Poesía

 

 

 

José Manuel Lucía Megías. Es profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid. Ha impartido cursos, seminarios y conferencias en diferentes universidades españolas y extranjeras. Ha publicado numerosos ensayos y ediciones sobre literatura caballeresca y el "Quijote", que lo han convertido en uno de los especialistas en la materia. En el 2003 ganó el premio Sial de Ensayo con la monografía  De los libros de caballerías manuscritos al "Quijote". Además de los libros de caballerías, de la edición de textos y de las nuevas posibilidades de la Informática Humanística en el campo de las Humanidades (en el 2002 publicó el libro Literatura Románica en Internet. I. Los textos), José Manuel Lucía Megías también se ha dedicado a la traducción, tanto de textos medievales, y así en el 2000 tradujo el roman del siglo XII de Chrètien de Troyes, el Libro de Perceval, como de autores modernos: el poeta rumano Mihail Eminescu (junto a Dana Mihaela Giurcă), o el italiano Cesare Pavese.En el año 2000, publicó su primer libro de poemas, Libro de horas (Madrid, Calambur), que fue muy bien recibido por la crítica. En el 2004 ha publicado otros dos: Prometeo condenado (Madrid, Calambur) y Diario de un viaje a la tierra del dragón (Madrid, Ollero & Ramos). En la editorial madrileña Sial, por último, ha publicado Acróstico (2005) y Canciones y otros vasos de whisky (2006).  Ha dado a conocer sus poemas en varias revistas literarias así como en recitales poéticos en España, Francia, Argentina y Brasil. Preparó el prólogo para la edición del poemario del poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar: Poemas principales (Valencia, 2000).

México

 

1. Hotel Diplomático

 

Desde la sexta planta del Hotel Diplomático,

tengo la ciudad de México a mis pies:

tablero abierto para jugar a descubrir infamias.

Aquellas luces parpadeantes descubren sueños interrumpidos.

Un coche cruza Insurgentes, soledad en tres carriles,

sin huellas de ninguna presa nocturna en sus llantas.

La misma colonia de siempre hace irrespirable el aire.

Un avión cruza por encima del hotel y sus luces

llenan de un aro iris instantáneo el horizonte de D.F.

El ruido es lo de menos. Uno termina por acostumbrarse a todo.

En la habitación de al lado, las ceremonias del sexo

se viven en estéreo, a través de los pliegues de las puertas…

con una soledad que se llena de babas a estas horas.

En una esquina, triste esquina iluminada por una farola,

un niño recoge una colilla del suelo “para después de cenar”

sin imaginar que no habrá esta vez amanecer para sus ojos.

A lo lejos, se oyen viejos huesos de camiones

que van limpiando la ciudad de la lágrimas que nunca vertimos.
En pocas ciudades del mundo, el ayuntamiento ofrece tal servicio.

El zócalo debe quedar lejos, a las espaldas del Diplomático.

Un zócalo que sigue luchando contra las leyes de la geometría.

Sin luces, las aguas subterráneas de la ciudad de México

siguen ahí, recordando que todas estas luces se levantan

sobre el lecho de sueños rotos y de laguna anegadas.

 

México es un tablero de luces a mis pies durante esta noche,

desde el ventanal del sexto piso del Hotel Diplomático.

Mi cama de varios metros llena de flores la habitación:

Sólo he sido capaz de deshojar una de sus esquinas.


::

 

2. Tequila reposado en Los girasoles

 

Sólo necesito una bala

para acabar con todo esto,

con este vivir sobre un puente

que no une ningún pueblo,

que sobre ningún río se levanta.

 

Sólo necesito un rifle

para acabar con todo esto,

con este polvo absurdo en los talones,

con este guardar las pistolas

debajo de almohadas solitarias.

 

Sólo necesito una razón

para acabar con todo esto.

Una palabra que me recuerde mi nombre

con las sílabas de la infamia

tatuadas para siempre en mi frente.

 

Sólo necesito una bala, un rifle,

una razón para acabar con todo esto…

 

y un poco de valentía.

 

::


 

3. Un domingo por ciudad de México

 

Demasiado inmenso el Zócalo.

