México, Distrito Federal I Marzo -Abril  2010 I Año 5 I Número 24 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

SUEÑO ERRANTE

Isaac Martínez U. nació en 1986 en Oaxaca, México. Estudió la licenciatura en Relaciones Internacionales en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM. Es en la carrera en donde conoce el funcionamiento del sistema mundial; y es en la institución en donde descubre la existencia de mundos que lo inducen y que lo inspiran a escribir

Como un reptil viscoso, se resbala en la almohada mi última gota de llanto y decido perderme en los caudales del sueño. Entrego la realidad a la suerte, entrego mi paz a la locura. Puedo sentir cómo me hundo en el fango de la ilusión para llegar al punto donde todo es posible, un lugar que me es extraño y a veces hostil. Sé que tendré uno de esos sueños que vertiginosamente mutan, pues mi último pestañeo ha producido un huracán entre mis sábanas. No es que tenga miedo de mi inconsciente pero me preocupa la voracidad de mi imaginación.

1. Es tarde. Frente a mí se colocan signos fulgurantes: letras, números, líneas rectas y curvas. Me exigen con gemidos que les dé orden, que busque su posición. Intento tomarlos pero escapan de mis manos como lo hacen mis lágrimas, son serpientes viscosas y centelleantes. Con insistencia me imploran que los acomode para crear un poema o un cuento, intento hacerlo y fallo.

Me suplican que no los deje apagarse, que podría combinarlos en códigos divinos para crear armonías, pero nuevamente se esfuman entre mis dedos. Comienzan un rumor de animales salvajes que se convierte en ruido, se agitan más y más fuerte. Los signos fulgurantes, las llamas antes inofensivas, ahora se convierten en violentas luces que chocan unas contra otras, sangran y se despedazan. Producen un ensordecedor alarido, tan escabroso que pasa de sonido a imagen y de imagen a dolor. Pienso que soy culpable de la masacre pero me eran ajenas, no podía crear montañas de historias con mi inspiración muerta.

2. Muta mi sueño y ahora estoy sentado en el mismo lugar de mi primera cita romántica. La heladería frente a la escuela secundaria luce como siempre. Por la ventana entran tímidos rayos de sol que apenas dan brillo al rostro bendito de Erick. Vestimos el uniforme de la escuela y el olor a chocolate fundido inunda mis sentidos. Tomo sus manos líquidas, me dice “tengo miedo”.  Su corazón bombea más rápido, mis manos que sostienen las de Erick, sienten las palpitaciones vertiginosas del amante adolescente.

No puedo articular palabra descifrable y Erick comienza a llorar porque frente a él perdí el habla; “¡qué tragedia!”, dice entre sollozos. Me angustia no poder decirle que no perdí el habla, que solamente en mi sueño no puedo hablar, que mi sueño es una bestia que devora a su paso cualquier signo de cordura. Quiero decirle que me despierte, que me bese y me abrace para salir del enmudecimiento maldito. Es inútil, su lamento derrite mi helado  y se desmorona como una piedra erosionada.  Pienso que es mi culpa pero no puedo actuar la escena de una película romántica cuando el paso de los años me ha arrebatado la inspiración.

3. Cambia mi sueño una vez más. Ahora en una alcoba oscura con apenas una luz tenue, sobre mi rostro veo mi reflejo en un espejo que flota. Con mis dedos recorro mi cara, cada protuberancia, cada recoveco; llego a mis labios. Los siento tersos por fuera, mi lengua sale como una criatura temblorosa  para humedecerlos y vuelve a su escondite cálido. En su pesado regreso desprende algo a su paso, hago un esfuerzo mínimo y toco mis dientes; siento un hueco. Me alarma la pequeña piedra que se revuelca divertida en mi boca, así que preparo un camino hacia mi dentadura, y mientras la repaso con apenas la punta de la lengua, aquélla se desmorona.

