Para
López, las primeras horas del sábado habían transcurrido con
normalidad: la alarma del reloj despertador, elegir una
corbata que hiciera juego con su camisa azul, bajar las
escaleras, comprar el periódico en la esquina, observar su
reflejo en los cristales polarizados del banco. El cielo
plomizo extrañó a López que vinculaba los sábados con
ausencia de nubes y un sol brillando rotundo sobre la
ciudad, pero supuso que esa pequeña contrariedad no
afectaría el rumbo del día. Esperó paciente con el periódico
bajo el brazo que el semáforo se pusiera en verde. El centro
comercial aún no abría sus puertas, y después de un pequeño
rodeo pudo ver las letras rojas: “Café Bagdad”. No sabía
porqué del nombre y nunca se le había ocurrido preguntar a
algún mesero. En cierta medida prefería no enterarse y
seguir imaginando distintas posibilidades; entre todas las
que habían pasado alguna vez por su cabeza, tenía dos
favoritas: una, –la más verosímil a su juicio– teorizaba
acerca del supuesto origen árabe del dueño y el capricho
nostálgico que lo obligaba a llamar “Bagdad” al pequeño
café; la otra, que era un lector aficionado a las mil y una
noches. Probablemente tenía la esperanza de que Harún Al-
Rashid, el Comendador de los Creyentes, reviviera y en una
de sus múltiples travesías, hiciera una escala en la esquina
de Zacatecas y Medellín, en plena colonia Roma. López dejó
escapar un suspiro involuntario pero que denotaba a la vez
cierta complacencia. Se limpió los zapatos en la cara feliz
(ya un poco decolorada por el tiempo) que estampaba el
tapete y que muchas otras ocasiones le había dado la
bienvenida. Todo era familiar: el aroma del café, las
monedas cayendo al fondo de la caja registradora, el ruido
metálico de los cubiertos. Buscó con la vista la mesa del
rincón, y se sintió aliviado al ver que estaba desocupada.
La preocupación por no encontrar disponible su lugar
favorito desapareció, sin embargo, trató de no regodearse
mucho en su triunfo y se apresuró a sentarse antes de que
alguien se le adelantara. Colocó el periódico en la mesa con
la confianza de quien se sabe seguro en sus dominios, y
estiró las piernas para terminar con los restos de tensión
que aún quedaban en su cuerpo. Llevándose la mano al cuello
pudo verificar que el nudo de la corbata seguía firme, bien
puesto en su lugar y bajó la vista para examinar los botones
de su camisa azul. La oficina estaba cerrada, pero había
adquirido la costumbre de vestir traje todos los días. Los
acontecimientos transcurrían en un orden perfectamente
establecido, bajo control, que incluía a los granos de
azúcar desparramados sobre la mesa y la plática escandalosa
de unas señoras. Abrió el periódico y empezó a leer algunos
encabezados. Su mano iba a pasar la hoja cuando Tomás, el
mesero que conocía todos sus gustos, le preguntó si quería
lo mismo de siempre. López volteó y se lo quedó viendo,
trató de corresponder a su sonrisa, pero sólo logró que las
comisuras de sus labios se fruncieran dibujando una mueca
forzada. Su lengua inició el movimiento que desembocaría en
articular alguna palabra, pero se quedó quieta. Pasaron unos
segundos. Mesero y cliente estaban en silencio, como dos
tímidos enamorados que no saben como empezar los rituales
del cortejo y esperan a que el otro tome la iniciativa.
López se sintió como estúpido estando ahí, sentado, sin
poder pedir su desayuno. Tomás –ya con impaciencia pero sin
deshacerse todavía de la sonrisa cortés– bajó la vista hacía
el pequeño block de notas, sacó la pluma del bolsillo de su
camisa, inclinó un poco la cabeza. López sabía que tenía que
responder, sin embargo permaneció mudo. “¿Huevos con jamón?”
preguntó al fin Tomás quitando de su rostro cualquier rastro
de amabilidad, y reemplazándolo por un gesto de impaciencia.
La pregunta era una afirmación, un mero trámite que él
siempre completaba con un “sí, por favor” pero esta vez la
frase antes insulsa, fue demoledora; salió de la boca de
Tomás y cayó en sus oídos como gaviota moribunda en un mar
revuelto. López tuvo la sensación de que una mano invisible
se introducía en su cabeza y con ayuda de un trapo limpiaba
todos los pliegues de su cerebro. Se quedó sin parpadear
unos momentos. Observó con desmesurado interés el mandil y
la pluma negra lista para escribir. Pensó lo predecible que
se había vuelto y que los huevos con jamón los había
desayunado cientos de veces. Por primera vez le pareció el
platillo más extraño, más repulsivo del mundo. Su lengua al
fin se movió y ante la sorpresa de Tomás pidió sólo café.
