Para Arturo Cosme
La niebla se extiende hacia el umbral,
y a su paso desaparece el camino irregular de la senda,
sus protuberancias: serpientes con las que se formó el destino
silente de las olas,
incluso, la niebla se traga los abismos con los que tropezamos, se
traga
su núcleo donde sólo la oscuridad es posible, donde sólo el extravío
y la pena
como ángeles luminosos, nos tendieron la mano, ignoro si para sufrir
o reírnos a carcajadas por el vuelo inútil de fantasmas, hoy sin
rostro,
alguna vez tan bellos que no supimos cómo sobrevivir
a su antigua iridiscencia de seres de profundidades marinas.
A la espalda ya no queda nada: sólo tu rostro en cualquier
dimensión:
es tu rostro: emerge blasfema ilumina, corta cabezas, consume mis
palabras
¬–los cantos,
las restituye en forma de parvadas, de resplandores a la orilla del
río Colorado,
y me deja ciega y feliz entre este desconcierto que parece, no
desdén, sino
¬aganisias
vivas,
nimbos que preparan tempestades, vientos que confluyen desde los
cuatro puntos
¬cardinales,
y todo en una sola mujer. Y cuando sobre tu cuerpo desnudo, nos
lanzamos al
¬vacío,
y suspendidos me conduces a los centros, al origen, amado,
impregnados enteros
de lágrimas gozosas y sudor, somos capaces de entender, como recién
nacidos,
en qué consiste el cosmos a quien se llama Dios.
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I
Año 5 I
Número 26 I
2010 ©
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