Roger Vilain (Venezuela, 1970). Cursó estudios de Literatura Hispanoamericana. Actualmente culmina un postgrado en Filosofía. Profesor en la Universidad de Guayana (Venezuela), en las áreas de Literatura, Lingüística y Filosofía. Publicó Hojas secas (1994), libro de relatos, y De gatos y de hombres (1995), poemas. Es columnista de prensa en el diario Correo del caroní, así como colaborador en diferentes revistas electrónicas.
Lo que dicen los pies
A veces, si uno hace el esfuerzo, se percata de otras cosas. Yo, por ejemplo, salgo a la calle y me doy cuenta de pequeños accidentes, de cuestiones que pasan desapercibidas, de pliegues ínfimos que a la mayoría mantienen sin cuidado. Vamos a ver si me explico.
En estos días tuve una magnífica idea: descubrir a la gente según el estado de sus pies, o sea, llegarle a la cara a través de los zapatos que encontraba a cada paso. No vaya a creer, es una tarea difícil. Si usted tiene enfrente alguna descripción, o conoce al padre o a la madre, o a un hermano, ya la cosa es menos complicada, dar con el posible rostro se simplifica a la enésima. Pero sólo con los pies, nada más que con los pies...
Al principio tuve mil contratiempos. Únicamente lo hacía por darle rienda suelta a aquel primer impulso, no otro que encontrar una que otra singularidad, alguna conexión oculta entre las extremidades inferiores y los rostros. Pero después el asunto fue tornándose menos complejo, si es que tal palabra cabe a la hora de referirme a lo que me refiero. La verdad es que a determinados pies (en realidad a determinados zapatos. Vayamos contando las cosas como son) le iban como anillo al dedo tal o cual tipología facial, y lo mejor, lo sorprendente y divertido era que al alzar la vista me topaba con que no había equivocación: esa cara coincidía plenamente con la que segundos antes estaba imaginándome.
Sorprendente. Ayer no más salí a dar una vuelta, y fíjese que terminé por repetir la práctica que ya iba siendo rutinaria. Primero fueron unas botas altas, ridículamente altas, sucias y no sé por qué insinuando mucha barba. Eran botas viejas, pero a la vez llenas de esa curtiembre como la que propician tierras calurosas, costeras, con bastante brisa. Conclusión: rostro sin afeitar, cabellos al viento, sin peinado definido. Con exactitud de máquina fue eso lo que hallé al subir un poco la mirada. Tal era la imagen del hombre que estaba ahí parado, como si nada, ausente de todo experimento.
Lo mismo ocurrió algunos pasos después, a pocos metros del kiosko en el que compro los periódicos. Rojos y brillantes, de tacones altos, con dos dedos de marfil asomando por la punta, aquellos zapatos reflejaban el trasfondo romántico de una cara arcillosa, cuidada hasta la exageración. Cuando moví los ojos hacia el rostro, ya me era conocido. Lo había detallado, claro, antes de verlo.
Pero lo verdaderamente curioso pasó esta mañana, mientras deambulaba por el centro y decidí entrar en una tienda cuya pared de fondo consistía en un inmenso espejo que abarcaba desde el rodapié hasta el techo. Me acerqué, pues el reflejo de zapatos que iban y venían como en una especie de danza especular resultaba fascinante. A los pocos minutos de contemplar modelos diferentes, formas de lo más atractivas y colores multiplicados por mil gracias a la ilusión de ese espejo que tan oportunamente había encontrado, vi un par marrón, inmóvil, de línea muy sencilla, deteriorado por el uso y el abuso. Reconocí los míos. Eran mis pies, es decir, mis zapatos. Entonces me imaginé, dibujé un rostro que de a poco cobró fisonomía. Cuando opté por dar con mi cara en el espejo descubrí que no era yo. Había otro en mi lugar.
Desde ese día no he intentado descubrir a la gente de esa forma. Ya no practico ese ejercicio, lo cual por fortuna ha devuelto las cosas a su sitio. Ahora me miro en el espejo y soy yo mismo, aunque me cuesta muchísimo reconocer a los demás. No importa, dicen que la vida es así, que da sus vueltas y es extraña. Muy cierto eso, la verdad. ¿No le parece?.
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Como soy un despistado en asuntos de virtualidad, a veces pago doble a la hora de perder el tiempo. Y perder el tiempo, ése que es oro y que no vuelve, va de la mano con decidir entrar a un banco, por ejemplo, en vez de hacer las transacciones expeditas: prendiendo la computadora, metiéndose en la red y pagando de una vez el cole de los niños.
