Antonio José Rodríguez Escritor español (1987). Estudiante de periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Habitualmente ha colaborado con una publicación periódica de la UCM, así como con su radio. También ha ganado dos premios de poesía regionales y uno de relato breve local. Su producción permanece inédita

 

           

 

Diarios de Carlos Barral

Eros y tanatos del escritor contemporáneo

 

El editor Carlos Barral fue uno de tantos otros hommes de lettres abducidos por el mito de Fausto. Un erudito más que apostó por seguir a toda costa el sentido aséptico de la realización poética y consiguió poco más que un amargo sabor de boca al toparse de frente con una existencia de supervivencia. Sus diarios, publicados póstumamente, son testimonios off the record, en muchas ocasiones, impensables de oír en boca de un hombre de negocios que debe medir sus palabras al milímetro. Qué duda cabe, por esta misma razón, que Barral escribe reflexiones desgarradoras sobre una vida pública que lo asfixia. Es llamativo, entre otros ejemplos, leer acerca del desagrado que causa Rayuela, un libro a priori intocable, al editor que rechazó Cien años de soledad y que no pudo evitar el hundimiento de Barral Editores. 

         La totalidad de sus diarios sólo puede ser útil para acérrimos estudiosos de Barral, puesto que no son sino notas acerca de vivencias diarias, ejercicios personales de purificación o esbozos de futuros textos; todas ellas exentas de explicaciones. Cierto es, respecto a esta cuestión, que la edición llevada a cabo por Anaya & Mario Muchnik se cerciora de incluir las más de las explicaciones posibles.

La sintaxis de estos diarios es, por otra parte, complicada, llena de paréntesis y oraciones subordinadas, fruto de la ausencia de un modelo de lector al que dirigirse a excepción del propio Barral. Además, es posible toparse entre las páginas de estos diarios, realizados entre 1957 y 1989, con escritos en latín (traducidos luego por Anaya & Mario Muchnik) y en francés o catalán (sin traducir por ser consideradas lenguas más comunes).

Bien podrían ser estimados estos diarios como las confesiones de un literato a su psicoanalista, ya que en ellos se desmenuza su humanidad, nefanda en demasiadas ocasiones. Más que eso, concretamente en solo doce páginas (1), el autor se libera de falsas modestias y saca a relucir la presencia de cierto destrudo baudeleriano, es decir, la conciencia del hombre sesudo y sabedor de las negativas consecuencias de sus actos. Un know how literario que viene repitiéndose en la contemporaneidad y que ha conducido a la autodestrucción al arquetipo de escritor que lo ha puesto en práctica. Un know how de la era capitalista basado en un conato (de antemano se conoce su imposibilidad) de erudición absoluta que da lugar a una guerra fría entre coetáneos para que sobresalga su obra entre tantas otras más gregarias. Un esfuerzo, en definitiva, por ser el tuerto en el país de los ciegos.

 

Dos relaciones perturban la calma de Carlos Barral: una comprende sus escarceos con la literatura y la otra su vida sexual y afectiva. Acerca de su relación con la literatura distingue tres puntos a revisar: su vocación absoluta, su escasez de realización y sus resultados insatisfactorios.

a) Vocación absoluta: Barral cree ser consciente de sus notorias dotes en el ejercicio poético engrosando así una perspectiva menos idealizada de la literatura -oficio éste como cualquier otro para el que se requieren unas estrategias que se saben o no-. Barral se autocomprende como su mejor juez, aquél que sabe inconfundiblemente acerca de sus aptitudes y sus puntos flacos, y es consciente del coste de oportunidad que conlleva decantarse por un estilo u otro. El editor ejerce así de crítico de sí mismo desde una tercera persona y compara el valor de sus versos con el de sus contemporáneos.

