Eugenio Bautista De la cruz .Es Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica título obtenido en el IPN. Nació en la Ciudad de Papantla de Olarte Veracruz.México En el año de 1972.Reside en la Ciudad de México desde su niñez y es aficionado a la poesía y narrativa. En este aspecto ha comenzado a hacer cuentos cortos.Obtuvo en este año una mención de honor en el IV Concurso Internacional de poesía y narrativa del Instituto Latinoamericano de Poesía en Buenos Aires, Argentina. Escribe poesía, así como diversas narraciones infantiles y no tan infantiles. No ha publicado libro alguno aún y espera poder hacerlo pronto.
El gato y el canario
El sol atravesaba las ramas de los árboles que entretejían sus ramas en un eterno abrazo, esos cachitos de sol penetraban hasta el suelo interrumpiendo con su presencia las sombras que se recostaban contra el suelo, aún adormiladas y con pedazos de noche entre ellas.
Allá a lo lejos se podía admirar un pequeño poblado con sus casas pintadas de cal y sus techos de cartón, de entre ellas se podía observar la cúpula de la iglesia que sobresalía un poco de entre los techos y los árboles.
El sonido del aire pasando a través de las ramas de los árboles se dejaba escuchar y los cantos de los pájaros parecía adornar su paso. Había entre estos cantos uno en particular el cual era producido por un singular pajarillo que, prisionero en su jaula colgaba de la pared de una de estas casas; el pequeño canario cantaba cual era su costumbre alegrando la mañana de los dueños de la casa, eran tan maravillosos sus cantos que la gente que pasaba por la calle quedaba entusiasmada de oírlo.
–¡Qué hermoso canta ese pajarillo! –Decían –. ¡Qué no diera por tener uno igual en mi casa!. Y luego seguían su camino rumbo a misa. Y el canario seguía con su himno a la mañana, al viento, al sol y deleitando a todo aquel que pasara por ahí.
Cabe decir que el canario no siendo sabio, si era muy inteligente puesto que sabía muchas cosas acerca de la gente, y la razón de esto era que escuchaba historias contadas y de observarlas al pasar por la calle en donde estaba su jaula y teniendo una sensibilidad extraordinaria les cantaba canciones y musitaba pequeños poemas que ellos no entendían, pero aún así eran muy hermosos así, el pequeño pájaro devolvía las historias que escuchaba muy a su manera.
Pero había algo que él no conocía y que en verdad anhelaba, la libertad –puesto que había nacido en cautiverio– y a la cual le cantaba más que a otra cosa en el mundo. No sabía lo que era volar acompañando al viento en su vuelo, posarse en los árboles y chapotear en los charcos formados por la lluvia, todo su mundo se reducía a estar en la jaula de día y noche esperando que sus dueños lo alimentaran y viendo pasar los días en espera de algo nuevo que le alegrara la vida.
–¿Qué pecado habré cometido para estar encerrado en esta jaula? –Se decía para si mismo consolándose de su suerte –. Debo haber cometido un cruel castigo para estar prisionero de esta manera pero, si mi destino es cruel y tengo que soportarlo de esta forma, ¡qué así sea!, la vida es así y debemos vivirla como venga, decía el pobre animalillo.
Aquella mañana pasó rápido –o al menos así lo sintió–, vio que los dueños de la casa salían y que él era metido en la casa con todo y jaula y así se quedó todo el día, en el silencio más profundo de lo que él podía haberse imaginado.
Adentro, todo estaba oscuro y en silencio, pasó algún tiempo en lo que su vista se acostumbró a la oscuridad y sus oídos se acostumbraron al silencio, quizá era mediodía o ya tarde o quizá de noche, ¿Cómo podía saberlo?.
–¡Pobre pajarillo!–. De pronto escuchó una voz que venía de detrás de la jaula. Era el gato vecino que muchas veces había estado a punto de devorarlo, pero la suerte le había ayudado.
–¿Quién está ahí? –Gritó el pajarillo asustado y temiendo lo peor al ver los ojos brillantes del felino–. ¿Cómo es que has llegado hasta aquí?. Preguntó con un miedo inmenso que no pudo ocultar en el tono de su voz.
–Es muy fácil entrar aquí –Explicó el gato–. Detrás de la cocina, en el techo hay un hoyo por el que es muy fácil deslizarse solo hay que dar un pequeño brinquito y ¡listo, estas adentro!. Ahora lo que me espera es un delicioso bocadillo dentro de esa jaula.
Así estuvo el gato diciendo, acercándose poco a poco a la jaula y disfrutando del miedo que le producía al pobre pajarillo, el cual presentía que tenía los minutos contados.
–Es triste la vida –Dijo el canario finalmente–. Que tiene que terminar en muerte ¿no lo crees?–. Le preguntó al gato tratando de ganar tiempo para buscar una oportunidad y no perder la esperanza de encontrar la forma que le permitiera escapar de esa difícil situación.
–La mayor parte de mi vida la he vivido en esta jaula, –Continuó–. Si no es que toda ella ahora, la vida me condena a morir en tu panza. Creo yo que mi mayor deseo antes de morir no se realizará. Siempre esperé la dicha de un nuevo día para cantarle a la libertad que tanto añoraba y que no poseía, le pedí a Dios en mis cantos que me permitiera ser libre ¡tan solo un día! ¡qué feliz sería yo! pero, ahora me manda la muerte disfrazada de un horrible gato hambriento ¡qué desdichado soy!. Y se soltó llorando su desventura.
