México, Distrito Federal I Marzo -Abril  2010 I Año 5 I Número 24 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

LA FUERZA DE LA VIDA

Johari Gautier Carmona (1979) es un narrador español nacido en París (Francia). Actualmente reside en Barcelona, ciudad central dentro de su creación literaria, tras una estancia de varios años en Inglaterra. Ha publicado en 2009 su primera novela El Rey del mambo (Ed. Irreverentes) y en 2010 Cuentos históricos del pueblo africano (Ed. Almuzara). Colabora asiduamente en distintos medios de comunicación y ha sido galardonado con varios premios literarios. 

Con un gesto suave y delicado de la mano, con un semblante de mujer experta y predispuesta, Nuria palpa, tantea y masajea su vientre abombado para conectar y escuchar al niño que crece dentro de ella. Ella lo siente, lo escucha, percibe sus golpes como un juego constante de su hijo, una necesidad de comunicar con ella y mostrar que está ahí. Sí, ahí. Dentro de ella, nutriéndose de lo mismo que ella, compartiéndolo todo, absolutamente todo. Ella lo siente por dentro. Él es ella y ella es él. Unidos por la sangre, por la placenta, por mucho más que eso y también por un amor creciente e infinito. Ella lo escucha y, aunque no le ve, aunque se siente cansada, habla con él y trata de adivinar su estado de ánimo. Ahora quiere moverse, agitarse, girar en busca de una postura cómoda, apaciguarse, detenerse, dormirse y de repente arrancar con un redoblado esfuerzo, con una energía inesperada, como si estuviera en un jardín o un patio adonde se reúnen otros niños y en el que puede hacer todo lo que quiere. Cuando ella se sienta en ese sofá solitario del salón para descansar es cuando él se pone súbitamente en acción y se menea, aprovechando de la tranquilidad y la estabilidad de ese vientre inmóvil y protegido. Sin embargo, cuando ella se levanta, cuando ella es la que se mueve y se agita, él se amilana, se encoge, se duerme y disfruta del vaivén de su cadera, del balanceo de su vientre tan confortable.

Sentada en la sombra de ese piso de la calle Providencia, en una zona levemente ventilada, ella  habla en voz alta con él, le canta y tararea unas canciones reposantes y alegres, muchas veces la misma pero con leves variaciones,  porque sabe que él la escucha y que ese sonido grave le calma. Sabe que esto es música, una música celestial o cavernosa, una música profunda y sentimental que les une más que cualquier cosa porque no se trata de reproducir una melodía sino de compartir las vibraciones, sentir la calidez y ese nexo universal que les une. Ella respira hondamente para sintonizar el ritmo de su corazón con el de su hijo. Ésa es otra música que les conecta y que les acerca por medio de ondas indescifrables, profundas emociones del universo, propios de ese mundo interior que ella cultiva, y se encandila al percibir ese halito de vida salido de la nada, nacido del fruto de un amor que ella prolonga en su mente, en sus sueños de mujer generosa y exquisita. Ella recuerda cómo fue concebido ese hijo ahora tan anhelado. Su gran esperanza. Su última ilusión. Allí, en ese lugar tranquilo, recuerda cómo, en esos momentos de pasión, el amor invadía cada uno de sus miembros, cada uno de sus poros y se extendía por todo el piso como un vago resplandor, un perfume indescriptible, y seguía cobijándoles e infundiéndoles unas ganas irreprimibles de conocerse y de quererse más y más. Ese niño que espera ahora, que crece con ella dentro de ese cuerpo hermoso y dadivoso, es el resultado de un amor inmenso, un amor ardoroso que la sobrecogió en la flor de su juventud y de su inocencia. Ella se pregunta cómo pudo ignorar su estado de embarazo hasta el tercer mes, cómo pudo ser tan desprevenida y despistada frente a ese regalo de Dios, a ese obsequio del cielo, pero luego se rinde a la evidencia de su duro destino. Ese destino cruel que la acecha, que la aturde reciamente, es la causa de su despiste.

El suicidio de ese novio tan querido, ese atractivo hombre que la enamoró mientras conducía su bus número treinta y nueve con tanto orgullo por la calle Providencia, que la  sedujo con sus guiños y sus comentarios de galán, fue el detonante de esa tremenda depresión que nubló sus sentidos y la sumergió en un mundo oscuro de desaliento y desesperanza. Fue ese suceso inesperado lo que la sacudió en pleno idilio amoroso, que la arrancó de sus sueños de mujer inexperimentada en el amor, para hacerle dudar de todo, de sus planes, de sus ganas de vivir, de su amor por ese novio encantador. Él, sin duda, la amaba, la quería con toda su alma, pero no supo afrontar sus problemas profesionales y antes de compartir su padecimiento con ella, ella que siempre estuvo pendiente de él, prefirió desistir y olvidarse del odio, del rencor, del malestar, de la desidia, de la frustración y también de los que le querían y se preocupaban por él. Se olvidó de todo y de ella sobretodo. Eso es lo que más le duele.