Demasiada larga la avenida Insurgentes.

Demasiados olores en la catedral.

Demasiadas eses en medio de la calle.

Demasiado picante el mole poblano.

Demasiadas escasas las quesadillas azules.

Demasiado dulce el tequila reposado.

Demasiada gente siempre por todos lados.

Demasiado sol en mi cara.

Demasiados ceros en todas las facturas.

Demasiados bigotes serios.

Demasiado alta la Torre Latinoamericana.

Demasiados ojos en el Museo.

Demasiadas manos como muñones.

Demasiados cercanos los olores de alcantarilla.

Demasiado fuerte el café expresso.

Demasiados pesados los libros de historia.

Demasiadas búsquedas detrás del Quijote.

Demasiadas voces en la televisión del bar.

Demasiados jadeos en medio de la noche.

Demasiadas palabras para tan pobres versos.

Demasiados colores en las tartas de cumpleaños.

Demasiadas preguntas en los restaurantes.

Demasiadas córneas torturadas en el metro.

Demasiadas veces la primera parada.

Demasiadas veces equivocarse de dirección.

 

Demasiada tristeza, demasiada soledad

cuando tú estás lejos.


 

::

 

4. Viveros de Coyoacán

(recuerdo del Parque Tiantan Gongyuan)

 

Vuelvo a estar sentado en un banco.

Vuelvo a estar en medio de un parque

con los troncos de los árboles ante mis ojos

y las miradas ausentes por los arrabales.

Aquí no hay castañas… pero sí ardillas.

Aquí no hay ancianas con sus bolsitas rojas…

pero sí niños que hacen del sol un compañero de juegos.

Aquí no hay lenguas torturadas por imposibles alfabetos…

pero sí torturada arena  bajo el incansable

ritmo de las piernas que corren hacia ninguna parte.

Aquí las voces me llegan hermanas

recorriendo las fronteras de la torturada gramática.

Aquí vuelvo a estar sentado en un banco

en medio de un parque de cualquier ciudad.

Siempre la misma soledad

por más que se vista con las fiestas de otros acentos.

 

::


 

5. Fantasma

 

No lo vais a creer,

pero yo también he estado en la casa de Frida Kahlo,

y en la de Leon Trosky,

y en la de Alvarado, ni en la de Miguel Ángel de Quevedo,

e incluso en la de Hernán Cortés y en la de las Lupitas.

 

Es para no creerlo,

pero yo también he desayunado en la cocina

poblana, entre exvotos, con Frida y Diego.

Les he visto pintar desde el jardín

rodeado de pirámides, chismes y cuadros.

Les he visto amarse desde el jardín,

con las ventanas y las gargantas abiertas.

Les he visto, en fin, pelearse sin palabras:

el gesto de un pincel era suficiente insulto

para condenar las lenguas al silencio.

 

Pero, y esto es aún más difícil de creer,

yo también he dormido con Frida,

he disfrutado viendo mi espalda en el techo

y me he entretenido en contar sus costillas,

todas, eso sí, de un acero de primera calidad.

Yo también me enfermé con sus labios

por más que nunca disfruté del tacto de su néctar.

 

Yo he estado, como tantos, en Coyoacán.

Como tantos, yo he recorrido sus puestos

y me he entretenido detrás de las rejas

imaginando los contornos de las arquitecturas.

Pero tan solo yo, y es para no creérselo,

he sido capaz de ir más allá de las fachadas,

de traspasar por una vez la puerta de los sueños.

 

 

::


 

6. Seis y media

 

Ya se levantan las sombras.

Ya los edificios comienzan a perder sus contornos

y los coches tienen que vestirse de verbena

para seguir llenando de serpentinas

el asfalto de esta ciudad sin sueño.

 

Ya se levantan las sombras de las alcantarillas.

Dentro de unos minutos los habrán cubierto

todo…

y no quedarán ojos en ciudad de México,

ni manos, ni pies, ni esquinas misteriosas y puntiagudas.

Dentro de unos segundos, como por arte de magia,

toda ciudad de México será un inmenso cuarto oscuro.

