los campos de la siembra que esperaban
en vano. Conocía cada pedazo, cada palmo de la
tierra… Algo se rompió con dolor en sus adentros,
era como si en su carrera se fuese despegando de su
propia piel quedando desnudo con sus vísceras al
aire; como si sus huesos se fuesen desnudando, al
alejarse de la tierra de cuyo fruto se nutrieron. El
aire sopló con su olor de mar sobre su cara, tocando
aquel rostro con sus dedos sutiles que hilvanan las
distancias. Lo sintió cerrarse a sus espaldas,
sintió la angustia que da paso al olvido de los
momentos hermosos del pasado, y más bien, ese olor
salino, arrastrado por el aire, le recordó por un
instante la agonía que precede a la muerte, y que
una vez sintió en la profundidad de una agua oscura
que quiso tragarse su niñez, llevársela al fondo del
mar ya para siempre.
Pasó bajo una sombra breve que formaban unos árboles
ordenados a la orilla de las tierras cultivables y
las sombras incipientes del Cacao le fueron
invisibles. No recordó aquellas tardes debajo de
esa sombra dulce donde hilvanó sus sueños de
guerrero, de sabio, de poeta; donde inventó
ciudades, reinos, imperios tan grandes como nunca
jamás nadie soñó ni soñaría en esta tierra; donde
decidió ser tan sabio como Nezahualcoyolt; donde
repitió los cantos que aprendió de su abuelo:
aquel anciano que conoció Texcoco. Cruzó el
escenario de su niñez sin siquiera notarlo: hoy, su
historia, era esa carrera afiebrada en la que se
consumían sus fuerzas, era una ruta donde el tiempo
se había detenido, para fundirse sólo en el
presente. Ajeno al pasado, ciego al futuro.
El dolor comenzó en su costado, en su garganta, y
sus muslos se paralizaban sin obedecerle. Se percató
que estaba a punto de detenerse, que había ido más
rápido de lo que podía. Suavizó la marcha, sorbió
agua del pequeño tecomate que se ataba a su
costado y sintió un ardor en la planta de su pie
derecho. No podía detenerse. Lloró otra vez sin
proponérselo conteniendo su garganta convulsiva, y
sintió que de súbito, lo envolvió una fuerza
extraña, que casi fue rabia, desesperación, soledad
y locura. Su paso se aceleró, crispó sus puños, y el
vacío, el silencio, y el ritmo de sus órganos
construyeron, otra vez, un estado de existir,
interno, extraño, sumergido en la gruta del tiempo
por el que suele desplazase la existencia
inconsciente de otros seres no humanos. La luz se
volvió sombra, el tiempo era espera, espera en
movimiento. ¡Qué extraña sensación de morir estando
vivo!, de detener el pensamiento, el universo,
estando siempre en movimiento.
Se le vio subir por los cerros mientras unas aves
negras le miraron oblicuas desde su sincronizado
vuelo. Una guacamaya escondida lo siguió con su
mirada azul y negra, desde su más que roja
investidura. Dos pericos bañados en verde jade con
diademas amarillas, formaron una algazara a su paso
bajo las ramas de una Ceiba. Tres venados, gráciles
y temerosos, saltaron ágiles a un lado de los
arbustos al ser rozados por su sombra. Un sin fin de
mariposas se desprendieron de una rama cuando el
muchacho desbrozó un sendero con su cuerpo, y miles
de puntos amarillos como gotas de sol se perdieron
en el fondo celestísimo del cielo. Más allá, la
sombra de un grupo de Amates lo cubrió. -¿Por qué
nacen alineados estas melenas verdes caprichosas de
la tierra?- Llegó al rió, se inclinó al cruzarlo, y
formando un huacal con la palma de sus manos
se mojó el rostro sin detenerse siquiera. Sus pies
se lavaron en el agua, y la sangre de la herida dejó
su rastro en la corriente: se confundió con el
barro, después de deslizarse del lomo de aquellos
minúsculos pececillos rojos que dibujaban círculos
casi transparentes.
