Stanley Adams se bajó del automóvil 4WD estacionado a campo
abierto en el desierto de Sonora, Arizona. Junto con otros
cuatro individuos emprendió la búsqueda que hacía una semana
estaba en pie. Con los GPS en mano los cinco se separaron
para cubrir más terreno. Por una hora siguieron las pistas
recibidas con anterioridad, sin resultado alguno. A la hora
y cinco minutos se comunicaron por radio portátil, apuntaron
las coordenadas donde se reencontrarían en dos horas y
procedieron a abanicarse aún más.
Con nueve meses, una semana y tres días de experiencia, Stan
caminó. Toda hora que había contribuido a los esfuerzos
humanitarios de la organización le daban a sus pasos la
certeza necesaria para cumplir con la tarea que tenía por
delante. El aviso había pedido la participación de todo
aquél que tuviese su propio GPS, fuese saludable y pudiese
aguantar altas temperaturas por largos períodos de tiempo.
Él era intrépido, consecuente y se supo capaz. Ahora bajaba
la cuesta de un cerro hacia la cuna del río seco.
Los caminos que tomó el grupo esa mañana eran aquellos que
usaban los indocumentados para cruzar la frontera,
intentando llegar a las ciudades del norte. Cuando Stan se
enteró de lo que sucedía en su propio patio, por decirlo
así, sintió vergüenza. Como hombre privilegiado que se
sabía, había viajado por Latino América después de los
estudios universitarios, buscando manera de contribuir a la
salvación de lo que quedaba del medio ambiente. Mas lo que
vio en sus viajes le abrió los ojos: una cosa era creer
poder salvar el mundo, otra cosa era ver oler oír tocar la
desdicha del mismo.Decidió quedarse y educar, —La educación
lo cambia todo—, se dijo. Al cabo de dos años, cansado ante
la falta de resultados, dejó su puesto en la ONG y volvió a
su país.
En el estado de Arizona aceptaron su solicitud de empleo en
una escuela privada donde necesitaban un profesor de español
para el 6to, 7to y 8vo año. Su juventud, su compostura y su
físico pronto lo hicieron uno de los profesores más
populares de la escuela. Por las tardes entrenaba a los
jóvenes interesados en el fútbol y durante los fines de
semana, impelido por su conciencia, se dedicó a la
organización humanitaria que patrullaba el desierto.
El llamado que los integrantes habían recibido no era cosa
fuera de lo común. En los últimos tres años había aumentado
el número de indocumentados que desaparecían en los caminos
del desierto. Con la nueva ley de hacía unos meses la
organización concordó que más que nunca necesitaría
entrenamiento para poder leer las huellas dejadas en el
desierto. Stan hizo un esfuerzo descomunal. Tomó cursos de
búsqueda y rescate, incorporó a su rutina una hora de
jogging con mochila a la espalda e invirtió su salario
en equipo médico que cupiese en su mochila nueva, junto a la
comida deshidratada y suplementos que lo ayudarían a
sobrevivir si surgiera un acontecimiento fuera de lo
esperado. Cuando llegó el mensaje a su correo electrónico
fue una respuesta intuitiva de su parte. Preparó todo y
junto a otros emprendió el camino hacia lo profundo del
territorio.
El desierto de Sonora es traicionero. Tiene plantas y
animales en abundancia y por lo tanto desmiente el concepto
popular que se tiene de un desierto. Stan había estado en
el Atacama, Chile norte. —Ese sí que es un desierto—,
decía. —La faz de las montañas son polvo y viento, eso es
todo. Bueno… y espacio, una amplitud insoportable. Para
nada parecido a esto—, concluía a menudo. Cierto, las
montañas desparramadas por el sur de Arizona eran pequeñas
en comparación con aquéllas que formaban la espina dorsal de
Chile. La vegetación, enjuta y llena de espinas púas
aguijones pinchos cardos, penetraba la piel fácilmente y de
manera particular a su especie. Los animales también
parecían tener espinas: estaba la lagartija espinosa y el
sapo cornudo – que mucho lo hizo reír. Lo que lo hacía reír
un poco menos eran las culebras, los escorpiones y los
gila monsters, también innatos al ecosistema de la
región.
Al describir el territorio a sus padres, el joven delataba
un dejo de menosprecio hacia el supuesto “desierto” de
Sonora. Podía hacer calor, cierto: los 110 grados
Fahrenheit no eran poco común. Pero con la mochila-camello
llena de agua y sus suplementos él se sabía capaz de cruzar
cualquier distancia. De hecho estaba seguro que si no fuese
por la falta de agua, los zapatos inadecuados, la carencia
de comida y que era fácil perderse sin un GPS, los
indocumentados también podrían sobrevivir el cruce.
