Devinso Jiménez Sierra, Colombiano, 25 años de edad, estudiante de Filosofía de la Universidad del Atlántico, Colombia. Editor de la revista Flota la prosa .
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<<La monita retrechera>> siente como se desvanecen las arrugas frente al monitor, acomoda los delgados dedos en el teclado y empieza a maquillar su rostro con seguidas descripciones. << Y cuantos años tienes mi monita retrechera>> dispara a quema ropas en su primer mensaje <<Batman costa @>>. Primer dilema filtrándose en el ADN del nuevo genoma.
—26 años —titubea en la conciencia—, he de parecer muy vieja —se dice— se nota la experiencia, no debo olvidar que las prefieren ingenuas, seudo atontadas. Así que elegiré 23 años, concluye la dama y ENVÍA.
El siguiente paso es conseguir un buen empleo, un oficio que llene el cuerpo de partículas interesantes, que se alcance a murmurar el roce de billetes y monedas al momento del envío. El trabajo empieza a esculpir la adenina mientras una comerciante independiente saca cuentas al tiempo que teclea. <<La monita retrechera>> sacude la pregunta topográfica.
— ¿De dónde eres?
—De Argentina, de Mar del Plata —apuntilla <<Batman Costa @>> tomando el ovillo por la punta—
Jamás ha salido de la ciudad, pero tiene 13 contactos argentinos con los que acostumbra a viajar fuera de casa a costa de la actual virtualidad. Así que se sienta cómodo, y se concentra en la monita, sabe que es colombiana, pero no puede tirarse el partido en la primera entrada, se desliza suave por la orilla, intenta robar segunda base, <<eres venezolana>> pregunta disminuyéndole el punto a la fuente. <<La monita retrechera>> le da continuidad al juego y lanza la bola a segunda, soy más colombiana que la totys. El chiste cala y el sentimiento en torno a la farándula afloja la conversa y frente a los computadores empieza a heder de nuevo a mierda.
Alguien a la distancia pretende hacer un doble play, se mete con un subvenir en la conversa, se apoda <<cronos@latin>> —monita suéltate, deja de estar en la zona de out, prende la cámara, deja que vea esos ojos claros que presumes. —
La monita captura la dirección de la pelota y se da por desconectada en el cuadro de diálogos de <<cronos@latin>>
Volviendo a lo pendiente y convencida de lo amorfo inician de nuevo el juego de palabras. Tercer paso, atreverse a romper la expectativa. << ¿Tienes sueños eróticos, podríamos hablar de eso?>> de homerun con bases llenas. <<Batman costa @>>, queda mirando el calibre del lanzamiento lamentando no haber sido el bateador. Se trona los dedos y se olvida de ese dolor prostático que lo avergüenza.
—Claro que los tengo, pero se me agotan en la práctica>>
— <<la monita retrechera>> ahora lanza de hit con ropa interior negra, con grilletes de cuero y látigo corto. << Cuéntame cuál, cuál no has realizado mi murcielaguito argentino>>
— << Batman costa @>> por fin tiene la mitad de su edad y con ello el desafuero mozo, el puñal erecto de la juventud. << Sólo dime cuándo, cuándo>>
<<La monita retrechera>> por fin siente el nervio de la cita, el aire helicoidal entre las piernas, la escena que se martilla en la conciencia. El pelo se alisa y podemos decir que la criatura esta lista, la escalera de nucleótidos arroja el organismo en su plenitud.
En ese momento el sistema se cierra y el administrador del café dice dos veces << se acabó el tiempo>> la plataforma baja todo a su ritmo cardiaco habitual. Al instante dos viejos regordetes salen del café Internet con direcciones distintas acomodándose sus gorras de beisbolistas.
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De otras armas o cómo dispararle a un dinosaurio extinto.
[Revólver Colt]
Se pasa las manos por el overol para limpiarse la goma, luego se ausenta uno o dos minutos como calibrando algún mecanismo interno, no es extraño, le sucede con frecuencia. Es un terror nítido ver sus ojos enarbolados perderse en el azul plomo del cielo raso, entonces retrocedo un poco y espero. Cuando vuelve en sí se concentra en sus dedos como si pudiera ver en ellos el reflejo de su rostro, conduce la vista por el entramado lineal de la palma de las manos. Ahora le colocamos la guía, debe quedar en el centro y él se esfuerza por que así sea. Une los bordes tersos del delicado papel como quien manipula una invaluable joya. Las manos le tiemblan, está muy ansioso, parece un padre responsable en la sala de partos. Hasta que al fin terminamos. La cometa es una enorme pico de lora con una banda cruzada y un racimo de franela en tiras que hace de cola.
