México, Distrito Federal I Agosto-Septiembre 2010 I Año 5 I Número 26 Publicación Bimestral I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

LOBO Y BANDONEÓN

Andrea Benavídez. Nace en 1976 San Juan (Argentina) donde se  licenció en Filosofía en la Universidad Nacional de San Juan (U.N.S.J.). En 2008 obtuvo un Máster en Pensamiento Contemporáneo en la Universidad de Murcia. Ha publicado en 2008 Narrativas sanjuaninas actuales, en Confluencia, Revista Hispánica de Cultura y Literatura; y en 2006 Tesorito (cuento). En 1997 El Sótano novela corta editada por la U.N.S.J.

 

por casualidad en la esquina de una calle. …durante algún tiempo por determinados recovecos. En el camino un quiosco donde él compró un libro de Cuentos Completos de Cortázar para ella.

— ¡vale dos monedas! Un sitio en que habitaba abrió una puerta y se precipitó la escena. Todo el tiempo necesario para acomodar las cosas en una pequeña mesa, enturbió el ambiente y posó el libro en un rincón discreto. Mientras sus ojos se agrandaban brillantes en la penumbra, —dijo—, voy a contar un cuento.

No estaba muy seguro. Tercera vez de lobo estepario en una esquina, a la hora inaceptable, en países de coordenadas desiguales. Huesudo, mal dormido, mal vivido, mal comido, mal amado, mal temido, lleno de luna de lobo. Dolido de males hasta hartarse.

Para ser lobo solitario tenía demasiados amigos. Demasiados recovecos por donde escaparse.

 Demasiados guaridas donde esconderse. Un impostor de lobo, era inaceptable, inconcebible. Un lobo diferente, mil veces diverso, mil veces el mismo, también divergente de sí mismo. Preferible a cualquier cordero y ese detalle le ayudó a contenerse frente al espejo un rato.

…podía presentirlo en todos sus movimientos, comprender sus silencios y acoplarse a sus movimientos de forma premeditada y tenebrosa. El lobo que en él habitaba había huido, pero aún quedaba la forma arquetípica.

De tal modo que podía desconocerle sin miedo, podía extrañarse, comprender sus palabras y asombrarse con su quietismo de alma, aunque esto sólo durase una eternidad cortita.

Tocaba el bandoneón con ese extraño blanqueo de ojos que tienen los bandoneonístas, en el que parecen sufrir un dolor extraído desde el interior de la tierra. —Esta vez concluí que el dolor no proviene de una infatigable trayectoria de horrores, sino del simple hecho de apretarse las partes con el fuelle. Sin querer de ningún modo evitarlo, sufriéndolo a gusto, amarrado a cierta figuración interna de artista estepario—.

¿Estepa rusa o pampeana? ¿Estepa imaginada, de papel de biblias? ¿Cómo acertar a comprender la diferencia entre las latitudes, así, en un simple golpe de ojo? ¿Premeditaba los movimientos musicales o los aventajaba por milésimas de segundo? ¿Cuál habrá sido su juego con la música que sonaba desde dentro? ¿Quiere acaso un lobo acordarse de esas cosas?

Dentro de la música, sí que recordaba: había una princesa que aún brillaba en la vida del bandoneonísta, aunque ella se parecía inexplicablemente a una mujer descalza que usaba esas formas rojas, que desataban la fiereza de él misteriosamente. Discutían interminables horas, porque ella, en su propia casa, hacía cosas incomodas, de forma pasajera, fugaz e incierta.

Ahora… qué recordaba ella, de ése tiempo: el olor al espiral que ardía en el suelo: los mosquitos que picaban, la casa llena de plantas. Esa mujer tenía un cuerpo nuevo, pero engañaba porque por dentro tenía el alma de una vieja. Una de ésas que cuidan las plantas todo el día y esperan que brille la luz de la luna llena. Esa equivocación de las apariencias a él lo atormentaba.

