México, Distrito Federal I Agosto-Septiembre  2010 I Año 5 I Número 26 Publicación Bimestral I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

AMOR

 

Grissel Gómez Estrada. Nació el 12 de noviembre de 1970. Obtuvo el primer lugar en el Concurso de Poesía UAM ’86 y el segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta. Ha publicado los poemarios Los clavos de fuego de la noche, Poemas de neurosis y antineurosis y Otra vida. Es profesora-investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. En la actualidad, aspira al grado de Doctora en Letras Mexicanas, por la UNAM.

 

 Para Arturo Cosme

La niebla se extiende hacia el umbral,

y a su paso desaparece el camino irregular de la senda,

sus protuberancias: serpientes con las que se formó el destino silente de las olas,

incluso, la niebla se traga los abismos con los que tropezamos, se traga

su núcleo donde sólo la oscuridad es posible, donde sólo el extravío y la pena

como ángeles luminosos, nos tendieron la mano, ignoro si para sufrir

o reírnos a carcajadas por el vuelo inútil de fantasmas, hoy sin rostro,

alguna vez tan bellos que no supimos cómo sobrevivir

a su antigua iridiscencia de seres de profundidades marinas.

A la espalda ya no queda nada: sólo tu rostro en cualquier dimensión:

es tu rostro: emerge blasfema ilumina, corta cabezas, consume mis palabras

¬–los cantos,

las restituye en forma de parvadas, de resplandores a la orilla del río Colorado,

y me deja ciega y feliz entre este desconcierto que parece, no desdén, sino                                                                                                ¬aganisias vivas,

nimbos que preparan tempestades, vientos que confluyen desde los cuatro puntos                                                                                       ¬cardinales,

y todo en una sola mujer. Y cuando sobre tu cuerpo desnudo, nos lanzamos al                                                                                            ¬vacío,

y suspendidos me conduces a los centros, al origen, amado, impregnados enteros

de lágrimas gozosas y sudor, somos capaces de entender, como recién nacidos,

en qué consiste el cosmos a quien se llama Dios.

 

 

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