Cuando vi las hojas amarillentas de los árboles caer
de abajo hacia arriba, prenderse a sus ramas y
reverdecer tímidamente, no me sorprendí. Muy en el
fondo casi esperaba que sucediera, porque todo es
posible en un sueño y acaso la vida no sea sino un
sueño.
Avancé por el camino de arena. Estaban allí una mesa
y un banco, como colocados especialmente para mí,
para esta tarde. Me senté. Había un tablero de
ajedrez y las treinta y dos piezas ya dispuestas.
Sentí la obligación de jugar, aunque frente a mí no
había nadie. Hice mi primer movimiento sintiéndome
un tanto ridículo. Dadas las circunstancias, aquel
peón solitario en medio del tablero me pareció
absurdo e incluso me molestaba. Pero entonces, las
piezas negras comenzaron a moverse como por voluntad
propia.
Me envanecí al constatar que mi oponente era más
torpe que yo. Comparé sus movimientos cobardes y
azarosos con los de un nido de ratas que huyen
asustadas. Orquesté mi ataque con violencia, avancé
mis agudos alfiles, mis ágiles caballos, enlacé mis
torres como dos castillos medievales que se
defienden el uno al otro, como dos viejas montañas,
como dos cuerpos celestes que cruzan la esfera.
Pero sucedió que perdí una pieza y después una tras
otra casi sin darme cuenta, más rápido que un azul
que se entolda de nubes. Ya no era yo el jugador que
movía las piezas, era yo el inválido rey que desde
el alcázar dirige a su ejército. Enfermo y decrépito,
respirando trabajosamente, me asomé a la ventana y
vi a las tropas negras plagar el horizonte. Esa
visión me hizo entender que lo que llamamos azar o
capricho no es sino el conjunto de las causas que
desconocemos. No pasó mucho tiempo antes de oír a
los alfiles correr sobre mi techo, a los caballos
hollando mis jardines, a la reina murmurando tras la
puerta.
Unos pasos subieron las escaleras, se acercaron por
el corredor, abrieron sin trabajos el cerrojo. Sentí
que esos pasos comenzaron a andar mucho antes de mi
nacimiento y sólo hasta ahora podía escucharlos.
Entraron. Su dueño era un hombre alto que ocultaba
su rostro tras una máscara.
Envidié su fuerza y su triunfo, mientras que yo, que
había tenido un imperio en mi puño ya sólo
conservaba un leve cuchillo. Lo envidié porque
pronto sería yo y no él el que no vería sino
oscuridad, yo el que sería borrado, yo el que no
despertaría ya más.
Quizás como un gesto de piedad o de altivez acercó
su oído a mis labios; le ordené que mostrara su
rostro. Aquello fue como contemplarme en un espejo.
Ese hombre era igual a mí salvo porque no era yo. O
quizás, pensé, era yo actuando otro tiempo u otra
historia.
El cuchillo cayó al suelo.