artículos / reseñas

 

 

Fernando Arrojo-Ramos. Escritor español natural de Madrid. Reside en la actualidad en los Estados Unidos. Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Connecticut. Profesor emérito de Literatura Española y Ex-Director del Programa de Literatura Comparada en Oberlin College (Ohio, USA). Sus relatos se han publicado en diversas revistas literarias de España, Méjico, Colombia y Francia: Papeles de Son Armadans, Ínsula, Bitzoc, Lucanor, Turia, El Extramundi, Plural, La Casa de Asterión, Ariadna, Narrativas, entre otras.  Muchos relatos, traducidos al inglés, han aparecido en diversas revistas estadounidenses: Chicago Review, High Plains Literary Review, Florida Review, Laurel Review, Portland Review, Santa Monica Review, Weber Studies, The Paumanok Review, y otras muchas.  En 2005, uno de sus relatos fue nombrado para el Premio Pushcart, uno de lo más prestigiosos en los EEUU.  Autor asimismo de numerosos artículos de crítica literaria y ensayos culturales editados en libros y revistas tales como Hispanofila, Hispania, University of Wyoming Press, Explicación de Textos Literarios, The American Hispanist, Editorial Noguer (Madrid).

 

Salamanca, la vieja universidad

 

La ciudad de Salamanca pertenece a la provincia del mismo nombre, que era parte de lo que fue antiguo reino de León y hoy es la región de Castilla-León. La ciudad, que se cuenta entre las más bellas e interesantes de España por la variedad de su arquitectura, alberga una de las universidades más antiguas del mundo. Recipiente de humanismo, arte e historia, decir Universidad de Salamanca es tanto como matizar la civilización y cultura hispánicas, que allí se forjaron en gran parte durante los siglos XV y XVI. "Del viejo saber remoto guardas recuerdos conformes", evocan los versos de Miguel de Unamuno, su antiguo rector. Para él, en la Universidad se aúnaron el arte, el saber y el impulso, y así lo expresó en estos otros versos:

                          Salamanca, Salamanca,

                                      renaciente maravilla,

                                      académica palanca,

                                      de mi visión de Castilla

        El papa Alejandro IV, en 1255, la elogiaba como "una de las cuatro lumbreras del mundo", aludiendo también a las universidades de Bolonia, París y Oxford. "Yo vi en Salamanca la obra presente", afirman los versos acrósticos de Fernando de Rojas que sirven de introducción a su inmortal Celestina. El poeta José de Espronceda, en su obra El estudiante de Salamanca, con cierta pomposidad romántica, alaba a

                    La famosa Salamanca,

                                      Insigne en armas y letras,

                                      Patria de ilustres varones,

                                      Noble archivo de las ciencias.

Y Miguel de Cervantes, refiriéndose a la ciudad, dice, en El licenciado Vidriera, una de sus Novelas Ejemplares, "que enchiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado".

        Los orígenes de Salamanca se remontan a una nebulosa antigüedad, con raíces muy posiblemente célticas. Su nombre primitivo parece haber sido Helmántica. En el siglo III a.C. fue tomada por Aníbal, y a partir de la dominación cartaginesa, siguiendo la misma suerte que la Península Ibérica en general, sufrió una serie de invasiones que debilitaron su importancia. La poseyeron romanos, vándalos, suevos, visigodos, musulmanes y cristianos—los dos últimos alternándose en el dominio—, hasta que en 1085, conquistada por Alfonso VI, rey de Castilla y León, quedó definitivamente en poder de los cristianos.

        El conde francés Raimundo de Borgoña, yerno de Alfonso VI, asumió el mando de la ciudad, auxiliado por el batallador obispo don Jerónimo, del Perigord (Francia), quien, según el poema épico del Cid, era hombre "entendido en las letras y de ánimo templado". Al reducido número de mozárabes que había en Salamanca se sumaron poco a poco francos (borgoñones paisanos del conde Raimundo), leoneses, asturianos, castellanos, gallegos, portugueses y judíos, que revigorizaron la población.