Esa mujer deambulaba desvestida por toda la selva. Colgaban de las orillas de las ventanas de la casa de ella unos tules fruncidos de color negro. Ella con una regadera de hierro regaba las plantas. Él la miraba desde dentro de la casa mientras fumaba. Mientras cavilaba e intentaba domar quién sabe qué demonios internos. Los demonios se resistían y se acoplaban con la música Ella pasaba el día en esa tarea y cuando parecía terminar la faena ya debía comenzar la ronda nuevamente. Él, durante el día, no salía jamás a la selva.

Ahora que lo recordaba, se asombraba de aquella princesa, que le dijo que se fuera. Le dijo que se fuera desde la orilla de la madre selva. Él se aturdía. Se arrepentía. Y volvía a aturdirse nuevamente, mientras ella… Era la hora trágica del atardecer, esa en la que mueren las mariposas y las damas de noche se desperezan de su sueño y la sombra está en el primer peligro. La vieja engañadora, regadera en mano,  le dijo que se fuera porque ya era suficiente tiempo de ser contra un lobo.

Él la hubiera matado. Le hubiera rogado. Hubiera hecho cualquier cosa desenfrenada y humillante. Acostumbrado como estaba a las estepas, el lobo no pisaba la hierba húmeda y oscilaba entre, no dejarse / no poder, salir a la selva. La selva era una trinchera para ella.

Ella se hubiera quedado regando las plantas indefinidamente hasta que él se marchara. Sabiendo eso, ¿qué caso tenía intentar convencerla desde la ventana y a los gritos? Más se mojaría él con lágrimas. Más estaría ella adentrada en su mundo-selva hasta que él se fuera.

 Cayó al suelo esa noche. La noche que lo llevó a amigarse otra vez con la ginebra. Salió de la casa, de la mujer, en la que había una selva. Abandonó el berrinche en los caños y fue a agrietarse a un bar donde se pasó de largo a sí mismo.

Ahora que él contaba todo aquello, le parecía aún más extraño, (acá viene un inter-texto con el libro del Lobo estepario…algún tramito preferido, de culto, por  el lector de turno).

Ahora que él re-contaba pedazos entrecortado de aquello, venía a su memoria el olor al mata mosquitos, unas veces para castigarlo y otras para avivarlo. Dijo que hubiera querido que los mosquitos le picaran otra vez, como cuando en la selva de aquella mujer él se perdía de la vida y entraba al sueño de otro mundo sin reflejos.

Ella no se teñía el pelo, ni se ocupaba de algunas cosas comunes al oficio lobezno. Ni se preocupa mucho por la basura que se acumulaba en el cesto. Era una  mujer imposible de mirar a la luz del día, por eso la imaginaba sólo en la penumbra, por ello se fue sin tranquilidad en el alma pero conformado, cuando le dijo que se fuera.

Sí eso mismo ella se lo hubiese dicho de día él se habría vuelto loco. ¿Quién sabe? Tal vez habría avanzado entre la selvática naturaleza y el cuerpo del lobo se habría humedecido de una líquido diferente al de las lágrimas. ¿Quién sabe qué hubiera podido pasar entonces? Pero no lo hizo. En cambio, se amigó con el espíritu de la ginebra y salió esa noche a tratar de encontrarse, a insistir en perderse...

…una vela estaba se derretía en el suelo y a él le pareció malísimamente que lo hubiera hecho. Que por esa noche no sonara Piazzolla en su fuelle era lo prudente, porque de hacerlo, se llenaría de torment@s su alma y quedaría crepitando quién sabe cuanto tiempo. No pudo evitarlo, devino abrumadora el alma. Las costumbres aquilatadas en las uñas de lobo estepario aullaron su parte salvaje, impiadosas y extremas. Todo eso le templó las manos, las mismas manos que arrebataron el bandoneón sin supremo cuidado y ejecutaron Tanguedia ♪ ♪ ♪[1].


 

[1] Alicante, 2008-2010.

 

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