Una vez la cometa se eleva Anorexia Rex. inicia su verdadero juego. Me pide que le sostenga el nylon y va disminuyendo la tensión en su rostro, puede verse el asomo de alguna vaga sonrisa. Cuando vuelvo a verle sostiene una honda de caucho amarillo y se dispone a destrozar el pájaro antes elevado. Es totalmente feliz, y la risotada empieza a herirme, siento que las piedras me destrozan el hígado y a cuenta gotas mi animo cae tan rápido como la cometa.
— ¡maldito animal! —digo.
No puedo espantar la repulsa que se estira y estira.
Anorexia Rex parece una de esas especies corriente, cuando se le mira de reojo da lastima, siempre con la vista perdida, preocupado por su interminable lista de objetos. —los nuevos objetos—los pronuncia sin vacilación. Así que vuelve a enumerar los materiales para la nueva construcción. Cuando quiere ganarse otra vez mi confianza se acerca diciendo que no le entiendo, que este mundo no lo expulsa, entonces debe lograr que el mundo le vomite de una vez por todas, suena tan sincero que por momentos logra convencerme. No sé como entenderle, no encuentro ninguna lógica para entenderle y termino incitándolo a escabullirse por las líneas puntadas de alguna nebulosa.
[Beretta 9 milímetros]
Ella es majestuosa, una vez decides mirarle de frente un dulzor cantado te envenena. Dos horizontes paralelos convergen en un punto focal que, como una ecuación equilibrada, se pierde en el rojo cobrizo de sus labios. El cuerpo se mueve en ciclos mientras algo perdido da vueltas en la cabeza. Espero que Anorexia Rex no esté pensando en seguir lesionando este mundo, no lo permitiré. Ella sigue pequeña y dulce, cada vez más dulce centellea entre las notas acartonadas del dispositivo un incontrolable sentimentalismo casi ridículo. No sé pero sospecho que ella lo que persigue es controlarnos, lo extraño es que lo deseo, que no tengo la mala conciencia a la mano, como si la mala conciencia no fuese otro. La música me permite ver los pliegues mínimos del vestido de la muñequita, es un encaje rosa atravesado por una cinta blanca. De repente el maldito animal de Anorexia Rex deja caer un resonante martillo sobre la cajita de música destrozando todo. Su risa de hiena erizó toda violencia dormida, así que le tomé del cuello y le lancé contra la pared, volví a ver el vestido de la muñequita en sus ojos, parecía una música de cuerdas en el translucido brillo de sus pupilas. Me calmé de inmediato, le solté y una culpa amarga y fastidiosa me estremeció. Destruir, ese es su juego, destruir para conseguir lo nuevo. Destruir/ nuevo, destruir/ nuevo, destruir.
[Colt 45 automático]
Su textura es liza y su olor es un mazo de hierba recién cortado. Los bordes son delgados y en el centro de los pliegos un canto a él mismo a modo de invitación. Cuando leo las imágenes me encuentro con claroscuros intercalados, después de todo he aprendido a entender a los amigos, en especial a Anorexia Rex en el fondo nadie le entiende, si supieran cuanto dolor en las fisuras callosas de los pies, cuantos golpes mimetizados entre la oscura piel. Así llego al No. 17. Realmente son los pensamientos de los hombres (…) Son la hierba que crece donde hay agua y hay tierra, son el aire de todos que envuelve el planeta. Algunas líneas subrayadas sostienen versos que entre palabras construyen y destruyen el amor. Otras veces un ovalo casi simétrico se traga la voz que en su ritmo preciso alcanza el tono más alto del poema. Es un hombre lo que tengo en las manos. Miro el libro y luego miro a Anorexia Rex me sorprende la similitud. Entiende de inmediato mi asombro. Parece que las personas se parecen a algún libro alguna vez escrito. —se ríe y me señala en un gesto de burla. De inmediato me toma por sorpresa y me arrebata el libro de las manos lo observa en detalle, desliza sus dedos por la pasta dura y luego se lo lleva al oído, es un gesto de ternura que termina en un grito nefasto; supe que había perdido el libro. Lo deshojó mirándome a los ojos mientras la franqueza del dolor me permitía verle. Ya no pude hacer nada en su contra.