Pero lo dicho, soy un animal cuyos sentidos dicen chao ante un cúmulo de chips. Entonces nada, cojo los papeles, me introduzco como bicho asustadizo por la puerta giratoria y listo, ahí enfrente está la realidad de lo más real. No sé cuántas almas esperan por depositar, cobrar cheques, girar al abuelito o actualizar una libreta.
Una cola de banco, claro, es una cola de banco. A usted le dan un papelito que es el primer gancho al hígado porque ahí ya viene implícita la primera prescripción para una dosis de paciencia que debe ser elefantiásica. Van por el ciento veinticinco y en sus manos tiene el doscientos treinta y seis. Eso quiere decir lo obvio, lo que ya se sabe pero no se acepta ni de vaina, entre otras razones porque la esperanza es lo último que pierde el hombre: que el asunto va para rato, y rato largo.
Cuando se está en la sala de espera para una consulta médica, al menos hay asientos, y hasta hay revistas viejas. Con los odontólogos pasa cosa parecida. Pero una cola de banco no da tregua, el mundo adquiere condición de paquidermo, la atmósfera se carga de un bostezo eterno, de una densidad pastosa, y si usted lleva un libro o algún periodiquillo, porque la verdad verdad es que no tiene talento ni vocación para estar mirando el techo así como si nada, pues resulta que hasta las letras le sacan la lengua, le pelan los dientes, comienzan a burlarse gracias a esos contoneos sinusoidales que muestran sin empacho justo cuando son las dos y cuarto de la tarde, hora del burro, por supuesto, pero usted en su cola, firme en su cola, con la ilusión de que todo se agilizará en cualquier momento y podrá salir de ahí muy rápido y feliz a tomarse un café negro en el primer tarantín que se atraviese en su camino.
Qué va, anhelos vanos ante una cola de banco. Una cola de banco es una cola de banco, por más avisitos diciéndole que ese es el banco tal, y que por ser tal todo le cae casi del cielo. Nada nada. La realidad es un coñazo en la nariz, duro y aplastante, por lo que a las cinco terminas empujando la puertaza de vidrio luego de tres horas sumergido en la realidad de una cola que engulle, asfixia, tritura y escupe a su presa, molida de tanta espera y lentitud.
En una cola de banco el tiempo pareciera roncar a pierna suelta. Relojes detenidos sirven para caer en un piélago profundo, suerte de espacio donde los gestos se repiten, las caras se multiplican, la gente habla de lo mismo y los bolígrafos, de mano en mano en su danza atemporal sobre planillas, escriben una sola y misma cosa: dígitos cargados de ceros, lo que por fin va siendo la estadía en ese lugar. En una cola de banco el universo es una hilera de puntos sucesivos, infinitos puntos suspensivos, y lo de suspensivos es en verdad ciento por ciento suspensivo, ni por asomo retórica o ciertas pendejadas que se dicen solamente por decir. Una cola de banco implica el agujero negro en pleno centro comercial, eso que los astrónomos describen como fenómeno único de fuerza gravitacional, tan grave y gravitacional que no se le escapa ni la luz, ni un pelo de energía, ni siquiera un cliente con ganas de meter el pie en un yeso de mentira e inventar un embuste para acceder a tratamientos especiales.
Los puntos suspensivos se extienden hasta donde la vista no alcanza a ver más, y giran sobre sí mismos y suben y bajan y se regodean ensanchándose mientras los minuteros no adelantan. En la cola del banco, que es una marejada de puntos suspensivos, muchos sonríen e intentan conversar y algunos mascan chicle con desesperación mientras aquéllos leen qué sé yo qué y los demás mantienen la boca cerrada observando y esperando, observando y esperando a ese Godot que nunca llega porque el cajero está a años luz, y otros nada más se rascan el ombligo cargados de estoicismo mientras los puntos suspensivos se pierden en el horizonte, allá a lo lejos, a los lejos, a lo lejos....
La cola del banco sigue en su lugar y todos esperan a Godot, todos afirman que yacen en el agujero negro del centro comercial porque esperan a Godot, ese hombre de camisa a cuadros y corbata unicolor, pero yo decido abrir la puerta, empujo la puerta de vidrio y me largo en busca del café, con la planilla de depósito guardada en el bolsillo mientras los puntos suspensivos crecen allá adentro, en la cola del banco, en la paciencia sin relojes de la cola del banco.
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destiempos.com I Año 1 I Número 4 I 2006 ©