México, Distrito Federal I Marzo -Abril  2010 I Año 5 I Número 24 Publicación Bimestral IReserva de derechos N° 04-2008-03714320700-203 I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

EL DUELO

 

 

Froilán José Ramos-Rodríguez. (Barquisimeto, Venezuela). Es Profesor de Geografía e Historia. Maestrante en Historia. Profesor Investigador de la Universidad Simón Bolívar (Venezuela). Ha participado en diversos eventos académicos nacionales e internacionales, como ponente y organizador. Ha  recibido la Orden Jacinto Lara.

Muchas tardes soleadas, fueron divertidas y alegres, con comidas, helados, risas y miradas felices. Caminatas a pie, largas pláticas, besos y caricias por doquier. En esos momentos, José Rafael se sentía complacido con la vida y agradecido con Dios, todo parecía estar en su sitio, cada cosa en su lugar, con una linda mucha tomada de su mano, planes de casarse, y nombre para los muchachitos. Las cuerdas del universo parecían sonreírle, y enderezarse después de años oscuros, pero lastima que los instantes de dicha en los hombres buenos son ingratamente efímeros.

Todo era un crudo espejismo. Fue fruto de una tonta mezcla de ingenuidad y ganas de amar de él, con vanidad y pasajeras esperanzas de cambiar por parte de ellas, aderezado con canciones bonitas, versos tiernos, flores frescas, y ciegas ilusiones de ver lo que se quería ver. José Rafael y la muchacha vivieron cosas muy buenas por algún tiempo, hasta que ella comenzó a cambiar drásticamente, lo que ayer le gustaba ahora le exasperaba, le reprochaba todo, desde la ropa y el cabello que volaba por los aires, a sus modales de antaño, de viejorro; las placidas y románticas conversaciones que terminaban en risas bobas por cualquier cosa, esta vez se veía una larga cara de cementerio en ella. Finalmente,  los pocos días, ella se le encimaba y arrojaba en las piernas y brazos a Rafael Prudencio, quien cayo envilecido rápidamente por las caricias, eso que algunos llaman “idiotización masculina por una fémina”, y otros llaman simplemente por “pendejo por pelos…”.

Lo cierto, es que a la ya tormentosa y desastrosa existencia de la familia Ramírez, se unía otra calamidad “pa’ arruga’ la cosa…”. Salvo contadas veces el grupo familiar pudo estar contento y junto, porque entre las enfermedades, los suicidios, los destierros y los duros trabajos de mula, habían estado casi siempre metidos cada uno en su camisa de fuerza, en sus labores, en sus mundos escondidos para hacerse los fuertes. la secuencia de tragedias se inició, cuando doña Maria Luisa Escalante nació, de padres analfabetos e inescrupulosos que la abandonaron en una iglesia, luego vivió y se crió como sirvienta una casa que le dieron el apellidos, y después de casa en casa, lavando, planchando, barriendo, fregando, cocinando, sin descanso. el padre, Rafael Jacinto, no dista mucho, su progenitor abandono a su mamá, cuando él apenas contaba meses, con una muchachada de hermanos mayores que terminaron muertos por las guerras civiles, exiliados políticos, o llevados al más allá por las epidemias.

Pobres los dos, tanto en cariños como en dinero, no tenían ni donde caerse muertos. no obstante, Rafael Jacinto y Maria Luisa, se querían en verdad, nunca se casaron por la iglesia pero vivían muy unidos, trababan durante todo el día, sin descanso, y en las noches continuaban laborando en sus casa, poniendo una puerta, arreglado una ventana, alimentando sus animalitos, siempre con un amor devoto, aunque parezca increíble eran pobres pero felices. Sol a sol, y año tras año, fueron levantando un humilde pero sólido hogar, carente de lujos y ostentaciones, pero rico en afectos, trabajos y estudios, junto con sus hijos ellos aprendieron a leer, a escribir y a contar, fueron levantando poco a poco un finquita a las afueras de Maracay.

