ERNESTO CARRIÓN.Santiago de Guayaquil, 1977. Ha colaborado con la prensa escrita, realizado trabajos de crítica literaria, ejercido la docencia y participado en encuentros literarios fuera y dentro de su País. Ha trabajado en poesía el libro LA MUERTE DE CAÍN, cuarteto formado por los poemarios:  El Libro de la Desobediencia (2002), Carni vale, Premio Nacional de Literatura “César Dávila Andrade”(2002), Labor del Extraviado (2005) y La Bestia Vencida (todavía inédito).

 

 

 

 

 

MEMORIAS DE UNA CASA QUE NO EXISTE

                                                                                                 ¿Por qué esfuerzas a tu espíritu

                                                                                                 demasiado débil para planes eternos?

                                                                                                    Horacio

I 

¿Qué hora es ésta, en que los cascos de nuestro caballo 

carcomen la sed del páramo, 

todo abierto para la acústica del río; 

en que deshabitamos el pan, con la rabia en el ojo,

y nuestros padres van convirtiéndose en cicatrices?

 

¿Qué clase de luna es ésta, que va enlazando las cordilleras

como una abeja ardiente; como queriendo abrigar de golpe en cada vuelta

tu carne intacta?

 

(caminar hacia adelante es siempre abrirse paso entre los muertos). Pero

vale la pena el rapto de nosotros.

No volveremos al lugar de origen, nunca volvemos, te digo. Y tú sonríes.

Mi nuca casi sobre tus senos es este luto sentado.

 

Pero escucha, escucha el ruido del maíz rebelde en sus laderas.

 

Los matices del suspenso creciendo en los barrancos.

 

La costa,  a lo lejos, prepara su calor (fragoso)

como un traje incendiándose en las zarzas. 

 

 

II

 

 

Tan extraño era quedarse sin aliento entre los prados amplios.

 

Entonces las flores flameaban su amarillo

y vadeaban las canoas , en el río cobre, acariciando la pereza

sobre la curvatura de las piedras.

 

Pero el amor eran cabañas alineadas por el firmamento.

Y eran las garzas que aleteaban errabundas junto al humo gris de los arrozales.

Y eran las hondas de las pangas, entre los juncos que aguantaban el declive.

 

Hablo de un pueblo donde el mar cojeó en mis lágrimas terrestres.

Donde jamás supimos si la duda fue una forma de dolor o de precoz placer.

 

Hablo de un pueblo donde la cobra del alcohol te revestía de otra piel de madrugada. (Sumido en mis heridas.)

 

Donde en la noche

los manglares constelados

me obligaban a bajar los ojos.

 

 

 

 

III

 

 

Y muchos años después, desde los elfos de junio sujetos por la escarcha,

desde la hiedra soñándose en un nido, en un hueco anudado

por la tregua,

hemos de recordar nuestros abrazos 

(y todas las siluetas evasivas plegando sus madejas de memoria).

 

Hemos de recordar la eternidad, la curva de su luz

la ortiga inamovible rasgando con esfuerzo las visiones

(quemando en nuestra edad cada palabra).

 

Yo puedo comprobar, sobre mis propias manos,

que horadé paciente en el comanche territorio de tu cuerpo.

Que oí la sangre encerrada en los ladrillos,

y el grito de las chimeneas contra un cielo jaspe.

 

Yo puedo comprobar que no perdemos nunca el hábito de amarnos:

ese temor gigante que aguarda humildemente detrás

de las fornicaciones.

 

Yo puedo comprobar, pero la soledad carece de testigos...

 

(honda es su grandeza).

 

 

IV

 

 

¿De  qué  sirvió  la fábula detrás de las cortinas bordadas por Oriente; o la música secreta en su materia intacta dejando un blanco sótano de pronto, tendiendo, hacia  la superficie,  el  reino  compartido  de  las  separaciones? ¿De qué la cuenca insustancial donde brilló el zafiro rancio de la lluvia; y tiritó el astro rapaz de la inocencia, deforme en su ataúd de vino? ¿De  qué las cruces empalando al medio día soles obedientes; y los sobacos frisados  de  las  hembras abriendo nuestras palmas  como  una  amenaza,  como  parajes que no  fueron descritos, y debimos realizarlos con cautela?

 

Inmóvil, entre los árboles de vidrio al margen de la noche,

veo este erigir de cuerpos complejos en su marcha.

 

Este revoloteo de castigos que puja por ser tierra incandescente.

 

Este convencimiento por la lucha, (obscenidad mayor que el sacrificio)

velando el sobresalto de los sexos.

 

 

 

 

LA MÁSCARA DE AGAMENÓN

 

                                                                              

Alrededor han encendido hogueras  que  anuncian

mi llegada.  Imágenes  de Hera en  barro  cocido,

arcilla vidriada, y perlas de cristal sobre  la mesa.

También el alimento.

 

E inmensa,   como   en   un   silencio   grande,

se yergue la distancia  que   anuncia  nuestro  encuentro.

 Ese rugido, que  enumera   y   prohíbe  la muerte del afecto que nos vence.

 

Mas   la  traición   existe sólo entre los   amantes,

entre los seres queridos.

Sólo en aquellos que, aún anticipándolo,  amaron.

 .::.

 

 

 

 

 destiempos.com  Año 1 I  Número 5 I  2006 ©

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