Andrés Larenas Méndez, chileno, casado, una hija, es el sexto de diez hermanos. Contador Público y Auditor e Ingeniero en Administración de Negocios de la Universidad Central de Santiago de Chile, captó que los números y las letras se llevaban bien e incursionó en ellas. Asistió a los talleres literarios del poeta Juan Gris y el escritor José Luis Rosasco en la capital de su país.Ha participado en varios concursos de cuentos, entre ellos el patrocinado por la Sociedad de Fomento Fabril de Chile, en el cual obtuvo el segundo lugar con su cuento “El siquiatra”. También ha publicado poemas en Letralia, tierra de Letras. (www.letralia.com).
La gripe
Con el tapón de papel de toalla absorbente metido en el orificio nasal izquierdo para detener el flujo constante del moquillo, los oídos tapados y con la sensación de ruido de una lejana catarata, un ojo medio cerrado por amarillentas legañas secas, el cabello parado y seguramente pegoteado por los fluidos que mi nariz dejó en la almohada en esa noche inquieta, húmeda y febril de domingo, me enfrenté al espejo del baño a las siete de la mañana ese lunes de invierno. ¡Qué desastre! Qué feo y pálido me vi en él, considerando que no soy tan feo.
La lluvia del sábado tuvo la culpa. Por estar dos horas a su merced me mojé los calzoncillos y calcetines por detenerme a ayudar a una automovilista que me hizo señas en la carretera al medio de la nada y con el distribuidor de su coche inundado.
En abril me puse la vacuna contra la influenza pero esto que tengo hoy no es la influenza, es el maldito virus desconocido de la gripe, por eso la vacuna no me ayuda en nada. De solo pensar tener que levantarme de la cama para ir al trabajo en este gélido día que comenzaba, me da tiritones. Un fuerte estornudo me sacudió la abombada cabeza y me produjo una fuerte presión en ella, pero por suerte se me destapó el oído izquierdo, en consecuencia, ahora solo tengo tapado el orificio izquierdo de la nariz y el oído derecho.
Con esta gripe tengo como mínimo para tres días de cama, está incipiente todavía pero se nota que me viene muy fuerte, ojalá que no degenere en una bronquitis porque ya la cosa se me pone más fea, sobretodo si me sube la temperatura y yo me encuentro solo en casa.
Igualmente debería ir a la oficina porque tengo un trabajo ineludible, así es que no saco nada con justificarme como si estuviera en la primaria. Tendré que pasar el día a punta de paracetamoles y bebiendo té de hierbas y limonadas para calmar este romadizo, la sordera y el abombamiento que tengo a nivel de las sienes.
Abrí el grifo caliente de la ducha, esperé un minuto y metí bajo el agua
de la regadera muy caliente mi entumecido cuerpo, me crucé de brazos
y me quedé casi diez minutos debajo de ella pensando que con la cantidad de lluvias que ha habido este año hay agua para rato en los embalses así es que el cargo de conciencia no fue tan alto, solo la cuenta del agua estaría más alta a fin de mes, pero necesitaba calentar mi helado y ahora frágil cuerpo. Mientras el agua corría sobre mi pecho, espalda y cabeza pensé y repensé ¡cómo nadie va a poder hacer mi trabajo en la oficina, nadie es insustituible! Decidí entonces llamar al trabajo para avisar que no iría.
Cerré el grifo del agua caliente de la ducha, me friccioné vigorosamente con la toalla para secarme, corrí a la cómoda, saqué un pijama limpio y por las dudas, me dispuse a cambiar la funda de la almohada, luego me metí a la cama, marqué el teléfono de la oficina y coordiné las operaciones que debía realizar mi reemplazante, colgué y abrí el cajón del velador y allí encontré la libreta donde anotaba los números de teléfonos. Llamaría a un médico a domicilio para que me prescribiera en la receta el tratamiento adecuado, la farmacia me traería los medicamentos en el lapso de unas dos horas, y si estaba muy mal, aquel me extendería una licencia o certificado que me permitiese faltar mínimo unos dos o tres días al trabajo. Debía ser responsable conmigo mismo y con los demás, porque ir al trabajo hubiera sido como “pan para hoy y hambre para mañana”, porque allí me vendría la fiebre, contagiaría a todo el mundo y además tendría que volverme a casa de seguro mucho antes de terminar la jornada de trabajo, sería un día casi perdido.
En la tarde llamaría a mi mujer para contarle sin drama y tranquilamente lo que me pasa y que ya todo está bajo control. No quiero aguarle la fiesta ahora que está tan lejos y pasándolo tan bien con su hermana.
::
destiempos.com I Año 1 I Número 4 I 2006 ©