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María Stoopen Galán es doctora en Literatura Española por la UNAM y profesora de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras, en donde imparte un seminario de Literatura del Siglo de Oro, en el Colegio de Letras Hispánicas y el seminario La cuestión del sujeto en el relato ficticio. Entre sus publicaciones se cuentan <La muerte de Artemio Cruz>, una novela de denuncia y traición (UNAM, 1982) y Los autores, el texto, los lectores en el <Quijote> de 1605 (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM y Universidad de Guanajuato, 2002 y 2005. También ha incursionado en el tema de la cocina mexicana, en el que cuenta con varios títulos, además de numerosos ensayos literarios en publicaciones nacionales e internacionales.

 

 

LA POESÍA CANCIONERIL, MONEDA DE VIEJO CUÑO EN LOS CAUDALES ÁUREOS

1. Las prácticas tradicionales de difusión y recepción de la poesía cancioneril

Lo primero que salta a la vista en el tema de los cancioneros poéticos colectivos es la enorme cantidad de este tipo de obras para leer, decir o cantar, tanto manuscritas como impresas, hoy, número seguramente menor al que se produjo en su momento. Se trata de un corpus que abarca de los siglos XV al XVII (Frenk (ed.), “Prólogo”, Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV-XVII), xxxv-xxxviii y “Prólogo”, Nuevo corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), vol. II, 1810-1819)[1] y que –como se sabe- mantiene ciertas constantes a lo largo de esas tres centurias. Ante esta avasalladora realidad textual, varias preguntas se le plantean al investigador: ¿Por qué esta copiosa proliferación? ¿A qué se debió la necesidad de recoger obra poética varia en esos tomos? ¿Qué importancia tuvieron los cancioneros en la producción lírica contemporánea a ellos? ¿En qué medida contribuyeron a la difusión de la poesía? ¿Qué gustos poéticos recogieron y propagaron? ¿A qué estratos sociales iban dirigidos?

            He mencionado cancioneros manuscritos e impresos. Parece que entre unos y otros no hubo mayor relación, puesto que éstos “no aprovecharon los códices ya existentes, sino que fueron recopilados ex profeso para las prensas.” (Alonso (ed.), “Introducción”, Poesía de Cancionero, 9). Mi atención se centrará en los impresos y, en particular, en el primero de ellos, el Cancionero general, de Hernando del Castillo (Valencia, 1511).[2] De él se ha dicho que “tuvo el mayor éxito que ha conocido ninguna antología extensa en la historia de la poesía española, puesto que se conocen hasta nueve ediciones de 1511 a 1573.” (Blecua (ed.), “Introducción”, La poesía de la Edad de Oro, t. I Renacimiento, 10-11); y que, desde su aparición “contó España con un libro, cabeza de serie, que ningún otro país tuvo en la época”, con la excepción de Portugal que publicó uno bilingüe poco después (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 39).

Si ampliamos la mirada a los medios de difusión y a los ámbitos de recepción, tenemos que dar cuenta de hábitos históricos anteriores a la imprenta; de allí, la existencia de cancioneros manuscritos que no sólo preceden al mencionado, sino que conviven con él (Cfr. Alonso (ed.), “Introducción”, Poesía de Cancionero). Asimismo, en los siglos previos al de Oro español, la transmisión oral de la poesía y de otras manifestaciones culturales, desempeñó una tarea central, y hemos de darle cabida entre los demás usos de producción, difusión y recepción poéticas del momento para obtener una comprensión cabal del asunto (Cfr.Frenk, Entre la voz y el silencio. (Lectura en tiempos de Cervantes)). De este modo, la poesía –la popular, especialmente, aunque no sólo ella-, solía completar un circuito: de la voz al papel manuscrito o impreso, de donde emprendía la andadura otra vez. De igual modo, el ejercicio de la lectura común en voz alta era beneficio de nobles, pueblo y círculos poéticos. Por todo ello, podemos afirmar que las prácticas orales, en la Edad Media y todavía en los Siglos de Oro, eran igualitarias entre los distintos miembros de la sociedad.       Es así que resulta importante atender los contenidos de dichos cancioneros y los gustos prevalecientes en los varios estamentos sociales y en los lectores, según el género.[3]

Dada la naturaleza miscelánea de este tipo de colecciones y a la práctica de memorización y transmisión oral y pública de los poemas, podemos pensar que las diversas partes de tales antologías –que recogían principalmente formas cortesanas, aunque también populares,[4] muchas de antigua factura- tenían el potencial de convertirse en veneros para letrados e iletrados.