        Entre 1218 y 1219 se creó, en principio, el Estudio General de Salamanca, reemplazando a la existente y antigua escuela catedralicia. Más adelante, en 1254, Alfonso X el Sabio otorgó una carta magna y solicitó del papa Alejandro IV la confirmación, mediante bula, del Estudio General. Entre otras estipulaciones, la carta eximía de impuestos a los estudiantes y creaba el cargo de estacionario, o persona encargada de los manuscritos (todavía no había libros) en la biblioteca, esto es, lo que hoy día llamaríamos bibliotecario.

En su monumental Código de las Siete Partidas, Alfonso X definía los Estudios Generales como los instituídos por papa, emperador o rey, y los Particulares los establecidos por concejo o individuo. La enseñanza en los Estudios Particulares corría a cargo, por lo general, de un sólo maestro, con un número limitado de escolares. Se comprendía en los Estudios Generales la enseñanza media y superior, pero, con el tiempo, llegaron a predominar los estudios más avanzados y la institución prevaleció con el nombre de "Universidad". Se dotaron entonces varias cátedras, entre ellas una de Leyes—cuyos estudios siempre han sido los más reputados de Salamanca—y otra de maestro de órgano. Salamanca fue así la primera universidad con enseñanzas de música conservadas tradicionalmente a través de los siglos.

Al principio, la enseñanza se impartió en el claustro de la Catedral Vieja. En el siglo XIV ya se empezaron a fundar colegios, mas la construcción de muchos de los bellos edificios que admiramos en la actualidad tuvo su apogeo en el siglo XVI.  La época cumbre de la Universidad se reparte entre los siglos XV y XVI, en los que Salamanca era la capital intelectual de España.

Bosquejados los orígenes de Salamanca, veamos ahora cómo era la vida universitaria y las normas que la regían en aquellos siglos de grandes descubrimientos y extraordinarios debates, siglos aúreos para las letras y las artes.

No todo era un lecho de rosas. Para empezar, pobre del estudiante novato que acudía a sus primeras clases. Como ritual inexorable tenía que soportar, con mayor o menor estoicidad, las bromas más que pesadas de los antiguos. Y así tenemos esas bromas tan terribles que le gastan a don Pablos, protagonista de la Historia de la vida del buscón, de Francisco de Quevedo, a su entrada en la Universidad de Alcalá de Henares. Las humillaciones que sufre don Pablos están vívidamente descritas en el tomo I, capítulo V, titulado "De la entrada en Alcalea, patente y burlas que me hicieron por nuevo". La naturaleza de una de las burlas (remito al lector al libro de Quevedo) es francamente desagradable. Las burlas que se hicieran en la Universidad de Salamanca serían de índole similar.

La inscripción de los estudiantes en la forma que se suele hacer hoy día no existió en Salamanca hasta bien entrado el siglo XVI. Hasta entonces eran los propios profesores y los notarios de la ciudad los únicos que mantenían los registros de matrícula. Se cree que a finales del siglo XV había en Salamanca unos 7.000 estudiantes. El plan de estudios, en régimen preparatorio, se dividía en trivium (gramática, lógica y retórica) y quadrivium (aritmética, astronomía, geometría y música), pasándose después a los estudios superiores de derecho, medicina o teología. En las llamadas Escuelas Menores se impartía la enseñanza previa a los estudios propiamente universitarios, los cuales se dictaban en las Escuela Mayores. 

El que hubiera un ambiente relativamente democrático en la Universidad de Salamanca, como veremos más adelante, no impedía que también existiera la discriminación. Los escolares se segregaban en sus residencias según el lugar de procedencia o "nación" (término muy usado en aquellas épocas) bien se fuera castellano, andaluz, etc., lo cual influía en los consejos de estudiantes, y también según la situación económica.  A los estudiantes ricos se les llamaba generosos, y se les asignaban los mejores lugares o asientos dentro de las aulas. A los estudiantes pobres, que hacían de sirvientes, se les conocía por el sobrenombre de capigorrones, haciendo referencia a la capa y el gorro que usaban. Éstos, como podemos imaginar, no gozaban de los mismos privilegios que los otros. En 1587 se autorizó a todos los estudiantes de la Universidad a llevar sotana, bien fueran clérigos o seglares, lo cual los igualaba al menos en su indumentaria. 

