Con un gesto suave y delicado de la mano, con un
semblante de mujer experta y predispuesta, Nuria
palpa, tantea y masajea su vientre abombado para
conectar y escuchar al niño que crece dentro de ella.
Ella lo siente, lo escucha, percibe sus golpes como
un juego constante de su hijo, una necesidad de
comunicar con ella y mostrar que está ahí. Sí, ahí.
Dentro de ella, nutriéndose de lo mismo que ella,
compartiéndolo todo, absolutamente todo. Ella lo
siente por dentro. Él es ella y ella es él. Unidos
por la sangre, por la placenta, por mucho más que
eso y también por un amor creciente e infinito. Ella
lo escucha y, aunque no le ve, aunque se siente
cansada, habla con él y trata de adivinar su estado
de ánimo. Ahora quiere
moverse, agitarse, girar en busca de una
postura cómoda, apaciguarse, detenerse, dormirse y
de repente arrancar con un redoblado esfuerzo, con
una energía inesperada, como si estuviera en un
jardín o un patio adonde se reúnen otros niños y en
el que puede hacer todo lo que quiere. Cuando ella
se sienta en ese sofá solitario del salón para
descansar es cuando él se pone súbitamente en acción
y se menea, aprovechando de la tranquilidad y la
estabilidad de ese vientre inmóvil y protegido. Sin
embargo, cuando ella se levanta, cuando ella es la
que se mueve y se agita, él se amilana, se encoge,
se duerme y disfruta del vaivén de su cadera, del
balanceo de su vientre tan confortable.
Sentada en la sombra de ese piso de la calle
Providencia, en una zona levemente ventilada, ella habla
en voz alta con él, le canta y tararea unas
canciones reposantes y alegres, muchas veces la
misma pero con leves variaciones, porque sabe que
él la escucha y que ese sonido grave le calma. Sabe
que esto es música, una música celestial o cavernosa,
una música profunda y sentimental que les une más
que cualquier cosa porque no se trata de reproducir
una melodía sino de compartir las vibraciones,
sentir la calidez y ese nexo universal que les une.
Ella respira hondamente para sintonizar el ritmo de
su corazón con el de su hijo. Ésa es otra música que
les conecta y que les acerca por medio de ondas
indescifrables, profundas emociones del universo,
propios de ese mundo interior que ella cultiva, y se
encandila al percibir ese halito de vida salido de
la nada, nacido del fruto de un amor que ella
prolonga en su mente, en sus sueños de mujer
generosa y exquisita. Ella recuerda cómo fue
concebido ese hijo ahora tan anhelado. Su gran
esperanza. Su última ilusión. Allí, en ese lugar
tranquilo, recuerda cómo, en esos momentos de pasión,
el amor invadía cada uno de sus miembros, cada uno
de sus poros y se extendía por todo el piso como un
vago resplandor, un perfume indescriptible, y seguía
cobijándoles e infundiéndoles unas ganas
irreprimibles de conocerse y de quererse más y más.
Ese niño que espera ahora, que crece con ella dentro
de ese cuerpo hermoso y dadivoso, es el resultado de
un amor inmenso, un amor ardoroso que la sobrecogió
en la flor de su juventud y de su inocencia. Ella se
pregunta cómo pudo ignorar su estado de embarazo
hasta el tercer mes, cómo pudo ser tan desprevenida
y despistada frente a ese regalo de Dios, a ese
obsequio del cielo, pero luego se rinde a la
evidencia de su duro destino. Ese destino cruel que
la acecha, que la aturde reciamente, es la causa de
su despiste.
El suicidio de ese novio tan querido, ese atractivo
hombre que la enamoró mientras conducía su bus
número treinta y nueve con tanto orgullo por la
calle Providencia, que la sedujo con sus guiños y
sus comentarios de galán, fue el detonante de esa
tremenda depresión que nubló sus sentidos y la
sumergió en un mundo oscuro de desaliento y
desesperanza. Fue ese suceso inesperado lo que la
sacudió en pleno idilio amoroso, que la arrancó de
sus sueños de mujer inexperimentada en el amor, para
hacerle dudar de todo, de sus planes, de sus ganas
de vivir, de su amor por ese novio encantador. Él,
sin duda, la amaba, la quería con toda su alma, pero
no supo afrontar sus problemas profesionales y antes
de compartir su padecimiento con ella, ella que
siempre estuvo pendiente de él, prefirió desistir y
olvidarse del odio, del rencor, del malestar, de la
desidia, de la frustración y también de los que le
querían y se preocupaban por él. Se olvidó de todo y
de ella sobretodo. Eso es lo que más le duele.
