Muchas tardes soleadas, fueron divertidas y alegres,
con comidas, helados, risas y miradas felices.
Caminatas a pie, largas pláticas, besos y caricias
por doquier. En esos momentos, José Rafael se sentía
complacido con la vida y agradecido con Dios, todo
parecía estar en su sitio, cada cosa en su lugar,
con una linda mucha tomada de su mano, planes de
casarse, y nombre para los muchachitos. Las cuerdas
del universo parecían sonreírle, y enderezarse
después de años oscuros, pero lastima que los
instantes de dicha en los hombres buenos son
ingratamente efímeros.
Todo era un crudo espejismo. Fue fruto de una tonta
mezcla de ingenuidad y ganas de amar de él, con
vanidad y pasajeras esperanzas de cambiar por parte
de ellas, aderezado con canciones bonitas, versos
tiernos, flores frescas, y ciegas ilusiones de ver
lo que se quería ver. José Rafael y la muchacha
vivieron cosas muy buenas por algún tiempo, hasta
que ella comenzó a cambiar drásticamente, lo que
ayer le gustaba ahora le exasperaba, le reprochaba
todo, desde la ropa y el cabello que volaba por los
aires, a sus modales de antaño, de viejorro; las
placidas y románticas conversaciones que terminaban
en risas bobas por cualquier cosa, esta vez se veía
una larga cara de cementerio en ella. Finalmente,
los pocos días, ella se le encimaba y arrojaba en
las piernas y brazos a Rafael Prudencio, quien cayo
envilecido rápidamente por las caricias, eso que
algunos llaman “idiotización masculina por una
fémina”, y otros llaman simplemente por “pendejo por
pelos…”.
Lo cierto, es que a la ya tormentosa y desastrosa
existencia de la familia Ramírez, se unía otra
calamidad “pa’ arruga’ la cosa…”. Salvo contadas
veces el grupo familiar pudo estar contento y junto,
porque entre las enfermedades, los suicidios, los
destierros y los duros trabajos de mula, habían
estado casi siempre metidos cada uno en su camisa de
fuerza, en sus labores, en sus mundos escondidos
para hacerse los fuertes. la secuencia de tragedias
se inició, cuando doña Maria Luisa Escalante nació,
de padres analfabetos e inescrupulosos que la
abandonaron en una iglesia, luego vivió y se crió
como sirvienta una casa que le dieron el apellidos,
y después de casa en casa, lavando, planchando,
barriendo, fregando, cocinando, sin descanso. el
padre, Rafael Jacinto, no dista mucho, su progenitor
abandono a su mamá, cuando él apenas contaba meses,
con una muchachada de hermanos mayores que
terminaron muertos por las guerras civiles,
exiliados políticos, o llevados al más allá por las
epidemias.
Pobres los dos, tanto en cariños como en dinero, no
tenían ni donde caerse muertos. no obstante, Rafael
Jacinto y Maria Luisa, se querían en verdad, nunca
se casaron por la iglesia pero vivían muy unidos,
trababan durante todo el día, sin descanso, y en las
noches continuaban laborando en sus casa, poniendo
una puerta, arreglado una ventana, alimentando sus
animalitos, siempre con un amor devoto, aunque
parezca increíble eran pobres pero felices. Sol a
sol, y año tras año, fueron levantando un humilde
pero sólido hogar, carente de lujos y ostentaciones,
pero rico en afectos, trabajos y estudios, junto con
sus hijos ellos aprendieron a leer, a escribir y a
contar, fueron levantando poco a poco un finquita a
las afueras de Maracay.
