María Angélica Franco Frías. (1.974) Cartagena de Indias, D. T. y C. Bolívar, Colombia. Abogada y escritora. Tiene varias publicaciones en revistas literarias.
CUÁNDO LAS NIÑAS BIEN SE VUELVEN PUTAS.
A los dieciséis años escuché esa expresión en una conferencia dictada por el Rector de nuestro hermano Colegio, mientras vestido de impecable blanco, mordisqueaba el extremo de un cigarro probablemente Cubano. En un recinto casi conventual como puede serlo la biblioteca de un tradicional Plantel femenino cartagenero, fui presa de un estado pasajero cercano al shock, por lo que a duras penas logro recordar con precisión el resto del contexto en el que tales palabras fueron dichas. Más o menos logré captar que si nosotras, adolescentes hijas de familias consideradas como “gente de bien”, llegáramos a ser partícipes de una situación de tal naturaleza, o si acaso alguna ya se había atrevido a dar ese paso, seríamos etiquetadas como personas de mala reputación al hacerlo dentro de un ideal ajeno al del vínculo sacramental, único capaz de elevar dicho tipo de unión al carácter sacro de Hostia consagrada en el Altar. Eso si lo recuerdo, pues la comparación solo contribuyó a aumentar la maraña de ideas contradictorias que habitaban mi cabeza en la incipiente entrada al seno de la adultez.
Saliendo por primera vez del cascarón, comentábamos con nuestras contemporáneas que si remotamente nos daban ganas de hacer algo, de la nada se materializaría un ectoplasma en forma de figura de autoridad (padres, maestros y otros mayores) para advertirnos severamente: ¡No lo hagas! Entonces, cualquier idea de tal índole desaparecería.
No fueron las palabras del Rector, un prestigioso Abogado dedicado al área de la educación, causantes de un trauma o algo similar. Reconozco la validez de sus no tan ortodoxos métodos pedagógicos que marcaron un hito en el ámbito escolar de la ciudad, contribuyendo en la formación de más de un profesional de éxito hoy en día, no obstante sus categóricas afirmaciones.
A finales de los Ochentas, la creencia infundida a trompicones de que los métodos anticonceptivos estaban en contra de los preceptos de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, rondaba infundiendo temor reverencial hacia el conocimiento del manejo de un asunto de Salud Pública y Demografía como es el control de la natalidad. El denominado método de Billings o del Ritmo era más bien como una peligrosa ruleta rusa para quien se atreviera a recurrir a el, por lo cual sólo quedaban como exiguas alternativas la Abstinencia y castidad absolutas, felizmente dentro de un medio muy sano y zanahorio, risible para los adolescentes actuales, en el cual todavía los padres nos recogían a la salida de las fiestas celebradas en casa de los compañeros de estudios; sin el mecanismo a veces ineficaz que representa el uso del celular para ejercer un escueto control de los movimientos de la prole. Todavía no salía al aire el comercial: “¿Sabe usted dónde están sus hijos en estos momentos?”, ni se advertía acerca de los efectos nocivos del consumo de éxtasis o de la ketamina.
Hacer lo contrario a lo antes mencionado conllevaba el riesgo de una eventual maternidad no deseada, ni siquiera prevista, sin más remedio que casarse tal vez a la fuerza. Eso, o ser vista con ojos reprobatorios que parecían decir: “Coya”, dicho más castizamente, Puta.
En un medio que todavía conservaba (y aún no logra desprenderse del todo) una arraigada mentalidad parroquiana y machista, la idea de ser catalogada como persona de cuatro en conducta o ligera de cascos, cubría de vergüenza a padres y conocidos tanto como al blanco de tales calificativos. ¿Quién tomaría en serio a alguien así? Por eso, vivimos encadenadas a una serie de normas tácitas y restricciones de conducta, para evitar la caída sobre nuestras cabezas de la cuchilla de la guillotina del desprestigio e ignominia.
