México, Distrito Federal I Agosto-Septiembre 2010 I Año 5 I Número 26 Publicación Bimestral I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

EL CRUCE

Claudia Paz Aburto Guzmán. Associate Professor, Spanish Department of Romance Languages and Literatures, Bates College

 

Stanley Adams se bajó del automóvil 4WD estacionado a campo abierto en el desierto de Sonora, Arizona.  Junto con otros cuatro individuos emprendió la búsqueda que hacía una semana estaba en pie.  Con los GPS en mano los cinco se separaron para cubrir más terreno.  Por una hora siguieron las pistas recibidas con anterioridad, sin resultado alguno. A la hora y cinco minutos se comunicaron por radio portátil, apuntaron las coordenadas donde se reencontrarían en dos horas y procedieron a abanicarse aún más. 

Con nueve meses, una semana y tres días de experiencia, Stan caminó. Toda hora que había contribuido a los esfuerzos humanitarios de la organización le daban a sus pasos la certeza necesaria para cumplir con la tarea que tenía por delante.  El aviso había pedido la participación de todo aquél que tuviese su propio GPS, fuese saludable y pudiese aguantar altas temperaturas por largos períodos de tiempo. Él era intrépido, consecuente y se supo capaz.  Ahora bajaba la cuesta de un cerro hacia la cuna del río seco. 

Los caminos que tomó el grupo esa mañana eran aquellos que usaban los indocumentados para cruzar la frontera, intentando llegar a las ciudades del norte. Cuando Stan se enteró de lo que sucedía en su propio patio, por decirlo así, sintió vergüenza.  Como hombre privilegiado que se sabía, había viajado por Latino América después de los estudios universitarios, buscando manera de contribuir a la salvación de lo que quedaba del medio ambiente.  Mas lo que vio en sus viajes le abrió los ojos: una cosa era creer poder salvar el mundo, otra cosa era ver oler oír tocar la desdicha del mismo.Decidió quedarse y educar, —La educación lo cambia todo—, se dijo. Al cabo de dos años, cansado ante la falta de resultados, dejó su puesto en la ONG y volvió a su país.       

En el estado de Arizona aceptaron su solicitud de empleo en una escuela privada donde necesitaban un profesor de español para el 6to, 7to y 8vo año.  Su juventud, su compostura y su físico pronto lo hicieron uno de los profesores más populares de la escuela. Por las tardes entrenaba a los jóvenes interesados en el fútbol y durante los fines de semana, impelido por su conciencia, se dedicó a la organización humanitaria que patrullaba el desierto.

El llamado que los integrantes habían recibido no era cosa fuera de lo común. En los últimos tres años había aumentado el número de indocumentados que desaparecían en los caminos del desierto. Con la nueva ley de hacía unos meses la organización concordó que más que nunca necesitaría entrenamiento para poder leer las huellas dejadas en el desierto.  Stan hizo un esfuerzo descomunal. Tomó cursos de búsqueda y rescate, incorporó a su rutina una hora de jogging con mochila a la espalda e invirtió su salario en equipo médico que cupiese en su mochila nueva, junto a la comida deshidratada y suplementos que lo ayudarían a sobrevivir si surgiera un acontecimiento fuera de lo esperado. Cuando llegó el mensaje a su correo electrónico fue una respuesta intuitiva de su parte.  Preparó todo y junto a otros emprendió el camino hacia lo profundo del territorio.

El desierto de Sonora es traicionero. Tiene plantas y animales en abundancia y por lo tanto desmiente el concepto popular que se tiene de un desierto.  Stan había estado en el Atacama, Chile norte. —Ese sí que es un desierto—, decía.  —La faz de las montañas son polvo y viento, eso es todo. Bueno… y espacio, una amplitud insoportable.  Para nada parecido a esto—, concluía a menudo. Cierto, las montañas desparramadas por el sur de Arizona eran pequeñas en comparación con aquéllas que formaban la espina dorsal de Chile.  La vegetación, enjuta y llena de espinas púas aguijones pinchos cardos, penetraba la piel fácilmente y de manera particular a su especie.  Los animales también parecían tener espinas: estaba la lagartija espinosa y el sapo cornudo – que mucho lo hizo reír.  Lo que lo hacía reír un poco menos eran las culebras, los escorpiones y los gila monsters, también innatos al ecosistema de la región.

