Agosterías
Conforme el cemento avanza la Naturaleza retrocede. Antes de decirlo Machado, el hombre ya sabía que no había caminos y que lo suyo era hacerlos al andar. Y tan convencido estaba de ello, tan en serio se lo tomó, que no ha parado desde entonces de desbrozar selva (maleza la llama), de talar bosques, de envenenar ríos, de emponzoñar el aire, de quemar inmensidades, de arruinar suelos, y es porque la seguridad a la que se agarra es la de que después de él sólo cabe el diluvio y el caos final. Así que mientras le dure el chollo de la vida, su proyecto parece basarse en exprimir cuanto esté al alcance de su torpe ambición, vivir para salir del paso en su generación sin tener en cuenta más que la hinchazón de su cuenta de intereses. Hoy mata un águila real que cruzó por su punto de mira, o un simple cuervo que lo peor que hacía era limpiar el campo de restos insalubres; mañana arrasa una arboleda que sirvió de pulmón mil años y pasado turra un paisaje idílico, un colmenar o toda una dehesa con su vida dentro. En lo de destruir no tiene prejuicios. La clave está en hacer caer lo que sea como sea. Lo que a la Naturaleza le costó siglos levantar, el hombre es capaz de aniquilarlo en unos pocos segundos, tan poderoso se siente al verse como una máquina de destruir impunemente, de ser su propio juguete peligroso en el que puede posar sus manos sobre teclas letales.
Absortos ante tanto desmán, con la sola palabra como arma, se puede pensar que todos los caminos son de ida y vuelta menos el de la vida, y que lo mismo que deja a su paso Naturaleza muerta, podría el hombre mejorar este circuito cerrado en el que desarrollamos nuestra vida y en el que la mierda seguirá siendo mierda por los siglos de los siglos. La destrucción hace cómplices activos y pasivos. Los primeros, porque ayudan a apretar el estúpido botón, sea con su dedo o con su beneplácito; los segundos, porque los inunda la impotencia, porque hay otros asuntos a los que acudir, porque hay que meter las manos en el fuego por cosas más urgentes, como si la vida no fuera la única gran urgencia real. Cuando el silencio se convierte en el tono común, nace en cualquier lejano país -o en el barrio- un niño con una tara, o surge la duda de si un terremoto pudo ser el efecto de alguna de las bombas ensayadas sabe Dios dónde, o si fulanito se contagió del virus del pollo. Son ecos de un día, de horas, protestas de andar por casa, aunque el eco se sufra de por vida.
Un amigo me dijo poco antes de abandonar este mundo que los residuos industriales enterrados aquí o allá no le preocupaban en el presente, pero al pensar que estarían ahí para siempre, sentía pavor porque un día u otro darían la cara.
Hay caminos hechos por el hombre que quizás nunca debieron iniciarse. Lo curioso es que el día de su inauguración se hiciera fiesta, se colgaran banderolas, sonara un himno, se declarara la jornada festiva y se prendieran en pechos hinchados medallas de tan triste gloria. Podría decirse que hasta fueron felices los habitantes del lugar en nombre del incierto futuro recién estrenado: simple bomba de relojería dispuesta para su cuenta atrás.
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Federico
En la casa parisina de George Sand hay un cuadro de Gustavo Doré en el que aparecen unos pinos dorados por el atardecer. A primera vista podrían ser los talados del Conquero de Huelva, pero no lo son. Un cartel reza: «Paisage avec un cavaliere» La obra se integra en la exposición abierta con motivo del bicentenario del nacimiento de Sand y su lugar en la sala está junto a la vitrina que guarda en yeso la mano izquierda de Federico Chopin y la derecha de George, obras ambas de Augusto Cléringer. No se tocan. Se atraen como imanes sentimentales que avanzan a razón de una micra por lustro. Alrededor se cuelgan obras de Huet, Camille Corot, Fromentin y platos decorativos del taller de Giorgo Andreoli, además de óleos sobre tablas del mentado Doré, Midy o Delacroix. Pero lo que busco en el amplio estudio de las largas veladas no es esto, sino el espíritu de Chopin, ese que desataba su potencia creadora y cruzaba el muro de la chimenea en vuelo universalizador.
El vigilante oriental apoyado en el quicio compone otro cuadro más de la estancia. La luz lateral hace que su rostro adquiera todos los matices de la mañana al moverlo para ver pasar a los curiosos invasores del bello espacio. No habla. Sólo mira y así talla el hombre su impresión de cada uno. Alguien le pregunta pero tampoco consigue que pronuncie palabra; sólo que saque un mapa de un cajón, calce sus gafas de cerca y le señale a dedo tieso el punto al que ha de ir. Suena insistentemente un piano. No se sabe dónde se ubica la fuente sonora, ni se ven altavoces, ni el volumen de la audición es tan alto como para entrecortar conversaciones, pero se reconoce en sus notas esa joya que es el Concierto nº 1 en mi menor de Federico Chopin, uno de cuyos máximos intérpretes fue siempre Arturo Rubinstein y hoy María João Pires. Ante un momento tan propicio para percibir sensaciones parece lo suyo dejar que los objetos revivan su historia bajo el discreto fondo de la grandeza de la obra.