Sabía que tenía que desayunar pero prefirió postergar su
pedido hasta saber que demonios le estaba pasando.
La mesa favorita
de López quedaba junto con otras cuatro, a un nivel por
debajo de las otras. En la parte superior una ventana
estrecha, alargada daba hacia la calle. Le gustaba esa
ubicación porque podía ver los zapatos de las personas.
Mientras desayunaba, del otro lado de la ventana desfilaban
sandalias, botas, tacones, mocasines lustrosos. Le divertía
imaginar las facciones de la gente que sólo conocía de
cintura para abajo. Unos tacones rojos, sugerían una mujer
atractiva, así como unas sandalias coronadas por unas medias
opacas, flojas, indicaban una mujer mayor. Varias veces
había ido hasta la puerta para confirmar algún pronóstico
inquietante. Esa mañana su desconcierto era tal que ni
siquiera se molestó en ver el calzado de los transeúntes.
Piernas y zapatos fueron invisibles para él y su mirada
vagabundeó unos instantes hasta concentrarse en la acera que
reflejaba los débiles rayos del sol. Las nubes refractaban
la luz haciéndola de un amarillo crudo, sin vida. ¿Qué era
lo que le estaba pasando? se preguntó sabiendo de antemano
que no podía obtener una respuesta. La pregunta era absurda,
trató de olvidarla para volver a la normalidad, pero no pudo
porque ésta seguía incómoda en su mente. En apariencia todo
era rutinario, el tic tac del reloj, los meseros moviéndose
con prisa entre las mesas, las señoras de la esquina que
entre carcajadas pagaron la cuenta y salieron en tropel como
si fueran unas chicas de secundaria. Todo era como todos los
días y sin embargo había algo de artificial en el ambiente,
algo que le hacía sentirse fuera de lugar, que le impedía
pedir su desayuno. Tomás llegó con el café. López le dio las
gracias, de nueva cuenta trató de sonreír, pero esta vez el
resultado fue más desalentador. Tomás le dejó la carta,
seguramente pensaba que se decidiría más fácilmente leyendo
los paquetes de desayunos. López acercó la taza, iba a tomar
la azucarera cuando se quedó perplejo: había algo de hermoso
en ese café que no se podía explicar, pero que era tan real
como el aire entrando en sus pulmones y las gotitas que
empezaban humedecer las palmas de sus manos. “Tanto tiempo
probándolo y es la primera vez que me doy cuenta” pensó.
Como un niño de cuna que experimenta con cualquier objeto,
acercó su mano a la taza, prolongando el mayor tiempo
posible el contacto. Estaba muy caliente. Después de unos
segundos tuvo que retirarla. Observó con detenimiento las
yemas de sus dedos un poco rojizas y arrugadas. No quiso
intentarlo por segunda vez. Con la barbilla recargada en su
mano, se limitó a deleitarse con la delgada capa blanquecina
que humeaba en la parte superior, y que al momento de
ponerle una cucharada de azúcar y revolverla desaparecía
fundiéndose en pequeñas burbujas.
López miró la taza
que estaba ante él como un gran signo de interrogación. Un
signo que se evaporaba lentamente. Esta parecía recriminar
su asombro. El líquido oscuro era un espejo. López se asomó
a la taza y observó como en el bailoteo tembloroso del café,
se formaban dos círculos. Miró con más atención, se dio
cuenta que los círculos eran sus ojos abriéndose, sus
pestañas somnolientas moviéndose perezosas. Era tan nítido
que logró distinguir las pequeñas arrugas que aparecían bajo
sus párpados cuando no podía dormir bien. Sintió temor, pero
tuvo la suficiente presencia de ánimo para continuar viendo:
en la taza de café aparecieron su rostro enjabonado listo
para afeitarse, los números rojos del reloj despertador, sus
manos abriendo y cerrando cajones. Eran imágenes que duraban
pocos segundos y que después desaparecían deformándose para
dar paso a otra. López recordó una costumbre que tenía de
niño: antes de dormir acostado en la cama cerraba los ojos,
y dejaba que se formaran siluetas dentro de su mente. López
se sintió muy solo, vacío. El era nada. Existía tan sólo por
su cuerpo, pero éste lo sentía tan frágil como un envase sin
contenido, listo para ser tirado en la basura. Observó con
desconfianza a los demás clientes. Fue entonces que sintió
vergüenza de su silencio, de estar sólo en esa mesa, en ese
día en específico, frente a una silla que de tan vacía daban
ganas de llorar. Alzó la vista. Por un momento tuvo la idea
de que la plática de las demás personas era fingida, que
sabían toda la verdad, y en realidad lo habían estado
observando desde que entró, pendientes de cada uno de sus
movimientos, escudándose detrás de los vasos de leche y el
humo de los cigarros medio consumidos. López trató de
hundirse en su saco, le pareció ser un hombre banal muy
pequeño, que la mesa crecía, se estiraba ante sus ojos hasta
volverse una planicie inmensa y blanca.
