Abdul Sahib Machi García es originario de Ciudad Obregón, Sonora, México. Es licenciado en Psicología. Entre los géneros que maneja está la narrativa en su modalidad cuento y novela. Entre sus escritos también se puede encontrar prosa poética y la poemía, poesía característica del autor, donde la prioridad no es la estética poética ortodoxa (ritmo, métrica, belleza auditiva), sino la belleza de la idea y su significado tanto emotivo como racional. Actualmente trabaja en el Departamento de Extensión de la Cultura del Instituto Tecnológico de Sonora. Ha colaborado en revistas en Internet y en papel en España, Argentina, Canadá y México. Algunas de las revistas son: Revista voces, Proyecto Sherezade (Revista electrónica del Departamento de Francés, español e italiano de la Universidad de Winnipeg, Manitota, Canadá), El hablador, Divague, Barcelona review (próximo número), Palabras diversas, Liceus, La sombra del membrillo, entre otras.
Un buen ladrón
La casa estaba casi vacía. La excepción era yo y una cama. Yo recostado sobre ella. Tal vez había algún animal merodeando por un trozo de alimento: hecho inútil, pues ni eso encontraría aparte de mí y la cama. La luz moderaba su influencia pues los vidrios de las ventanas estaban cubiertos de pintura negra. La poca luz que se percibía, como un intruso, invasor nocturno, entraba por el espacio impertinente que la puerta dejaba entre su parte inferior y el piso.
Una pena se aferraba a mi garganta. Era mi corazón, tal vez, que quería salir por mi boca, como un escupitajo sangriento y patético. El tiempo, como de costumbre, en los momentos de incertidumbre, aparentaba transcurrir más lento; tiempo, cómplice del sufrimiento y moderador de la felicidad. El amanecer no llegaba, no deseaba llegar. No podía conciliar el sueño, asunto que en aquel instante añoraba mi tranquilidad.
Pelee con mi almohada; no había forma que ésta confortara a mi cabeza. La arrojé a las tinieblas del cuarto y cayó en algún lugar. Deseaba oír el coro matinal de las aves, me hubiera resultado como escuchar el ponzoñoso canto de las sirenas que obligaron a "Odysseus" a atarse a su embarcación.
Me venció la angustia y me puse en pie. Caminé en la oscuridad. Escuché de pronto el lenguaje elocuente de un grillo. Se dibujó en mis labios una sonrisa de alegría inmensa que nadie vio, pues nadie había allí, además, tanta oscuridad no hubiera permitido a nadie ver nada. Caminé en la negrura, y a tientas busqué el interruptor para encender la luz. Al momento en que di el último paso y sentí el interruptor bajo mi mano, sentí también que había aplastado algo blando y húmedo con mi pie. Encendí la luz: mi único compañero había muerto, aniquilé al grillo que me regaló un instante de compañía. Estaba solo de nuevo. Le hubiese organizado un funeral con todos los honores en aquel momento. La soledad me hacía ver lo más absurdo como si fuese lo más sensato y noble.
Apagué la luz de nuevo y me senté en la cama, mientras miraba los espejismos que mis retinas, aún encandiladas por la recién apagada luz, encerraban, dentro de sí, espejismos amorfos que de momentos semejaban imágenes lucidas de lugares, personas y cosas que aprecié.
Me distrajo un ruido, de mi momentánea enajenación, como si alguien acariciara cautelosamente el picaporte. No sólo mis ojos me brindaban momentos de fantasía, también mis oídos jugaban conmigo, regalándome sanciones auditivas, tal vez para mofarse de mí y de mi soledad.
Hubiera jurado que me quedé dormitando por segundos, sentado todavía, cuando se escuchó, nuevamente y con más insistencia, que el picaporte era manipulado. Esta vez me erguí y esperé aguantando la respiración para escuchar algún otro ruido en la puerta de mi casa.
Escuché un leve rechinar de la puerta de la entrada, de algo me sirvió no haber aceitado las bisagra, por lo que supuse que la habían abierto. Me quedé, sin embargo, sentado, mirando hacia la puerta de la recamara, la cual permanecía abierta.
Escuché los pasos sigilosos de algún visitante. Me puse de pie. Me dirigí silencioso en busca del interruptor y encendí de súbito la luz. Los dos nos quedamos paralizados, viéndonos fijamente. Me miró con tal dignidad que hubiera pensado que el intruso era yo.
–Lamento las molestias –se dirigió a mí solemnemente–, créame que no gusto de entrar en casas habitadas; pero es tal la oscuridad de este hogar, que pensé que sería un lugar abandonado.
–No se turbe –contesté de igual forma–; si hubiese algo aparte de esta cama se lo ofrecería. El caso es que no hay más que lo que ve.
–Cierto –replicó–. Casa más austera no había visto. ¡Qué puedo decir!, disculpe las molestias. Me voy, sino tiene algún inconveniente.
–¡No, no se vaya! Le invito un café; ahora recuerdo que no hay café, pero siéntese. Hablemos un momento, mi único acompañante murió aplastado por un imbécil hace algunas horas o minutos, poco me interesa el tiempo.
–¡Oh, es una pena! ¿Supongo que lo estimaba mucho?
–preguntó aquel hombre.
–No mucho. Pero era lo único que tenía aparte de esta cama que ve allí; por cierto, siéntese en la cama.
–¿En verdad quiere charlar?
–Por supuesto. Cuénteme de su trabajo. Debe ser emocionante.