Hecha la matriculación pertinente, sufrida la consabida novatada y pasada la clasificación social de rigor, ya tenemos al estudiante de aquel tiempo en un aula de la venerable Universidad. El profesor, en su cátedra, leía un texto, que bien pudiera ser una parte de los códices Justinianos o de la Lógica Análitica de Aristóteles, cuyo sentido interpretaba. Mientras tanto, en los pasillos, un alguacil vigilaba a los juguetones pajes de los estudiantes ricos para que no pertubaran con sus ruidos el orden de las clases. Interrupciones y alborotos durante las lecturas eran severamente castigados. En los comienzos de la Universidad, los estudiantes permanecían de pie o sentados en el suelo de las aulas, sobre el cual se echaba paja para evitar la frialdad de las baldosas. Con el tiempo se pusieron bancos de madera, lo que resguardaba algo del frío y facilitaba la toma de apuntes. Los inviernos salmantinos eran famosos por su crudeza, y los estudiantes, tanto en las aulas como en sus residencias, padecían un frío intenso.

Aunque la imprenta se inventó hacia 1440, los libros no empezaron a circular en Salamanca hasta finales de siglo. El advenimiento de la imprenta transformó el mundo intelectual. Para los estudiantes de hoy quizá sea difícil comprender el enorme cambio que supuso pasar de un aprendizaje basado en una tradición oral a un sistema fundado en la lectura. Al carecerse de libros en la época medieval, se vivía en un mundo verbal y nemotécnico. Las materias eran aprendidas de memoria a costa de una incansable repetición. Todos los anuncios se hacían oralmente; durante las comidas se leían manuscritos en voz alta, y cuando los estudiantes se reunían escuchaban a menudo la recitación de los escritos literarios de sus colegas.  Por las mañanas los estudiantes asistían a las lecturas y por las tardes, a las repeticiones. Los sábados se asignaban para el repaso oral y la repetición del trabajo hecho durante la semana. Aun cuando a partir de 1490 los libros de texto se hicieron más accesibles, la tradición oral persistió. A mediados del siglo XVI, con la imprenta ya en todo su apogeo, todavía se instaba a los estudiantes a llevar los textos a la clase para que pudieran "oyr por libros".

Ante la escasez de libros, los que había en la biblioteca eran celosamente vigilados. La Universidad de Salamanca contaba con una biblioteca excelente como lo atestiguan los 462 incunables y los 2.800 manuscritos de los siglos XI al XVIII que se conservan. La biblioteca se abría dos veces al día y en su interior se dice que había un púlpito desde el cual un hombre miraba para que no se sacara ningún libro de ella. Entonces, igual que ahora, los libros desaparecían misteriosamente. Pero la sanción en aquel tiempo no era una multa cualquiera, sino algo pragmáticamente severo. En las puertas de la biblioteca había letreros que decían: "Hay excomunión Reservada a su Santidad contra cualesquiera personas que quitaren, distrajeren o de otro cualquier modo enagenaren  algún libro, pergamino, o papel de esta Biblioteca, sin que puedan ser absueltas hasta que ésta esté perfectamente reintegrada".

A lo largo de los siglos XV y XVI, la Universidad de Salamanca constituía una curiosa mezcla de madurez y juventud, de democracia y tiranía, de paz y turbulencia. Muchos de los catedráticos, así como algunos rectores, eran elegidos por los estudiantes, lo cual deploraba el claustro. Una de las estipulaciones en el siglo XV en cuanto al rector, era que fuera castellano un año y otro leonés. Existía también el puesto de Maestrescuela, o encargado de las ciencias eclesiásticas, con amplios poderes, sobre todo en asuntos religiosos. El Maestrescuela era nombrado por la Iglesia.

