Como un reptil viscoso, se resbala en la almohada mi
última gota de llanto y decido perderme en los
caudales del sueño. Entrego la realidad a la suerte,
entrego mi paz a la locura. Puedo sentir cómo me
hundo en el fango de la ilusión para llegar al punto
donde todo es posible, un lugar que me es extraño y
a veces hostil. Sé que tendré uno de esos sueños que
vertiginosamente mutan, pues mi último pestañeo ha
producido un huracán entre mis sábanas. No es que
tenga miedo de mi inconsciente pero me preocupa la
voracidad de mi imaginación.
1. Es tarde. Frente a mí se colocan signos
fulgurantes: letras, números, líneas rectas y curvas.
Me exigen con gemidos que les dé orden, que busque
su posición. Intento tomarlos pero escapan de mis
manos como lo hacen mis lágrimas, son serpientes
viscosas y centelleantes. Con insistencia me
imploran que los acomode para crear un poema o un
cuento, intento hacerlo y fallo.
Me suplican que no los deje apagarse, que podría
combinarlos en códigos divinos para crear armonías,
pero nuevamente se esfuman entre mis dedos.
Comienzan un rumor de animales salvajes que se
convierte en ruido, se agitan más y más fuerte. Los
signos fulgurantes, las llamas antes inofensivas,
ahora se convierten en violentas luces que chocan
unas contra otras, sangran y se despedazan. Producen
un ensordecedor alarido, tan escabroso que pasa de
sonido a imagen y de imagen a dolor. Pienso que soy
culpable de la masacre pero me eran ajenas, no podía
crear montañas de historias con mi inspiración
muerta.
2. Muta mi sueño y ahora estoy sentado en el mismo
lugar de mi primera cita romántica. La heladería
frente a la escuela secundaria luce como siempre.
Por la ventana entran tímidos rayos de sol que
apenas dan brillo al rostro bendito de Erick.
Vestimos el uniforme de la escuela y el olor a
chocolate fundido inunda mis sentidos. Tomo sus
manos líquidas, me dice “tengo miedo”. Su corazón
bombea más rápido, mis manos que sostienen las de
Erick, sienten las palpitaciones vertiginosas del
amante adolescente.
No puedo articular palabra descifrable y Erick
comienza a llorar porque frente a él perdí el habla;
“¡qué tragedia!”, dice entre sollozos. Me angustia
no poder decirle que no perdí el habla, que
solamente en mi sueño no puedo hablar, que mi sueño
es una bestia que devora a su paso cualquier signo
de cordura. Quiero decirle que me despierte, que me
bese y me abrace para salir del enmudecimiento
maldito. Es inútil, su lamento derrite mi helado y
se desmorona como una piedra erosionada. Pienso que
es mi culpa pero no puedo actuar la escena de una
película romántica cuando el paso de los años me ha
arrebatado la inspiración.
3. Cambia mi sueño una vez más. Ahora en una alcoba
oscura con apenas una luz tenue, sobre mi rostro veo
mi reflejo en un espejo que flota. Con mis dedos
recorro mi cara, cada protuberancia, cada recoveco;
llego a mis labios. Los siento tersos por fuera, mi
lengua sale como una criatura temblorosa para
humedecerlos y vuelve a su escondite cálido. En su
pesado regreso desprende algo a su paso, hago un
esfuerzo mínimo y toco mis dientes; siento un hueco.
Me alarma la pequeña piedra que se revuelca
divertida en mi boca, así que preparo un camino
hacia mi dentadura, y mientras la repaso con apenas
la punta de la lengua, aquélla se desmorona.
Es un piano viejo que ha tocado todas las alabanzas,
y ahora, rendido de maravillar por mucho tiempo,
tira su marfil. ¿Es una ofrenda? ¿Es una tragedia?
No, es un sueño. Y lo repito mil veces cuando escupo
todos mis dientes que, aún tibios, caben en mi mano.
Lo repito hasta el infinito para no desmayar cuando
siento mis encías desnudas. Aviento el puñado de
colmillos contra el espejo que estalla al contacto
de los proyectiles. El miedo me invade, es el espejo.
