Julio César Melo Toledo (Chicontepec, Veracruz 1977) Estudió la licenciatura en Teatro en el INBA y en Ciencias de la Cultura en el Claustro de Sor Juana. Obtuvo la especialidad en literatura dramática en la Universidad de Aarhus, Dinamarca, y realizó estudios de dirección escénica en Casa del Teatro A.C. Cuenta con un diplomado en Literatura y Cine que realizó en el Instituto Superior de Arte de la Habana, Cuba. Es egresado de la Escuela Dinámica de Escritores (estudios realizados con una beca del INBA).Ha impartido cátedra de semiótica, crítica de teatro, análisis de textos, estructuras dramáticas, escritura creativa, historia social del teatro, redacción de guiones y teatro contemporáneo en la Universidad Iberoamericana, Universidad de la comunicación, Casa del Teatro y en el INBA. Asimismo se ha desempeñado como asesor de la SEP en el área de educación artística desde 1997 a la fecha.Obtuvo el primer lugar en el certamen de poesía de escuelas del INBA, el premio nacional de poesía “el búho”; el premio nacional de dramaturgia joven UDEM y la beca de la “Latin american performer artist foundation” en Nueva York. Tiene publicado el poemario “Del silencio” y las obras de teatro “Hombre, mujer y perro” y “Encuentros”. Aparece en diversas antologías de dramaturgia, poesía y ensayo, y colabora regularmente con diversas revistas y semanarios del país. Actualmente estudia una maestría en Comunicación y Estudios de la Cultura, y un diplomado en literatura árabe.
Abou- Jaria
(ángel de la muerte)
Su primera guarida fue el desierto.
Entre las dunas, morirse resulta necesario;
sedientas las ánimas le compraban, del agua, la promesa.
Consagrado estudioso de la historia.,
toda su astucia se la debe a la mirada perspicaz
con que ha visto caer centurias: millares de muertos
que ensanchan sus arcas y sus triunfos.
Está escondido en corredores que tienen piso de mármol,
en el hedor de la gente que lleva días sin dormir
o apenas ha dormitado en salas de espera, esperando que alguien muera
o imaginando que ese misil nunca cayó.
Esperan los mortales como él
ha aprendido a ser paciente, incluso sabe de sus rezos,
los repite;
Se agazapa entre las mantas, escasas, que esconden las heridas.
Los niños son el blanco preferido:
combaten el embiste y sus almitas son mayores privilegios.
Los viejos saben bien comunicarse con la gloria, saben
–además de otros saberes- el nombre preciso que lo llama.
Es cobarde, por eso los evita.
Es aliado febril de los infieles
porque incita a la guerra que lo anima y le conviene.
Toda alarma de su estancia resulta innecesaria: es un haz del escondite
Y viene, a veces, con gallardo uniforme a revolver el mar.
Tormenta. No es legión iracunda ni maligna,
es humilde mensajero que conduce
–servicial-
con empeño hacia el rumbo inevitable, destino del mortal.
SALAT
(Oración)
Rehierve la ciudad en sus arterias;
las palabras también hierven:
todo nombran
sin crearlo.
No habitan el centro de las cosas.
Pausa cinco veces repetida,
invisible furor inflama el légamo
del mundo.
En las comisuras de una idea,
en silencio,
se hace el lenguaje único que llama;
inscribe en las espaldas arqueadas
las respuestas
y da forma con sus trazos al fervor.
Cinco instantes donde todo se detiene,
todo vuelve a nacer y se construye
acomodado por el mutis que antecede
a la palabra.
Otra vez la tierra quema en su carrera,
en espera de la próxima oración.
(15 de febrero de 2006)
Qué preguntas harás desde la calma
oscura que ha templado los insomnios.
Desde el luto púrpura y temprano
qué les vas a decir a tus amigos
-si no entienden tu lengua-
cuando te hablen de amor adolescente:
dirás que la muerte es un fetiche
que se agolpa y secuestra a las abuelas,
un pretexto para llorar por todas
las madres de las madres que están vivas.
Cuántos versos precisos heredaste
que no alcanzan a dar luz a tus recuerdos.
¿Y qué no hay ritos o danzas primigenias
que rescatan del limbo a los perdidos?
¿No hay pociones condensadas
que levantan de su losa a los vampiros?
Tú sabes que vendrán otras edades,
otras gatas, funciones, personajes;
olvidarás los nombres de los muertos;
habrá más amores y otros muertos.
Qué preguntas harás dentro de un año
cuando ya no haya abuelas que morirse.
Desde el luto lavado y permanente,
qué feliz andarás por las esquinas
que el aire desgasta cuando lleva
los recuerdos hechos nombre, multitud.
(Para Andrea Lumbreras Elvridge-Thomas)
Padre
Padre, al montón de polvo que te cobija
bajé esta tarde.
Enriqueta Ochoa.
Solamente nos separa, padre, un hueco habitado por el mundo,
una transparente brecha de aire con sus monóxidos y sus carbonos,
una ignorancia mutua y tres décadas de prolongada desaparición.
En qué montón de tierra iré a maldecir cuando te mueras,
a quién le entregaré el coraje, el odio insatisfecho de mi adolescencia:
lumbre que en el estómago se petrificó.
Y cuando llega el viento cortante de septiembre;
la ciudad cierra los ojos y se amamanta de su polvadera
encuentro en ese ardor de garganta el único recuerdo que tengo de ti.
Has de estar también en el agudo mediodía de la canícula,
cuando todo se funde y la piel se nos incendia,
cuando una gasa cubre nuestros ojos y no nos podemos reconocer.
Amantes
Ciclón de pasos a su alrededor,
el tiempo dando tumbos, veloz;
los amantes se miran.
Ella
embate en una mueca los días
por venir.
-las voces los cobijan ignorándolos-
Él
da, ocultando el ansia en un suspiro
da.
Nada existe porque nada se detiene
en sus ojos,
la luz hace la presencia:
reflejo nítido.
Su espacio es mínimo,
se siente su calor.
Los pasillos crecen
el mundo inasequible.
Sólo un beso sujeta a la carne su existencia.
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