Anoche, -lo recordaría después- sintió el amor como
nunca antes. Besó a su madre, abrazó a sus hermanos,
trabajó sin sueño. Frente a la luz del fuego su
silueta era un gigante que se reflejaba en las
paredes de adobe de las casas. Por sus venas
fluyeron los siglos y por sus ojos desfilaron las
generaciones del futuro. Allí, junto a los suyos, no
estaba solo; allí, en la víspera, supo que él era un
momento de los siglos, pero un momento por donde el
tiempo debía de pasar si quería ser mañana, futuro,
historia. El murmullo ininteligible de las voces en
las sombras, le recordaron esas historias sagradas
de tantas guerras con victorias y derrotas que
aprendió de la boca de su abuelo, de los otros
ancianos, de los sabios con los que siempre
conversaba. Entendió que a la mañana siguiente, la
historia otra vez se escribiría para siempre. Que
otras voces repetirían estos hechos, hablarían de
esta hazaña, rememorarían la victoria o la derrota.
Había llegado a comprender que siempre el pueblo
renacía con sus gestas, sus mitos, sus emblemas. Que
una y otra vez, los reinos murieron y nacieron sin
olvidar su pasado: Tollán la eterna y sus designios;
el lenguaje sagrado; los libros. Nada podía
terminar con el fruto de los dioses que son los
reinos, pues después de la muerte está la historia
sagrada que no cesa.
No quería más evocar esa imagen de dolor que se
retuvo en sus ojos mientras esperaba la señal en la
colina. No quería ver esa caída, ese cuerpo que se
desplomó ya sin vida sobre la tierra sudorosa,
bañada ya de manchas rojas. Si bien no vio aquellos
ojos amados que moribundos le buscaron, sí percibió
el heroico gesto, terco, del coraje luchando contra
la muerte inevitable, en ese ademán increíble de la
mano que busca su lanza, su arco o su flecha y que
ignora que las fuerzas le han abandonado para
siempre con la vida. Le complacía más, evocar el
choque entre el valor inteligente y la rabiosa
arrogancia de esas bestias extrañas, ese momento
mortal, pero heroico, en el cuál brotó la sangre
del que se creía invencible. Ese instante en que la
sangre de Alvarado, el Tonatiuh, se vertió
como signo de victoria, de esperanza sobre la tierra
seca. Recordó como avanzó la bestia con esa piel
gris que brillaba bajo el sol, y con su lanza filosa
que era indestructible, mientras alguien, esperaba
al final de su carrera la distancia precisa de
acertar un golpe, de lanzar la flecha. El muchacho
había visto esa maniobra, antes, cuando le fue
enseñado el arte de la caza del jaguar en la noche
plateada de los bosques; conocía ese sutil
desplazamiento del cuerpo hacia el costado derecho,
mientras el brazo del mismo lado, el más fuerte del
cazador, lanzaba el golpe. Tonatiuh no lo imaginó en
ese segundo oscuro de la ira, mientras arremetía
desde su altura inalcanzable sobre su bestia de ojos
tristes. Todos sus rivales habían fallado en el
intento, y sus flechas se toparon inútiles, con la
coraza de metal que cubría sus costados, su pecho y
el fuego de su cara. …Pero, cómo escapar al
movimiento inteligente de una mano que seguía un
plan preciso, acertado, en busca de su objeto: el
resquicio de carne desnuda de los miembros. La
flecha atravesó la pierna y se clavó en la silla
después de volar invisible atravesando el aire mudo
y polvoriento. La sangre brotó a borbollones.