Las penurias y limitaciones, los Ramírez fueron
superándolas con cada uno de sus hijos que iba
naciendo, primero, Rafael Segundo, grandote y
enfermizo, que murió a los tres años; luego, Juan
Rafael, de hermosos ojos azules, quien se ahogo de
carajito, le siguió, José Rafael, quien era
disciplinado y obediente, creció y ayuda al hogar;
después, Rafael Gerardo, juguetón e inquieto, que
falleció a los dieciséis cuando un caballo lo batió;
le continuó, Rafael Prudencio, que de prudente no
tenía nada, era audaz e hábil para domar bestias;
prosiguió, Rafael Agustino, tranquilo y agricultor,
se les disparo la escopeta al cazar a un conejo,
duro siete días de agoniíta en cama, entre sollozo y
gritos desapareció; le vino, Rafael Alberto, joven
apuesto, admirado por las mujeres, se enamoro de una
hermosa y acomodada niña valenciana, a la cual los
padres de ella la casaron de inmediato para negar
posibilidad alguna al muchacho, este deprimido y
solariego, se disparo en la sien; por último,
nacieron los morochitos, Ana Rafaela y Rafael
Clemente, la niña solo vivió un mes y pereció en los
brazos de la madre, el varoncito creció sano y se
convirtió en sacerdote.
Así la familia, formada por Rafael Jacinto y Maria
Luisa, estaba plagada de hecho desafortunado y
contagiada de eterna tristeza, en su hogar ya no se
festejan cumpleaños, fechas particulares ni nada,
todos los días son iguales, de lunes a domingo, es
trabajo esmerado. Ahora, se revuelven los vientos
voraces del infierno en la tierra, la lucha
fraticida entre dos hermanos por una mujer, José
Rafael y Rafael Prudencia, ambos con caracteres y
personalidades totalmente opuestas, el primero,
retraído, ordenado y servicial, el segundo,
extrovertido, desordenado e irreverente, ambos, eso
sí, muy valientes e inteligentes, no se amilanaban
ante los retos de la terca vida de trabajo, saliendo
adelante siempre, pero en este instante, peleados
para más horros de sus padres.
Dos hermanos enfrentados por el querer de una
muchacha, una mujer falsa, mentirosa y libertina que
aparentaba ser hogareña y recatada, se entrega por
igual a ambos. Son las cosas más raras, extrañas e
insólitas de los astros. Atrás habían quedado,
aquellos dos carajitos que jugaban juntos, como
inseparables, todo el día, a ser médicos e
ingenieros, a curar a las gentes o construir
carreteras, y también a ser generales e ir a la
guerra, esa misma guerra que ya tenían encima. De
los dos mocosos que carreteaban caballos por los
montes, se bañaban en el río, que retozaban montados
en los árboles de mango comiendo aquel exquisito
majar de Dios, y que compartían hasta la hamaca, ya
no quedaba ni la sombras.
Menos quedaba lugar, para esos dos hombres
embravecidos por las faldas de una mujer, a la que
no le parecía importarle en lo absoluto que se
mataran por ella, al contrario, le causaba gracia y
risa, y se preocupaba más por arreglarse para el día
a día, y “el que dirán”. Se enrojecía los carnosos
labios, colocaba blusa descotada para que los
presionados senos, estuviesen levantado, “jugosos” y
“apetecibles”, falda ajustada a la cintura para se
sobresalieran las caderas, tacones para que
resaltaran las nalgas con el caminar, en fin, por su
mente pasaban más preocupaciones por como la verán
las “zorras” envidiosas de la cuadra y por quien la
brindara, que por la suerte de esos desdichados
jóvenes, total no eran los primeros que enamora, y
según piensa ella, tampoco los últimos.
Los domingos soleados en Maracay quedaron en el
olvido, como las labranzas juntos de campo, en la
finca de su padre, ya ni se hablaban en la mesa, no
se veían. Sus pasatiempos no les divertían, y solo
vivían pensando en la pesada y oscura situación, que
se había convertido en una telaraña femenina sin
sentido, sin razón y sin salida. Ni las lecturas de
El Cojo Ilustrado o Venezuela Heroica
de Eduardo Blanco, apartaban los sesos de José
Rafael del karma que experimentaba, en tanto menos,
las corridas de toros o las cabalgatas a todo
galope, encendían ya las pupilas de Rafael
Prudencio, apagado, taciturnos, embriagados de
mentiras y patrañas que la mujer les contaba por
separado, no encontraban rayo de luz en aquel
tétrico laberinto.
