Daniel Alejandro Gómez nació el 11 de septiembre de 1974 en Buenos Aires (Argentina). Desde el año 2001 vive en Gijón (España). Estudió Letras y Análisis de Sistemas en Argentina y comenzó a escribir en 1995 y a publicar cuatro años después. Ha participado en antologías impresas tanto en verso como en prosa y en periódicos y revistas de Argentina, España, Estados Unidos y Perú. También escribe sobre análisis político internacional para la revista mexicana Sufragio y suele colaborar con ensayos literarios y políticos, poemas y cuentos en diversos medios electrónicos del ámbito hispano, lusoparlante y en Italia. En este último país, le tradujeron poesía al italiano el escritor argentino Gabriel Impaglione y la escritora italiana candidata al Premio Nobel Giovanna Mulas. Tiene dos libros publicados digitalmente: Escuchando el silencio (poemas, Libronauta, Argentina, 2004) y Sembrar palabras (novela, ebf press, España, 2002). Ha estudiado dibujo. Desde hace un tiempo se dedica a la práctica intensiva del dibujo figurativo con tinta de bolígrafo. Fruto de esta experiencia artística, se han expuesto algunos de dichos dibujos en las Galerías Virtuales Con el Arte, donde se exhibieron también muestras de su poesía, en Xpressarte y en Arte Visual XXI, de la destacada artista plástica argentina Paola Vergottini.

 

 

 

                                 Patria

 

         Se llamaba Alberto Leal, había nacido en el Uruguay, pero se crió en Argentina. Yo era amigo de él, y vendrá bien contar su historia, algo de mí anda por ella; algo de mucha gente de un país- y tal vez la gente de un continente que conozco-, acaso, lo sepan o no, también anda por esta historia.

Él no sabía bien porqué miraba tanto al mar. De chico, cuando estaba de vacaciones en la costa atlántica, se quedaba largo rato, largo rato ahí, perdida la vista en las olas. Era raro, y era raro por ser él un chico alegre y travieso, pero el mar lo ponía así, así como un aire reflexivo, aunque no la sabía, no sabía qué le hacía sentir ese paisaje tan solitario y tan largo y tan triste. Su madre se la contaba sobre Lisboa, de los navegantes, de su barco, del puerto de Buenos Aires. Algo de eso, algo de eso, pero el chico no terminaba de encajar.

         No sabía qué veían sus ojos, en el oleaje azul, verde, gris, en la violencia del viento. Y se tuvo que ir a España, ya siendo un hombre joven, acuciado por las tiranías de la economía, las ruinas de la moral, sus propios errores no reconocidos. Se plantó entonces en ese suelo, y muy a gusto, porque le gustaban los partidos de visitante.

         Pero vivía en una ciudad con mar, una ciudad con un mar viril y frío, de historias de barcos, de sombras de emigrantes que parecían ir por la sal del aire. Y se quedaba, se quedaba con la mirada perdida… allá a lo lejos, en el horizonte.

Se consiguió una novia argentina; paseaban, andaban por la playa. Se sostenía con buen humor, y al partido lo iba ganando; digamos que pateaba bien, y los goles sí que los hacía.

Alberto Leal tenía tela para canchereo, la tela la tenía, parecía que le iba sobrando un tanto; y entonces se le reía a los demás sobre la tristeza, y el aire así de sollozo, y la palabra mariconada se le asomaba vuelta y vuelta para los labios, así como en una risa amable, aunque de buena intención.

Pero la canchereaba, se le iba canchereando a su propio corazón, y a su novia, que también estaba adaptada, también. Inmigrantes amargados, decía él. Pero ella le decía: ah, entonces sos gallego, no sos inmigrante…

No, decía él, soy de allá, ya sabés.

Y entonces el asunto quedaba así, picando la pelota, en el aire, listo para definirla. Pero ninguno de los dos lo hacía.

Era de allá, era de allá, pero ella le veía algo: él prefería la baranda, le gustaba esa baranda de la vereda de la costanera, desde donde contemplaba el mar. Y entonces de vuelta en vuelta probaba esos labios rojos, y veía en los ojos de ella los estigmas de la pasión, y sentía el calor del amor, pero ahí, ahí estaba:

 El mar, siempre el mar.

Taciturno, silencioso, abstracto, dejaba pasar varios minutos, varios minutos en el vacío, en una soledad extraña. Mientras, ella le indagaba el aire; mientras, ella le ponía una mano en el hombro, y así como que le preguntaba la cosa en su silencio…

Y era que él recordaba las llanuras amarillas, las tierras cargadas de cereal y de caballo, de sol, de paisanos que arrimaban el silencio en la mateada; y el rostro de indio, y el rostro de Germania, y el solar adoptado de los judíos y de los árabes, y los mapas del mundo caminando por esas calles de Buenos Aires…   

Y fue ahí que ella le preguntó por fin porqué miraba el mar, porqué ese misterio… Y él continuaba callado, soñando los largos relatos de su madre, entre puntada y puntada de la costura o entre nudo y nudo del tejido; pensando, y no lo sabía, pero estaba pensando en muchas cosas, en muchos siglos, y en mucha sangre.

Estaba pensando en crisoles, en el pueblo que atrás quedaba, en la ciudad que los barcos como que habían levantado, y en las amables charlas entre razas… y en risas, y en lágrimas…

Y fue que le contestó que no importa lo que miraba; y ella insistía:

 Qué, qué miraba…

 Y él, Alberto Leal, extendió el índice hacia las aguas, como quien señala la Tierra Prometida, los tesoros incalculables; y entonces exhibió los secretos de su corazón, de los siglos, y las orillas de las Europas, de las Américas.

De las patrias, las patrias perdidas y encontradas. Y exclamó:

-Ésa es mi patria-dijo al fin, y el índice sobre aquellas aguas del mar-, es mi patria. Ya sabés, ya sabés…

 

 .::.

 

 destiempos.com  Año 1 I  Número 5 I  2006 ©

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