En su orgullo de mujer apasionada y entregada, esa
desaparición le sigue doliendo y le seguirá doliendo
toda la vida. Por mucho que se esfuerce y que trate
de aliviar el dolor, de relativizar y pensar en el
amor de otras personas como su madre, el recuerdo de
ese primer amor sigue intacto en ella, indeleble y
vivo, radiante y ardiente, como si fuera el primer
día de su relación, ese día que salieron juntos por
las calles del barrio de Gracia y se besaron
desenfrenadamente en la casa del muchacho. Sin duda,
ella habría hecho todo lo posible para ayudarle,
habría movilizado todas sus fuerzas de mujer
ilusionada, si él le hubiese dicho algo o hecho una
señal, algo más que esa sonrisa seductora o unas
palabras agradables, pero él no quiso nunca pedir
ayuda. No. Su orgullo era demasiado grande. Por eso,
la imagen de su novio inanimado en la bañera, el
padre del hijo que crece en su barriga, inerte y
desangrándose lentamente por esas muñecas abiertas,
le sigue punzando el corazón con la misma agudeza,
la misma dureza que los primeros meses. El dolor es
enorme, inimaginable, y en muchísimas ocasiones
pensó que su vida había de parar también, de la
misma forma que la de su novio, porque no podía
aguantar la soledad de su piso, la soledad de su
alma y de su corazón. El abandono había sido brutal
e inesperado.
Eso fue lo que pensó antes de darse cuenta de su
embarazo, de que una nueva vida, una luz de
esperanza, iba desarrollándose dentro de ella, poco
a poco, con templanza y determinación. Entonces,
comprendió que su novio no había muerto del todo,
que su cuerpo fino y joven albergaba el fruto de ese
amor pasional e incomprendido, y lo mantenía activo
con esa persistencia y voluntad que caracteriza a la
vida. Una parte de su novio estaba dentro de ella,
fusionándose con sus células, mezclándose y
nutriéndose de la fertilidad de su barriga,
impregnándose, embebiéndose de sus vibraciones, de
sus emociones y eso la chocó enormemente. La
trastornó durante largos días, noches enteras de
insomnio, hasta que el cambio fue notándose poco a
poco, lentamente como el efecto pulidor de las olas
sobre las rocas. Dentro de su cuerpo adolorido,
dentro de su mente acongojada y deprimida, el
consuelo y la confianza que infunden la vida fueron
ganando posiciones, progresando e imponiéndose sobre
los pensamientos destructivos y los tormentos que la
habían acechado.
La fuerza de la vida la invadió. La abrazó en plena
turbación y con ella descubrió, pausadamente, las
maravillas de su cuerpo y la mística naturaleza que
la rodea. Ese mundo increíblemente complejo y
cambiante que la observa, que la escucha y respira
como ella. Su madre, siempre inquieta y pendiente de
sus necesidades, preocupada por la forma en la que
el novio desapareció de este mundo y temerosa de que
esto influenciara de la misma forma a su hija, fue
la primera en percibir el cambio. Evidentemente, no
fue inmediato pero percibió una semblanza de
serenidad en sus movimientos y en sus facciones, un
rastro de luz y de esperanza en su mirada, un vago
perfume de vida y un halo de seguridad alrededor de
su silueta. El niño ya estaba creciendo dentro de
ella y los cambios se efectuaban con el mismo
misterio que cuando una hoja verde brota de una
planta seca. El amor seguía floreciendo dentro de
ella.
Ahora, sola y sentada en el sofá de su piso de
Gracia, Nuria ya no es la misma. No. Ya no es la
amante apasionada que descubrió la vida a través de
los ojos de su novio Rubén. Ahora es una mujer
valiente y joven, decepcionada por una muerte
inesperada pero salvada por una vida que la
conquista por dentro, que la transforma y la subyuga.
La savia de la esperanza, el fuego de la vida, se
apoderan de ella y con ocho meses nota que su cuerpo
entero se ha convertido en la extensión del universo,
en el centro de una galaxia que fecunda planetas y
estrellas. Sus senos crecidos y repletos de leche,
dolorosos en algunos momentos pero listos para
apaciguar los gritos de la criatura que saldrá de su
cuerpo son un indicio externo de esa preparación.
Sus caderas anchas y generosas, su barriga abultada
que ella acaricia con una placidez inocultable, su
piel tersa y un olfato agudizado, son otros indicios
que exhiben una actividad constante de sus hormonas
y de un organismo dispuesto a afrontar los grandes
retos del universo. Ella respira, conecta con ese
niño que llamará Rubén, como su novio desvanecido.
Piensa y confía en que será una madre perfecta. Lo
intentará por lo menos, porque ella considera que lo
que importa son las intenciones. Al percibir esas
leves cosquillas, ese hormigueo sedante en su
vientre voluminoso, como un sueño a un paso de
convertirse en realidad, se siente más fuerte que
antes, más madura y más serena, sin embargo, ella no
puede evitar de preguntarse: ¿Qué habría sido de su
novio si hubiese sabido que ella estaba embarazada?
¿Habría vuelto a luchar por la vida, a creer en su
destino? ¿Habría sentido la misma fuerza que crece
en ella con ese calor y ese coraje perseverante e
incansable?