Para esos momentos
la situación se había tornado insoportable. López sentía que
era una hoja naufragando en un torrente de agua. Le gustaba
la nueva forma de sentir las cosas, pero todo se quedaba en
la superficialidad de las sensaciones. Por dentro se estaba
vaciando, algo lo drenaba y tuvo miedo de terminar con el
alma de una servilleta; fue entonces que llegó a su mente la
primera certeza de la mañana: tenía que librarse de ese
caudal de sensaciones antes de que lo volvieran loco, o al
menos saber la razón. Sabía que no iba a irse de ese lugar
sin aclarar algo. ¿y si le platicara a alguien? Se sintió
ridículo al pensar esto, su propia imagen de un hombre
entrado en años, con traje y corbata impecables, lo cohibía.
López, anclado en su asiento se dedicó a mantener un combate
silencioso con la taza. La miraba fijamente, casi sin
parpadear. Parecía vigilar que no le fueran a salir patitas
y huyera. No pudo sostener la estrategia por mucho tiempo
porque a los pocos minutos se talló los ojos y volteó con
timidez la cabeza para examinar a los demás clientes: a su
derecha un matrimonio joven conversaba tranquilamente,
mientras su hijo se enmielaba la playera con unos hot
cakes. Los descartó inmediatamente. En la mesa contigua
un anciano escenificaba una lucha épica contra un bistec
duro de comer. Junto a la ventana una mujer desayunaba unos
molletes con jamón. Su figura ordinaria, era resaltada por
un sombrero adornado por girasoles. Supo que era ella, si,
ella podría entender. Tamborileó los dedos con impaciencia.
El estómago rechinó recordándole que necesitaba comida.
Quizá fue esto lo que lo obligó a levantarse y dar unos
pasos inseguros. López se sintió desnudo, como si de repente
su traje recién lavado se hubiera evaporado al instante.
Volvió la vista a la mesa. Decidió regresar por la taza
porque le serviría de prueba en caso de que la mujer lo
tomara por un desequilibrado. Sin lugar a dudas había
acertado con su decisión. La taza ahora era una armadura que
lo hacía sentirse seguro. Dentro de su cabeza sonó una
marcha de guerra: trompetas, clarinetes y tambores lo
animaban. López pensó que se estaba volviendo loco. Ahora su
cabeza se había convertido en un aparato de sonido
controlado por algo o por alguien. La mujer parecía no
advertir que un hombre de traje con una taza de café ya frío
se acercaba. Seguía indiferente esparciendo la salsa pico de
gallo a su mollete. López se acercó. Uno de los girasoles
del sombrero pareció agrandarse, volverse un sol que le
sonreía y le guiñaba el ojo para terminar con su timidez. La
aproximación era demasiada. La mujer debió intuir que no era
normal porque alzó la vista, y se lo quedó viendo.
–Disculpe, puede
concederme unos minutos.
La frase había
sido extremadamente cortés, y se arrepintió de haber
exagerado. La mujer se quedó unos instantes en silencio,
parecía evaluar desde sus zapatos hasta el color de su
cabello. La confianza de López se desvanecía. Pensó que
había sido todo y no parecía haber razón alguna para
continuar parado frente a ella. En su cabeza escuchaba
violines y un acordeón melancólico. Sintió desazón pero
inexplicablemente no se sentía ridículo con su corbata un
poco desanudada y la mano derecha sosteniendo la taza con el
café helado. La mujer no habló sino que hizo una seña
indicando que podía sentarse.
