Miguel Ildefonso: Lima, 1970. Estudió Literatura en la Universidad Católica del Perú e hizo una Maestría en Creative Writing en la Universidad de El Paso, Texas. Ha publicado los libros de poesía: Vestigios, Canciones de un bar en la frontera, Las ciudades fantasmas, m.d.i.h. y Heautontimoroumenos. En el 2005 publicó el libro de relatos El Paso con el que ganó el Premio Nacional de Cuento de la Asociación Peruano-Japonés (2005). Ha publicado la antología de poesía peruana 21 Poetas. Su poesía ha sido publicada en las más importantes revistas del país como Hueso Húmero o Ajos y Zafiros y en antologías como: La Generación del Noventa, Poesía Peruana Siglo XX y Los Más Bellos poemas de Amor. Colabora en diversas revistas: Sieteculebras y Flecha en el Azul. Codirige la revista de Literatura Pelícano. Ha ganado los premios: Primer Premio Poesía Juegos Florales Universidad Católica (1995), Primer Premio Juegos Florales Poesía El Paso- Texas University (2001), Primer Premio Copé de Oro Poesía (2002) y Concurso de Cuento Alfredo Bryce Echenique (2003).
DOMINGO 23 DE ABRIL (MEDIODIA DE
ALGO)
Tan lejos de mi corazón
están estas montañas.
A través de las calles
o cruzando la frontera
veo pasar los días
en pedazos de fuego.
Es el silencio un barco
encallado en el desierto.
Leo a Lorca y tú lees
conmigo las líneas
de los aviones,
las señales de los puentes,
la fuga de las lagartijas,
el pinche viento que entierra
mis dedos
en el tronco seco de nuestro adiós
que ya no da sombra.
Mi respiración pasea
por tu mejilla rosada.
El sol se dora en tu lengua
mientras los camiones
devoran los segundos,
mientras un coyote clava
una rosa en su ventana
para que un viento negro lo arranque,
ese viento negro de El Paso.
Toda la tarde pasaron los trenes,
las aves se estrellaban en la fábrica roja
del free Way,
las mariposas copulaban en los vagones.
Toda la noche cantaba John
en mi Lenoxx Sound de 25 dólares.
La luna olvidó su palidez en mi cuarto.
Una cucaracha trepó a mi corazón,
escribió tu nombre
y durmió entre mis costillas.
Eso fue anoche.
John cantaba en las rocas, un tema
sobre esas miserables urbes de Juárez.
Te decía que quería hablar contigo,
que no sólo vivas en sus sueños
sino aquí entre las cosas
que le pasan al mundo,
entre la luz que nunca se apaga
y la penumbra
que no puede salir de su umbral.
El horizonte es una frontera
imposible de cruzarla
con sólo la razón.
El amor era apenas niña.
La mar de ese barco está en ti ahora,
aquí en el desierto,
no lo dejes hundir.
Yo te esperaba en un paradero
en Mesa, donde nadie
te había esperado,
una mujer cargó su bolsa y subió
al camión rumbo a Juárez,
me quedé solo, esperando
que aparecieras
con tus dos alas para que
te quedaras de una vez en mi corazón.
Ese era mi pasaporte
para entrar en ti,
el único.
Pero ya no tenía corazón,
yo, un perro negro sudamericano,
me quedé viendo los pájaros
que cantaban carbonizados
en el alambre de la frontera.
Era una postal que me costó 3 dólares.
Te digo que pensaba en ti,
en los dos,
en lo que se iba.
El desierto era la Virgen que no llora.
El desierto era un antiguo tejido
de cosas inmensas que nadie podía ver.
El desierto cantaba
con la voz de Lennon
aquella noche del 8 de diciembre
de dos mil.
El
desierto éramos los dos.
::
Esas rectas montañas rojas de la frontera.
Esas quebradas calles de casas viejas
de chimeneas y jardines secos donde las ancianas
hablan a sus gatos de un amargo y triste romero.
Esos callejones sucios donde cuelgan las ropas,
donde los ladridos de los perros
espantan a los fantasmas que van recogiendo latas.
Esas tardes inclinadas al borde de las rocas y los cactus.
Esas tardes con olor a yerba y a amor muerto.
Esas noches cristalinas sobre las eléctricas pistas
donde las estrellas murmuraban sus pecados.
Esas noches de los puentes que se enfrían bajo los semáforos.
Esos nevados reverberados de memorias ahora me dicen adiós
para siempre, adiós, aaaaaaaaadióoooooooooooooooos.
Adiós a las montañas de la tristeza.
Adiós al Río Grande que se llevaba el aliento de un beso por Yandell,
donde una noche clavé una cruz en una ventana.