Al describir el territorio a sus padres, el joven delataba un dejo de menosprecio hacia el supuesto “desierto” de Sonora.  Podía hacer calor, cierto: los 110 grados Fahrenheit no eran poco común. Pero con la mochila-camello llena de agua y sus suplementos él se sabía capaz de cruzar cualquier distancia.  De hecho estaba seguro que si no fuese por la falta de agua, los zapatos inadecuados, la carencia de comida y que era fácil perderse sin un GPS, los indocumentados también podrían sobrevivir el cruce.  Obviamente lo que carecían era lo que determinaba la vida y la muerte de estos individuos.  Cuando hablaba con sus padres reiteraba este detalle a menudo, no sólo para que no temieran por él, sino que también para que se dieran cuenta de que esto que él hacía no era por aventura nada más, era para salvar vidas.  Esto último lo decía siempre con tono heroico. Tono al cual sus padres respondían subiéndose al auto los jueves por la tarde camino a la iglesia que tenía un comedor común para los desalojados.  

Esa mañana, como siempre, la cuna del río se hallaba resbaladiza.  La primavera anunciaba su corta estadía. El aire seco de febrero acentuaba la aridez de los tonos ocres, coronados por el azul monárquico del cielo.  A pesar de sus piernas largas le era imposible caminar rápido en un terreno tan movedizo. Contra las altas rocas esparcidas por la cuna se veían los restos que dejaban botados los indocumentados al ya no poder acarrear ni su alma.  Las mochilas estropeadas y enredadas se desteñían bajo el sol de la mañana.  Stan ni siquiera se daba cuenta, habiendo explorado estos caminos durante nueve meses. 

No así la primera vez que se encontró con un “lugar de descanso.”  Cientos y cientos de restos de vida a sus pies, cubriendo las arenas del desierto. Se había sentido indignado impotente triste.  Ahora sabe que podría ser peor, por eso siguió caminando sin recoger el acta de nacimiento que vio sobre una piedra bajo la sombra de un mesquite.  Sabía que tenían poco tiempo, tal vez ya no lo tenían.  El aviso había llegado hacía una semana pero Yosie se había perdido 3 días antes, después de haber caminado por dos días una vez se encontraron a este lado de la línea.

El quince de septiembre del 2007, Yosie se había parado en la bóveda de la iglesia a los pies de la Virgen de Caridad y había pedido su bendición. El camino sería arduo, largo y peligroso, sobre todo al cruzar la frontera de Guatemala con México. Hincada, con la frente sobre sus manos también pidió que la perdonara por no haber traído flores frescas, por su futura ausencia en las próximas pascuas y por no haber podido esperar hasta los diecisiete para recibir su primer beso. Luego volvió a pedir que la bendijera, que bendijera a su mamá que quedaba sola con los dos menores, que bendijera a su hermano y a su primo que viajaban con ella y que —Por favor virgencita, bendice a mi papi de quien no sabemos nada hace un año—.  Ese día Yosie cumplió catorce años y antes de salir de la iglesia su mamá pidió que le sacaran una foto.  Yosie quedó retratada con su pelo recogido, una blusa juvenil sobre unos pantalones que moldeaban sus piernas delgadas. En el trasfondo la Virgen le hacía sombra a la carita de ojos grandes que no supo sonreír.

Los meses de preparación pasaron rápidos.  La mamá, el hermano de la mamá, la mamá del papá, la hermana del papá, todos contribuyeron para comprar los pasajes que los llevarían de El Salvador a la frontera de Guatemala con Méjico y una vez allí pagarían los $2,000 dólares para que el pollero los llevara desde Tapachula hasta Altar, de ahí a Nogales hasta que el coyote lograra pasarlos hacia Los Ángeles. Dos meses de viaje.  Para cuando Yosie cruzó la frontera su virginidad había quedado tirada en la habitación de una casa de clavo en la carretera clandestina por donde viajaban además, las mulas con sus cargas. 

La madrugada del cruce, Yosie, su hermano, su primo y otros siete siguieron al coyote que sigilosamente caminó por las calles al noroeste de Nogales.  Tendrían que cruzar los caminos de las montañas, ya que la patrulla fronteriza usaba caballos y ATVs para cubrir los largos trechos de territorio plano.  La primera parte fue difícil. El camino consistía de rocas altas donde las zapatillas que tenían puestas se resbalaban. Yosie se machucó las rodillas, se aplastó un dedo, se rasguño los brazos y tuvo que tirar de un tobillo para soltarlo de un hueco donde había quedado atascado. Una vez llegaron a la parte plana del río seco avanzaron rápido pero a tropezones. Los tres jóvenes empezaron a cansarse. Uno de los otros viajeros les dio una pastilla que los animó repentinamente. Al mediodía se escondieron bajo las sombras de los mesquites. Allí esperaron el atardecer para poder continuar.     