–Hay veces que sí, otras veces no tanto –contestó aquel ladrón-. Aunque ya no tienen consideración los clientes. Tienen la mala costumbre de poner perros en los patios, eso entorpece nuestra labor. Es una desconsideración; una grosería. Otros clientes son un poco más impertinentes, colocan alarmas modernas, usted sabe, de esas que si uno viene a hacer su humilde trabajo y no tiene cuidado de no activarla, termina electrocutado o tras las rejas como ratón de laboratorio.
–Es penoso –comenté.
–Realmente penoso. Créame que es difícil ganarse la vida así. ¡Oh!, cuánto dicen los medios de comunicación: "¡Que los ladrones acá!", "¡Que los ladrones allá!", "¡Que lincharon a tal!" Es realmente penoso. Todo tiene justificación hoy en día, pero el ser ladrón no. Por ejemplo, cuando hablan de las prostitutas dicen cosas como: "Es la profesión más antigua", o "Canonicemos a las putas" o qué sé yo. En fin, es difícil en estos tiempos ser ladrón. Reconozco que hay quienes desprestigian esta actividad, realizando actos indignos, repugnantes; pero no hay que pagar todos por algunos mal intencionados.
–Estoy de acuerdo con usted –contesté–. Yo también tengo un empleo difícil, de cierta forma muy similar al de usted. A veces no tan honroso, pero, qué es honroso en estos días en que cada pregunta tiene mil respuestas.
–¿A qué se dedica usted mi apreciado señor? –inquirió el ladrón.
–Me dedico a gobernar, a discutir, a cuestionar todo lo que no conozco. Me dedico a... Mi empleo es una sinecura.
–Debe ser relajada su labor.
–No lo crea. Hay noches que no duermo. Siento en mi garganta un nudo invisible que no me permite respirar. Es cansado hablar durante el día tanta palabra demagógica.
–¿A qué se refiere? No tengo de ninguna manera su buen lenguaje. No terminé ni el estudio más básico. Si aprendí a leer, fue para leer los periódicos. Un buen ladrón debe de estar bien informado de lo que ocurre a su alrededor.
–Mi buen amigo, lo que quiero decir es que tanta farsa termina por espantar el sueño. Por eso esta noche, cuando entró a mi casa, estaba tan despierto como una lechuza.
–Mal empleo es el que tiene usted –comentó el ladrón–. Yo, en cambio, cuando llego, ya noche, casi amaneciendo, a mi casa, duermo como un niño. Tal vez me consuela pensar que el dinero que robo hubiera sido gastado en algo inútil; ya sabe usted: licor, prostitutas y sabrá Dios qué más. Por otra parte, cuando robo alguna joya me digo: "¡Cuánta vanidad debe causar esta joya a su dueño!" Siento entonces que les quito un enorme peso a las personas. Cuando robo algún objeto del hogar: lámparas, aparatos eléctricos, pienso que en un par de años terminarían siendo un estorbo en la casa y serian arrojados a la basura. Así me relajo y disipo cualquier rastro de culpa.
–Ya veo –repliqué–. Será bueno para mí pensar que mis falacias, mis mentiras son aquello que las personas quieren escuchar. No hay, pues, otra manera de mantener entretenido al pueblo.
–Definitivamente. Sino hubiese un gobernante, un hacedor de leyes, que mintiera, que enajenara a las personas con sus palabras venenosas, el mismo pueblo lo crearía y lo pondría en el pedestal del poder para saciar su necesidad de ser guiados como un rebaño, cuyo único y certero destino es seguir ciegamente a su pastor, un pastor que les lleva al matadero, y aun cuando el rebaño sabe su final, continúa su ruta refunfuñando y quejándose, pero sin parar. Ésa es la naturaleza humana.
–Quizá mi deber es servir al pueblo, guiándolo cual pastor
–contesté.
–El mío también –repuso el ladrón.
–¡Quién no ha tenido entre sus seres amados a un ladrón o a un gobernante! –comenté–. ¡Ah, mi buen ladrón!
–¡Bendito sea, mi buen gobernante!
–Sería usted un buen gobernante –dije solemnemente.
–Y usted sería el más grande de los ladrones, un excelente ladrón: el mejor –repuso aquel hombre.
–Me halaga –agradecí con sinceridad.
–¿Y a usted no le ponen sus perros en los patios y alarmas en sus asuntos? –inquirió el ladrón.
–Por supuesto, pero bien me conocen los perros y no hay alarma de la cual no tenga la clave para desactivarla.
–Dichoso usted.
–Usted es un mártir; tener que lidiar con perros desconocidos, alarmas activadas y clientes malagradecidos –comenté.
–Que diga el poeta "¡canonicemos a los ladrones!" –ironizó el ladrón.
–Y a los gobernantes –añadí soltando una estridente carcajada–. Es la misma tierra, sólo que una seca y la otra húmeda, como el polvo y el lodo. Dos estados de un mismo elemento.
–Me voy. Fue un enorme placer –dijo el ladrón mientras se paraba de la cama.
–Gracias, esta noche dormiré como un buen gobernante.
–Yo en cambio no dormiré mucho. Toda la noche pensaré en cambiar de profesión. Pensaré en ser un gran gobernante
–comentó el ladrón.
–Ya tiene la filosofía –repuse.
–Buenas noches –se despidió aquel hombre.
El ladrón salió. Yo intenté dormir y no pude. El nudo en la garganta volvió. Nunca tuve la certeza de si todo aquello fue una ilusión de mi soledad y mi angustia o en realidad fue un ladrón que en mi hogar desierto entró y me regaló un momento de feliz charla, como un buen y servicial ladrón.
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