Las penurias y limitaciones, los Ramírez fueron superándolas con cada uno de sus hijos que iba naciendo, primero, Rafael Segundo, grandote y enfermizo, que murió a los tres años; luego, Juan Rafael, de hermosos ojos azules, quien se ahogo de carajito, le siguió, José Rafael, quien era disciplinado y obediente, creció y ayuda al hogar; después, Rafael Gerardo, juguetón e inquieto, que falleció a los dieciséis cuando un caballo lo batió; le continuó, Rafael Prudencio, que de prudente no tenía nada, era audaz e hábil para domar bestias; prosiguió, Rafael Agustino, tranquilo y agricultor, se les disparo la escopeta al cazar a un conejo, duro siete días de agoniíta en cama, entre sollozo y gritos desapareció; le vino, Rafael Alberto, joven apuesto, admirado por las mujeres, se enamoro de una hermosa y acomodada niña valenciana, a la cual los padres de ella la casaron de inmediato para negar posibilidad alguna al muchacho, este deprimido y solariego, se disparo en la sien; por último, nacieron los morochitos, Ana Rafaela y Rafael Clemente, la niña solo vivió un mes y pereció en los brazos de la madre, el varoncito creció sano y se convirtió en sacerdote.

Así la familia, formada por Rafael Jacinto y Maria Luisa, estaba plagada de hecho desafortunado y contagiada de eterna tristeza, en su hogar ya no se festejan cumpleaños, fechas particulares ni nada, todos los días son iguales, de lunes a domingo, es trabajo esmerado. Ahora, se revuelven los vientos voraces del infierno en la tierra, la lucha fraticida entre dos hermanos por una mujer, José Rafael y Rafael Prudencia, ambos con caracteres y personalidades totalmente opuestas, el primero, retraído, ordenado y servicial, el segundo, extrovertido, desordenado e irreverente, ambos, eso sí, muy valientes e inteligentes, no se amilanaban ante los retos de la terca vida de trabajo, saliendo adelante siempre, pero en este instante, peleados para más horros de sus padres.

Dos hermanos enfrentados por el querer de una muchacha, una mujer falsa, mentirosa y libertina que aparentaba ser hogareña y recatada, se entrega por igual a ambos. Son las cosas más raras, extrañas e insólitas de los astros. Atrás habían quedado, aquellos dos carajitos que jugaban juntos, como inseparables,  todo el día, a ser médicos  e ingenieros, a curar a las gentes o construir carreteras, y también a ser generales e ir a la guerra, esa misma guerra que ya tenían encima. De los dos mocosos que carreteaban caballos por los montes, se bañaban en el río, que retozaban montados en los árboles de mango comiendo aquel exquisito majar de Dios, y que compartían hasta la hamaca, ya no quedaba ni la sombras.

Menos quedaba lugar, para esos dos hombres embravecidos por las faldas de una mujer, a la que no le parecía importarle en lo absoluto que se mataran por ella, al contrario, le causaba gracia y risa, y se preocupaba más por arreglarse para el día a día, y “el que dirán”. Se enrojecía los carnosos labios, colocaba blusa descotada para que los presionados senos, estuviesen levantado, “jugosos” y “apetecibles”, falda ajustada a la cintura para se sobresalieran las caderas, tacones para que resaltaran las nalgas con el caminar, en fin, por su mente pasaban más preocupaciones por como la verán las “zorras” envidiosas de la cuadra y por quien la brindara, que por la suerte de esos desdichados jóvenes, total no eran los primeros que enamora, y según piensa ella, tampoco los últimos.

Los domingos soleados en Maracay quedaron en el olvido, como las labranzas juntos de campo, en la finca de su padre, ya ni se hablaban en la mesa, no se veían. Sus pasatiempos no les divertían, y solo vivían pensando en la pesada y oscura situación, que se había convertido en una telaraña femenina sin sentido, sin razón y sin salida. Ni las lecturas de El Cojo Ilustrado o Venezuela Heroica de Eduardo Blanco, apartaban los sesos de José Rafael del karma que experimentaba, en tanto menos, las corridas de toros o las cabalgatas a todo galope, encendían ya las pupilas de Rafael Prudencio, apagado, taciturnos, embriagados de mentiras y patrañas que la mujer les contaba por separado, no encontraban rayo de luz en aquel tétrico laberinto.

