México, Distrito Federal I Enero-Febrero 2007 I Año 1 I Número 6

 









 

 

 

Alejandro Badillo. Escritor mexicano (Ciudad de México, 1977). Reside en Puebla desde 1986. Participante desde 1999 de diversos talleres de narrativa en la Sociedad General de Escritores de México. Ha publicado cuento en antologías, en los diarios Síntesis, Cambio e Intolerancia, y en la revista Crítica, de Puebla. En publicaciones digitales ha colaborado en Letralia.



 

Para López, las primeras horas del sábado habían transcurrido con normalidad: la alarma del reloj despertador, elegir una corbata que hiciera juego con su camisa azul, bajar las escaleras, comprar el periódico en la esquina, observar su reflejo en los cristales polarizados del banco. El cielo plomizo extrañó a López que vinculaba los sábados con ausencia de nubes y un sol brillando rotundo sobre la ciudad, pero supuso que esa pequeña contrariedad no afectaría el rumbo del día. Esperó paciente con el periódico bajo el brazo que el semáforo se pusiera en verde. El centro comercial aún no abría sus puertas, y después de un pequeño rodeo pudo ver las letras rojas: “Café Bagdad”. No sabía porqué del nombre y nunca se le había ocurrido preguntar a algún mesero. En cierta medida prefería no enterarse y seguir imaginando distintas posibilidades; entre todas las que habían pasado alguna vez por su cabeza, tenía dos favoritas: una, –la más verosímil a su juicio– teorizaba acerca del supuesto origen árabe del dueño y el capricho nostálgico que lo obligaba a llamar “Bagdad” al pequeño café; la otra, que era un lector aficionado a las mil y una noches. Probablemente tenía la esperanza de que Harún Al- Rashid, el Comendador de los Creyentes, reviviera y en una de sus múltiples travesías, hiciera una escala en la esquina de Zacatecas y Medellín, en plena colonia Roma. López dejó escapar un suspiro involuntario pero que denotaba a la vez cierta complacencia. Se limpió los zapatos en la cara feliz (ya un poco decolorada por el tiempo) que estampaba el tapete y que muchas otras ocasiones le había dado la bienvenida. Todo era familiar: el aroma del café, las monedas cayendo al fondo de la caja registradora, el ruido metálico de los cubiertos. Buscó con la vista la mesa del rincón, y se sintió aliviado al ver que estaba desocupada. La preocupación por no encontrar disponible su lugar favorito desapareció, sin embargo, trató de no regodearse mucho en su triunfo y se apresuró a sentarse antes de que alguien se le adelantara. Colocó el periódico en la mesa con la confianza de quien se sabe seguro en sus dominios, y estiró las piernas para terminar con los restos de tensión que aún quedaban en su cuerpo. Llevándose la mano al cuello pudo verificar que el nudo de la corbata seguía firme, bien puesto en su lugar y bajó la vista para examinar los botones de su camisa azul. La oficina estaba cerrada, pero había adquirido la costumbre de vestir traje todos los días. Los acontecimientos transcurrían en un orden perfectamente establecido, bajo control, que incluía a los granos de azúcar desparramados sobre la mesa y la plática escandalosa de unas señoras. Abrió el periódico y empezó a leer algunos encabezados. Su mano iba a pasar la hoja cuando Tomás, el mesero que conocía todos sus gustos, le preguntó si quería lo mismo de siempre. López volteó y se lo quedó viendo, trató de corresponder a su sonrisa, pero sólo logró que las comisuras de sus labios se fruncieran dibujando una mueca forzada. Su lengua inició el movimiento que desembocaría en articular alguna palabra, pero se quedó quieta. Pasaron unos segundos. Mesero y cliente estaban en silencio, como dos tímidos enamorados que no saben como empezar los rituales del cortejo y esperan a que el otro tome la iniciativa. López se sintió como estúpido estando ahí, sentado, sin poder pedir su desayuno. Tomás –ya con impaciencia pero sin deshacerse todavía de la sonrisa cortés– bajó la vista hacía el pequeño block de notas, sacó la pluma del bolsillo de su camisa, inclinó un poco la cabeza. López sabía que tenía que responder, sin embargo permaneció mudo. “¿Huevos con jamón?” preguntó al fin Tomás quitando de su rostro cualquier rastro de amabilidad, y reemplazándolo por un gesto de impaciencia. La pregunta era una afirmación, un mero trámite que él siempre completaba con un “sí, por favor” pero esta vez la frase antes insulsa, fue demoledora; salió de la boca de Tomás y cayó en sus oídos como gaviota moribunda en un mar revuelto. López tuvo la sensación de que una mano invisible se introducía en su cabeza y con ayuda de un trapo limpiaba todos los pliegues de su cerebro. Se quedó sin parpadear unos momentos. Observó con desmesurado interés el mandil y la pluma negra lista para escribir. Pensó lo predecible que se había vuelto y que los huevos con jamón los había desayunado cientos de veces. Por primera vez le pareció el platillo más extraño, más repulsivo del mundo. Su lengua al fin se movió y ante la sorpresa de Tomás pidió sólo café. Sabía que tenía que desayunar pero prefirió postergar su pedido hasta saber que demonios le estaba pasando.