Adiós al invierno sombrío que colgaba como un ala gris de un poste.
Adiós a los puentes sobre el free way
en cuyos extremos contemplaba los crepúsculos de los coyotes.
Adiós al retrato de Juárez que llevaba un corte
en la mejilla y cerraba los ojos cuando lo miraba.
Adiós habitación vacía en cuya penumbra una tarde vi
al fantasma de mi madre rezando por mi cuerpo
(han pasado tres años en tus entrañas de polvo,
yo llegué en busca de agua,
bebí y mi caballo también bebió,
después me senté a limpiar mi revólver).
Adiós lentos trenes oxidados que se llevaban los restos de mi alma.
Adiós plato de frijoles que dejé que se enfríe en la mesa
(dormí profundamente, no estaba solo,
formé una banda y comenzamos a robar bancos
y a asaltar diligencias del Wells Fargo).
Adiós celestino bar entre las cenizas del amanecer
(una muchacha entró, pidió un whisky doble,
me llevó al cuarto de un hotel tan pobre como el mío,
dijo llamarse Fátima, pero yo sabía que estaba mintiendo).
Adiós cuerpo desnudo acostado bajo un ventilador que gira
(la tierra es baldía, mi caballito ha muerto,
hay que esperar mejores tiempos,
la guerra no sólo ha estado en nuestra imaginación,
no sólo ha sido una borrachera nocturna).
Adiós amigos que llevaron muchas veces mi cadáver exquisito
devuelta hacia su lecho.
Adiós le digo a la muchacha que amé por cien años,
y a la triste muchacha que amé cuarenta años,
y a la muchacha judía que amé tres años si respirar,
y a la muchacha negra que amé dos meses sin dinero,
y a la silenciosa muchacha amarilla que amé tres días,
y también, por qué no, a la muchacha que amé diez y ocho horas,
y a la muchachita que cantaba como loca, y a la que amé cinco horas
con treinta y seis minutos y siete segundos.
“Qué importa el tiempo para el amor”, me dijo una chica verde a quien amé
el tiempo que duró en decir esa frase.
Adiós flores amarillas de los cactus junto a las veredas resquebrajadas,
no es tan amarga esta tierra para no brindarle vuestra gratitud.
Adiós camino de Chihuahua, camino a Perú.
A cien millones de años luz me estoy yendo,
entre pedazos de llantas tirados por la carretera,
entre bolsas de plástico atrapadas en los arbustos,
entre jóvenes zorrillos atropellados.
Es cierto, la poesía es humilde como un susurro.
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Desde el momento del cielo con un pequeño jardín, una canción
va por estas tierras del ensueño.
O es el amor, un principio de vivir, una alta pared atrás de un edificio.
Aquí el frío se muestra en los pobres habitantes,
un cierto lunes de inicios de Julio.
Del ensueño, una canción se guarda en las mejillas.
A las cinco ya está el cielo lejos de las palomas,
unos cuantos carros pasan por Stanton o por la Av. Aviación.
A esa hora el corazón toma un extraño color parecido al amor,
pero nadie camina por las calles de la memoria.
Para que empiece la ciudad a formar un poema
habría que ver una estrella trastabillándose
en la esquina final de la frontera.
Ese rojo polvo que se levanta por las colinas,
ese brillo opaco del río cuando el sol abre una ventana en el viejo cielo,
ese pueblo miserable que masca su tristeza
bajo la sombra de los cactus,
esa carretera destartalada cayendo de pie sobre la última señal,
esa muchacha que barre las hojas secas de la puerta de su casa.
Sólo quedará registrada la tristeza en estas calles vacías del polvo.
Ruidos fugaces de los carros y edificios inertes.
Sólo volverás a oír cantar a tu corazón en la puerta de un bar
cerrado porque aún es temprano.
Entonces te sientas a esperar ver el sol rojo en el desierto de la avenida.
Ah estas almas tarahumaras al margen de la vida,
donde se puede conversar con las cosas eternas.
Puedes mirar más allá de estos edificios
o de estas cactus silenciosos.
Tu corazón sin esfuerzo se puede transformar en una lagartija.
Son silenciosos los pasos del amor.
La misma soledad de Apolo se enfría en una esquina de El Paso.
Los carros van hacia sus sueños.
Los niños juegan con sus tumbas.
Sacas tu revólver y entras al bar que ya abrió.
Pides un budwaiser.
Una mujer te dice algo al oído, te pide que voltees hacia la mesa
junto a la ventana. No ves a nadie, pero ella
te asegura que allí está el camino al infinito.
Efectivamente, son silenciosos los pasos del amor.
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