b) Escasez de realización: Cree absolutamente necesario desvincularse de la realidad despreciable y superflua para alcanzar la independencia mental, obligatorio punto de partida para dar vida a cualquier obra. Semejante alejamiento de la realidad le resulta absolutamente incompatible con una agenda repleta de constricciones que le obliga, casi neuróticamente, a exprimir el más mínimo síntoma de tranquilidad. Al mismo tiempo, el miedo a comenzar el poema se apodera de su pluma en esos escasos momentos de soledad. Desconfía de sus posibilidades para pergeñar un texto en el que tengan cabida todas sus ideas porque, quizá, le falte tiempo para satisfacer su prurito de escritor. Es decir, que sus de ideas desbordan el tiempo material para reflejarlas como es debido. Acerca de esta cuestión, en enero de 1960, Barral confiesa lo siguiente: «Escribir un artículo al año es una verdadera locura. A uno se le acumulan todas las tonterías teóricas rumiadas durante doce meses. Es mejor no escribir ninguno». A Barral, pues, no es tanto la forma lo que le preocupa, algo que considera cuestión de paciencia, sino el fondo, y es por ello su indecisión ante «la veracidad de los puntos de partida, de lo que se quiere explicar».

c) Resultados insatisfactorios: En definitiva, a consecuencia del punto anterior, considera que su producción literaria ha de ser sintética, poco variada. Ese desafortunado estilo -que cree podría perfeccionarse muchísimo más pero que al mismo tiempo no puede modificar debido a sus obligaciones laborales- le conduce a una ansiedad que se manifiesta en abusivas ingestas de alcohol, en una «neurosis sexual» e incluso en conductas excéntricas.

 

En cuanto a las confesiones del literato sobre su vida afectiva y sexual, cabe decir que son éstas más anecdóticas y personales y, por ende, menos extrapolables a las obsesiones de buena parte de los escritores. Llama la atención su «miedo al fracaso viril», sobre todo teniendo en cuenta el éxito entre las mujeres de Barral, que cree padecer los resultados de una «mala educación sentimental». Una confesión, podría decirse de mala fe, que posiblemente pretenda esconder a un individuo plenamente consciente del daño que hace (y se hace) dejándose llevar por las tentaciones que el mal le pone en bandeja; un individuo de corte baudeleriano que no hace propósito de enmienda o cuya voluntad, enfrascada exclusivamente en la realización literaria, no es corregida para arrostrar el mal. 

         Carlos Barral padece una profunda insatisfacción marital debido a su imposibilidad para satisfacer a su esposa Yvonne y también al peso que sobre él ejerce su conciencia. Nuevamente, una confesión de mala fe parece querer indemnizar los daños ocasionados. En esta ocasión se refiriere a sus coqueteos con otras mujeres, pues admite que como consecuencia de la «lentitud de sus edificaciones emocionales» sólo puede estar en posesión de una casi «absoluta monogamia sentimental» proyectada, ni qué decir tiene, hacia su esposa. No contento con sus pretensiones para justificar sus actos, Barral, tras reflexionar acerca del concepto de fidelidad, llega incluso a creer en la necesidad de renovar dicho término a favor de unas connotaciones mucho más acordes con su particular modernidad.

De cualquier manera, todo este conjunto de gélidos análisis casi científicos sobre su vida marital y extramarital concluyen en palabras del propio editor. Y es que Barral prefiere no hablar de esterilidad sino de «uso no humanístico de la capacidad del amor» en beneficio de otras formas de belleza. Lo que viene a decir que el editor -auspiciado por su autoestima literaria y por el entorno de una generación más en la que se entrecruzaban la admiración pública y la rivalidad tácita- posiblemente sólo amó a la literatura en general, y a su propia obra en particular.

 

(1) BARRAL, Carlos, Los Diarios (1957-1989). Primera edición. Fuenlabrada (Madrid), Anaya & Mario Muchnik, 1993. pp.121-133.

 

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 destiempos.com  Año 1 I  Número 5 I  2006 ©

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