No se puede entender, pues, el amplio gusto por la poesía ni la convivencia de diversas poéticas a lo largo de los Siglos de Oro, entre ellas, la conservación y circulación de una amplia producción medieval, si no se toman en cuenta la vigencia de la memorización, el canto y la recitación; el papel del manuscrito como apoyo de estas prácticas, así como la entrada de la imprenta en España, la cual, en un principio, contribuyó de manera más importante a la elaboración de cancioneros colectivos que a la estampa de libros individuales de los poetas, publicaciones muy escasas entonces (Cfr. Rodríguez Moñino, Construcción crítica y realidad histórica en la poesía española de los siglos XVI y XVII, 24). ¿De qué otras maneras –para decirlo con Rodríguez Moñino en su Construcción crítica y realidad histórica en la poesía española de los siglos XVI y XVII, (24)- “la onda expansiva de la creación personal alcanzaba dilatadas fronteras de público”?

2. Los cancioneros, gusto poético tradicional en los Siglos de Oro

Es así que los cancioneros impresos del siglo XVI continuaron y, a la vez, renovaron prácticas de difusión y recepción de siglos anteriores. Si he  procurado destacar el papel que jugaron en el horizonte de la circulación poética, dada la multiplicidad de reediciones, copias y refundiciones hechas a partir del Cancionero de Hernando del Castillo, la matriz original, ahora intentaré dar cuenta del porqué de esa aceptación entre el público, con respecto a la organización de sus temas y a la propuesta poética que contienen las distintas partes, en conjunto y por separado, y, en consecuencia, a quiénes, presumiblemente, se ofrecen.

Varios hechos hay que tomar en cuenta con respecto a la primera edición del Cancionero general: que reúne poesía desde Juan de Mena (1411-1456) hasta los poetas de la corte de los Reyes Católicos –una centuria de producción, la del siglo XV: “Todo él […] una época de transición en que se funden y dan la mano –en que se enfrentan también- las formas culturales y los problemas de la Edad Media con las nuevas corrientes que han de desembocar en el Renacimiento.” (Alborg, Historia de la literatura española. I Edad Media y Renacimiento, 320)-; poesía de arte mayor, de metro corto variable u octosílabos, “llenos de sutileza y alambicamiento, herencia en su mayor parte del trovadorismo medieval” (Blecua, (ed.), “Introducción”,  La poesía de la Edad de Oro, t. I Renacimiento, 10). También que nos enfrentamos al “curioso fenómeno de que, para la mayor parte del siglo XVI, la más conocida colección de poesía reunida en un volumen fue una compilación de obras del siglo XV principalmente y donde generaciones de lectores de poesía se educaron con ella.” (Jones, Historia de la literatura española, vol. 2: Siglo de Oro: prosa y poesía, 61). Y, en fin, que esa producción “Contribuyó a asegurar que la lírica de cancionero no se extinguiera y, aún más, que volviese a florecer en el siglo XVII” (Jones, Historia de la literatura española, vol. 2: Siglo de Oro: prosa y poesía, 61). Por todo lo anterior, parece pertinente detenernos en los contenidos de esos poemas, muchos de ellos publicados extemporáneamente, colegir por qué interesaron a tan vasto público y qué clase de lectores pudieron haber tenido.

Hernando del Castillo empieza a recopilar, alrededor de 1490, un cúmulo de composiciones poéticas de las cuales, según él mismo afirma, no puede dar “cierta relación de los autores que las hicieron según la variación de los tiempos y distancia de los lugares en que las dichas obras se compusieron.” (Hernando del Castillo, 1511, apud Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 40). Ello significa que los materiales que colecta son de diversa procedencia geográfica, que tienen largo tiempo circulando por las vías tradicionales que conocemos y que algunos, anónimos, serían de origen popular (Cfr. Frenk, (ed.) Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV-XVII)). La organización del libro en cuestión, sin embargo, pretende ser sistemática. Al principio van las obras de devoción y moralidad; en segundo término, las obras de amores, seguidas de las canciones y luego de los romances, acogidos por primera vez en un cancionero, manuscrito o impreso (Cfr. Alborg, Historia de la literatura española. I Edad Media y Renacimiento, 411); detrás, las invenciones y letras de justadores, luego las glosas de motes, los villancicos y las preguntas. “Y por quitar el fastío a los lectores que por ventura las muchas obras graves arriba leídas le causaron, puse al fin –dice el compilador- las cosas de burlas provocantes a risa [...], porque coja cada uno lo que más agrada a su apetito.” (Hernando del Castillo, 1511, apud Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 41).