Hecho al sabor del aire que se respira en la casa, lo propio es estar atento a todo sin pararse, ir y venir con la lluvia de la música al encuentro del espíritu del genio, ese algo que fue impregnando cada una de las intensas sesiones disfrutadas. Una dama inglesa intenta fotografiar un objeto, impulso que el vigilante oriental corta de repente con un enérgico «No», mientras el piano fantasma sigue derramando su magia sobre las paredes, el suelo, los muebles. Le pregunto al celoso guardián por qué no le permite la foto si ningún cartel lo prohíbe, y me dice -ya habla- que porque cualquier imagen robada podría llevarse el espíritu de Chopin. Le cuento que en Benarés, a orillas del Ganges, vi la incineración de un cadáver y la familia no quiso que se le hicieran fotos porque el espíritu quedaría preso en la cámara sin subir al ámbito de las creencias. Entonces el vigilante me mira sorprendido, aclara que es hindú y que si insiste en impedir las fotos es por lo mismo, para evitar que salga de la mansión el espíritu de Federico, cuya música sale a diario misteriosamente de sus manos. A partir de ahí, poco más cabe hacer sino regresar al silencio.
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Secuencias
La primera vez que vi Venecia fue en París hace dos décadas. Fui a la sede de la Unesco a visionar material filmado para ilustrar un documental acerca del por entonces director, Mr. Baw, y sobre el progresivo hundimiento de la ciudad de los canales y, ya metido en harina en la espléndida filmoteca que posee la institución, gasté todo mi tiempo en escudriñar lo habido y por haber de aquel tesoro. Entre lo que me traje a España repicado estaban las tristes escenas del exilio republicano por la frontera francesa, secuencias inéditas de Valentín González, El Campesino, en plena actividad en las trincheras, las mismas que después incluiría en su película biográfica, y -sin pretender meterlo todo en el mismo saco, pero que también sumé al lote adquirido- un hermoso reportaje de la R.A.I. de la visita que hizo Paul McCartney a Venecia cuando fue a dar un concierto con su grupo Wings: alas con las que parecía volar del aire de los Beatles, como queriendo distanciarse de sí mismo.
Lo que me quedó de aquel día parisino después de manejar miles de fotogramas –era cine, no video- fue mi deseo, ansia, vehemencia, prisa por ir a la Venecia tierra/agua, sal/pimienta, dulce/amarga que había disfrutado hasta la saciedad en la sala de proyecciones. Y fui, claro que fui. Al día siguiente tenía que regresar a Madrid y lo que hice fue cambiar el billete y presentarme en la plaza de San Marcos como quien no puede más. Desde entonces no he dejado año sin ir –van para treinta-, y de tener mis sitios de conciertos, y mis bares favoritos, y mis lugares de ricas pastas y todo eso que, sirva o no, está ahí, existe, sea con la marea alta o baja, deambulando por los pasillos de madera o calzando botas hasta las rodillas. Mi entusiasmo se desbordó cuando, sin saber que haría un trabajo posterior sobre cierto aspecto de la ciudad, fui a principios de un año y luego repetí profesionalmente dos veces más antes de llegar a diciembre.
Hoy acabo de regresar de sus calles de agua sin más bártulos de labor que mi cámara, mi libreta y mi bolígrafo, Como el viaje fue por carretera me quedé a dormir la primera noche en el continente por embarcar en el vapor de la mañana y así adentrarme en esa calima que flota sobre el muelle a pie del Puente de los Suspiros, que hace que creas que aún duermes por el sueño en el que te ves envuelto.
Se sabe que Venecia es un archipiélago de ciento y buen pico de islas y un campo de fútbol al que se va en el vaporetto interno después del largo paseo por las fachadas de sus palacios. Antonio Vivaldi está presente en elegantes cartelones beiges y rojos que cuelgan sus anuncios: por aquí, los Conciertos de Violoncello; por allá, los de Violín, aparte de otros maravillosos sones que te retrotraen en el tiempo. Y previo a toda música, la campanella de la gran torre y su tañido, los bronces de la Catedral con los suyos y el corazón, que acelera los propios ante tanta emoción reunida en una sola sesión.
Cuando regreso a este cuadro único me viene a la mente aquello que dijo el gran poeta de Denia y que asumo carne adentro con la mayor humildad: «La Eternidad puede esperar un poco».
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destiempos.com I Año 1 I Número 4 I 2006 ©