–Míralo de esta forma –Dijo el gato un poco compadecido del pobre animalillo–. Yo estoy aquí para liberarte de todo sufrimiento y toda desdicha, si vives triste en esa jaula y no tienes oportunidad de salir y de ser libre lo serás en espíritu, ¿quién dice que no podrás ir más allá de esos bosques que se ven allá a lo lejos al pié del cerro e incluso más allá de las nubes que se dibujan en el cielo, cerca quizá de las estrellas quizá te haga un favor al quitarte de tu sufrimiento.
Dicho esto se dio a la tarea de abrir la puerta de la jaula para introducirse y devorar al pobre pájaro que al borde de la muerte revoloteaba de un lado a otro de su prisión.
–Puede que tengas razón –Gritó el gorrión para que el gato lo oyera–. Solo te pido un último favor, déjame despedirme de esta vida con una última canción para así no tener nada que deberle a nadie y que tú no tengas remordimientos después de matarme. ¿Estás de acuerdo?.
–Y ¿se puede saber para que o para quién vas a cantar?, a mi me aburren mucho esas cursilerías – Respondió el gato–. Me gusta más mi ronroneo ¡eso si que es canto!, además mi pasatiempo favorito es el de sacar chispas cuando froto mi pelo entre los colchones que tienen en mi casa ¡eso si que es diversión!.
–Te lo pide un pobre ser miserable que está a punto de morir, y si tienes buen corazón, como lo es tu estomago me lo concederás –. Suplicó el canario.
–¡Ups! –Respondió el gato–. Ahora si que me has pegado donde más me duele, canta pues, pero solo una canción que me desespera el estar oyendo tu voz, a diario la he escuchado en las mañanas, algunas veces en las tardes y ahora ya no soportaría escucharte en la noche, canta pues y ¡que sea rápido!.
Diciendo esto, el gato se sentó en un lado de la jaula donde se podía ver bien la puerta de salida la cual no había cerrado por que no podía abrirse desde adentro y podía quedarse atrapado si la cerraba. Lo que hizo fue poner una garra en la puerta la cual ocupaba casi todo el espacio libre que sobraba en esa parte de la jaula.
El pajarillo se puso a cantar, la canción que brotaba de su garganta era la más triste que hubiera cantado antes, empezó contando la historia de su vida de prisionero de la forma en que había conocido el amor al ver a los enamorados pasar por debajo de su jaula, de la tristeza del adiós en una noche de luna llena a mitad del bosque, mientras las luciérnagas brillaban como estrellas bajadas del cielo distante, le canto a la vida que tan ingrata había sido con él, a la libertad que nunca había conocido, que siempre había añorado y que ahora se le presentaba en la forma de un gato hambriento, le canto al mismo gato que dentro de muy poco lo libraría de la prisión en que estaba, a la mañana que ya no volvería a ver y que llevaría en la mente aún después de que muriera destazado por los dientes filosos del gato.
Y así pasó un minuto, dos minutos, una hora y el canario seguía cantando hasta que, un poco sorprendido de aún estar vivo miró de reojo al gato y cual sería su sorpresa cuando descubrió que estaba medio dormido aún con la garra en la puerta de la jaula sujetando el seguro y tratando de mantenerse despierto. El canario siguió cantando durante unos minutos más y de pronto se calló, cuando esto pasó el gato se despertó y dispuesto a comérselo miró hacía el lugar en donde estaba pero no lo encontró, miró hacía el techo y lo vio parado en una de las varillas por encima de la jaula por el lado de afuera.
–¡Ah! ¿Cómo es que has llegado hasta allá? –Preguntó muy enojado–. Algo me decía que no debería dejarte cantar.
–Pues lo has hecho –Respondió el gorrión muy contento–. Ahora, también me has abierto la puerta de la jaula y me has dado la libertad que añoraba y por la que tanto había rogado y suspirado. ¡Gracias señor gato!.
–¡Ahora verás!–. Respondió el gato incorporándose pero, al momento de mover la garra que estaba en la puerta de la jaula y que había olvidado en donde la tenía, cayó la puerta de la jaula cerrándose sobre su garra, ¡Qué grito pegó el pobre! Y si me pongo a pensar un poco aún debe estar en la jaula retorciéndose de dolor.
–Bueno, me voy –Dijo el gorrión revoloteando por el cuarto–. No te preocupes solo te llevarás unos cuantos palos en cuanto vengan los dueños de la casa, ellos creerán que en verdad me has devorado y no me buscarán más. Me voy más allá del bosque que circunda el pueblo, más allá de las nubes que se pueden ver en el cielo, quizá me canse con la lluvia pero eso es algo que siempre deseé y ¿por qué no?, seré amigo del viento. A ti, te estaré muy agradecido por que me has enseñado que la esperanza de ser libre pero de verdad libre no se pierde nunca, incluso al borde la muerte esta se hacía más y más fuerte, me asustaste mucho y creo que ahora me doy por bien servido, Hasta nunca señor gato.
Y diciendo esto, salió por el lugar donde precisamente había entrado el gato, afuera estaba amaneciendo y el sol comenzaba a extender sus rayos como cálidos brazos que abrazan el horizonte, a las montañas y a las nubes que aún dormían en el cielo. Hoy en día, de vez en cuando se oye el canto del canario alegrando las mañanas en aquel pueblo provinciano.
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destiempos.com I Año 1 I Número 5 I 2006 ©