
ALFREDO TOMÁS ORTEGA OJEDA. Autodidacta en materia literaria, ha escrito principalmente cuentos. En 1994 la Universidad de Guadalajara le publicó el libro de cuentos “El cumpleaños de la maniática pirómana”, y el cuento que le da nombre al libro obtuvo el 1er. Lugar en el Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Mexicali. En 2001 Petra Ediciones le publicó el cuento infantil “Yo no quiero ir en tren”. Actualmente tiene dos libros de cuentos sin publicar; “La campana del portón” e “Historias de ciudad”, y trabaja en su primera novela. Ha publicado en diversas revistas literarias nacionales y extranjeras, y ha escrito en diarios de Guadalajara como El Occidental y Siglo 21, y en el Semanario “El Costeño” de Autlán
LA INAPETENCIA DE PEDRO
Aquel no iba a ser un buen día para Pedro. Apenas eran las once de la mañana y ya estaba experimentando uno de los dilemas más difíciles que había enfrentado en su corta carrera como asistente de investigación, dilema que por cierto podríamos considerar como gratuito, o al menos decir que Pedro se lo estaba fabricando de la misma manera innecesaria en que sabía complicarse la existencia. Él estaba consciente, porque ese era precisamente su trabajo, de que aquel frotis de pituitaria tendría que estar montado y fijado en el portaobjetos antes de las cinco de la tarde, hora en que el jefe del laboratorio regresaría de su comida con el director. Y todos en la Facultad sabían, por su experiencia como alumnos, que con el Dr. Flores Vargas sólo se podía fallar una vez.
Pero aquello era culpa de María Elena, en el fondo todo era culpa de María Elena, que lo había convencido de hacer su servicio social en el Bioterio de la Facultad. Durante 900 horas repartidas durante un año, Pedro había tenido que atender, alimentar, limpiar sus jaulas y sus excrementos, curar y ayudar a la reproducción de perros, gatos, ratas, ranas, víboras, cuyos, conejos y pollos que los investigadores utilizaban para sus experimentos de laboratorio, como sustitutos y placebos de los seres humanos que no les estaba permitido sacrificar para el avance de la ciencia. De allí le había venido en mala hora a Pedro un afecto por animalillos y bestezuelas que nunca antes se había conocido, y que ahora que había logrado ser aceptado como tesista por el afamado profesor Flores Vargas, en el laboratorio de Endocrinología Biológica, le perjudicaba de manera importante, pues después de haber pasado un año completo cuidando de las ratas blancas, y cuando el máximo logro que se esperaba de él era que sobrevivieran la mayor cantidad posible de ellas, y cuando su labor terminaba en el momento en que le entregaba a los asistentes de investigación una jaula llena de ratas que ingresaban al edificio de laboratorios. Ahora se hallaba del otro lado de la línea, donde su trabajo consistía una vez por mes, precisamente en sacrificar a algunas ratas para extraerles las glándulas deformadas por los medicamentos y sustancias químicas, que por indicaciones del investigador les iban administrando en distintas dosis. Eso precisamente el tener que sacrificar a las ratas, y no el carácter del doctor Flores Vargas que era el terror entre los alumnos de la Facultad, era lo que más aborrecía Pedro de su nuevo trabajo.
- ¿Todavía no matas a la pinche rata?-, le reprochó Gustavo al entrar al laboratorio y sorprender a Pedro que mataba el tiempo acomodando la cristalería en los anaqueles.- ¡Guey!, acuérdate que a las cinco viene el Saddam Hussein, y si no tienes listo el frotis te va a colgar de los tompiates.
- Ahorita iba a empezar,- se excusó torpemente Pedro.- Al cabo todavía hay tiempo.
- Pos tu sabrás,- le advirtió Gustavo, mientras sacaba unas muestras de la estufa de incubación y las ponía en una charola metálica.- Pero esto te puede costar la chamba.
- Lo voy a hacer antes de la comida,- se prometió Pedro a sí mismo.- Pero tú sabes que no es fácil.
- Ya déjate de cursilerías, pareces señora de Chapalita. Esto es hacer ciencia, aquí no caben escrúpulos ni mariconadas, si quieres crecer en este negocio tienes que dejar a un lado tus moralinas de beata.- Le replicó Gustavo ya casi en la puerta de salida, y recordando algo se dio vuelta.- Por cierto que los muchachos nos proponen comer a las dos, porque hoy juegan las Chivas. Nos vemos afuera de la Dirección.