El escritor Cristo García Tapia en su reciente columna “El Derecho de ser Puta”, publicada en el Periódico El Universal, trata esta problemática tan veraz como anacrónica. Se nos alecciona a cuidar celosamente hasta el más involuntario gesto, enmarcado dentro de una lista de actitudes tenidas por propias, para no atentar contra el decoro, la moral y buenas costumbres, que presumen de reflejar la valía de los miembros de una comunidad. Tales parámetros, devienen en una especie de cárcel impuesta sin atenuantes, para que su peso someta al individuo, sin tener en cuenta la libre autonomía de la voluntad que nos hace semejantes más allá de preceptos y credos.
Vivir bajo el constreñimiento al libre desarrollo de la personalidad, no sólo por el temor de cargar con el estigma de ser “zorra” u otros calificativos peyorativos dentro de un medio plagado de corrupción y desigualdad, es una ostensible forma de discriminación. Debería tener mayor reproche que el comercio del cuerpo mismo, la venta de la conciencia; el primero debe combatirse implacablemente en pro de la dignidad humana, con fines de resocialización. Pero, ¿luego de entregar a cambio de la satisfacción de un interés egoísta propio o ajeno la integridad personal, no se llega a un nivel de degradación peor de quien por una u otra razón se prostituye carnalmente?
La chilena Marcela Serrano dilucida el asunto ubicándolo bajo la óptica de ser no más que una socorrida forma de insultar a las mujeres a través de su sexo en el libro “Nosotras que nos queremos tanto” ( Oveja Negra- 1.995). Una de las protagonistas es abordada por un grupo de hombres furiosos que la increpan llamándola además de puta, “izquierdista culiada”, ante lo que ella se defiende diciéndoles: “Puta seré huevones, pero no se hagan la ilusión que putearé algún día de mi vida con uno de ustedes”.
En la vida real, doy fe de conocer a una valiente que también enfrentó a sus detractores, alegando que a ella lo que presuntamente no se le perdonaba era comportarse como tipo. Eso si, ellos pueden ser “Perros”, pero una jamás su equivalente femenino. ¿Qué dirán los demás? Ni pensarlo...
En el caso, de las féminas, salir solas o en grupo de amigas a una discoteca era visto hasta la interposición de la famosa tutela de las hermanas Acosta como ir en busca de “Numerito”. Pero... ¿es que acaso tendríamos que esperar a que el
Príncipe Azul toque el timbre de nuestras casas para liberarnos del confinamiento como a Rapunzel de su torre? ¿En pleno siglo XXI? Suena inverosímil pero lamentablemente cierto; tanto como lo son la compostura y buenas maneras como carta de presentación ante el mundo y no el ir escoltada por un par de pantalones que nos representen. Desde hace muchos años las mujeres los llevan más que bien puestos.
Tampoco debemos permitir que la estela de las consecuencias de las acciones, erradas o no, fruto del ejercicio del libre albedrío de unas se extiendan de modo negativo a las demás, en busca de “justas” pagando por “pecadoras”.
Queremos decir de parte nuestra que estamos hartas de ser reprimidas bajo la amenaza de ser tomadas por “regaladas”, desesperadas, indecentes o reiteradamente, putas. Nos aburrimos de no poder ser nosotras mismas, teniendo que fingir los sentimientos y las sensaciones, de no ver, de callar, ocultando lo que queremos decir. Vivir escondidas con miedo a ser consideradas inmorales por los juicios equívocos de otros que tienen grandes rabos de paja que les impiden tirar la primera piedra por sus fueros internos no tan limpios. Basta. Como dice el escritor García Tapia “...ser puta es un derecho.” No serlo también lo es y como tal exigimos sea respetado.
Referencias Bibliográficas:
Cristo García Tapia. El Derecho de ser Puta. En: Periódico El Universal. Cartagena. Junio de 2006. P. 3A.
Marcela Serrano. Nosotras que nos queremos tanto. Bogotá. Oveja Negra.1995. Pp. 111-112.
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MAS DE 30 Y ORGULLOSAMENTE SOLTERA.
En 1.996 me encontraba en mis tempranos veintes. Créanme, ese “Yo también tuve veinte años” desencadenó toda una crisis existencial al 100 %. Ha pasado algo más de una década desde que Lisa Loeb cantaba la canción emblema de la banda sonora de “La dura realidad” (Reality Bites), catalogada como una de las películas de culto de la cuestionada franja y brecha generacional X.
