Raúl Alcalá, Hermenéutica, analogía y significado, México, UNAM, Facultad de Estudios Superiores Acatlán, 2004, p.143.
Desde la Antigüedad, el hombre se ha interesado por comprender la información emanada de los signos que se han instituido en sus respectivas sociedades.
En la época tinita, correspondiente al tercer milenio antes de nuestra Era, por ejemplo, existía en Egipto una casta de funcionarios, los “escribas”, los cuales tenían a su cargo el desciframiento de los jeroglíficos que habían sido consignados durante las redobladas administraciones del régimen faraónico, y que por razones atinentes a sus propiedades semiológicas habían ido modificándose tanto en su forma como en su contenido. Lo anterior planteaba problemas de índole filológica e interpretativa para quienes tenían la tarea de realizar sus correspondientes lecturas.
Entre los antiguos mexicanos también se generó una práctica escritural que conllevaba problemas relacionados con la fijación de caracteres, en diversos materiales; así, en algunos vasos mayas policromados, pertenecientes al periodo clásico, se evidencia la actividad que llevaban a cabo los tlahcuilos y cómo éstos transmitían a sus pupilos el arte de las inscripciones; y se sabe, además, que en el calmécac se memorizaban las tradiciones orales milenarias, las cuales tenían como soporte elementos visuales a los que constantemente se tenía que recurrir durante la elocución.
En la antigüedad clásica, los alejandrinos advirtieron la necesidad de conocer la composición del sistema gramatical griego, a fin de poder tener un acceso más preciso a los textos literarios; mediante la práctica metalingüística sistemática el interpretante de éstos no sólo identificaba las partes constitutivas del documento sino la función que desempeñaban esos signos, lo que permitía un acercamiento más puntual a sus contenidos.
Pero también en la Grecia antigua se propuso una reflexión independiente de la actividad filológica centrada en la experiencia de la transmisión y la mediación, que estaba asociada con las artes miméticas y la retórica, y que adquirió especial importancia a partir del Romanticismo.
Actualmente la práctica interpretativa sigue siendo objeto de análisis; se debate sobre si la hermenéutica, nombre con el que se le conoce, debe concebirse como una ciencia o como una arte, si es posible el predominio de la objetividad en los hechos valorados a los que se accede de manera controlada, o si irremediablemente se infiltra el subjetivismo del interpretante, imposibilitando así el sentido recto de lo interpretado.
Sobre estas reflexiones filosóficas y otras muchas más versa el libro de Raúl Alcalá Campos intitulado Hermenéutica, analogía y significado, publicado por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán en 2004 y que junto con la Hermenéutica, retórica y argumentación de 1997 y Hermenéutica: teoría e interpretación de 2002 conforma un corpus temático que se ha convertido ya en referencia obligada para especialistas y público interesado.
Ahora bien, en la parte correspondiente a otro obra más del mismo autor, Controversias conceptuales, que hace apenas algunas semanas se presentó en esta Facultad y que forma parte igualmente del conjunto al que arriba hicimos mención, Raúl Alcalá explica claramente el término que hoy nos ocupa:
Dice que “la hermenéutica presupone una antropología, es decir, concibe al ser humano como un animal interpretante, como un ente que tiene como característica la capacidad de llevar a cabo interpretaciones”, aunque dicha actividad presupone conocimiento y aprendizaje, lo que implica que debe contar con cierto entrenamiento… “y que un presupuesto importante de la hermenéutica es que tiene cabida ahí donde hay algo que requiere el esfuerzo de la interpretación”.
Revisa Raúl en este condensado conceptual que resulta tan esclarecedor, como los otros que tiene a bien incorporar, y que aparecen incluidos en sus Controversias, lo que Habermas, Gadamer, Ricoeur y Beuchot han dicho respecto al término, a fin de ofrecer una panorámica diversa y significativa sobre el sentido del vocablo al lector.
Ahora bien, en el volumen que hoy nos toca comentar Hermenéutica, analogía y significado, Raúl Alcalá sostiene un intenso diálogo con Mauricio Beuchot respecto a lo que este último ha entendido por dicho concepto. Alcalá había publicado en 1999 las discusiones entabladas en este sentido con Mauricio Beuchot, pero ahora, y en virtud de que el tiraje fue menor a la demanda, reedita el volumen y aprovecha para incorporar otros conceptos en torno a los cuales ambos filósofos discuten. De esta forma el libro se compone de 7 disertaciones en las que nuestro autor inicia sistemáticamente los tópicos a tratar y en las que expresa la necesidad de ampliar, precisar o reformular determinados aspectos.