Obviamente lo que carecían era lo que determinaba la vida y
la muerte de estos individuos. Cuando hablaba con sus
padres reiteraba este detalle a menudo, no sólo para que no
temieran por él, sino que también para que se dieran cuenta
de que esto que él hacía no era por aventura nada más, era
para salvar vidas. Esto último lo decía siempre con tono
heroico. Tono al cual sus padres respondían subiéndose al
auto los jueves por la tarde camino a la iglesia que tenía
un comedor común para los desalojados.
Esa mañana, como siempre, la cuna del río se hallaba
resbaladiza. La primavera anunciaba su corta estadía. El
aire seco de febrero acentuaba la aridez de los tonos ocres,
coronados por el azul monárquico del cielo. A pesar de sus
piernas largas le era imposible caminar rápido en un terreno
tan movedizo. Contra las altas rocas esparcidas por la cuna
se veían los restos que dejaban botados los indocumentados
al ya no poder acarrear ni su alma. Las mochilas
estropeadas y enredadas se desteñían bajo el sol de la
mañana. Stan ni siquiera se daba cuenta, habiendo explorado
estos caminos durante nueve meses.
No así la primera vez que se encontró con un “lugar de
descanso.” Cientos y cientos de restos de vida a sus pies,
cubriendo las arenas del desierto. Se había sentido
indignado impotente triste. Ahora sabe que podría ser peor,
por eso siguió caminando sin recoger el acta de nacimiento
que vio sobre una piedra bajo la sombra de un mesquite.
Sabía que tenían poco tiempo, tal vez ya no lo tenían. El
aviso había llegado hacía una semana pero Yosie se había
perdido 3 días antes, después de haber caminado por dos días
una vez se encontraron a este lado de la línea.
El quince de septiembre del 2007, Yosie se había parado en
la bóveda de la iglesia a los pies de la Virgen de Caridad y
había pedido su bendición. El camino sería arduo, largo y
peligroso, sobre todo al cruzar la frontera de Guatemala con
México. Hincada, con la frente sobre sus manos también pidió
que la perdonara por no haber traído flores frescas, por su
futura ausencia en las próximas pascuas y por no haber
podido esperar hasta los diecisiete para recibir su primer
beso. Luego volvió a pedir que la bendijera, que bendijera a
su mamá que quedaba sola con los dos menores, que bendijera
a su hermano y a su primo que viajaban con ella y que —Por
favor virgencita, bendice a mi papi de quien no sabemos nada
hace un año—. Ese día Yosie cumplió catorce años y antes de
salir de la iglesia su mamá pidió que le sacaran una foto.
Yosie quedó retratada con su pelo recogido, una blusa
juvenil sobre unos pantalones que moldeaban sus piernas
delgadas. En el trasfondo la Virgen le hacía sombra a la
carita de ojos grandes que no supo sonreír.
Los meses de preparación pasaron rápidos. La mamá, el
hermano de la mamá, la mamá del papá, la hermana del papá,
todos contribuyeron para comprar los pasajes que los
llevarían de El Salvador a la frontera de Guatemala con
Méjico y una vez allí pagarían los $2,000 dólares para que
el pollero los llevara desde Tapachula hasta Altar, de ahí a
Nogales hasta que el coyote lograra pasarlos hacia Los
Ángeles. Dos meses de viaje. Para cuando Yosie cruzó la
frontera su virginidad había quedado tirada en la habitación
de una casa de clavo en la carretera clandestina por donde
viajaban además, las mulas con sus cargas.
La madrugada del cruce, Yosie, su hermano, su primo y otros
siete siguieron al coyote que sigilosamente caminó por las
calles al noroeste de Nogales. Tendrían que cruzar los
caminos de las montañas, ya que la patrulla fronteriza usaba
caballos y ATVs para cubrir los largos trechos de territorio
plano. La primera parte fue difícil. El camino consistía de
rocas altas donde las zapatillas que tenían puestas se
resbalaban. Yosie se machucó las rodillas, se aplastó un
dedo, se rasguño los brazos y tuvo que tirar de un tobillo
para soltarlo de un hueco donde había quedado atascado. Una
vez llegaron a la parte plana del río seco avanzaron rápido
pero a tropezones. Los tres jóvenes empezaron a cansarse.
Uno de los otros viajeros les dio una pastilla que los animó
repentinamente. Al mediodía se escondieron bajo las sombras
de los mesquites. Allí esperaron el atardecer para poder
continuar.