Pertenezco a la generación “Clueless” (Ni idea). El término describe fielmente cómo me sentía luego de llegar al segundo piso. Había dejado atrás los años “Teen” y no tenía claro aún hacía dónde me dirigía. Igual que los niños en su primera infancia, todavía conservaba miedos nocturnos y parálisis ante el mero pensamiento de la ocurrencia de ciertos fenómenos que no me atrevía a afrontar. No imaginaba que una de las primeras películas en las que actúo Alicia Silverstone, “The Crush” (Peligrosa Obsesión, creo que la llamaron en español.), sería promocionada en el 2.006 en la programación de televisión por cable como un “Nuevo Clásico”.
Antes, al escuchar el estribillo de una canción de moda por los entonces noventas: “Treinta años vida no me han hecho nada, me gusta ser como soy...” Suspiraba anhelando la llegada del día en el que tanta confusión en mi cabeza y a mi alrededor, cesara. La música “Grunge” no ayudaba mucho, tampoco la proliferación de productos importados y adminículos raros que pululaban por doquier en la Nueva Era de la Apertura Económica. Todavía el eco de “Bienvenidos al Futuro”, me hacía pensar que el mío estaba a un millón de años luz de casa.
El cumpleaños número veinte fue celebrado, o más bien, borrado del disco duro en Pipeline de la 82. En el 2.004, la fecha fue esperada con tanta o más ilusión que una quinceañera. ¡Treinta, por fín!
Un compañero de estudios me acusó jovialmente de estar en una edad dorada y de habérmela gozado. Sí, declaro tener más de treinta, estar apenas empezando el camino profesional y ser soltera.
Conforme con la Ley de la Inversa Proporcionalidad en la que en cierto punto, en la medida en que se descumplen años, una se va volviendo cada vez más la sombra de lo que era, me atrevo a no ocultar ni mi edad ni mi estado civil.
Tengo treinta y uno y con ellos, vinieron muchas cosas que no sé exactamente por qué me suceden ahora y no a los veinte. En ese entonces, me veía como una mujer de treinta y seis (Treinta y seis B, en talla de brassière). Hoy, encantada de ser treinta y cuatro B, soy come-años, lo cual a veces es un halago... otras un estorbo.
Me sorprendo gratamente cuando en la calle me llaman “Señora”, por aquello de la edad, dignidad y gobierno. Algún día el “Niña” tenía que terminar.
No oculto la edad que tengo cuando me la preguntan. Un conocido de veintiuno dice que la mujer que la revela sin titubear, está dispuesta a todo. Ya era hora que los miedos salieran volando por la ventana...
Otros puntos álgidos son los del status sentimental y el estado civil.
Digo que soy soltera con orgullo. Para mi, ser soltera es sinónimo de libertad, no significa que no ame, sino que soy libre, dueña y responsable de mi misma.
En el 96, no había tenido el primer novio formal, sólo unos cuantos devaneos con final agridulce. Cuando aburrida, me declaré no disponible, TOOMM (Totally out of the meat market), apareció alguien especial. Felizmente correspondida y sin afanes de mi parte por realizar un paseo al altar, el despacho del Juez, del Notario, empacar mis cosas para armar rancho aparte ni tener niños; (Solían llamarme el Rey Herodes, cuatro ahijados me curaron de ese síndrome.) quiero develar sin pudor el secreto de mi eterna juventud y estado de serena felicidad, no producto de la ingesta de Prozac, la melatonina ni del Botox:
En Septiembre cumpliré treinta y dos, pero, técnicamente, si se me saca la cuenta, mi verdadera edad debería ser veintiséis años.
Al solicitar transferencia de una Universidad a otra, nivelé materias durante un año académico adicional, hasta empalmar con el período lectivo que me correspondía cursar. Empecé la travesía en el 92 y la terminé en el 2.000. Cronológica y académicamente, llevo un retraso de cuatro años en mi vida, como plazo de gracia para ponerme al día en lo dejado de vivir, obviar lo no tan bueno y repetir lo que merece la pena volver a experimentar.
Otra ventaja es la variedad de gente con la que te relacionas a lo largo del recorrido, dignas de un concienzudo estudio sociológico.
