…por
casualidad en la esquina de una calle. …durante algún tiempo
por determinados recovecos. En el camino un quiosco donde él
compró un libro de Cuentos Completos de Cortázar para
ella.
— ¡vale dos monedas! Un sitio en que habitaba abrió una
puerta y se precipitó la escena. Todo el tiempo necesario
para acomodar las cosas en una pequeña mesa, enturbió el
ambiente y posó el libro en un rincón discreto. Mientras sus
ojos se agrandaban brillantes en la penumbra, —dijo—, voy a
contar un cuento.
No estaba muy seguro. Tercera vez de lobo estepario en una
esquina, a la hora inaceptable, en países de coordenadas
desiguales. Huesudo, mal dormido, mal vivido, mal comido,
mal amado, mal temido, lleno de luna de lobo. Dolido de
males hasta hartarse.
Para ser lobo solitario tenía demasiados amigos. Demasiados
recovecos por donde escaparse.
Demasiados guaridas donde esconderse. Un impostor de lobo,
era inaceptable, inconcebible. Un lobo diferente, mil veces
diverso, mil veces el mismo, también divergente de sí mismo.
Preferible a cualquier cordero y ese detalle le ayudó a
contenerse frente al espejo un rato.
…podía presentirlo en todos sus movimientos, comprender sus
silencios y acoplarse a sus movimientos de forma premeditada
y tenebrosa. El lobo que en él habitaba había huido, pero
aún quedaba la forma arquetípica.
De tal modo que podía desconocerle sin miedo, podía
extrañarse, comprender sus palabras y asombrarse con su
quietismo de alma, aunque esto sólo durase una eternidad
cortita.
Tocaba el bandoneón con ese extraño blanqueo de ojos que
tienen los bandoneonístas, en el que parecen sufrir un dolor
extraído desde el interior de la tierra. —Esta vez concluí
que el dolor no proviene de una infatigable trayectoria de
horrores, sino del simple hecho de apretarse las partes con
el fuelle. Sin querer de ningún modo evitarlo, sufriéndolo a
gusto, amarrado a cierta figuración interna de artista
estepario—.
¿Estepa rusa o pampeana? ¿Estepa imaginada, de papel de
biblias? ¿Cómo acertar a comprender la diferencia entre las
latitudes, así, en un simple golpe de ojo? ¿Premeditaba los
movimientos musicales o los aventajaba por milésimas de
segundo? ¿Cuál habrá sido su juego con la música que sonaba
desde dentro? ¿Quiere acaso un lobo acordarse de esas cosas?
Dentro de la música, sí que recordaba: había una princesa
que aún brillaba en la vida del bandoneonísta, aunque ella
se parecía inexplicablemente a una mujer descalza que usaba
esas formas rojas, que desataban la fiereza de él
misteriosamente. Discutían interminables horas, porque ella,
en su propia casa, hacía cosas incomodas, de forma pasajera,
fugaz e incierta.
Ahora… qué recordaba ella, de ése tiempo: el olor al espiral
que ardía en el suelo: los mosquitos que picaban, la casa
llena de plantas. Esa mujer tenía un cuerpo nuevo, pero
engañaba porque por dentro tenía el alma de una vieja. Una
de ésas que cuidan las plantas todo el día y esperan que
brille la luz de la luna llena. Esa equivocación de las
apariencias a él lo atormentaba.
Esa mujer deambulaba desvestida por toda la selva. Colgaban
de las orillas de las ventanas de la casa de ella unos tules
fruncidos de color negro. Ella con una regadera de hierro
regaba las plantas. Él la miraba desde dentro de la casa
mientras fumaba. Mientras cavilaba e intentaba domar quién
sabe qué demonios internos. Los demonios se resistían y se
acoplaban con la música Ella pasaba el día en esa tarea y
cuando parecía terminar la faena ya debía comenzar la ronda
nuevamente. Él, durante el día, no salía jamás a la selva.
Ahora que lo recordaba, se asombraba de aquella princesa,
que le dijo que se fuera. Le dijo que se fuera desde la
orilla de la madre selva. Él se aturdía. Se arrepentía. Y
volvía a aturdirse nuevamente, mientras ella… Era la hora
trágica del atardecer, esa en la que mueren las mariposas y
las damas de noche se desperezan de su sueño y la sombra
está en el primer peligro. La vieja engañadora, regadera en
mano, le dijo que se fuera porque ya era suficiente tiempo
de ser contra un lobo.
Él la hubiera matado. Le hubiera rogado. Hubiera hecho
cualquier cosa desenfrenada y humillante. Acostumbrado como
estaba a las estepas, el lobo no pisaba la hierba húmeda y
oscilaba entre, no dejarse / no poder, salir a la selva. La
selva era una trinchera para ella.
Ella se hubiera quedado regando las plantas indefinidamente
hasta que él se marchara. Sabiendo eso, ¿qué caso tenía
intentar convencerla desde la ventana y a los gritos? Más se
mojaría él con lágrimas. Más estaría ella adentrada en su
mundo-selva hasta que él se fuera.
Cayó al suelo esa noche. La noche que lo llevó a amigarse
otra vez con la ginebra. Salió de la casa, de la mujer, en
la que había una selva. Abandonó el berrinche en los caños y
fue a agrietarse a un bar donde se pasó de largo a sí mismo.
Ahora que él contaba todo aquello, le parecía aún más
extraño, (acá viene un inter-texto con el libro del Lobo
estepario…algún tramito preferido, de culto, por el lector
de turno).
Ahora que él re-contaba pedazos entrecortado de aquello,
venía a su memoria el olor al mata mosquitos, unas veces
para castigarlo y otras para avivarlo. Dijo que hubiera
querido que los mosquitos le picaran otra vez, como cuando
en la selva de aquella mujer él se perdía de la vida y
entraba al sueño de otro mundo sin reflejos.
Ella no se teñía el pelo, ni se ocupaba de algunas cosas
comunes al oficio lobezno. Ni se preocupa mucho por la
basura que se acumulaba en el cesto. Era una mujer
imposible de mirar a la luz del día, por eso la imaginaba
sólo en la penumbra, por ello se fue sin tranquilidad en el
alma pero conformado, cuando le dijo que se fuera.
Sí eso mismo ella se lo hubiese dicho de día él se habría
vuelto loco. ¿Quién sabe? Tal vez habría avanzado entre la
selvática naturaleza y el cuerpo del lobo se habría
humedecido de una líquido diferente al de las lágrimas.
¿Quién sabe qué hubiera podido pasar entonces? Pero no lo
hizo. En cambio, se amigó con el espíritu de la ginebra y
salió esa noche a tratar de encontrarse, a insistir en
perderse...
…una vela estaba se derretía en el suelo y a él le pareció
malísimamente que lo hubiera hecho. Que por esa noche no
sonara Piazzolla en su fuelle era lo prudente, porque de
hacerlo, se llenaría de torment@s su alma y quedaría
crepitando quién sabe cuanto tiempo. No pudo evitarlo,
devino abrumadora el alma. Las costumbres aquilatadas en las
uñas de lobo estepario aullaron su parte salvaje, impiadosas
y extremas. Todo eso le templó las manos, las mismas manos
que arrebataron el bandoneón sin supremo cuidado y
ejecutaron Tanguedia ♪ ♪ ♪.