 

Dicen algunos que no hay por qué preocuparse,

que este fenómeno tiene un nombre: atardecer

y que en todos los lugares se repite una vez al día.

 

Pero tú y yo sabemos que no,

que mejor no poner nombres,

que mejor no buscar explicaciones

a las sombras.

 

::


 

7. Flores rojas

 

Flores rojas en medio del hall del Hotel Diplomáticos.

Ajenas a los torrentes de coches de Insurgentes,

al ir y venir de viajeros con sus maletas

llenas de recuerdos, toallas robadas y de ropa sucia.

Suena el teléfono y no hay nadie al otro lado.

Se pone en marcha un coche en el garaje

y un taxista espera impaciente en la puerta giratoria

mientras la impresora marca los primeros compases

del ballet anónimo de todos los viajes…

 

Y ahí siguen las flores rojas en medio del hall.

ajenas a tantos viajeros que esconden su cansancio

en la antipática recepción del Hotel Diplomático.

Ahí siguen, como siempre, en sus floreros negros.

Como siempre,

esperando que sus pétalos caigan como sangrantes lágrimas,

regando de vida el inmaculado hall del Diplomático.

 

::


 

8. Bestiario

(Estampas del Museo Dolores Olmedo)

 

Para Mª Teresa Miaja

 

Los perros Xolozcuintles, tumbados en el suelo, bostezando

dejan pasar el tiempo de extinción

en los brazos de Dolores Olmedo Patiño,

jugueteando entre las vitrinas y los sistemas de seguridad

mientras el sapo posa eterno ante el objetivo de la cámara,

sin sonreír, sentado sobre un cansado taburete,

mirando el lienzo como el cazador furtivo

que se dispone a atrapar un atardecer en Acapulco.

Una hamaca, dos libros en el suelo, dos sonrisas

colgadas de unos muslos bronceados, de un bañador blanco.

Dolores Olmedo Patiño posa también ante las cámaras,

ante los pinceles, ante las audiencias entregadas,

ante los espejos deformados de las caricaturas,

ante los brazos, siempre cariñosos, de los presidentes

y sus ojos rasgados, precursores del cubismo más mexicano,

se rompen bajo unas cejas que son una línea,

trazo certero y señorial del pincel del tocador.

Los danzantes siguen el ritmo de una música milenaria

que hace sonreír las vitrinas de dientes limados.

Ya no hay cenizas en las urnas funerarias olmecas.

Ya no hay pirámides que se abracen al sol de la historia.

Ya no hay altares luminosos en la fiesta de los muertos.

Frida se desangra en la cama de su pintura

y en las lágrimas de morfina y de los inevitables exvotos,

mientras Diego llena las paredes de viejos de Toledo,

de pobres tumbados sobre las alfombras de los bancos,

de las líneas conformistas del cubismo más parisino

o de la nieve más roja por las calles de Moscú.

Los retratos parecen esconder un paisaje en los ojos

y el abismo de las paletas y de los pinceles en el suelo

se mezcla con la plata doméstica del emperador Maximiliano.

Una catrina sigue cocinando en el fuego de Talavera,

en la cocina que un día fue de Dolores Olmedo.

Y el marfil llena de curvas imposibles el salón.
las fotografías del pasado se superponen sobre los muebles;

en las paredes, se mezclan las geografías de las pasiones

llenando e besos y abrazos los libros de historia.

Todos los presidentes mexicanos han quedado retratados

por los ojos cubistas de Dolores Olmedo Patiño.

 

Un perro Xolozcuintle se despereza y abre su imposible boca

mientras un pavo real grita el deseo de sus plumas

en un inacabado cuadro del paraíso de Diego.

Ha llegado el momento de darle la espalda

a los danzantes, a las urnas funerarias, a las estelas,

a las imágenes devotas de Santiago y de la Virgen María,

a las litografías de sirenas y de ferrocarriles de Angelina Beloff,

y recuperar el aliento contaminado de Xochimilco,

el aliento dulce y picante de un Julio reposado

en el cinematográfico jardín de la Hacienda de Tlalpan.

 

::

 

 destiempos.com  Año 1 I  Número 4 I  2006 ©

volver al índice