[Instructivo]
Cuando lo vea venir no le tenga lastima, sosténgalo con la mirada, confíe en su voluntad. No olvide leer tres o cuatro versos diarios, dos en contra del odio y dos a favor de él. Cuando camine en su misma dirección contonee los hombros, es indispensable el ritmo, siga el tiempo del tambor y acompáñelo de una gaita hembra. Luego mírese y pálpese, no puede conocerlo si no se conoce usted, rastréese, lo natural es que se sorprenda de encontrar cuerpos extraños apostados al suyo, no los menosprecie, ha nacido de usted así que acepte los olores naturales tanto como la pudrición de la que hasta ahora ha escapado. Y lo más importante, cuando consiga comprender todo esto no lo comente, no lo sugiera, trague de un solo y no más.
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El récord
Lanzar los dados,
lanzar palabras,
la palabra dado.
El hambre lo había devorado. Estaba acostado en el piso, con una baba amarillenta que le salía de la boca. El líquido se metía ligeramente por debajo de su cuerpo, buscando un contacto más íntimo con la piel. Los brazos parecían dos pedazos de huesos roídos por la marea. Recogí la bolsa y saqué el registro del récord.
La mesa estaba curtida de polvo, ripios de papel la recorrían. Allí estaba el periódico que una semana atrás había anunciado el inicio de la tragedia: “Veinticuatro horas sin comer plástico, otro Récord Guiness del Maestro del hambre”. Me preguntaba cómo podía ese señor, tasado en delgadez y sin ningún implante en el cerebro, lograr semejante hazaña. Lo veía sentarse en el viejo sofá de la sala y rayar cada vocal impresa en el periódico. La cabeza se perdía en el espacio entre columnas. Entonces le iba saliendo una roncha en forma de I que le caminaba por el cuerpo hasta hacerme pensar que la oreja se le agujereaba, pero no, era una O que, saliendo del oído, le daba a su cabeza ese aspecto liso de pocillo de porcelana. Así iniciaba su tensa lucha contra el hambre. Yo había aprendido del maestro lo suficiente para no parecerme a él. Su trabajo constante y su amor al arte eran guardados con tanto celo que no había podido encontrar la llave para llegar a ellos.
Valiéndome de mi Implante de Abastecimiento Mínimo, me sentaba a su lado, sin mirarlo, concentrado en la mesita sobre la que él colocaba los pies descalzos. Buscaba en ellos un punto en donde fijarme. Fue entonces cuando surgieron los detalles: un dedo que se movía perenne reafirmando las vocales, un lunar azul con docenas de vellos como islas y una uña negra inflamada por un golpe. En ese momento, encontré el punto focal del ensimismamiento.
A las veinte horas de estar sentado en el sofá, un ardor se desliza por la boca del estomago pidiendo plástico, ejecuta el dolor de modo magistral sacándome de la concentración. Me levanté de golpe y miré al maestro que impávido seguía su delicada obra de hambre en filigrana. Devoré un plato desechable tras otro, las jarras del agua, las bolsas de basura con su sabor salado que me obligaba a beber preservativos y conservantes. Pero en medio de tanto derroche, me acordé del maestro, de lo fácil que le resultaban las cosas. Se sienta en el sofá, sin sentirse molesto por mi presencia, como si yo no existiera, no le provoco ni lastima. En cambio, él me fastidiaba con su autismo de cura desprogramado del mundo mientras el éxito le abre las puertas.
Merodeé por la sala, pasando con un teléfono de pasta dura y luces intermitentes de cilicio, apetitosas a la vista. El maestro empezó a desviar la vista del periódico, sacando sus pequeños ojos por encima del papel y se volvía a zambullir como un pez después de un salto acrobático. Su olfato seguía la orientación del teléfono, persiguiendo a distancia el olor del plástico añejo. Pero no era suficiente esa provocación. Si quería verdaderamente sacar al maestro de su oficio, debía ir por algo grande. Así que pasé a la cocina y derretí cuatro bolsas de leche que había guardado para una ocasión especial. El intenso olor carbónico se sujetaba al techo y deambulaba adhiriendo en todo lugar esa huella tizna y estimulantes que lo caracteriza. El maestro se levanta inmediatamente y al llegar al umbral de la cocina reclina su cuerpo hacia delante, como buscando al criminal. Al verme recula ágilmente sin que pueda oír sus movimientos.
Lo vi desesperarse mientras me deleitaba con el exquisito sabor de la comida. Caminé despacio para que notara mi cuidado en no interrumpirlo, en ese instante, cuando el artista que tenía por dentro, veía en peligro su inmunidad, como leche derramada que lamen los perros, el desasosiego parió. Entonces le di el golpe final: probar bocado con la cautela de una dama en tocador. El maestro pareció agrietarse. Engullí el manjar de plástico, cerrando los ojos mientras la manzana de mi garganta graficaba explícitamente el movimiento del envoltorio que satisfecho tragaba. Lo vi palidecer hasta la lividez y envolverse en un agua amarilla. Abría y cerraba los brazos como recogiendo aire para su boca. Cayó en mitad de la sala y antes que el hambre lo devorara, me señaló el registro de los Guinness Récords.