La mesa favorita de López quedaba junto con otras cuatro, a un nivel por debajo de las otras. En la parte superior una ventana estrecha, alargada daba hacia la calle. Le gustaba esa ubicación porque podía ver los zapatos de las personas. Mientras desayunaba, del otro lado de la ventana desfilaban sandalias, botas, tacones, mocasines lustrosos. Le divertía imaginar las facciones de la gente que sólo conocía de cintura para abajo. Unos tacones rojos, sugerían una mujer atractiva, así como unas sandalias coronadas por unas medias opacas, flojas, indicaban una mujer mayor. Varias veces había ido hasta la puerta para confirmar algún pronóstico inquietante. Esa mañana su desconcierto era tal que ni siquiera se molestó en ver el calzado de los transeúntes. Piernas y zapatos fueron invisibles para él y su mirada vagabundeó unos instantes hasta concentrarse en la acera que reflejaba los débiles rayos del sol. Las nubes refractaban la luz haciéndola de un amarillo crudo, sin vida. ¿Qué era lo que le estaba pasando? se preguntó sabiendo de antemano que no podía obtener una respuesta. La pregunta era absurda, trató de olvidarla para volver a la normalidad, pero no pudo porque ésta seguía incómoda en su mente. En apariencia todo era rutinario, el tic tac del reloj, los meseros moviéndose con prisa entre las mesas, las señoras de la esquina que entre carcajadas pagaron la cuenta y salieron en tropel como si fueran unas chicas de secundaria. Todo era como todos los días y sin embargo había algo de artificial en el ambiente, algo que le hacía sentirse fuera de lugar, que le impedía pedir su desayuno. Tomás llegó con el café. López le dio las gracias, de nueva cuenta trató de sonreír, pero esta vez el resultado fue más desalentador. Tomás le dejó la carta, seguramente pensaba que se decidiría más fácilmente leyendo los paquetes de desayunos. López acercó la taza, iba a tomar la azucarera cuando se quedó perplejo: había algo de hermoso en ese café que no se podía explicar, pero que era tan real como el aire entrando en sus pulmones y las gotitas que empezaban humedecer las palmas de sus manos. “Tanto tiempo probándolo y es la primera vez que me doy cuenta” pensó. Como un niño de cuna que experimenta con cualquier objeto, acercó su mano a la taza, prolongando el mayor tiempo posible el contacto. Estaba muy caliente. Después de unos segundos tuvo que retirarla. Observó con detenimiento las yemas de sus dedos un poco rojizas y arrugadas. No quiso intentarlo por segunda vez. Con la barbilla recargada en su mano, se limitó a deleitarse con la delgada capa blanquecina que humeaba en la parte superior, y que al momento de ponerle una cucharada de azúcar y revolverla desaparecía fundiéndose en pequeñas burbujas.

