Francisco Arias Solís. Nacido en Málaga. Pasa los primeros años de su vida y cursa sus primeros estudios en la localidad malagueña de Sierra de Yeguas. Realiza sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias de Granada y en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de Madrid, donde obtiene el título de Ingeniero de Montes. Posteriormente entra por oposición en el Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo. Jefe del Servicio de Prevención del Arsenal de La Carraca y director del Centro de Prevención de Riesgos Laborales de Cádiz. Ateneísta de número del Ateneo Literario, Artístico y Científico de Cádiz, miembro de Honor de la Cátedra Itinerante de Flamencología, fundador y presidente de la Asociación Cultural, Artística y Literaria Foro Libre y de la Asociación Internacional de Usuarios de Internet Internautas por la Paz y la Libertad. Publica en diversos diarios y revistas culturales y literarias.

 

 

La sangre fugitiva

 

“En la bandera de la libertad

bordé el amor más grande de mi vida”

Federico García Lorca.

 

EL CANTO ROUSSEANIANO DE LA LIBERTAD

 

En las Soñaciones de un paseante solitario, cuenta Rousseau  que al tratar de eludir  un perro que se le iba echar encima cayó en el suelo de bruces, con tanta fuerza que pierde el conocimiento por algunos instantes. Al recuperarlo, sumido casi en una especie de éxtasis, llega a decirnos Rousseau: “Veía correr mi sangre como un río, sin pensar siquiera que fuera mía... Era como si acabase de nacer a la vida en aquel instante”. Este acabar de nacer suele decirse, entre nosotros, de todo el que se salva de una grave accidente.

 

    Hay una “música en la sangre”  en la prosa del ginebrino que corre como un río en aparente fuga de sí . Se diría que la prosa de Rousseau  tiene para él igual significado que su sangre, cuando se le escapa sin sentirla, tiene la misma plenitud consciente de su libertad viva, sin saber siquiera que es suya; y sin saber que, en definitiva, al verla correr como un río, lo que mira con tal desinterés es su propio morir en ella. Como en el río vivo del morir de nuestro poeta, este río de su sangre, puede sernos una percepción momentánea, una purísima sensación de libertad que el poeta, el escritor, ausculta, en su propio ser y sentir.

 

    Vivir es perseguir y ser perseguido. Fuga y laberinto del pensar, por las palabras en el tiempo, que nos persigue y al que perseguimos. Música fugada de la sangre. Persecución de persecuciones sin razón aparente, sin sentido. Al menos en el tiempo, por tiempo. Por esta instantánea, realización de todo lo temporal, fugitivo. Por esa presencia imposible, permanencia huidera del instante, que muere  recién nacido. La monomanía persecutoria de Rousseau no es una tara, no es algo ajeno  y diferente de su ser, de su obra y de su vida. Es, por el contrario, su consecuencia más natural. La lleva en la sangre, y es la expresión última de su obra y de su vida. Por su afán insaciable de escapar al tiempo. Todos sus enemigos mortales son fantasmas del tiempo, que le persiguen y a quienes él persigue. Enemigos que huyen de su libertad, de la libertad viva.

 

    Las cosas que pasan, para Rousseau, son siempre cosas nuestras. Son cosas suyas. Pero lo son, al parecer sin serlo. Para Rousseau, pasar y pasear son cosas distintas. El hombre que pasea solitario, soñador, no pasa, se queda, por decirlo así, en lo pasajero, con lo pasajero; se queda con todo lo que pasa. Pasear es paladear el paso mismo fugitivo. “En tanto que este estado dura –nos dice Rousseau- el hombre se basta a sí mismo, como Dios”.

 

No sabemos si tendrá origen rousseauniano nuestro modismo popular que expresa esta misma felicidad del hombre libre en el presente, diciendo que este estado vivo, de este bienestar permanente que es “estar como Dios”. “Estar en todo”  y no “pasar por todo”, sino pasear.

 

    Volvamos a Rousseau, el más auténtico mártir de la libertad –de  su libertad- que conocemos; el que veía correr su sangre como si no le perteneciera, como si no fuera la suya. El canto rousseauniano de la libertad es éste de la sangre fugitiva, que hoy, escuchamos todos sin entenderlo.

 

    “Nunca he creído –decía Rousseau-  que la libertad del hombre consista en poder hacer lo que quiere, sino en no tener que hacer lo que no quiere”. A esta libertad la fueron a enterrar un día, como a la popular Petenera, aquellos románticos españoles que ponían en su profunda negación  de la muerte tanta fuerza o más que en la afirmación superficial de la vida. Por eso, la letra más exacta y conmovedora con este ritmo, a este compás, dice: “La libertad se ha muerto, / la llevan a enterrar; / los frailes van cantando: “¡Viva la libertad!”

 

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 destiempos.com  Año 1 I  Número 5 I  2006 ©

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