Todo un programa de lectura: a escoger, según el ánimo y los gustos del lector o lectora, al margen de que el libro publicado, por diversos motivos, no haya podido cumplir con él y de que “Hernando del Castillo apenas conoció otros materiales que los manuscritos que llegaban casualmente a sus manos y no estaba al corriente de la producción tipográfica de su tiempo.” (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 41).[5] Lo cierto es que, más allá de las intenciones del compilador, las deficiencias de la colección, el desconocimiento de fuentes importantes y la carencia de poetas representativos (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 41-42), sus materiales poéticos se reprodujeron repetidamente hasta el año de 1573. Y muchos de sus contenidos fueron mina fecunda para otros creadores. En estos hechos residen las cuestiones fundamentales de recepción literaria y gusto poético.

En relación con el contenido, no sólo es importante destacar “las muchas obras graves” de que consta, sino el orden descendente en que las partes del Cancionero se organizan, al parecer, según los códigos morales del imperio en cierne: de “las obras de devoción y moralidad” hasta “las cosas de burlas provocantes a risa”, en donde se recogen “desde la broma inofensiva hasta el insulto grosero y raez, desde la picaresca anécdota hasta la obscenidad lupanaria”, según los calificativos de Rodríguez Moñino (Poesía y cancioneros (siglo XVI), 47). Para aquilatar el peso de tales códigos y su trasgresión, hay que tomar en cuenta que, cuando se hace la colecta de manuscritos, son los mismos tiempos de la vocación imperial de la lengua castellana prevista por Nebrija en su Gramática, de la guerra de reconquista, del descubrimiento o invención de América y del recrudecimiento de las conversiones forzadas, sucesos que irán fortaleciendo el dominio y la ideología del naciente imperio.

Asimismo, hay que considerar la tradición poética detrás de cada uno de los apartados. En cuanto a la mal representada poesía religiosa –cuarenta y seis obras de quince autores, excepto tres sin firma- (Cfr. Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 41), la crítica identifica las modalidades de estos poemas producidos a finales del siglo XV: hagiográficos y marianos, textos centrados en la figura de Cristo, según la devotio moderna, o versiones a lo divino de cantares populares, los llamados contrafacta (Cfr. Alonso (ed.), Poesía de Cancionero, 29-33).

En el conjunto de doscientas y pico obras amorosas, clasificadas por autores de muy dispar calidad, no brilla “el orden cronológico [...] ni el alfabético de autores, ni el que pudiera imponer la diferencia de metros, tampoco podemos asegurar que haya sido respetado el temático.”, (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 42). Aparte de las obras de otros géneros incluidas en este apartado, podemos conjeturar que los temas amorosos fueron de los más frecuentados por los lectores y lectoras. El tratamiento es el de la poesía cortesana, sucesora de “la primera escuela lírica castellana (siglos XV-XVI), [...] que se afana en producir una poesía altamente artificiosa y aristocrática” (Frenk, “Introducción”, Lírica española de tipo popular. Edad media y Renacimiento, 15), y con la peculiaridad de guardar: “un compromiso entre la tradición provenzal y la moral ascética” (Alonso, “Introducción”, Poesía de Cancionero, 17) (Ver Green, España y la tradición occidental. El espíritu castellano en la literatura desde <El Cid> hasta Calderón, 94 ss.; Alonso, Poesía de Cancionero, “Introducción”, 15 ss.). La sección resulta una combinación de “aquellas aburridas cuestiones” –las obras que no corresponden al tema en cuestión- y “muchísimos poemitas que son de tema puramente amoroso” (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 43). ¡Como si la poesía amatoria de origen cortesano no pudiera en aquel entonces existir libre de lastres morales y graves! Seguramente, los enamorados del momento los obviaban, según “lo que más agrada[ra] a su apetito.”