El primo se cambió de camiseta y de la que tenía puesta hizo vendas para amarrar el tobillo de Yosie que sangraba y parecía un poco hinchado.  Después los tres se sentaron a compartir los frijoles que traían en las mochilas.  Al atardecer el coyote se levantó y empezaron de nuevo el viaje.  Los que tenían experiencia inmediatamente se tomaron sus pastillas, el viaje sería largo y no tendrían oportunidad de descansar. El hermano, habiéndose dado cuenta le compró una cajita a uno de los viajeros poco antes de partir. Viajaron la noche.  No había luna. El coyote les dijo que se pisaran los talones, no había tiempo que perder; el que se quedaba atrás se quedaba. 

A las tres de la mañana descansaron un poco. Aunque no podían ver detalles se percibían sombras de desperdicios por todas partes. Era febrero así que hacía frío. El primo encontró una bolsa de plástico negra, intacta y con ella se cubrieron, acurrucándose para entrar un poco en calor. Nadie hablaba.  Los con más experiencia buscaban un rincón alejado de los demás pero a la vista del coyote que no avisaría cuando estaba por emprender el viaje. Yosie dormitó en el hombro de su hermano.  Soñó con serpientes.  Se despertó sobresaltada.  El hermano y el primo ya tenían la mochila puesta y la estaban levantando por los sobacos.  Atolondrada se puso en la fila entre el hermano y el primo.  Caminó, lejanamente consciente que le dolía el tobillo.  Se acercaba la madrugada y los cerros se hacían más y más altos, las subidas más y más largas. El trote no cesaba mientras que el peso de lo que acarreaban les aplastaba los hombros. 

Hubo un momento que el coyote gritó y todos se esparcieron, escondiéndose como pudieron. Un helicóptero pasó volando bajo por entre los cerros a unos metros de la cuna. Cuando había desaparecido el coyote ya no estaba y sólo encontraron a otros dos del grupo original. Sin saber qué hacer siguieron el camino hasta llegar a una bifurcación. Tomaron aquél que les pareció llevarlos en la dirección de un cerro cuya formación habían oído mencionar durante el viaje.  Pronto se supieron perdidos y Yosie ya no pudo más; se sentó bajo un árbol, cerró los ojos y durmió.   Cuando se despertó era pasado el mediodía y la acompañaban el primo y el hermano, los otros dos habían seguido su camino.  Yosie les sonrió al preguntarles dónde estaban.  —No sabemos—, contestó el primo, bajando los párpados para que ella no viera el miedo que hundía sus pupilas. El hermano con voz más segura le dijo, —Tenemos que seguir Yosie—.  Ella fue a incorporarse pero cayó al dar un pasó con el tobillo hinchado. Al sacarle la venda el hermano inmediatamente se dio cuenta que ella no podría continuar. 

El primo quiso quedarse pero por fin decidieron que si uno caía el otro tendría que seguir. Miraron sus contornos intentando memorizar dónde estaban, luego dejaron con Yosie el agua del primo y con el botellón del hermano emprendieron el camino hacia lo que parecía ser el noreste.  Caminaron la tarde, caminaron la noche, sabiendo que el tiempo apremiaba.  La mañana próxima por casualidad, a lo lejos, vieron una camioneta; rogaron, pidiendo que no se moviera. Después de unas horas llegaron al cerro donde estaba estacionada la camioneta con franja verde.  Ésta yacía inmóvil con el aire acondicionado puesto. No parecía haber nadie dentro pero de igual manera llamaron. A la tercera llamada llegó corriendo un agente de la patrulla fronteriza.  Apuntándoles con la pistola les gritó repetidamente que se tiraran al suelo,—Tierra, now. NOW—Aterrados se postraron y al unísono dijeron, —Nos rendimos, nos rendimos—.

Una vez se había calmado el patrullero pudo recordar cómo se decía —¿Cómo llamarse? ¿De dónde venir?—.  Satisfecho con las respuestas los puso dentro de la perrera dejándolos bajo llave mientras concluía su turno.  Pasaron unas horas más hasta que por fin fueron fichados en el centro de detención.  Allí, después de varias horas uno de los patrulleros logró entender que a la sombra de un palo verde, en la cuna de un río seco, en las faldas de un cerro coronado de ocotillos estos dos jóvenes habían dejado a una muchacha llamada Yosie.  Para ese entonces ya era de noche.      

Stan se acercó cauteloso. Intuitivamente había seguido una fila de hormigas que se perdían tras un árbol para reaparecer con pequeños trozos color café oscuro.  Al ver la silueta humana inmediatamente avisó por radio a los demás, dando las coordenadas que aparecían en la pantalla diminuta del GPS.  El que tenía consigo el teléfono celular marcó el número de emergencia y pronto se puso en movimiento otra cadena de sucesos que involucraron a la patrulla fronteriza, el canal televisivo Univisión, el consulado mejicano y el salvadoreño, una serie de organizaciones humanitarias y a la madre de Yosie.