Mientras, don Rafael Jacinto y doña Maria Luisa, no paraban consolarse mutuamente, los sollozos mañaneros, los ratos mudos y la gangrena torcida que les recorre y va comiendo los envejecidos cuerpos, van las misas de su hijo sacerdote, el pequeño y comprensivo Rafael Clemente, él también se despabila por dentro con esta enfermedad familiar, sin embargo da ánimos a sus afligidos padres, se entrega a Dios y se resigna con sinigual voluntad al martirio. En las calles, la gente esta como siempre, echando vaina por su cuenta, chismeando de los otros, haciendo leña de los árboles caídos, al tiempo que La Sagrado los mantiene “derechitos” a planazo limpio, y su hacienda, en medio de terneras, manda como siempre el anciano Benemérito o el Bagre, al final son el mismo.

Finalmente, los testarudos hermanos deciden solucionar todo, con la “magnifica y sensata idea” de un duelo, al viejo estilo de las caballeros medievales y poetas idealistas del siglo XX, por “el amor de una dama”, supuestamente, y ojala hubiese sido así en verdad. Pero las empecinada y obstinada fuerzas desatadas querían divertirse más y más, y que mejor oportunidad, que con más dolor. Así el duelo que pautado para el día siguiente a las seis de la mañana, detrás de la iglesia, con revólveres Smith & Wesson de tambor de seis balas, los padrinos eran sus primos, José Anacleto por José Rafael, y José Toribio por Rafael Prudencio, ambos se miraron profundamente a los ojos, como despidiéndose a la vez que se pedían perdón mutuamente, ya las cosas habían llegado demasiado lejos, aunque ellos sabían bien que ninguno se echaría para atrás, son “muy machos” para “cabroniarse”.

Esa misma noche, a enterarse Rafael Jacinto, explota de la “arrechera”, amenaza a con “caerles a palo y cuero limpio” a los dos, pero la desesperada rabia del padre nada puede hacer, mucho menos los piadosos ruegos, llantos y suplicas de la madre. Cada uno por su lado, se acuestan bien temprano porque la día siguiente van a madrugar. Los dos viejos no dejan de llorar, arrodillados, con las cuatro manos unidas un montón de dedos y cruces, imploran al cristo de la pared. No duerme ninguno, entre chillidos un par, y otro par con miradas contemplativas hacia el techo, despidiéndose de cada recuerdo, de lo vivido.

A las cuatro de la mañana, salen sin que los padres se den cuenta los dos hermanos, cada uno por su lado, llegan puntuales a la mortal cita, les esperan sus primos, José Anacleto y José Toribio, portando las aceitadas armas. Luego de tomar sendas tazas de café hirviendo y amargo, se disponen cada uno en su lugar, con los revólveres en sus cintos, y sus nerviosas manos sobre estos, se miran una y otra vez, con gotas frías escurriéndose en sus macabros cuerpos, los primos observan todo sin pronunciar palabra mientras sus heladas manos se esconden y sus alteradas mandíbulas no paraban de moverse. En ese instante de escalofriante silencio, que los endemoniados hombres sacan sus revólveres y se apuntan mutuamente, sale corriendo Rafael Jacinto, quedando en medio de los tiros, en seguida cae despedido al suelo, rápidamente se forma un río rojo de sangre tibia aún, que emana abundantemente de viejo y cansado padre, en sus manos estaba los medallones de bautismo de sus tripones.