Mientras, don Rafael Jacinto y doña Maria Luisa, no
paraban consolarse mutuamente, los sollozos
mañaneros, los ratos mudos y la gangrena torcida que
les recorre y va comiendo los envejecidos cuerpos,
van las misas de su hijo sacerdote, el pequeño y
comprensivo Rafael Clemente, él también se despabila
por dentro con esta enfermedad familiar, sin embargo
da ánimos a sus afligidos padres, se entrega a Dios
y se resigna con sinigual voluntad al martirio. En
las calles, la gente esta como siempre, echando
vaina por su cuenta, chismeando de los otros,
haciendo leña de los árboles caídos, al tiempo que
La Sagrado los mantiene “derechitos” a planazo
limpio, y su hacienda, en medio de terneras, manda
como siempre el anciano Benemérito o el Bagre, al
final son el mismo.
Finalmente, los testarudos hermanos deciden
solucionar todo, con la “magnifica y sensata idea”
de un duelo, al viejo estilo de las caballeros
medievales y poetas idealistas del siglo XX, por “el
amor de una dama”, supuestamente, y ojala hubiese
sido así en verdad. Pero las empecinada y obstinada
fuerzas desatadas querían divertirse más y más, y
que mejor oportunidad, que con más dolor. Así el
duelo que pautado para el día siguiente a las seis
de la mañana, detrás de la iglesia, con revólveres
Smith & Wesson de tambor de seis balas, los
padrinos eran sus primos, José Anacleto por José
Rafael, y José Toribio por Rafael Prudencio, ambos
se miraron profundamente a los ojos, como
despidiéndose a la vez que se pedían perdón
mutuamente, ya las cosas habían llegado demasiado
lejos, aunque ellos sabían bien que ninguno se
echaría para atrás, son “muy machos” para “cabroniarse”.
Esa misma noche, a enterarse Rafael Jacinto, explota
de la “arrechera”, amenaza a con “caerles a palo y
cuero limpio” a los dos, pero la desesperada rabia
del padre nada puede hacer, mucho menos los piadosos
ruegos, llantos y suplicas de la madre. Cada uno por
su lado, se acuestan bien temprano porque la día
siguiente van a madrugar. Los dos viejos no dejan de
llorar, arrodillados, con las cuatro manos unidas un
montón de dedos y cruces, imploran al cristo de la
pared. No duerme ninguno, entre chillidos un par, y
otro par con miradas contemplativas hacia el techo,
despidiéndose de cada recuerdo, de lo vivido.
A las cuatro de la mañana, salen sin que los padres
se den cuenta los dos hermanos, cada uno por su
lado, llegan puntuales a la mortal cita, les esperan
sus primos, José Anacleto y José Toribio, portando
las aceitadas armas. Luego de tomar sendas tazas de
café hirviendo y amargo, se disponen cada uno en su
lugar, con los revólveres en sus cintos, y sus
nerviosas manos sobre estos, se miran una y otra
vez, con gotas frías escurriéndose en sus macabros
cuerpos, los primos observan todo sin pronunciar
palabra mientras sus heladas manos se esconden y sus
alteradas mandíbulas no paraban de moverse. En ese
instante de escalofriante silencio, que los
endemoniados hombres sacan sus revólveres y se
apuntan mutuamente, sale corriendo Rafael Jacinto,
quedando en medio de los tiros, en seguida cae
despedido al suelo, rápidamente se forma un río rojo
de sangre tibia aún, que emana abundantemente de
viejo y cansado padre, en sus manos estaba los
medallones de bautismo de sus tripones.