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Veinticuatro Horas Sin Comer Plástico
Otro guinner récord.
Lanzar los dados,
lanzar palabra,
la palabra dado.
El hambre se lo había devorado, estaba acostado en el piso con una baba amarillenta que le salía de la boca. El fluido se le metía ligeramente por debajo de su cuerpo buscando un contacto más íntimo con la piel. Los brazos se resumían en dos pedazos de huesos roídos por la marea. Recogí la bolsa y saque el registro, ahora me pertenecía.
La mesa estaba curtida de polvo y los ripios de papel la recorrían. Allí estaba el periódico que hacía una semana había anunciado el inicio de la tragedia: "veinticuatro horas sin comer plástico, otro Guinner récord del maestro del hambre" me preguntaba como podía ese señor, tasado en delgadez y sin ningún implante en el cerebro, lograr aquella hazaña. Lo veía sentarse en el sofá viejo de la sala y rayar cada vocal impresa en el periódico. La cabeza se le perdía en el espacio entre columnas, entonces le iba saliendo una roncha en forma de (i) que le caminaba todo el cuerpo hasta que pensaba que la oreja se le agujeraba, pero no, era una (o) que saliendo del oído le daba a su cabeza ese aspecto liso de un posillo de porcelana. Así iniciaba esa lucha tensa contra el hambre. Había aprendido del maestro lo suficiente para no parecerme a él, su trabajo constante, su amor al arte se ha resguardado tan lejos que no he podido encontrar la llave.
Valiéndome de mi (I. A. M.) Implante de Abastecimiento Mínimo me sentaba a su lado sin mirarle, concentrado en la mesita de centro sobre la cual colocaba los pies descalzos, buscaba en ellos un punto fijo en donde concentrarme. Es allí donde surgen los detalles, un dedo que se mueve perenne reafirmando las vocales, un lunar azul con docenas de vellos como islas y una uña negra que me señala un golpe. Es cuando encuentro el punto focal de la concentración.
A las veinte horas de estar sentado en el sofá un ardor se desliza desde la boca del estomago pidiendo plástico. Entonces me levanto de tajo y miro al maestro que impávido sigue su delicada obra de hambre. Devoro un plato desechable tras otro, las jarras del agua, las bolsas de basura con su sabor salado que me obligan a beber preservativos y conservantes. Pero en medio de tanto derroche me acuerdo del maestro, de lo fácil que le hago las cosas. Él se sienta en el sofá y yo no lo molesto para nada, no le provoco ni lastima. En cambio él me fastidia con su concentración de cura, se desprograma del mundo y yo le abro las puertas del éxito.
Merodeé de vez en cuando la sala, pasaba con un teléfono de pasta dura con luces intermitentes de cilicio, apetitosas a la vista. El maestro empezó a desviar la vista del periódico, sacaba sus pequeños ojos por encima del papel y se volvía a zambullir como un pez después de un salto acrobático. Su olfato seguía la orientación del teléfono, podía sentir el olor del plástico añejo. Pero esto no era suficiente, si quería verdaderamente desorientar al maestro de su oficio, debía ir por algo grande. Así que fui a la cocina y derretí cuatro bolsas de leche que había guardado para una ocasión especial. El intenso olor carbónico se sujetaba al techo y deambulaba adhiriendo en todo lugar esa huella tizna que lo caracteriza. El maestro se levanta inmediatamente y al llegar al umbral de la cocina reclina su cuerpo hacia delante, como buscando al criminal infragante. Pero me ve y recula ágilmente sin que pueda oír sus movimientos.
El maestro empieza a desesperarse mientras deleito el exquisito sabor de la comida. Camino despacio para que note que no quiero interrumpirlo. Es en esos momentos cuando el artista que se consume por dentro ve maltratada toda su inmunidad como leche derramada que lamben los perros. El desosiego ha parido y una lluvia de ideas acicala el golpe final; probar bocado con la cautela de dama en tocador. Engullo el manjar de plástico cerrando los ojos mientras la manzana de mi garganta gráfica explícitamente el envoltorio que satisfecho trago. El maestro palidece de repente y aprehendido de lividez me señala el registro de los Guinner record. Cae y en medio de la sala el hambre lo devora.
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destiempos.com I Año 1 I Número 5 I 2006 ©