López obedeció,
aunque la simple operación de sentarse le llevó muchas
complicaciones, porque sintió que estaba mal vestido. Antes
de sentarse volvió a acomodarse la corbata, verificó que el
cuello de la camisa siguiera en la posición correcta. Se
relamió la boca. Pensó en decirle: “Se que le va a parecer
extraño, pero necesito decirle algo importante”, pero se
quedó en silencio y se limitó a observar por la ventana. Las
nubes habían tejido una capa densa. La luz muerta de la
mañana se volvió gris. Un trueno lejano cimbró las ventanas
del café. El cielo reventó en un ejército de gotas. El
hombre banal, insulso, se transformó en un hombre líquido.
Sentía que se llenaba de humedad, se convertía en el agua
que salpicaba y llegaba en pequeñas mareas a la banqueta.
Sabía que no había mucho tiempo.
–Escúcheme –dijo
acercándose todavía más, olvidándose de cualquier cortesía y
estirando los brazos sobre la mesa. La mujer arqueó las
cejas. Envalentonado por el súbito arranque, tomó vuelo,
aspiro fuerte y dijo:
–Mire, desde que
llegué al café me han pasado cosas muy raras. Iba a
continuar cuando la mujer habló por primera vez.
–Y quiere saber la
razón ¿no es así?
–Sí.
López esperó
incrédulo la respuesta. La mujer hizo una pausa mientras
sorbía los restos de su jugo de naranja. Apartó el vaso y
dijo:
–¿Tanto tiempo y
no se ha dado cuenta? En ese momento un silencio total se
apoderó del café. Los meseros dejaron sus charolas, la caja
registradora se detuvo, todos los rostros apuntaban hacia
ellos. La lluvia como por arte de magia había cesado.
–Somos las mismas
personas, ocupando los mismos lugares... digamos que estamos
dentro de usted. López volteó hacia donde estaba el
matrimonio, el chico lo saludó moviendo alegremente la mano.
–Ese
pobre chico lleva meses poniendo miel a sus hot cakes
–suspiró.
–¿Pero qué interés
tienen ustedes en mí? –dijo por fin López.
–No, mas bien qué
interés tiene Usted en nosotros –dijo la mujer recalcando
con fuerza el “usted”
–No entiendo nada,
si se trata de una broma dígamelo por favor. Dijo López que
ya empezaba a impacientarse. Tomás alzó las manos al cielo
como conjurando su ignorancia.
–Todas las noches
viene aquí...
–¿Noches?
Interrumpió extrañado.
–Ahora se ha
tardado tanto que ya está por amanecer.
López volteó. El
vidrio estaba empañado, numerosas marcas de manos
impregnaban la superficie. Del otro lado de la ventana la
mañana había echado reversa y empezaba a clarear. La mujer
consultó su reloj.
–Tenemos cinco
minutos para irnos, le voy a pedir un favor: ya déjenos en
paz, búsquese otro lugar, sea feliz, mire –dijo acercando
uno de sus dedos y secándole una lágrima rebelde que bajaba
por sus mejillas– está tan triste que ya va a empezar a
llover de nuevo, ¡precisamente en sábado!
En ese momento la
forma de hablar de la mujer se suavizó y adquirió un tono
más cálido, aunque López sintió que era un tono más de
lástima que de cariño. La mujer se dirigió a los demás:
–Bueno...es hora
de irnos.
Meseros y clientes
se pusieron abrigos y salieron ordenadamente del lugar. Al
pasar junto a él, le dirigían miradas curiosas. El dueño –un
sujeto de nariz afilada y turbante– con un ejemplar
ilustrado de Las mil y una noches, fue la última
persona en salir. El café se quedó a oscuras.
La calle fue
escenario de otra lluvia pertinaz. Las gotas bailaban una
danza estridente en los techos de los autos y luego goteaban
rítmicamente en el asfalto. Un olor a humedad impregnó el
café, las tazas solitarias parecieron humear más deprisa,
como pequeñas chimeneas.
Odió la taza de
café, quiso ahogarse en ese líquido oscuro, y entonces
ocurrió al fin: primero un leve mareo, luego sus ojos
convirtiéndose en un pájaro oscuro hundiendo sus alas en el
líquido. Se completaba el círculo. Sintió como su cuerpo se
hundía, la taza se agrandó y lo jalaba hacia sus entrañas.
López trató de aferrarse a la mesa, pero no pudo. Cerró los
ojos con fuerza. Una oscuridad lo rodeaba, tuvo miedo y
quiso saber dónde estaba. Sólo después de grandes esfuerzos
pudo despegar las pestañas y abrir los ojos. La mañana
entraba a su cuarto, faltaban cinco minutos para que el
despertador sonara y pudo ver a su lado una taza de café
caliente, recién servido.
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