El primo se cambió de camiseta y de la que tenía puesta hizo
vendas para amarrar el tobillo de Yosie que sangraba y
parecía un poco hinchado. Después los tres se sentaron a
compartir los frijoles que traían en las mochilas. Al
atardecer el coyote se levantó y empezaron de nuevo el
viaje. Los que tenían experiencia inmediatamente se tomaron
sus pastillas, el viaje sería largo y no tendrían
oportunidad de descansar. El hermano, habiéndose dado cuenta
le compró una cajita a uno de los viajeros poco antes de
partir. Viajaron la noche. No había luna. El coyote les
dijo que se pisaran los talones, no había tiempo que perder;
el que se quedaba atrás se quedaba.
A las tres de la mañana descansaron un poco. Aunque no
podían ver detalles se percibían sombras de desperdicios por
todas partes. Era febrero así que hacía frío. El primo
encontró una bolsa de plástico negra, intacta y con ella se
cubrieron, acurrucándose para entrar un poco en calor. Nadie
hablaba. Los con más experiencia buscaban un rincón alejado
de los demás pero a la vista del coyote que no avisaría
cuando estaba por emprender el viaje. Yosie dormitó en el
hombro de su hermano. Soñó con serpientes. Se despertó
sobresaltada. El hermano y el primo ya tenían la mochila
puesta y la estaban levantando por los sobacos. Atolondrada
se puso en la fila entre el hermano y el primo. Caminó,
lejanamente consciente que le dolía el tobillo. Se acercaba
la madrugada y los cerros se hacían más y más altos, las
subidas más y más largas. El trote no cesaba mientras que el
peso de lo que acarreaban les aplastaba los hombros.
Hubo un momento que el coyote gritó y todos se esparcieron,
escondiéndose como pudieron. Un helicóptero pasó volando
bajo por entre los cerros a unos metros de la cuna. Cuando
había desaparecido el coyote ya no estaba y sólo encontraron
a otros dos del grupo original. Sin saber qué hacer
siguieron el camino hasta llegar a una bifurcación. Tomaron
aquél que les pareció llevarlos en la dirección de un cerro
cuya formación habían oído mencionar durante el viaje.
Pronto se supieron perdidos y Yosie ya no pudo más; se sentó
bajo un árbol, cerró los ojos y durmió. Cuando se despertó
era pasado el mediodía y la acompañaban el primo y el
hermano, los otros dos habían seguido su camino. Yosie les
sonrió al preguntarles dónde estaban. —No sabemos—,
contestó el primo, bajando los párpados para que ella no
viera el miedo que hundía sus pupilas. El hermano con voz
más segura le dijo, —Tenemos que seguir Yosie—. Ella fue a
incorporarse pero cayó al dar un pasó con el tobillo
hinchado. Al sacarle la venda el hermano inmediatamente se
dio cuenta que ella no podría continuar.
El primo quiso quedarse pero por fin decidieron que si uno
caía el otro tendría que seguir. Miraron sus contornos
intentando memorizar dónde estaban, luego dejaron con Yosie
el agua del primo y con el botellón del hermano emprendieron
el camino hacia lo que parecía ser el noreste. Caminaron la
tarde, caminaron la noche, sabiendo que el tiempo
apremiaba. La mañana próxima por casualidad, a lo lejos,
vieron una camioneta; rogaron, pidiendo que no se moviera.
Después de unas horas llegaron al cerro donde estaba
estacionada la camioneta con franja verde. Ésta yacía
inmóvil con el aire acondicionado puesto. No parecía haber
nadie dentro pero de igual manera llamaron. A la tercera
llamada llegó corriendo un agente de la patrulla
fronteriza. Apuntándoles con la pistola les gritó
repetidamente que se tiraran al suelo,—Tierra, now.
NOW—Aterrados se postraron y al unísono dijeron, —Nos
rendimos, nos rendimos—.
Una vez se había calmado el patrullero pudo recordar cómo se
decía —¿Cómo llamarse? ¿De dónde venir?—. Satisfecho con
las respuestas los puso dentro de la perrera dejándolos bajo
llave mientras concluía su turno. Pasaron unas horas más
hasta que por fin fueron fichados en el centro de
detención. Allí, después de varias horas uno de los
patrulleros logró entender que a la sombra de un palo verde,
en la cuna de un río seco, en las faldas de un cerro
coronado de ocotillos estos dos jóvenes habían dejado a una
muchacha llamada Yosie. Para ese entonces ya era de
noche.
Stan se acercó cauteloso. Intuitivamente había seguido una
fila de hormigas que se perdían tras un árbol para
reaparecer con pequeños trozos color café oscuro. Al ver la
silueta humana inmediatamente avisó por radio a los demás,
dando las coordenadas que aparecían en la pantalla diminuta
del GPS. El que tenía consigo el teléfono celular marcó el
número de emergencia y pronto se puso en movimiento otra
cadena de sucesos que involucraron a la patrulla fronteriza,
el canal televisivo Univisión, el consulado mejicano y el
salvadoreño, una serie de organizaciones humanitarias y a la
madre de Yosie.