Es un piano viejo que ha tocado todas las alabanzas,  y ahora, rendido de maravillar por mucho tiempo, tira su marfil. ¿Es una ofrenda? ¿Es una tragedia? No, es un sueño. Y lo repito mil veces cuando escupo todos mis dientes que, aún tibios, caben en mi mano.  Lo repito hasta el infinito para no desmayar cuando siento mis encías desnudas. Aviento el puñado de colmillos contra el espejo que estalla al contacto de los proyectiles. El miedo me invade, es el espejo. Conmocionado busco a alguien en la alcoba,  a lo lejos veo una silueta hincada iluminada por apenas una vela. Me acerco unos pasos y olvido el miedo de los dientes cuando me invade el terror de lo que veo.

4. Un anciano saca de una cajita cuerpos humanos que devora monstruosamente. Parece no inmutarse con mi presencia, su festín caníbal lo tiene extasiado. Sus ojos se desorbitan cada que arranca las extremidades de los cuerpos, tiene en la mano un dorso con una pierna colgante; mientras mastica puedo ver que tiene tres filas de colmillos. La gula casi le impide deglutir el bocado, entre sus dientes hay brazos, cráneos y vísceras. Se echa de un jalón lo que tenía en la mano, lame sus dedos de manera lujuriosa. Abre la cajita y un alarido de mil personas se oye en el cuarto; inmóvil veo que  mi familia y mis amigos son los que siguen en este festín.

3. El terror se ha convertido en pánico, quiero que cambie mi sueño, me esfuerzo por concentrarme pero el anciano ha tomado a mi abuelo y a un caballo blanco con sus manos llenas de sangre. “¡Huye abuelo! ¡Huye como en la historia que cuenta mi padre, donde burlaste a unos asesinos en tu caballo blanco! ¡Saca tu rifle de cacería y mata al monstruo, que tengo miedo! ¡Destrúyelo ya, que temo que no seas el héroe de la historia que cuenta mi padre! ¡Galopa, Silver, y salva a mi vaquero favorito, hazlo rápido hasta alcanzar la velocidad del sonido! ¡Huyan como en los tiempos de gloria en que salvaban a doncellas de rufianes, en las épocas que el viejo oeste se regía por el honor y no por las balas!” Es inútil cualquier esfuerzo. Mi héroe y su corcel caen ante el espeluznante ser. Pienso que es mi culpa pero no puedo ser un titán cuando el miedo me paraliza.

2. Ahora estoy en medio de un prado iluminado. El sol irradia como nunca, no tan abrasivo ni tan blando, es la intensidad necesaria para que los botones florezcan. Veo a mi alrededor el paisaje pintado en colores pastel, diluido por la agridulce certeza de que tanta perfección no es real. Me inunda la paz inmensa de los muertos, la tranquilidad de un feto que aguarda su momento para explotar. Es ahora. Doy un salto y me elevo tanto que alcanzo un fruto del árbol cercano. Siento el impulso de hacerlo una vez más, flexiono las rodillas y como un cometa me elevo. En el aire soy una seda que es llevada por las corrientes, veo lo que hay abajo: ríos de mercurio, montes de terciopelo verde, flores prismáticas y animales metálicos.

1. Siento la brisa de un lago cercano, intento descender a él, con las puntas de mis pies desnudos toco apenas la superficie del agua y me impulso una vez más a las alturas. Inconmensurable es  la felicidad de volar, es la plenitud que añora un esclavo, es el estado en el que se mantiene un moribundo. El diálogo con el viento es tan íntimo que me besa, me abraza en sus corrientes y me fragmenta. Ahora soy partículas. Dentro del éxtasis caigo en cuenta que es un sueño, el más bizarro y metamórfico de toda mi vida, así que decido disfrutarlo y volar como un dragón de papel hacia el atardecer. Ser una nube errante o vagar sin destino entre colinas. Fundirme entonces con las montañas, elevar mis cantos al cielo, apagarme con el sol del otro lado del mundo y despertar en mi cama.

0. Satisfecho hasta las lágrimas, escucho el trino de las aves a través de mi ventana, no las envidio pues ahora  sé del deleite infinito de volar, de ser la lluvia, de ser un monstruo, de ser un amante adolescente y de ser un soñador que espera la noche como un presagio, el momento indicado para mutar.

 

 

 

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