Integran la tercera sección más de centenar y medio de canciones, compuestas “de las dos partes tradicionales: una, la canción propiamente dicha o pie, y otra en la cual se glosa el concepto vertido en la primera”, “piezas, en su mayoría muy lindas, como una de las partes del libro que conservan mayor fragancia poética a través de los siglos.” (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 43). Podemos suponer que la presencia allí de las veintiuna anónimas de tipo popular es producto de que “poco después de 1450 la cultura española abrió nuevamente sus puertas a aquella lírica” (Frenk, Lírica española de tipo popular. Edad media y Renacimiento, “Introducción”, 16) -la de las tradiciones mozárabe y gallego-portuguesa- (Cfr. Frenk, Lírica española de tipo popular. Edad media y Renacimiento, 11-14). Así, las dos tendencias cultivadas por la lírica en el siglo XV, la cortesana y la popular, conviven en el mismo volumen del XVI, aunque la segunda, minoritaria y respirando con mayor libertad.

Le siguen cuarenta y ocho romances, algunos de los viejos con glosas y contrahechuras de poetas posteriores, y otros firmados por autor. Los “textos romancísticos incluidos [...] no lo están en razón de su categoría popular o importancia literaria, sino tan sólo en cuanto son reflejo de una ocupación o torneo del ingenio de caballeros y cortesanos; nada hay recolectado de la memoria de las gentes o de impresos diversos.” (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 44). Afortunadamente, este género gozaba, tiempo atrás, del aprecio popular, además de que más tarde encontrará su propio espacio en el Cancionero de romances, de Martín Nucio (Amberes, 1550) y demás colecciones que le siguieron.

Vienen después las Invenciones y letras de justadores, “juegos artificiosos de ingenio, precedentes de los emblemas” (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 45), tan cultivados en el siglo XVI. Le siguen los Motes “glosados casi siempre en una canción amorosa” (Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 44), venero de poetas del XVI y XVII.

Continúan cincuenta Villancicos de muy buena calidad, compuestos por autores de los géneros que preceden a éste. Tales composiciones se reproducirán también en otros cancioneros y pliegos sueltos (Cfr. Rodríguez Moñino, Poesía y cancioneros (siglo XVI), 46). Siguen ciento siete Preguntas hechas por un poeta y respondidas por otro, duelos poéticos de herencia provenzal y ejercicios transtextuales de calidad variable.

Se añaden al plan inicial del Cancionero, Obras menudas, un total de ciento cincuenta y ocho poemas de distintos autores, diverso metro y variados temas. El tomo cierra con las setenta Obras de burlas.

Como se ha podido observar, los subtítulos de las secciones casi hablan por sí mismos: canciones, romances –aun con la artificialidad señalada por la crítica-, motes, villancicos -muchas de ellas composiciones de origen y metro popular-, comparten páginas con obras de temas graves, de entretenimiento cortesano -amoroso y de ingenio- y ¡con la que más adelante se conocerá como la Carajicomedia (1519), que verá la luz por cuenta propia!  ¿Residirá en esta variedad el éxito de recepción que disfrutó el Cancionero general?

El acontecimiento histórico de la imprenta que multiplica en cantidad las copias de un documento, que las que se conseguían con los manuscritos, se ofrece como una explicación. El Cancionero de Hernando del Castillo es el primero que en el siglo XVI puede llegar a un número superior de acervos en proporción a la copia única guardada en bibliotecas aisladas, y, por lo mismo, alcanzar un conjunto más amplio de lectores. Se puede decir, en consecuencia, que este solo hecho pone en circulación obra poética hasta entonces desconocida para muchos.

Otra posible respuesta provendría de la fortuna de haber mezclado en él poesía cortesana con alguna de tipo popular, así como haber incorporado en versiones posteriores –aunque fuera tímidamente-, muestras de poesía italianizante. Por tanto, en este cancionero, coexisten varias poéticas. Entra aquí, de nuevo como explicación, el proyecto de una antología para que “coja cada uno lo que más agrada a su apetito.” Y, seguramente, así sucedió entre la infinidad de repetidores, imitadores, lectores y poetas.