Tres eran los tipos de cátedra que había: De humanidad, de propiedad y cursatoria, ésta de rango inferior. La cátedra de humanidad era otorgada por la administración, pero la de propiedad estaba sujeta al voto de los estudiantes. Para ésta las lecturas de los candidatos oficiales se efectuaban en un intervalo de 30 días. A cada candidato se le asignaba un día determinado para que disertara sobre la materia de su especialización.  La asistencia de los votantes a cada lectura era obligatoria; si no hacían acto de presencia, perdían el voto. Cuando llegaban las elecciones, para evitar supercherías, se le tomaba juramento a cada estudiante de que votaría honestamente al candidato que considerara más capacitado.  Los profesores elegidos se hacían propietarios de la cátedra, que tenía carácter vitalicio. 

Pero esta libertad de acción tenía su reverso de la medalla en la imposición de muchas normas, algunas severísimas; a veces se imponían multas por infracciones que horrorizarían al estudiante de nuestros días. Por ejemplo, para un estudiante que volvía rudamente la espalda a un profesor, la sentencia normal eran dos días de encarcelamiento. Estaba también terminantemente prohibido, bajo pena severa, que alumnos y profesores tuvieran concubina. Una de las reglas que más se infrigían era la de hablar latín en todo momento. Esto, sin embargo, no impedía que los estudiantes de latín, en su entusiasmo intelectual por la asignatura, llevaran a hombros a Pedro Mártir de Anglería cuando este célebre profesor, historiador y geógrafo italiano fue una vez al aula a explicar las sátiras del poeta Juvenal. 

Eran tiempos turbulentos: duelos, robos, asaltos a mano armada y escaramuzas nocturnas eran sumamente frecuentes en toda Europa, tanto en las ciudades como en las universidades, y Salamanca no era una excepción. Muchos duelos eran provocados no sólo por una afrenta, sino también por la candidatura a una cátedra. El rey Fernando el Católico creyó oportuno, en vista de las circunstancias, pasar un estatuto prohibiendo que cada estudiante llevara más de una espada. Mas este ambiente de violencia, en el que imperaba la palabra y la espada, quedaba compensado, según nos dicen los cronistas, por idílicos paseos por campos y jardines, durante los cuales profesores y estudiantes se solazaban en juegos y diversiones. 

Todos los exámenes eran, por supuesto, orales. Particularmente difícil era el que permitía pasar de las Escuelas Menores a las Mayores. Las preguntas le llovían brutalmente al pobre examinando. Se cuenta del catedrático de griego León de Castro, que era temido por su fiereza durante los exámenes, que a veces llegó a perseguir a los estudiantes con un palo cuando no respondieron debidamente.

La concesión de títulos universitarios se hacía en una manera bastante individual. Cuando el candidato había estudiado durante un determinado número de horas y años, asistiendo a las conferencias dictadas por los profesores, solicitaba el título del rector de la Universidad, según el testimonio del bedel, o a veces precisaba la declaración de otro alumno que atestiguara sus horas de estudio. El bedel era ciertamente un personaje importante en la Universidad: maestro de ceremonias, registrador, policía y pregonero. Hoy día existe el mismo título, pero sus funciones han bajado de categoría, y ahora, como es sabido, son las de un ordenanza en una universidad o en un instituto. 