Y Pedro se quedó solo en el laboratorio, para enfrentar su dilema.
Pasaban de las dos de la tarde cuando llegó a la entrada de la Facultad, cansados de esperarlo, sus camaradas ya iban unos cien metros adelante. Comían siempre juntos en una pequeña fonda ubicada a poca distancia, entre los estrechos pasillos peatonales de la colonia que estaba al otro lado de la avenida. Siempre hacían el mismo recorrido, por la calle peatonal hasta la cancha de basquet, luego a la derecha por la otra calle, pasando ante las accesorias semiabandonadas de lo que algún vecino visionario había construido esperando que se convirtiese en un pequeño y próspero centro comercial. Por alguna razón aquello no funcionó, y en las ajadas accesorias sobrevivían algunos modestos talleres; un zapatero, un obsoleto taller de máquinas de escribir, un técnico en radio y televisión, sobre una cortina metálica cerrada hacía años, se despintaba el anuncio de una costurera. Más allá, hacia el final de la cuadra, estaba el mercadito donde comían juntos los asistentes de laboratorio y algunos intendentes de la Facultad.
Pedro caminaba detrás de sus compañeros y alcanzaba a escuchar a la distancia sus risas y sus bromas, pero no sentía ánimo para apresurar el paso, pesaba en su ánimo el no haber podido realizar su encomienda en el laboratorio, y pensar que después de la comida la tarea no sólo seguiría siendo igual de ingrata, sino que el tiempo seguramente no le ajustaría para extraer la pituitaria y terminar de montar el frotis. Sin embargo había ido a comer con sus camaradas, aquello era como una tregua en la difícil jornada.
Caminando a paso lento, la distancia que lo separaba de sus amigos se iba acrecentando a cada paso, cruzó la cancha de basquet bajo el sol que le obligaba a agachar la cabeza. Enfiló por la calle de las accesorias y cuando se iba acercando notó que en las escaleras de entrada a uno de los locales, tal vez la zapatería, se hallaba sentado un peculiar grupo de gentes. Eran cuatro o cinco varones de edad indefinida entre los cuarenta y los sesenta años, su vestimenta andrajosa y su semblante sucio hacían ver que se trataba de teporochos, de los que duermen en las bancas de los parques y en los pasillos de la antigua terminal. Estaban tomando todos de una botella de aguardiente a medio vaciar, cuya etiqueta Pedro reconoció a la distancia, era uno de esos “tequilas” 100% de caña, que se vendían a 20 pesos la botella, y al que en numerosas ocasiones él y sus compañeros de salón habían recurrido para aliviar sus ansias de parranda, como hacen todos los estudiantes de escasos recursos. En medio de aquel grupo se hallaba sentada una mujer que ya debía ajustar la cuarentena, o acaso la mala vida la tenía muy maltratada, su piel oscura no debía conocer cremas ni afeites, por su rostro no habría pasado un maquillaje, su pelo sucio no tenía peinado y estaba tan embriagada como sus compañeros de juerga. Discutía en voz alta la mujer con un par de los acompañantes cuando Pedro pasó apresurando la marcha frente a ellos. Ya de por sí no le gustaban las violencias que la vida urbana deparaba a sus habitantes, tenía un particular miedo a ser asaltado, la experiencia le decía que estar cerca de un grupo de gentes como aquellas sólo podría presagiar problemas, y eso le provocó una instantánea sudación, un temblor en las rodillas. Así que pasó de largo por aquella escena dantesca procurando no voltear, pasar inadvertido para los violentos teporochos. Y cuando lo iba logrando, con el rabillo del ojo pudo advertir que los dos hombres que discutían con la mujer se levantaban trabajosamente, y agarrando a ésta por los brazos y las piernas, la introducían en la accesoria, cuya cortina metálica permanecía abierta a media altura. Ya a unos metros de distancia se atrevió a voltear ligeramente la cabeza, y vio que los otros hombres se levantaban detrás de sus compañeros y se introducían tan velozmente como sus torpes movimientos les permitían en la accesoria. La mujer gritaba como cerdo en un matadero, y se escuchaban ruidos de golpes y de muebles y cosas que caían al suelo. Pedro sintió que su corazón se aceleraba hasta casi salirse del pecho, trataba de correr pero las piernas no le respondían, trataba de gritar pero su garganta no se movía. Tenía la sensación de que todo ocurría como en cámara lenta, sus pies moviéndose con desesperada lentitud sobre el concreto de la calzada y los gritos de la mujer que se prolongaban como aullidos en la tarde temprana. Hubiese querido pedir ayuda, no para la mujer, sino para sí mismo.
