Poesía

 

 

 

Minerva Salado. La Habana, Cuba. Escritora y periodista. Ha publicado ocho títulos de poesía y tres de prosa (ensayo, género testimonial y reportajes). Sus títulos de poesía son: Al cierre. Premio David de Poesía. Ediciones UNION, La Habana, 1972; Tema sobre un paseo. Premio Nacional Julián del Casal. Ediciones UNION, La Habana, 1978; Encuentros y poemas. Ediciones Extramuros, La Habana,1982; País de noviembre. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987; Palabra en el espejo; Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987; Encuentros casuales. Editorial Factor, Ciudad de México, 1990; Ciudad en la ventana. Editorial La tinta del alcatraz, Universidad Autónoma del Estado de México, 1994; Herejía bajo la lluvia. Premio Internacional de Poesía Carmen Conde. Editorial Torremozas. Madrid, 2000, España. Reside en México, país que le ha otorgado carta de naturalización.

 

 

Ciudad a ciegas

 

La ciega en la ciudad

se desdobla como una margarita

siente que va a crecer su corazón

bajo el ardor de las velas

y camina

camina sobre el agua de los charcos

porque nada le parece más hermoso

                                                          más tierno

que los pétalos nuevos al amanecer

                         tras la nostalgia

                                             tras la luna.

 

Alguien corta con prisa el paso de la ciega

sin percatarse de su huella

sin llegar a conocer el dorso de su rostro

toca la superficie de su piel

                             pero no hay tiempo para más

el aire se consume en el espacio de la urbe

mientras todos arriman sus mejores brasas

para calentar el fuego de cada quien.

 

La ciega no necesita voltearse para ver

que su instante se acabó en un gesto vano

que no alcanzó a saber el nombre del principio

y el fin la sorprendió durante otro intento

                el mismo cada vez        

diálogo

           precipicio

                         caverna

palabras que atraviesan las calles como clavos.

 

                         Mientras

ella se aferra al desenlace

que cubre su universo como una nube

manchada de polvo

y un ave se eleva hacia el puntal más alto del techo.

 

La ciega es la ciudad.

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Crónica de mujer en  Venecia

 

Nada es posible hacer frente a las gotas de humedad

contraparte que se desborda en este sitio

                                                           desconcertante

                                                                                 único.

Seca discretamente sus lágrimas incontenibles

y en silencio

                   cierra los ojos bajo la luz del día

mas sus pestañas reaparecen 

                    otra vez rematando los párpados   mojadas.

 

Nada puede hacer.

Nada es posible hacer.

 

Ella levanta un tanto su abrigo de pieles

y se reclina en el respaldo del asiento

donde la alcanza un tenue rayo del sol invernal

que da vida a su rostro

                                  sereno en apariencia.

 

Sobre la frente pálida    casi transparente

surcan venas azules y levísimas

una fina nariz apenas empolvada

y los pómulos breves como el mentón.

Sus delgados labios no delatan tristeza   ni amargura.

                                          Hay una decisión tomada en la barbilla.

El ceño es despejado.

Sólo el dolor se refugia en los ojos

                                                    con su callada fuente.

 

El vaporetto se detiene en Vallaresso.

Ella calza unos guantes terracota

y enjuga por última vez la humedad de su rostro.

En el embarcadero sus pasos se oyen firmes.

 

Quién sabe por qué llora

a qué objeto perdido

                                 inocencia

                                               pánico

                                                         o frustración

ella ofrenda hoy las lágrimas

con las que se sumerge en la magnífica ciudad.

 

 

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Caballero en sus trece

 

El era el único cuerdo de la ciudad

que se derrumba cual un castillo de naipes

el único con la verdad bajo su manto

mientras los barrios enloquecían

como en manicomio.

 

El era el pregonero de los sueños

y de las añoranzas.

Su voz cortaba el aire

no siempre dispuesto

                         no siempre inteligible

pero abierto

                 fluido

                          esperanzador.

 

El era el loco más cuerdo de la urbe

cosmopolita a veces

                                náufrago

                                              guardagujas

                                                                 portador de las nuevas

más añejas del tiempo.

Él sabía como encender las farolas

y a qué hora tocarlas

con sus dedos húmedos.

Él

siervo de la tiniebla y de la luz

caballero de mi ciudad prohibida

                                          cercada

                                                    fatigada

                                                                confusa

su capa elevándose desde las marejadas

sobre el malecón

su melena como crin de caballo

                                  venida a menos

en un aire de hidalgo insuficiente. 

 

Su ausencia es un vacío en La Habana

—un hueco en el ala izquierda del Castillo—

el espectro  de su sombra la nutre cada noche

bajo las piedras amuralladas

            visiones

que sólo propicia en la encrucijada de la aurora

a los transeúntes de siempre

            y sus fantasmas.                                      

  

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Retrato invernal   

 

Sólo quedaron caracoles

se perdieron las fotos        las palabras

y yacen en el cuenco de mimbre

aquellos medios tonos

                                         negros

                                                       sepia

empujados hacia el lecho de sílice

roídos por la espuma y el yodo

marcados

                    estriados

su pequeña coraza retorcida de historias minerales.

 

Un hombre solitario se masturba en la playa

dos mujeres pasean con sus perros

                                         los sombreros de fieltro apenas se sostienen

recogen las jeringas usadas en la arena.

 

Los hoteles secretos han cerrado sus puertas

el viento frío forjando las ranuras

Interrumpe las sombras de la tarde.

 

                 Es el invierno en Lido.

 

La playa se despide de sus algarabías

no hay fogatas           ni gritos               ni carreras

ni miradas oscuras          ni tanteos               ni apuestas

              sólo un espectro vela por la arena

los ausentes regresan con las rachas más fuertes

vencidas las persianas en los ojos de todos.

 

El enero de Lido sobreviene.

                                Los caracoles mudos se encargan de su invierno.     

 

 

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Memoria

                Para Alejo

Quien se va

siempre promete volver

luego

la primavera aplasta de aquel lado

otros tienden la mano

la yerba crece frente a nuestro patio

se derrumban los puentes

y el polvo que levantan

huele a desasimiento.

Un humo extraño se eleva en la distancia

como si viéramos el pan de la niñez

en el hogar

fundiéndose en los juegos de los primos.

Alguno se ha ido sin la quimera de volver

su bicicleta tras la montaña de arena

en una tramposa noche de langostas. 

(Cojímar

no fue más que un pedaleo

no sabíamos donde empezar

pero seguíamos jadeando.

Los árboles eran nuestra vigilia

aún muy lejanos

pero al alcance de los ojos).

 

Quien prometió volver

ha vuelto como un niño

para siempre.

  

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Rosas gemelas

 

Dos rosas en un vaso, desveladas,

De un aroma perdido en la memoria

Su presencia es perfume de una historia

Detenida en la flor de mis almohadas.

 

Dos rosas rojas, como la ironía

De aquel rayo escapado a la ventana

Hilo de luz partiéndose en el día

Grano de sal que anida en la mañana.

 

Son dos símbolos rotos de un pasado

Que se mueve en el ritmo de las velas

Y quiebra la invención del impaciente

 

Son marcas de un color inapropiado

Que palidecen en la tarde ausente

Y mueren juntas, como dos gemelas.

 Minerva Salado /Del libro inédito Memoria y poesía

 

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 destiempos.com  Año 1 I  Número 4 I  2006 ©

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