Para obtener el título de doctor, el candidato sufría severos exámenes que duraban hasta 24 horas, los cuales se celebraban en la Capilla de Santa Bárbara de la Catedral Vieja. Todavía se puede ver en la Capilla el sillón destinado para el examinando. Los miembros del tribunal se sentaban en los asientos laterales. Una de las ceremonias propias del doctorado era del vejamen, o sátira de tono festivo—discurso o poesía burlesca a veces claramente insultante—que se leía contra el candidato. Si el examinando salía aprobado se daban grandes fiestas en su honor. Se celebraban entonces representaciones en latín, debates, desfiles, corridas de toros—las corridas de toros de entonces no eran como la de ahora; un caballero, a caballo, esquivaba las acometidas del todo y lo mataba a lanzadas. Después de la corrida, y con la sangre de los toros, se inscribía el nombre del nuevo doctor en los muros de las iglesias, colegios y palacios. Al nombre le seguía un anagrama, siempre variado, de la palabra vítor, que denotaba el triunfo del doctorando. Las ceremonias académicas de todas las universidades europeas, en los siglos XV y XVI, ostentaban una gran pompa, pero las de Salamanca, según los historiadores, quizá sobrepasaran a todas las demás. 

Muchos fueron los hombres ilustres que pasaron por la Universidad de Salamanca. Entre los catedráticos más famosos se impone citar a los siguientes: Antonio de Nebrija, autor del Arte de la lengua castellana, que fue la primera gramática española y la primera obra en su género publicada en Europa; Francisco Salinas, famoso compositor y maestro de órgano; Francisco Sánchez "El Brocense", célebre humanista, profundo conocedor de los clásicos; fray Luis de León, alumno y catedrático, gran erudito e inspirado poeta, probablemente la figura más importante de la segunda época del Renacimiento español; y Francisco de Vitoria, teólogo y jurisconsulto.

Muchos de los profesores en los siglos XV y XVI eran de origen converso. Salamanca, donde parece que no se observaban con excesivo rigor los estatutos de la limpieza de sangre, era, para los conversos intelectuales, un refugio de las inexorables pesquisas de la Inquisición. Más adelante, a partir del siglo XVI, la Inquisición se hizo mucho más rígida y la Universidad dejó de ofrecer el amparo de antaño. De los catedráticos  antes  mencionados,  de  ascendencia  hebrea  eran Vitoria, "El Brocense" y fray Luis de León, y posiblemente Nebrija. "El Brocense" y fray Luis tuvieron serias confrontaciones con la Inquisición; fray Luis pasó casi cinco años en la cárcel.

Superado el período de transición del siglo XV, en el que se mantuvieron las viejas tradiciones, la Universidad de Salamanca entró en el siglo XVI con gran ímpetu. Acometió un mundo nuevo de humanismo y lenguaje, un mundo en que se empezó a consolidar la filología humanística.

Pero a partir de la época de fray Luis de León, esto es, pasado el medio siglo, la Universidad comenzó ya a dar señales de decaimiento. Enrique Esperabé Arteaga, en su considerable obra titulada Historia pragmática de la Universidad de Salamanca (1914-1917), ensalza los enormes valores de la Universidad y reconoce al mismo tiempo su caída en el siglo XVI:

 

En todos los grandes hechos que la historia de Europa tiene escritos con letras de oro, tomaron también parte los hombres de la venerable Escuela, y en las asambleas de la nación y en los congresos extranjeros desempeñaron los sabios salmantinos el papel más importante. [El XV], (y parte del XVI), fue el siglo de oro de la Universidad, en el que se reunieron las mentalidades internacionales para entregarse en silencio a las tranquilas luchas del pensar. Pero la conquista realizada en el terreno de la razón se paralizó muy pronto, y la prosperidad y grandeza del Estudio no se prolongó mucho tampoco, efecto del ambiente de intransigencia político-religiosa y del fanatismo de Felipe II, que ahogaba por completo la libre emisión de las ideas y convertía la Inquisición en el poder más grande del Estado. En los siglos que siguieron la Universidad, aferrada a los viejos usos, sin ansias de renovación, coincidiendo con el ocaso del Imperio español, perdió todo su esplendor. 

 

Mas, a pesar de su declive, el impacto de su época cumbre no se ha olvidado, y el nombre de Salamanca prevalece aún como el de una de las universidades más antiguas del mundo, en la que, en un tiempo u otro, se han definido el saber y la erudición. 

 

volver al índice

::

 

           

           

 destiempos.com  Año 1 I  Número 4 I  2006 ©