Los compañeros bromeaban y cruzaban apuestas sobre el partido de fútbol, mientras Pedro permanecía sentado en la esquina de la mesa que le tocó por llegar tarde, absorto en la contemplación de su plato lleno, al cual todavía no le había hecho mella.
- Si no vas a tragar, échalo pa’cá.- Le dijo Chepe, cuya hambre era congénita, arrebatándole el plato y poniendo frente a él su plato vacío. Pedro ni siquiera se molestó en protestar, y los demás rieron la gracia. Desde hacía rato que Gustavo lo miraba, tratando de descifrar su estado de ánimo. Al final le dijo:
- Ni al caso que te pongas así por ella. Es una rata, un animal de alcantarilla. Su destino es así: nacer, sufrir y morir, y tú no eres nadie para cambiarlo.
Pedro se le quedó mirando, y sus ojos preguntaban de quién estaba hablando.
- Hay quien nace para ser carroña, alimento de los buitres, es ley de la vida.
Por toda respuesta, Pedro agachó la cabeza y se puso a contemplar el plato tan vacío como su mente.
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EL CAZADOR DE AGENTES FRONTERIZOS
Ahí estaba yo, a la una de la tarde de un ajetreado miércoles, justo a mitad de una semana de trabajo particularmente complicada, en una de esas cantinas baratas de la Calzada, tomándome unas cervezas con mi viejo amigo de la preparatoria, Dionisio Varela. No tenía idea de cuánto podría durar nuestra entrevista, ni de cual explicación daría yo al volver a la oficina con algunas horas de retraso y con aliento alcohólico, pero si alguna persona en este mundo era capaz de arrancarme de mi rígida rutina y llevarme al lugar más extravagante de la ciudad, ése era Dionisio Varela; el fanfarrón más extraño de la Prepa Jalisco, el fanático de las causas perdidas, el mentiroso compulsivo que no conocía el remordimiento, el único capaz de provocar risa e indignación de manera simultánea. Tenía varios años sin verlo y hasta el momento de recibir su inesperada llamada desconocía la actividad o tarea a la que se dedicaba en la actualidad; a lo largo de muchos años lo había visto desempeñarse como agente de ventas, auxiliar de contador público, pseudo abogado y defensor de colonos en asentamientos irregulares, madrina de agente judicial y maestro de secundaria por mencionar algunos de sus numerosos oficios, sin mencionar su etapa de líder estudiantil, o cuando se convirtió en secretario particular de un diputado de oposición, o cuando fue candidato a regidor por algún partido difícil de recordar en un municipio perdido en la sierra huichola. Ese era Dionisio Varela, el eterno incomprendido, el siempre indescifrable pero leal amigo, dueño de una ética propia que se movía en los extremos, nunca al centro de la escala, acompañado de su cuñado inseparable, su admirador incondicional y fiel escudero. Quizás, debo admitirlo, fue curiosidad morbosa lo que me llevó a aceptar su repentina invitación.
Después de explicarme de manera amplia y generosa los extraños negocios que le retuvieron durante año y medio al otro lado de la frontera, y que, de ser cierta la mitad de las cosas que me contaba, le hubieran generado suficientes ingresos como para permitirse invitarme al bar del Hyatt u otro lugar semejante, y no a esa cantina de quinta categoría donde nos encontrábamos degustando, eso sí, abundantes cervezas y botanas, Dionisio comenzó a hacerme partícipe de la increíble aventura en la cual se había metido recientemente. Cualquier cosa que él hiciera era en principio eso, increíble, pero debo admitir que ésta en particular sí rebasaba con creces mis mayores fantasías.