La espantosa escena se repite a cada rato en las mentes de los cuatro hombres que la presenciaron, los minutos parecen detenerse, mientras que doña Maria Luisa no para de llorar en la tierra, al lado de su esposo muerto, lamentándose y a la vez, rogando y clamando por paz entre los hermanos, todo se había ensañado contra esos pobres seres, desde la muerte uno a uno de los otros hijos hasta la de don Rafael Jacinto. Hace mucho pero mucho tiempo que se fue y se apago la luz brillante de los ojos de esa madre y esposa abnegada. Camina como ida, llevada por Dios sabe que cosa, hacia su casa, la casa de siempre, de toda una vida, ya había perdido la cuenta de los años junto a su marido, el hogar donde nacieron y desaparecieron sus vastagazo tempranamente, en medio del infortunio. Sin más palabra que decir, la admirable dama se fue y se encerró en su cuarto, no quiso ver a los endiablados muchachos que le quedaban ni a su toñeco, el Rafael Clemente, no deseo salir más de allí, no comió, ni bebió agua, se acostó en su vieja cama a llorar por última vez, para cuando José Rafael y Rafael Prudencia lograron tumbar la puerta, su madre dormía eternamente, quizá hasta fue mejor así.

El duelo no había resuelto nada, ni el sacrificio del padre ni la pérdida de la madre, parece haber servido, abatidos los dos tercos hermanos por los lamentos póstumos, víctimas fáciles de la estupidez y la soberbia, cavan y entierran con sus propias manos a sus fallecidos progenitores en la finca familiar. Sin hablarse entre sí, y sin encontrar perdón a tanta locura, se sumergen pausada pero indeteniblemente en sus culpas internas, que les arrancan las miserables chispas de vida que se hallaba en sus malogrados seres. la “felicidad” se les escapa dentro de tanta fatalidad y calamidad, en eso se enteran, que la mujer que les gustaba, sigue con su rutina como si nada hubiere pasado, ofreciéndose a otro hombre con el que se va. pero ni eso contribuye a que cese la desgracia y sufrimiento que padecen, pasados los meses, se dan cuenta que quien era esa mujer, de la cual ni su señora madre no le gusta hablar, y que ellos saben bien que no volverá jamás.

Ante el vacío total de razón y lógica, dentro de tanta locura y tragedia, José Rafael y Prudencio deciden confesar sus pecados por última vez con su hermano el menor, el cura, Rafael Clemente, quien paciente y piadosamente les escucha y les da los que serían los sacramentos finales para que aquellos cadavéricos seres que vagan con sus penas, que deambulan y que alguna vez fueron hombres guapos y de bien, pero con arrastrados pasos, se mueven y simulan vivir. vuelven a ser inseparables hermanos, solo que esta vez en su miserable dolor, observan las estrellas en las noches y no entienden porque si están allí mismo, brillando, todo alrededor de sus vidas es gris, miran en el patio día y noche las cruces de Rafael Segundo, Juan Rafael, Rafael agustino, Rafael Alberto, Ana Rafaela, y de don Rafael Jacinto y doña Maria Luisa, uno tras otro se han ido, ellos los extrañan porque dentro de toda su amarga existencia los únicos minutos felices fueron a su lado.

En la calmada noche de luna llena, buscan las palas y cavan sin descanso don hoyos más, junto a los de sus padres y hermanos. José Rafael y Rafael Prudencio, se encierran en la troja de su finca, a la luz de la vela, entre el pasto para las bestias y un gato negro que los vigila, sacan sus pistolas del cinto, se miran fijamente y se dicen, que esto tiene que terminar, ya no por el mal amor de esa mujer que los perturbo, estafó y decepcionó, no, sino para dejar de sufrir y reunirse con sus seres queridos, se expresan afecto sincero y se consuelan mutuamente, diciendo: “Ojala alguien pueda ser feliz en esta vida… porque nosotros no pudimos…”

 

  

 

 

destiempos.com  I  Año 5 I  Número 24 I  2010 ©

volver al índice  

Copyright 2006-2010- destiempos.com - All Rights Reserved - Grupo destiempos S. de R. L. de C.V.