Cuando, en el año 1928, el joven escritor madrileño
Enrique Jardiel Poncela emprende la redacción de su
primera novela, Amor se escribe sin hache, la
literatura erótica está en pleno auge. Cada semana,
los lectores españoles se precipitan para comprar
fascículos baratos que les ofrecen relatos cortos de
Álvaro Retana, Joaquín Belda o Eduardo Zamacois.
Esta literatura sicalíptica, a veces púdicamente
designada con el rótulo de "novelas de amor", va a
constituir el blanco privilegiado de la sátira del
joven humorista, como da fe de ello el prólogo de
Amor se escribe sin hache : "las novelas «de
amor» en serio sólo pueden combatirse con
novelas «de amor» en broma. [...] Hay que
reírse de las novelas «de amor» al uso. Riámonos.
Lancemos una carcajada de 400 cuartillas." (98).
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