Los años que tenía de conocerlo me habían enseñado que Dionisio siempre se cobraba de alguna manera las historias extravagantes con que nos deleitaba, y ésta por supuesto no sería la excepción. ¿Cómo averiguó Dionisio que yo tenía una casa desocupada en Lomas de Polanco? Era algo que no tenía caso aclarar, simplemente lo sabía, así funcionaban las cosas con él y no había nada qué hacer. Si aquella historia era tan sólo un pretexto para pedirme prestada mi casa, el esfuerzo de armarla resultaba desproporcionado, pues con ella Dionisio se ponía a sí mismo ante el mayor reto y la más complicada situación que jamás hubiera tenido en su vida, los cuales afrontaba como siempre con una actitud generosa, arriesgada, patriótica y desinteresada, y para la cual, por supuesto, requería de mi invaluable auxilio.
Tras un largo y pormenorizado relato de sus vicisitudes para cruzar ilegalmente la frontera con los Estados Unidos, y las privaciones que pasó al caer en manos de un pollero sin escrúpulos, me fue quedando claro que la intención de Dionisio Varela era organizar una expedición encubierta a la frontera norte, con la temeraria intención de secuestrar a un par de agentes de la Migra, a quienes tenía identificados como responsables de dar muerte a tres compañeros de aventura, en la aciaga noche en que los atraparon por sorpresa en un desértico paraje del sur de Texas. La venganza de los compatriotas arteramente cazados como conejos era el triste móvil de Dionisio, pero para mi tranquilidad me informó que no pensaba manchar sus manos con sangre extranjera. Me aseguró que sólo lo movía el interés de hacer justicia, es decir, de aplicarles la justicia mexicana a aquel par de agentes migratorios americanos, que para variar eran de origen latino. Para lograr tan sofisticado plan, Dionisio ya se había arreglado con un agente del Ministerio Público aquí en Guadalajara, a quien había conocido en su época de madrina de la Judicial, y al cual le había ofrecido una buena suma de dinero a fin de que diera trámite a las correspondientes demandas por asesinato en primer grado que interpondrían los familiares de los compatriotas asesinados, y ya tan sólo le restaba, para completar su plan, encontrar a un juez con el suficiente ánimo y valor civil para llevar un caso tan espinoso, pues por testigos tendría a todo el grupo de indocumentados que fueron deportados la noche de los hechos. Naturalmente que Dionisio tendría la parte más difícil en todo esto, que era el secuestro de los agentes en territorio americano y su traslado clandestino a Guadalajara, donde además necesitaría de un lugar seguro y anónimo donde retenerles mientras se iniciaban las diligencias legales ante las autoridades mexicanas. Y ahí es donde entraba yo, es decir, la casa que yo tenía desocupada desde hacía casi un año en Polanco, después de una desagradable y difícil experiencia con inquilinos problemáticos. Yo daba por descontado de aquel singular operativo de revancha nacionalista jamás se llevaría a cabo, o de otro modo no hubiera permitido que Dionisio me acorralase aquella tarde de cervezas, hasta el grado de comprometerme a prestarle mi finca deshabitada, pero sentía una enorme curiosidad por conocer la manera en que Dionisio y su fiel cuñado pensaban atrapar a los agentes del servicio de Inmigración de los Estados Unidos y someterlos por la fuerza, por no mencionar las dificultades de pasarlos de incógnito a través de la sobre vigilada frontera.
-Es refácil-, me dijo Dionisio con su lógica rudimentaria e implacable,- esos malditos se sienten muy anchos porque se enfrentan a nuestros paisas desarmados, pero mi cuñado y yo nos vamos a disfrazar de “wetbacks” y vamos a pasar el río con unas armas envueltas en unos sarapes. Esos cuates siempre patrullan en zonas despobladas, donde pueden ajusticiarse a nuestros hermanos sin testigos. Y allí mismo los vamos a sorprender nosotros, donde no tengan a quién pedirle ayuda, los vamos a envolver en los sarapes y luego los pasaremos de regreso por un lugar que casi nadie conoce.
Así de sencillo. Ése era, a no dudar, mi viejo amigo Dionisio Varela, y me alegraba constatar que su personalidad se decantaba con el tiempo. Me sentía tan seguro del resultado que finalmente tendría su justa empresa, que con gusto me tomé otra cerveza a su salud y la de su valiente cuñado, a pesar de que ya llevaba más de las que me permitirían regresar a la oficina aquella tarde. Mi única preocupación ahora era convencer a mi mujer de que no pasaría nada grave durante el tiempo que mi ex compañero de Prepa permaneciera en la casa de Polanco. De algo sí tenía que lamentarme, de que el maltrecho honor de la patria descansase en manos de alguien como Dionisio Varela.
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