En su orgullo de mujer apasionada y entregada, esa desaparición le sigue doliendo y le seguirá doliendo toda la vida. Por mucho que se esfuerce y que trate de aliviar el dolor, de relativizar y pensar en el amor de otras personas como su madre, el recuerdo de ese primer amor sigue intacto en ella, indeleble y vivo, radiante y ardiente, como si fuera el primer día de su relación, ese día que salieron juntos por las calles del barrio de Gracia y se besaron desenfrenadamente en la casa del muchacho. Sin duda, ella habría hecho todo lo posible para ayudarle, habría movilizado todas sus fuerzas de mujer ilusionada, si él le hubiese dicho algo o hecho una señal, algo más que esa sonrisa seductora o unas palabras agradables, pero él no quiso nunca pedir ayuda. No. Su orgullo era demasiado grande. Por eso, la imagen de su novio inanimado en la bañera, el padre del hijo que crece en su barriga, inerte y desangrándose lentamente por esas muñecas abiertas, le sigue punzando el corazón con la misma agudeza, la misma dureza que los primeros meses. El dolor es enorme, inimaginable, y en muchísimas ocasiones pensó que su vida había de parar también, de la misma forma que la de su novio, porque no podía aguantar la soledad de su piso, la soledad de su alma y de su corazón. El abandono había sido brutal e inesperado.

Eso fue lo que pensó antes de darse cuenta de su embarazo, de que una nueva vida, una luz de esperanza, iba desarrollándose dentro de ella, poco a poco, con templanza y determinación. Entonces, comprendió que su novio no había muerto del todo, que su cuerpo fino y joven albergaba el fruto de ese amor pasional e incomprendido, y lo mantenía activo con esa persistencia y voluntad que caracteriza a la vida. Una parte de su novio estaba dentro de ella, fusionándose con sus células, mezclándose y nutriéndose de la fertilidad de su barriga, impregnándose, embebiéndose de sus vibraciones, de sus emociones y eso la chocó enormemente. La trastornó durante largos días, noches enteras de insomnio, hasta que el cambio fue notándose poco a poco, lentamente como el efecto pulidor de las olas sobre las rocas. Dentro de su cuerpo adolorido, dentro de su mente acongojada y deprimida, el consuelo y la confianza que infunden la vida fueron ganando posiciones, progresando e imponiéndose sobre los pensamientos destructivos y los tormentos que la habían acechado. 

La fuerza de la vida la invadió. La abrazó en plena turbación y con ella descubrió, pausadamente, las maravillas de su cuerpo y la mística naturaleza que la rodea. Ese mundo increíblemente complejo y cambiante que la observa, que la escucha y respira como ella. Su madre, siempre inquieta y pendiente de sus necesidades, preocupada por la forma en la que el novio desapareció de este mundo y temerosa de que esto influenciara de la misma forma a su hija, fue la primera en percibir el cambio. Evidentemente, no fue inmediato pero percibió una semblanza de serenidad en sus movimientos y en sus facciones, un rastro de luz y de esperanza en su mirada, un vago perfume de vida y un halo de seguridad alrededor de su silueta. El niño ya estaba creciendo dentro de ella y los cambios se efectuaban con el mismo misterio que cuando una hoja verde brota de una planta seca. El amor seguía floreciendo dentro de ella.

Ahora, sola y sentada en el sofá de su piso de Gracia, Nuria ya no es la misma. No. Ya no es la amante apasionada que descubrió la vida a través de los ojos de su novio Rubén. Ahora es una mujer valiente y joven, decepcionada por una muerte inesperada pero salvada por una vida que la conquista por dentro, que la transforma y la subyuga. La savia de la esperanza, el fuego de la vida, se apoderan de ella y con ocho meses nota que su cuerpo entero se ha convertido en la extensión del universo, en el centro de una galaxia que fecunda planetas y estrellas. Sus senos crecidos y repletos de leche, dolorosos en algunos momentos pero listos para apaciguar los gritos de la criatura que saldrá de su cuerpo son un indicio externo de esa preparación. Sus caderas anchas y generosas, su barriga abultada que ella acaricia con una placidez inocultable, su piel tersa y un olfato agudizado, son otros indicios que exhiben una actividad constante de sus hormonas y de un organismo dispuesto a afrontar los grandes retos del universo. Ella respira, conecta con ese niño que llamará Rubén, como su novio desvanecido. Piensa y confía en que será una madre perfecta. Lo intentará por lo menos, porque ella considera que lo que importa son las intenciones. Al percibir esas leves cosquillas, ese hormigueo sedante en su vientre voluminoso, como un sueño a un paso de convertirse en realidad, se siente más fuerte que antes, más madura y más serena, sin embargo, ella no puede evitar de preguntarse: ¿Qué habría sido de su novio si hubiese sabido que ella estaba embarazada? ¿Habría vuelto a luchar por la vida, a creer en su destino? ¿Habría sentido la misma fuerza que crece en ella con ese calor y ese coraje perseverante e incansable?

 

 

 

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