Comienza Alcalá Campos sus reflexiones advirtiendo la necesidad de que la hermenéutica ocupe un lugar en el ámbito filosófico, pues desde Aristóteles y pasando por Santo Tomás y Heidegger ha sido objeto de atención. En este primer apartado también comenta lo que a juicio de Ricoeur, con quien Beuchot coincide en numerosos sentidos, representa el quehacer hermenéutico. Parte el filósofo francés de la naturaleza polisémica de los símbolos, de los múltiples sentidos con que son dotados y de las formas en que se puede proceder en su interpretación a nivel semiológico, semántico y hermenéutico. Considera Ricoeur que la actividad interpretativa de éstos tiene que ser regulada por una serie de lineamientos.
Preocupa a Raúl la falta de especificidad de las reglas o lineamientos a los que se refiere Ricoeur tocantes al quehacer interpretativo; a lo que responde Mauricio Beuchot en su intervención que éstos no pueden determinarse fácilmente pero que están asociados con el contexto y la cultura en que se elaboró la obra, y el conocimiento del idioma en el que ésta se gestó. Responde Beuchot a Alcalá sobre otra de sus inquietudes tocantes a la veracidad interpretativa, citando a San Agustín, quien se refería a cribar una interpretación bíblica desde el propio texto, es decir, a partir de la intratextualidad, no obstante, explica Beuchot también debe atenderse, a su análisis extratextual con el objeto de advertir, entre otras cosas, el impacto de la obra en un contexto especifico.
No es posible comentar todas y cada una de las reflexiones que se tocan en este volumen; por ello me referiré muy someramente a una de las tres cuestiones que aparecen añadidas en la edición corregida y aumentada, y que tiene que ver con la creatividad y el papel sustancial que ocupa en la disciplina interpretativa que venimos tratando.
Aborda Raúl Alcalá dicho tópico retomando el parecer de Juliana González, respecto a la naturaleza de la hermenéutica, quien dice que “interpretar” no es simplemente “inventar”, y que “una interpretación alcanza validez en la medida en que no es arbitraria ni infundada; en la medida en que logra una genuina comprensión y objetividad, por aproximadas que éstas sean.” En este sentido, la verdadera lectura de un texto radica, entonces, en la recreación que de él hace el lector aunque no entendida como una mera opinión disparatada y subjetiva.
Pero Raúl propone referirse a la “creación” y no a la “invención” dentro de la hermenéutica y funda su planteamiento en el hecho de que la lectura de un texto supone la capacidad creativa del receptor, que va más allá de la imaginación y que llega incluso a rebasar al propio texto pero dentro de sus propios límites, lo cual podría parecer paradójico. Existe pues, según nuestro filósofo, “una cierta libertad interpretativa pero a la vez limitada por el propio texto, y esta libertad limitada es precisamente la que evita que caigamos en meras arbitrariedades”.
Respecto a este proceso creativo que lleva a cabo cada lector, quedaría descartada, entonces, la idea que ha prevalecido en la teoría de la recepción del texto en la que se suprime la posibilidad de la variabilidad interpretativa; la imprenta no desechó la factibilidad del acto interpretativo, como se ha solido afirmar cuando se compara la función de la palabra oral, circunscrita a diferentes momentos y a distintas recreaciones y acompañada de un conjunto de elementos paralingüísticos, de la escrita considerada hasta cierto punto petrificada; afortunadamente en la actualidad algunos semiólogos insisten en que dicha variabilidad, imputable a la escritura, es un hecho evidente.
Pero como afirma Mauricio Beuchot en la réplica sobre la tesis de la creatividad sustentada por Alcalá, ésta está limitada por el texto que se interpreta y también por la acotación a la que el propio escrito circunscribe así como a la intencionalidad del autor, y en esto Beuchot coincide con Alcalá. Lo que es importante señalar aquí es la posibilidad del quiebre que podría suponer en esta constante innovación interpretativa la aparición de una nueva lectura, iluminadora, revolucionaria, como diría Kuhn, en mayor o menor medida. Es, entonces, cuando verdaderamente se da un salto significativo respecto a la comprensión de un determinado fenómeno, es entonces cuando surgen transformaciones profundas, cuando se generan otros paradigmas científicos, gracias a esa intensa actividad creativa, de la que nos habla el doctor Alcalá. Pero la innovación no se reduce al rompimiento con la tradición; también pueden originarse avances sustanciales dentro de la misma tradición que estarían asociados con la capacidad del interpretante, con su virtud hermenéutica, principio que defiende, así mismo, Mauricio Beuchot.
El formato que eligió Raúl Alcalá en su exposición resulta ágil y enriquecedor; son dos las voces que se escuchan en un intenso intercambio que evidencia la complejidad del tema; en ambas priva el deseo de comprender a cabalidad el fenómeno hermenéutico; una y otra advierten las contradicciones, las paradojas, pero también los aciertos, califican los avances o apuntalan algunas posibles orientaciones hacia ellos.
::
destiempos.com I Año 1 I Número 4 I 2006 ©