Entre tanto, Stan se había situado donde no estuviese al alcance de las hormigas pero donde aún pudiese oír a Yosie.  Desde allí la contempló.  La mirada de Yosie delataba su extravío, los músculos de las mejillas se hundían cansados y la hilera de dientes relucía blanca bajo la sombra del árbol.  Con voz pausada Stan se introdujo, tal cual había sido entrenado.  Luego sacó lo que traía en la mochila: botellas de agua, suplementos, comida, el botiquín portátil.  Lo puso todo en el orden que se debía usar y mirándola, nombró cada uno de los elementos en el botiquín. Creyó haberlos nombrado demasiado rápido y como no quería abrumarla, comenzó de nuevo, más lento, más preciso.  Una vez terminó le explicó la función de los suplementos.  Como traía diferentes marcas también elaboró acerca del beneficio de algunos sobre otros.  Creyó entender que Yosie prefería el de sabor a arándano ya que no lo conocía y quería probar algo nuevo. Con las tijeras del botiquín abrió el suplemento y metódicamente se lo agregó a una botella de agua.  Luego le dijo que tendrían que esperar un rato hasta que se disolviera pero por mientras podían ver lo de la comida.  Le pidió disculpas por la falta de variedad y francamente por no traer nada fresco.  Aún así recomendó las galletitas con queso cheddar y mantequilla de maní.  —Oh, disculpa, el maní es lo mismo que el cacahuate; maní se le dice en Chile.  Mmmm, tal vez no te guste, ni como maní ni como cacahuate, pero no hay por qué preocuparse, aquí tengo otras cosas—.  

A la hora llegaron los compañeros de Stan.  Lo encontraron sirviéndole a Yosie mientras le explicaba qué era lo que le servía.  A las cuatro horas llegó el helicóptero que la transportaría.  Como a las seis de la tarde el cónsul de Méjico entraba a la sala de custodia anticipando la llegada del cónsul del Salvador que no llegaría desde los Ángeles hasta las siete y media.  Lo acompañaban los dos jóvenes y un agente de la patrulla fronteriza.  Al día próximo la reportera de Univisión acompañó al cónsul salvadoreño y grabó los pasos que se tomarían para volver a juntar a Yosie con su familia.  Estuvo presente cuando las diversas organizaciones anunciaron que pagarían el viaje y la estadía de la madre para que la acompañara en el avión. A la semana la misma reportera entrevistó a Stan a modo de informar al público sobre el creciente número de muertes en el desierto.  Durante la entrevista Stan sacó una foto de 8x10 y los ojos grandes de Yosie descansaron en la pantalla.  La voz pausada de Stan le explicaba el por qué de la cámara, qué tipo de programación era, le daba el nombre de la reportera, del camarógrafo...  Cuando terminó la entrevista y las cámaras se guardaban la reportera se acercó a Stan para darle las gracias.  Él la miró detenidamente y dijo, —Mira Yosie, quieren darnos las gracias—.  La reportera, sin saber qué más decir, se alejó perpleja.

Ayer a las 4:30 salió el reportaje por las noticias.  Esta madrugada soñé que me encontraba en la bóveda de la Iglesia.  Una mujer me pedía que le sacara una foto a la joven que se hallaba a los pies de la Virgen de Caridad.  Yo sacaba mi cámara digital y encuadraba a la muchacha que no supo sonreír.  Al apretar el disparador me desperté. Me levanté y busqué en los archivos de mi computadora. En cuanto había llegado les mandé una copia.  Eso no había sido hasta principios de octubre.  La foto era a colores y se notaba que había usado un flash para contrarrestar la falta de luz en la Iglesia. Pero más que todo la foto era de una joven que recién empezaba a sentirse mujer. La manga corta de la blusa, la clavícula expuesta, el pelo recogido, anunciaban la pubertad; mas su pie izquierdo angulado hacia adentro, la cadera un tanto colapsada, una de las manos escondidas dentro del bolsillo del pantalón, delataban la prolongación de la niñez.  Apreté una tecla y la imagen se agrandó.  Apreté otra y ahora era del porte del pulgar.  Apreté una más y la foto se reprodujo ad infinitum.

A Josseline Jamileth Hernández Quinteros

(El Salvador, sept. 15 1993 – feb. 2008, desierto de Sonora, sector de Tucson, AZ)

 

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