Desde hace cierto tiempo
suelo bajar hacia las zonas donde
el
viento llega a quemar
los
sueños más recientes.
Allí se tiende la tristeza
a
tejer domicilios
a
romper espejos
para armar con cada pedazo
bisuterías de palabras
con
que luego, en un afán descontrolado,
intentamos nombrar
las
apariencias más horribles
que
nos vienen a tejer
los
párpados
con
los gruesos olores
de
las tormentas
que
nunca pasan siempre.
En
la zona donde el viento
acaricia los labios ardientes de los fantasmas
un
campo brilla bajo
las
embestidas de la desesperanza.
Brilla con el aceite que ha robado
a
los barcos que dejaron
de
respirar partidas
al
borde de la orilla
de
los cuerpos entre los cuales
el
bosque derrama
la
velocidad perfumada de la sed,
del
hambre que destruye
resplandores sagrados.
Me
dices ahora que debías desnudarte
y
dar gritos.
Que
debías entregarte
al
vaticinio de los espantos
más
antiguos,
que
debías buscarte entre
los
espasmos
de
las ciudades nos amábamos.
Me
dices que me deje
arrastrar por las llamas
que
se salen de tus venas
para reconocer de esa forma
los
enigmas que cruzan el caos.
En
la zona donde el viento
sólo viene a viajar
clavo los ojos en la tierra
para que retoñen en bestias carnívoras
que
arrastren con su hambre
las
ramas que se tienden
desde la cola de las noches
y
así –sólo así –
convocar las manos de trópicos marinos
para que se eleven
hacia el vientre de las fuerzas consanguíneas
donde se celebra el constante
nacimiento de la ceniza.
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I
Año 5 I
Número 26 I
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