El hombre de pelo rojo no imaginó su caída, y en los
meses siguientes, nunca supo de dónde provino esa
fiebre que le descubrió su impotencia; que amilanó
despacio su exacerbada e insaciable ambición; que
acrecentó la vergüenza y el dolor, haciéndole sentir
el terror de la muerte. Nunca supo por qué la herida
no sanaba, por qué la carne se podría y el dolor era
tan intenso e iba desde sus dedos del pie a sus
testículos, a su espalda a su cabeza. No sabía que
esos hombres que vivían a la orilla del rio que
divide los reinos, prestaron su secreto mortal a los
guerreros. Las flechas de Tenochtitlan y de Atitlán
no tenían veneno, pero la flecha que cayó en su
pierna llevaba la saliva escondida que pudre la
carne: la baba del diminuto batracio que se esconde
tras las piedras con su azul de cielo o con su rojo
intenso, entre las flores. Le robaría piel, lo
haría cojo, y su soberbia le haría burla en los
espejos. Y en ese instante del futuro, donde su
cuerpo reclamaría fuerza para evitar la muerte, no
podría esquivar la bestia que lo aplastaría mientras
huía por las laderas de Xalisco, por los caminos
verticales del Mitzón. No podría evitar el peso de
la bestia que trituraría sus costillas, sus órganos,
y que lo llevaría de la agonía prolongada hasta la
derrota definitiva, hasta su muerte; que de
Tenamaztle fuera, la victoria que empezó con
Atonal.
Agonizaría tres días con la misma visión de
Acajutla, con el mismo dolor que abrasaba sus
órganos, con el mismo orgullo del que no acepta la
derrota. En su lecho, recordaría los ojos
inundados de horror de Tecuelhuatzin frente a su
cara, escucharía las palabras de aquella mujer en
aquel idioma ininteligible, pero que eran de dolor
y eran de odio… una noche, bajo el cielo negro de
Tlaxcala. Soñaría que lo aplastaba un caballo de oro
sin cabeza y que el mar se cerraba en una ola de
sombra sobre su cuerpo rojo… jadeó, blasfemó, hasta
llegar al olvido eterno de otros sueños.
Las horas acarrearon las sombras, a sus espaldas,
el muchacho no pude ver esa mancha inmensa color de
fuego que se hundía en aquel mar, ni divisó las
primeras estrellas en la parte más oscura de su
cielo. Los grillos comenzaron ese canto
ensordecedor, escondidos ya en las ramas oscuras de
los árboles robustos; las aves, buscaron su habitual
refugio en medio de gorjeos misteriosos, y en los
ríos, los cangrejos retrocedieron a sus cuevas
debajo de las piedras bajo el lodo. Callaron los
pericos su algazara loca; cesaron los paseos de los
pavos por el campo, y el viento fue más tenue, pero
helado: la oscuridad lo trasformó en el triste frío
de la noche. A sus espaldas, cerca de lo que fue su
hogar, la luna iluminaba aquel milenario vaivén de
olas incansables que ayer, fueron música que
arrullaba la vida diurna y el sueño, y que ahora,
eran un rumor de nostalgia que lloraba, hasta
convertirse en elegía.
Había pasado medio día desde su partida, cuando
entró a las primeras calles de Cuzcatlán. El lago
ya era negro, y nada se movía encima de sus aguas.
La gente lo siguió, expectante, despacio, hasta la
casa del Señor y de sus príncipes, allí, atrás de
aquel árbol que durante el día, mostraba sus
flores de espuma rosada. Los que se amontonaban en
la casa principal le abrieron paso; se detuvo, se
arrodilló de cansancio y habló con esfuerzo y con
tristeza:
“Hemos luchado, han matado a nuestra gente, se
aproximan. Tonatiuh sangra y grita. La flecha de mi
padre lo ha alcanzado, mas mi padre... ha muerto. Yo
vengo a luchar la otra batalla”
La noche envolvió al pueblo. El tiempo se detuvo
para dar paso a la espera, y en medio de un jardín
no sembrado por nadie, un hombre miró las estrellas
e imaginó un destino y una guerra sin fin en las
montañas. Un jaguar rugió desde adentro de la noche:
es el alma de un guerrero que recorre los campos de
estas tierras.