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Una vuelta de tuerca a los ‘70

                                                                                                                                                                                                                                    Carmen Beatriz Paz

 

La instalación que Juan Carlos Romero y Marcelo Lo Pinto exponen hasta el 31 de agosto en la Galería Filo bajo la dirección de Eduardo Miretti (180º de arte Contemporáneo), nos retrotrae a las muestras que desde el Di Tella, artistas como Marta Minujín, propusieran al mundo del arte.

         La muestra lleva el título de El jardín leído. Desde el título, muy conceptual, caminamos en un imaginario programa, como los que en el cinquecento, propusieran los jardines de palacio.  La temática de lectura de este jardín encierra la historia de la humanidad: el Terror como forma de gobernabilidad.  Estaríamos esperando que  “el espanto”, expresión de Borges para su amada Buenos Aires, nos acompañe en su recorrido. Algo muy extraño invade al paseante de este jardín viajando entre letras sueltas; instaladas a lo largo de una galería cuyas paredes aparecen invadidas por el blanco, la luz.  Uno se imagina al terror como una línea, un filo de cuchilla que atraviesa todo pasillo, todo salón, todo jardín, toda ciudad en plena oscuridad. Pero, por el contrario, nada nos hace sufrir. Cada una de las letras que compone la palabra terror, desde su tamaño que supera los dos metros de altura, posee mucho de lúdico y como Peirce estableciera en su terceridad, nos origina una cadena sucesiva de significados.  Realizadas en madera, compuestas de cortes que podrían llevarnos a la idea de esas figuras mitológicas gigantes del Jardín de Boccacio, trabajadas con  la perfección de un excelente ebanista, no encienden en nuestro sentir la sensación del pánico, por el contrario se recorren pacíficamente. ¿Es acaso sus brillantes colores los que nos tranquilizan?  Más bien, como toda obra conceptual, es la posibilidad de armar con ellas  nuevos significados y como en toda instalación, lo lúdico nos permite jugar. Así, retozando como los niños, podemos cambiar la posición de las letras desde el ángulo de percepción que nos encontremos: error, tero, roer, reto, lo cual le quita la connotación que la palabra terror en sí misma encierra.

         Eduardo Grüner, quien ha hecho el texto del catálogo, pone la siguiente frase que nos parece muy oportuna: “Tenemos el arte para defendernos del Horror, dijo aproximadamente Nietzsche.  Otra vez no quiso decir con eso que el arte pudiera preservarnos de nada, mucho menos que pudiera distraernos, salvarnos del asalto de lo Real.  Lo que sí hace es recordarnos, implacablemente, que la única salida no es la resignación”.

         Juan Carlos Romero, que participó en su juventud con artistas que trabajaron en instalaciones y que en la actualidad integra al Grupo Escombros, comprometido con los problemas sociales del Gran Buenos Aires, realizó esta obra junto a un artista joven como es el caso de Marcelo Lo Pinto.  Al preguntar a Miretti, quien desde sus comienzos en 180º de arte Contemporáneo, propone exposiciones ligadas al arte gráfico con nuevas tecnologías, al ploteo, la digitalización, el nuevo video, cómo es que plantea esta instalación. Nos comenta que no se aparta de las nuevas tecnologías en el arte pues cada corte de madera tiene un estudio matemático computarizado y cada ensamblaje está previamente diseñado por programas de PC, incluso sus colores.  Esto nos permite pensar que  la muestra, si bien nos lleva al arte de fines de los ‘60 y comienzo de los ’70,  encuentra en los nuevos soportes tecnológicos, la necesidad perenne del hombre de convertirse en un demiurgo a través del lenguaje del arte.

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 destiempos.com  Año 1 I  Número 4 I  2006 ©