Entre tanto, Stan se había situado donde no estuviese al
alcance de las hormigas pero donde aún pudiese oír a Yosie.
Desde allí la contempló. La mirada de Yosie delataba su
extravío, los músculos de las mejillas se hundían cansados y
la hilera de dientes relucía blanca bajo la sombra del
árbol. Con voz pausada Stan se introdujo, tal cual había
sido entrenado. Luego sacó lo que traía en la mochila:
botellas de agua, suplementos, comida, el botiquín
portátil. Lo puso todo en el orden que se debía usar y
mirándola, nombró cada uno de los elementos en el botiquín.
Creyó haberlos nombrado demasiado rápido y como no quería
abrumarla, comenzó de nuevo, más lento, más preciso. Una
vez terminó le explicó la función de los suplementos. Como
traía diferentes marcas también elaboró acerca del beneficio
de algunos sobre otros. Creyó entender que Yosie prefería
el de sabor a arándano ya que no lo conocía y quería probar
algo nuevo. Con las tijeras del botiquín abrió el suplemento
y metódicamente se lo agregó a una botella de agua. Luego
le dijo que tendrían que esperar un rato hasta que se
disolviera pero por mientras podían ver lo de la comida. Le
pidió disculpas por la falta de variedad y francamente por
no traer nada fresco. Aún así recomendó las galletitas con
queso cheddar y mantequilla de maní. —Oh, disculpa,
el maní es lo mismo que el cacahuate; maní se le dice en
Chile. Mmmm, tal vez no te guste, ni como maní ni como
cacahuate, pero no hay por qué preocuparse, aquí tengo otras
cosas—.
A la hora llegaron los compañeros de Stan. Lo encontraron
sirviéndole a Yosie mientras le explicaba qué era lo que le
servía. A las cuatro horas llegó el helicóptero que la
transportaría. Como a las seis de la tarde el cónsul de
Méjico entraba a la sala de custodia anticipando la llegada
del cónsul del Salvador que no llegaría desde los Ángeles
hasta las siete y media. Lo acompañaban los dos jóvenes y
un agente de la patrulla fronteriza. Al día próximo la
reportera de Univisión acompañó al cónsul salvadoreño y
grabó los pasos que se tomarían para volver a juntar a Yosie
con su familia. Estuvo presente cuando las diversas
organizaciones anunciaron que pagarían el viaje y la estadía
de la madre para que la acompañara en el avión. A la semana
la misma reportera entrevistó a Stan a modo de informar al
público sobre el creciente número de muertes en el
desierto. Durante la entrevista Stan sacó una foto de 8x10
y los ojos grandes de Yosie descansaron en la pantalla. La
voz pausada de Stan le explicaba el por qué de la cámara,
qué tipo de programación era, le daba el nombre de la
reportera, del camarógrafo... Cuando terminó la entrevista
y las cámaras se guardaban la reportera se acercó a Stan
para darle las gracias. Él la miró detenidamente y dijo,
—Mira Yosie, quieren darnos las gracias—. La reportera, sin
saber qué más decir, se alejó perpleja.
Ayer a las 4:30 salió el reportaje por las noticias. Esta
madrugada soñé que me encontraba en la bóveda de la
Iglesia. Una mujer me pedía que le sacara una foto a la
joven que se hallaba a los pies de la Virgen de Caridad. Yo
sacaba mi cámara digital y encuadraba a la muchacha que no
supo sonreír. Al apretar el disparador me desperté. Me
levanté y busqué en los archivos de mi computadora. En
cuanto había llegado les mandé una copia. Eso no había sido
hasta principios de octubre. La foto era a colores y se
notaba que había usado un flash para contrarrestar la falta
de luz en la Iglesia. Pero más que todo la foto era de una
joven que recién empezaba a sentirse mujer. La manga corta
de la blusa, la clavícula expuesta, el pelo recogido,
anunciaban la pubertad; mas su pie izquierdo angulado hacia
adentro, la cadera un tanto colapsada, una de las manos
escondidas dentro del bolsillo del pantalón, delataban la
prolongación de la niñez. Apreté una tecla y la imagen se
agrandó. Apreté otra y ahora era del porte del pulgar.
Apreté una más y la foto se reprodujo ad infinitum.
A Josseline Jamileth Hernández Quinteros
(El Salvador, sept. 15 1993 – feb. 2008, desierto de Sonora,
sector de Tucson, AZ)