El cancionero en cuestión se sigue reproduciendo con variantes y deja como herencia para otros la lección de la factura de antologías impresas y la dote de secciones que tendrán vida muy dilatada. En este sentido, el Cancionero de Castillo hunde sus raíces en el siglo XV –y quizá antes- y tiene vida hasta mediados del siglo XVII, por lo menos. Es por ello que podemos decir que la poesía cancioneril es moneda de viejo cuño en los caudales áureos.

 

BIBLIOGRAFÍA

ALBORG, JUAN LUIS, Historia de la literatura española. I Edad Media y Renacimiento, Madrid: Gredos, 1997.

ALONSO, ÁLVARO (ed.), Poesía de Cancionero, 2ª. ed., Madrid: Cátedra, 1991, (Letras Hispánicas).

BLECUA, JOSÉ MANUEL, (ed.) Lírica española de tipo popular. Edad Media y Renacimiento, 2ª. ed., Madrid: Cátedra, 1978, (Letras Hispánicas).

------ (ed.). La poesía de la Edad de Oro, t. I Renacimiento, 3ª. ed., Madrid: Castalia, 1984, (Clásicos Castalia).

------ (ed.). La poesía de la Edad de Oro, t. I Renacimiento, 3ª. ed., Madrid: 3ª. ed., Madrid: Castalia, 1984, (Clásicos Castalia).

CASTILLO, HERNANDO DEL, Cancionero general. Valencia [1511]. Reproducción facsímil por Antonio Rodríguez Moñino, Madrid: Real Academia Española, 1958.

FRENK, MARGIT, Lírica española de tipo popular. Edad media y Renacimiento, 2ª. ed., Madrid: Cátedra, 1978, (Letras Hispánicas).

------ (ed.) Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV-XVII), Madrid: Castalia, 1987, (Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica).

------ Entre la voz y el silencio. (Lectura en tiempos de Cervantes), Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1997.

------ Nuevo corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), 2 vols., México: Universidad Nacional Autónoma de México / El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica, 2003, (Tezontle).

GREEN, OTIS, España y la tradición occidental. El espíritu castellano en la literatura desde <El Cid> hasta Calderón, t. I, Madrid: Gredos, 1969.

JONES, R. O., Historia de la literatura española, t. 2: Siglo de Oro: prosa y poesía, 13ª. ed, Barcelona: Ariel, 1998.

RODRÍGUEZ – MOÑINO, ANTONIO (ed.), Suplemento al Cancionero general, Valencia: Castalia, 1959.

------ Construcción crítica y realidad histórica en la poesía española de los siglos XVI y XVII, pról. Marcel Bataillon, 2ª. ed., Madrid: Castalia, 1968a.

------ Poesía y cancioneros (siglo XVI), Valencia: Artes Gráficas Soler, 1968b.


 

[1] Aunque Margit Frenk dedica su importantísimo Nuevo corpus... a la antigua lírica popular hispánica, no deja de referirse e incluir poemas provenientes de los cancioneros elaborados en estos siglos.

[2] Hernando del Castillo. Cancionero general. Valencia, 1511. Reproducción facsímil por Antonio Rodríguez Moñino, Madrid: Real Academia Española, 1958.

 

[3] En la lista de ponencias plenarias del Congreso Internacional sobre el Cancionero de Baena, celebrado en Baena entre el 16 y el 20 de abril de 2002, encontré dos títulos muy sugerentes: Pedro Cátedra (Universidad de Salamanca), “Lectura y lectoras de la poesía de cancionero” y Carmen Parrilla (Universidad de Coruña), “A propósito de la recepción de textos poéticos cancioneriles”. Desconozco si han sido publicadas las actas respectivas. (http:\\www.juanalfonsodebaena.org/LISTADO.htm)

[4] Margit Frenk reconoce en su Nuevo corpus de la lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), 25 composiciones de tipo popular recogidas por primera vez en las distintas ediciones del Cancionero general. Ello significa que el resto de su enorme contenido es de origen cortesano. 

[5] Citaré con frecuencia a este crítico e investigador por ser el editor del facsímil del Cancionero general y haber hecho un estudio fundamental.

 

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 destiempos.com  Año 1 I  Número 4 I  2006 ©

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