Mis compañeros del colegio y de la primera universidad a la que asistí, en su gran mayoría se casaron, algunos se separaron y volvieron a casar, teniendo o no hijos, así como grandes y graves responsabilidades.
Unas cuantas de ellas, se han hecho la lipo, puesto y quitado tetas post-parto.
Ellos, como suele sucederle a los casados bon- vivants, atendidos a cuerpo de rey en sus respectivos hogares, desarrollaron barriga y están casi o completamente calvos. Con ellos y ellas, me dedico a ponerme al día y a aburrirme cuando me dicen: ¿Cuándo te vas a casar? ¡Ponte las pilas! Sinceramente, no envidio sus rutinas.
El otro grupo, el de las Bridget Jones versus las Desperate Housewives, se encuentra labrándose un nombre en el competitivo mundo laboral. Aunque cuenten con relaciones sentimentales más o menos estables, su premisa es: “Hay que hacer plata primero.” En este se incluyen las y los veletas, que se niegan a sentar cabeza, pero, no los juzgamos por eso.
Con mis nuevas y sui-géneris amistades, cultivadas a lo largo de tan peculiar recorrido por el otro lado del espejo, en un rango entre los dieciséis a los veintiún años, puedo hablar a mis anchas de Reik, (Estoy perdidamente tragada del cantante. Nunca me gustaron del todo los Menudos.) e identificarme con la letra de Welcome to my life de Simple Plan: ¿Quién alguna vez no se ha sentido como si lo dejaran tirado afuera
en la oscuridad? La energía que tienen es contagiosa, refrescante. Lo malo es que quieran etiquetarte como Cuchi- Barbie con la que pretendan recrear el tema tan de moda de la telenovela “Juegos Prohibidos” ¡Que ni crean!
Es allí donde se saca a relucir lo de: “Cuando tú ibas, yo ya venía y me había tomado un tinto.” A manera de llamado al orden, frescos, podemos ser amigos.
A veces me lamento al ver cuanto ha adelantado la raza este milenio... ¡Hay que ver los papacitos! En mis épocas, tocaba disputarse unos escasos babillos. Entonces, ¿qué hace una con mirar y no tocar? Recrearse la vista no más, hay que hacerle caso al dicho del que se acuesta con pelaos por el bien propio y la tranquilidad de los progenitores de la presunta “Víctima Inocente” del ataque de las veteranas de la guerra más brava, la librada en el mercado del usado.
Por ahora, paseándome entre unos y otros, me dedico a disfrutar, saliendo sola o en grupo, sin tener bebés que cuidar ni maridito al que dejarle lista la comida. Recuerdo viejos tiempos y me río de lo que antes parecía tragedia griega con coro de plañideras de fondo.
Tengo intenciones de continuar así, por lo menos tres años más.
Un argumento de peso es que cuando nací, mi mamá tenía treinta y cinco cumplidos, era económicamente independiente, no se había casado (y nunca se casó). Siempre ha sido una mamá moderna con la que tengo una relación que envidiarían las Gilmore Girls si nos conocieran. Me ha formado igual que el Sensei al Pequeño Saltamontes, dejado abiertas todas las opciones de vida. Los cuarenta son los nuevos treinta: ¿DÓNDE ME APUNTO?
Me visualizo convertida finalmente en esposa y mamá, sintiéndome y luciendo de treinta y tres, la edad de Jesucristo. En una consulta dermatológica, al preguntarle al Especialista si debía empezar a tomar Imedeen para minimizar las líneas de expresión, prescribió: “No te cases”. Agrego: “Todavía”.
Una mujer de treinta y hasta más, no esconde un sambenito que espante al más acérrimo célibe. No tiene por qué andar llorando por los rincones porque “no la han escogido”.
Me mantengo fiel a la promesa que hice con mis amigas durante la universidad: “A los ochenta, estaré todavía con la pita adornándome el cuello, los labios pintados con gloss y bailando trance.”
La divina Bernhardt interpretaba mejor a damiselas encorsetadas en el glorioso ocaso de su vida. A eso aspiro.
Mientras tanto, soltera y feliz, me siento con fortaleza suficiente para afrontar lo que venga, sola o acompañada, ambas posibilidades son bienvenidas; muy a gusto en mi propia piel. Eso es lo que importa.
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