No son pocas las cosas que han llegado a desconcertarme a lo largo
de mi vida de leñador. ¿En cuanto a los sentimientos? No ha habido
día en el que no me pregunte por ellos. Tampoco, ni una sola vez, he
podido afirmar mi mano sobre la corteza de un árbol sin pensar que
ese tacto, esa sensación rugosa, era casi la única certeza que me
amparaba.
Los cielos de los amaneceres eran tenues las mañanas en la que ella
se fue. No sé por qué se fue. No saberlo me inquietó la mirada
durante muchos años, aún así nunca la busqué para preguntarle las
razones. Ese largo entendimiento entre su ausencia y mi hacha han
habituado en mí las pequeñeces de un hombre solitario.
Algunos creen que soy terco, más bien manso diría yo. Pero, ¿a quién
podría interesarle una confesión tan insignificante? El olor a su
piel ya no persiste en las sábanas que nunca he lavado, y sus sueños
no han dejado de inquietar a mis pesadillas. Soy eso que algunos
llaman, un abandonado.
Yo prefiero pensar que soy un leñador que con el tiempo ha entendido
que el sol no sale para todos de igual modo. Con el tiempo he
encontrado explicaciones menos categóricas que contundentes. Un solo
soplo de viento sirve para alentar mi alma de malos presagios. Un
gran mal presagio sería que ella un día decidiera volver. Porque soy
lo que el tiempo ha hecho de mí y no lo que su ausencia ha postrado.
En cierto modo he aprendido a quererme, a decir que las mujeres no
son tan malvadas como parecen. También he aprendido que los
sentimientos son para gente elegante que compra zapatos en casas
importadas y habla con teléfonos móviles. Para gente que está casi
todo el día corriendo de un sitio a otro para poder llegar a la hora
adecuada a la cita indicada.
Los sentimientos que afectan a los hombres vulgares corren el riesgo
de ser abatidos por las nubes y por los edificios, pero éstos no
dejan de ofrecer una resistencia despiadada.
Cada día en que camino hacia el bosque con la sola intención de
talar un tronco los pensamientos se ausentan porque saben que no hay
recorrido menos directo que atravesar mi mente. De ahí nunca podrán
salir y eso no les entusiasma demasiado. Aunque vivo en el bosque de
esas cosas sé bastante, porque estoy acostumbrado a encontrar
hombres a punto de colgarse del cuello.
Trato de cortar árboles pero muchas veces esas circunstancias me lo
impiden. Alguien trepado a una rama es un impedimento importante,
además habría que pensar en cómo se vería de perjudicada mi fama de
talador si alguien descubriera que el peso de un cuerpo ayudó a mi
faena. Por eso, a la hora de la madrugada, cuando es más habitual
encontrar a hombres intentando irse de este mundo por culpa de las
ramas de los árboles, suelo partir hacia el bosque.
Primero los asusto con el hacha y les cuento unos cuentos terribles
sobre hombres que han perdido el cuello a manos de malvados
leñadores ataviados con camisas a cuadros. Luego les digo de la
magnitud, de la densidad, de la agudeza de las noches en el bosque.
Finalmente les hablo de los pequeños seres que habitan en los
troncos; ellos detestan las visitas y más les desagrada la presencia
de los muertos recientes. Al fin los convenzo para que se bajen de
una vez de la soga en la que están a punto de trincarse.
Ellos bajan y me tienden la mano como para saludarme. Yo en cambio
aprovecho la distracción para perseguirlos con el hacha un rato
hasta que se hace la noche. Luego, tengo apalabrados algunos
animales tenebrosos que saben de sustos y esas cosas, al fin la
savia de los árboles cruje como ella sabe, y el silencio de la noche
suena como un desasosiego enormísimo. Los hombre amanecen el día
sumamente agotados y no hay forma de que el miedo se presente en sus
huesos con mayor intensidad.
Cuando han logrado reponerse de las fatigas de la noche los convido
con un jarro de café recién hecho y nos sentamos en un tronco a
hablar de las cosas que son inconmensurables.
Casi nadie dará crédito a las verdades, porque eso es cosas del
vicio y la costumbre humana, pero hay una palabra que repiten todos
los visitantes: miedo. Todos hablan de un pánico terrible a ser
abandonados, todos cuentan de cierta vez en la que los amenazó la
muerte y sintieron un escalofrío horripilante. Al final hablan de
una fémina indómita en constante estado de transformación a la que
aman y nunca, ni ella ni ellos mismos, lo han sabido.
El trabajo de leñador es arduo, pero los árboles permanecen de pie
casi todos los años. Rara vez se da la oportunidad de derribar
alguno, debido a la cantidad de hombres que siempre andan por aquí,
y que lo obligan a uno a la tarea de bajarlos y espantarlos hacia la
ciudad nuevamente.
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Año 5 I
Número 28 I
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