La espantosa escena se repite a cada rato en las
mentes de los cuatro hombres que la presenciaron,
los minutos parecen detenerse, mientras que doña
Maria Luisa no para de llorar en la tierra, al lado
de su esposo muerto, lamentándose y a la vez,
rogando y clamando por paz entre los hermanos, todo
se había ensañado contra esos pobres seres, desde la
muerte uno a uno de los otros hijos hasta la de don
Rafael Jacinto. Hace mucho pero mucho tiempo que se
fue y se apago la luz brillante de los ojos de esa
madre y esposa abnegada. Camina como ida, llevada
por Dios sabe que cosa, hacia su casa, la casa de
siempre, de toda una vida, ya había perdido la
cuenta de los años junto a su marido, el hogar donde
nacieron y desaparecieron sus vastagazo
tempranamente, en medio del infortunio. Sin más
palabra que decir, la admirable dama se fue y se
encerró en su cuarto, no quiso ver a los endiablados
muchachos que le quedaban ni a su toñeco, el Rafael
Clemente, no deseo salir más de allí, no comió, ni
bebió agua, se acostó en su vieja cama a llorar por
última vez, para cuando José Rafael y Rafael
Prudencia lograron tumbar la puerta, su madre dormía
eternamente, quizá hasta fue mejor así.
El duelo no había resuelto nada, ni el sacrificio
del padre ni la pérdida de la madre, parece haber
servido, abatidos los dos tercos hermanos por los
lamentos póstumos, víctimas fáciles de la estupidez
y la soberbia, cavan y entierran con sus propias
manos a sus fallecidos progenitores en la finca
familiar. Sin hablarse entre sí, y sin encontrar
perdón a tanta locura, se sumergen pausada pero
indeteniblemente en sus culpas internas, que les
arrancan las miserables chispas de vida que se
hallaba en sus malogrados seres. la “felicidad” se
les escapa dentro de tanta fatalidad y calamidad, en
eso se enteran, que la mujer que les gustaba, sigue
con su rutina como si nada hubiere pasado,
ofreciéndose a otro hombre con el que se va. pero ni
eso contribuye a que cese la desgracia y sufrimiento
que padecen, pasados los meses, se dan cuenta que
quien era esa mujer, de la cual ni su señora madre
no le gusta hablar, y que ellos saben bien que no
volverá jamás.
Ante el vacío total de razón y lógica, dentro de
tanta locura y tragedia, José Rafael y Prudencio
deciden confesar sus pecados por última vez con su
hermano el menor, el cura, Rafael Clemente, quien
paciente y piadosamente les escucha y les da los que
serían los sacramentos finales para que aquellos
cadavéricos seres que vagan con sus penas, que
deambulan y que alguna vez fueron hombres guapos y
de bien, pero con arrastrados pasos, se mueven y
simulan vivir. vuelven a ser inseparables hermanos,
solo que esta vez en su miserable dolor, observan
las estrellas en las noches y no entienden porque si
están allí mismo, brillando, todo alrededor de sus
vidas es gris, miran en el patio día y noche las
cruces de Rafael Segundo, Juan Rafael, Rafael
agustino, Rafael Alberto, Ana Rafaela, y de don
Rafael Jacinto y doña Maria Luisa, uno tras otro se
han ido, ellos los extrañan porque dentro de toda su
amarga existencia los únicos minutos felices fueron
a su lado.
En la calmada noche de luna llena, buscan las palas
y cavan sin descanso don hoyos más, junto a los de
sus padres y hermanos. José Rafael y Rafael
Prudencio, se encierran en la troja de su finca, a
la luz de la vela, entre el pasto para las bestias y
un gato negro que los vigila, sacan sus pistolas del
cinto, se miran fijamente y se dicen, que esto tiene
que terminar, ya no por el mal amor de esa mujer que
los perturbo, estafó y decepcionó, no, sino para
dejar de sufrir y reunirse con sus seres queridos,
se expresan afecto sincero y se consuelan
mutuamente, diciendo: “Ojala alguien pueda ser feliz
en esta vida… porque nosotros no pudimos…”