México, Distrito Federal I Enero-Febrero 2011 I Año 5 I Número 28Publicación Bimestral I ISSN: En trámite

 

 

 








 

 

FIGURA MASCULINA EN RONDÓ

 

Andrea Benavídez. Nació en San Juan, Argentina donde hizo la licenciatura en Filosofía en la Universidad Nacional de San Juan, Argentina (U.N.S.J). En 2008 obtuvo un Máster en Pensamiento Contemporáneo en la Universidad de Murcia. Actualmente realiza el Doctorado en Estudios Literarios en la Universidad de Alicante. Durante el 2010 ha publicado en destiempos.com en Confluencia, Revista Hispánica de Cultura y Literatura y autora de El Sótano, novela corta editada por la U.N.S.J.

 

 

No son pocas las cosas que han llegado a desconcertarme a lo largo de mi vida de leñador. ¿En cuanto a los sentimientos? No ha habido día en el que no me pregunte por ellos. Tampoco, ni una sola vez, he podido afirmar mi mano sobre la corteza de un árbol sin pensar que ese tacto, esa sensación rugosa, era casi la única certeza que me amparaba.

Los cielos de los amaneceres eran tenues las mañanas en la que ella se fue. No sé por qué se fue. No saberlo me inquietó la mirada durante muchos años, aún así nunca la busqué para preguntarle las razones. Ese largo entendimiento entre su ausencia y mi hacha han habituado en mí las pequeñeces de un hombre solitario.

Algunos creen que soy terco, más bien manso diría yo. Pero, ¿a quién podría interesarle una confesión tan insignificante? El olor a su piel ya no persiste en las sábanas que nunca he lavado, y sus sueños no han dejado de inquietar a mis pesadillas. Soy eso que algunos llaman, un abandonado.

Yo prefiero pensar que soy un leñador que con el tiempo ha entendido que el sol no sale para todos de igual modo. Con el tiempo he encontrado explicaciones menos categóricas que contundentes. Un solo soplo de viento sirve para alentar mi alma de malos presagios. Un gran mal presagio sería que ella un día decidiera volver. Porque soy lo que el tiempo ha hecho de mí y no lo que su ausencia ha postrado.

 En cierto modo he aprendido a quererme, a decir que las mujeres no son tan malvadas como parecen. También he aprendido que los sentimientos son para gente elegante que compra zapatos en casas importadas y habla con teléfonos móviles. Para gente que está casi todo el día corriendo de un sitio a otro para poder llegar a la hora adecuada a la cita indicada.

Los sentimientos que afectan a los hombres vulgares corren el riesgo de ser abatidos por las nubes y por los edificios, pero éstos no dejan de ofrecer una resistencia despiadada.

Cada día en que camino hacia el bosque con la sola intención de talar un tronco los pensamientos se ausentan porque saben que no hay recorrido menos directo que atravesar mi mente. De ahí nunca podrán salir y eso no les entusiasma demasiado. Aunque vivo en el bosque de esas cosas sé bastante, porque estoy acostumbrado a encontrar hombres a punto de colgarse del cuello.

Trato de cortar árboles pero muchas veces esas circunstancias me lo impiden. Alguien trepado a una rama es un impedimento importante, además habría que pensar en cómo se vería de perjudicada mi fama de talador si alguien descubriera que el peso de un cuerpo ayudó a mi faena. Por eso, a la hora de la madrugada, cuando es más habitual encontrar a hombres intentando irse de este mundo por culpa de las ramas de los árboles, suelo partir hacia el bosque.

Primero los asusto con el hacha y les cuento unos cuentos terribles sobre hombres que han perdido el cuello a manos de malvados leñadores ataviados con camisas a cuadros. Luego les digo de la magnitud, de la densidad, de la agudeza de las noches en el bosque.  Finalmente les hablo de los pequeños seres que habitan en los troncos; ellos detestan las visitas y más les desagrada la presencia de los muertos recientes. Al fin los convenzo para que se bajen de una vez de la soga en la que están a punto de trincarse.

Ellos bajan y me tienden la mano como para saludarme. Yo en cambio aprovecho la distracción para perseguirlos con el hacha un rato hasta que se hace la noche. Luego, tengo apalabrados algunos animales tenebrosos que saben de sustos y esas cosas, al fin la savia de los árboles cruje como ella sabe, y el silencio de la noche suena como un desasosiego enormísimo. Los hombre amanecen el día sumamente agotados y no hay forma de que el miedo se presente en sus huesos con mayor intensidad.

Cuando han logrado reponerse de las fatigas de la noche los convido con un jarro de café recién hecho y nos sentamos en un tronco a hablar de las cosas que son inconmensurables.   

Casi nadie dará crédito a las verdades, porque eso es cosas del vicio y la costumbre humana, pero hay una palabra que repiten todos los visitantes: miedo. Todos hablan de un pánico terrible a ser abandonados, todos cuentan de cierta vez en la que los amenazó la muerte y sintieron un escalofrío horripilante. Al final hablan de una fémina indómita en constante estado de transformación a la que aman y nunca, ni ella ni ellos mismos, lo han sabido.

El trabajo de leñador es arduo, pero los árboles permanecen de pie casi todos los años. Rara vez se da la oportunidad de derribar alguno, debido a la cantidad de hombres que siempre andan por aquí, y que lo obligan a uno a la tarea de bajarlos y espantarlos hacia la ciudad nuevamente. 

 

 

 

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