Conmocionado busco a alguien en la alcoba, a lo
lejos veo una silueta hincada iluminada por apenas
una vela. Me acerco unos pasos y olvido el miedo de
los dientes cuando me invade el terror de lo que veo.
4. Un anciano saca de una cajita cuerpos humanos que
devora monstruosamente. Parece no inmutarse con mi
presencia, su festín caníbal lo tiene extasiado. Sus
ojos se desorbitan cada que arranca las extremidades
de los cuerpos, tiene en la mano un dorso con una
pierna colgante; mientras mastica puedo ver que
tiene tres filas de colmillos. La gula casi le
impide deglutir el bocado, entre sus dientes hay
brazos, cráneos y vísceras. Se echa de un jalón lo
que tenía en la mano, lame sus dedos de manera
lujuriosa. Abre la cajita y un alarido de mil
personas se oye en el cuarto; inmóvil veo que mi
familia y mis amigos son los que siguen en este
festín.
3. El terror se ha convertido en pánico, quiero que
cambie mi sueño, me esfuerzo por concentrarme pero
el anciano ha tomado a mi abuelo y a un caballo
blanco con sus manos llenas de sangre. “¡Huye abuelo!
¡Huye como en la historia que cuenta mi padre, donde
burlaste a unos asesinos en tu caballo blanco! ¡Saca
tu rifle de cacería y mata al monstruo, que tengo
miedo! ¡Destrúyelo ya, que temo que no seas el héroe
de la historia que cuenta mi padre! ¡Galopa,
Silver,
y salva a mi vaquero favorito, hazlo rápido hasta
alcanzar la velocidad del sonido! ¡Huyan como en los
tiempos de gloria en que salvaban a doncellas de
rufianes, en las épocas que el viejo oeste se regía
por el honor y no por las balas!” Es inútil
cualquier esfuerzo. Mi héroe y su corcel caen ante
el espeluznante ser. Pienso que es mi culpa pero no
puedo ser un titán cuando el miedo me paraliza.
2. Ahora estoy en medio de un prado iluminado. El
sol irradia como nunca, no tan abrasivo ni tan
blando, es la intensidad necesaria para que los
botones florezcan. Veo a mi alrededor el paisaje
pintado en colores pastel, diluido por la agridulce
certeza de que tanta perfección no es real. Me
inunda la paz inmensa de los muertos, la
tranquilidad de un feto que aguarda su momento para
explotar. Es ahora. Doy un salto y me elevo tanto
que alcanzo un fruto del árbol cercano. Siento el
impulso de hacerlo una vez más, flexiono las
rodillas y como un cometa me elevo. En el aire soy
una seda que es llevada por las corrientes, veo lo
que hay abajo: ríos de mercurio, montes de
terciopelo verde, flores prismáticas y animales
metálicos.
1. Siento la brisa de un lago cercano, intento
descender a él, con las puntas de mis pies desnudos
toco apenas la superficie del agua y me impulso una
vez más a las alturas. Inconmensurable es la
felicidad de volar, es la plenitud que añora un
esclavo, es el estado en el que se mantiene un
moribundo. El diálogo con el viento es tan íntimo
que me besa, me abraza en sus corrientes y me
fragmenta. Ahora soy partículas. Dentro del éxtasis
caigo en cuenta que es un sueño, el más bizarro y
metamórfico de toda mi vida, así que decido
disfrutarlo y volar como un dragón de papel hacia el
atardecer. Ser una nube errante o vagar sin destino
entre colinas. Fundirme entonces con las montañas,
elevar mis cantos al cielo, apagarme con el sol del
otro lado del mundo y despertar en mi cama.
0. Satisfecho hasta las lágrimas, escucho el trino
de las aves a través de mi ventana, no las envidio
pues ahora sé del deleite infinito de volar, de ser
la lluvia, de ser un monstruo, de ser un amante
adolescente y de ser un soñador que espera la noche
como un presagio, el momento indicado para mutar.