López miró la taza que estaba ante él como un gran signo de interrogación. Un signo que se evaporaba lentamente. Esta parecía recriminar su asombro. El líquido oscuro era un espejo. López se asomó a la taza y observó como en el bailoteo tembloroso del café, se formaban dos círculos. Miró con más atención, se dio cuenta que los círculos eran sus ojos abriéndose, sus pestañas somnolientas moviéndose perezosas. Era tan nítido que logró distinguir las pequeñas arrugas que aparecían bajo sus párpados cuando no podía dormir bien. Sintió temor, pero tuvo la suficiente presencia de ánimo para continuar viendo: en la taza de café aparecieron su rostro enjabonado listo para afeitarse, los números rojos del reloj despertador, sus manos abriendo y cerrando cajones. Eran imágenes que duraban pocos segundos y que después desaparecían deformándose para dar paso a otra. López recordó una costumbre que tenía de niño: antes de dormir acostado en la cama cerraba los ojos, y dejaba que se formaran siluetas dentro de su mente. López se sintió muy solo, vacío. El era nada. Existía tan sólo por su cuerpo, pero éste lo sentía tan frágil como un envase sin contenido, listo para ser tirado en la basura. Observó con desconfianza a los demás clientes. Fue entonces que sintió vergüenza de su silencio, de estar sólo en esa mesa, en ese día en específico, frente a una silla que de tan vacía daban ganas de llorar. Alzó la vista. Por un momento tuvo la idea de que la plática de las demás personas era fingida, que sabían toda la verdad, y en realidad lo habían estado observando desde que entró, pendientes de cada uno de sus movimientos, escudándose detrás de los vasos de leche y el humo de los cigarros medio consumidos. López trató de hundirse en su saco, le pareció ser un hombre banal muy pequeño, que la mesa crecía, se estiraba ante sus ojos hasta volverse una planicie inmensa y blanca.

Para esos momentos la situación se había tornado insoportable. López sentía que era una hoja naufragando en un torrente de agua. Le gustaba la nueva forma de sentir las cosas, pero todo se quedaba en la superficialidad de las sensaciones. Por dentro se estaba vaciando, algo lo drenaba y tuvo miedo de terminar con el alma de una servilleta; fue entonces que llegó a su mente la primera certeza de la mañana: tenía que librarse de ese caudal de sensaciones antes de que lo volvieran loco, o al menos saber la razón. Sabía que no iba a irse de ese lugar sin aclarar algo. ¿y si le platicara a alguien? Se sintió ridículo al pensar esto, su propia imagen de un hombre entrado en años, con traje y corbata impecables, lo cohibía. López, anclado en su asiento se dedicó a mantener un combate silencioso con la taza. La miraba fijamente, casi sin parpadear. Parecía vigilar que no le fueran a salir patitas y huyera. No pudo sostener la estrategia por mucho tiempo porque a los pocos minutos se talló los ojos y volteó con timidez la cabeza para examinar a los demás clientes: a su derecha un matrimonio joven conversaba tranquilamente, mientras su hijo se enmielaba la playera con unos hot cakes. Los descartó inmediatamente. En la mesa contigua un anciano escenificaba una lucha épica contra un bistec duro de comer. Junto a la ventana una mujer desayunaba unos molletes con jamón. Su figura ordinaria, era resaltada por un sombrero adornado por girasoles. Supo que era ella, si, ella podría entender. Tamborileó los dedos con impaciencia. El estómago rechinó recordándole que necesitaba comida. Quizá fue esto lo que lo obligó a levantarse y dar unos pasos inseguros. López se sintió desnudo, como si de repente su traje recién lavado se hubiera evaporado al instante. Volvió la vista a la mesa. Decidió regresar por la taza porque le serviría de prueba en caso de que la mujer lo tomara por un desequilibrado. Sin lugar a dudas había acertado con su decisión. La taza ahora era una armadura que lo hacía sentirse seguro. Dentro de su cabeza sonó una marcha de guerra: trompetas, clarinetes y tambores lo animaban. López pensó que se estaba volviendo loco. Ahora su cabeza se había convertido en un aparato de sonido controlado por algo o por alguien. La mujer parecía no advertir que un hombre de traje con una taza de café ya frío se acercaba. Seguía indiferente esparciendo la salsa pico de gallo a su mollete. López se acercó. Uno de los girasoles del sombrero pareció agrandarse, volverse un sol que le sonreía y le guiñaba el ojo para terminar con su timidez. La aproximación era demasiada. La mujer debió intuir que no era normal porque alzó la vista, y se lo quedó viendo.

–Disculpe, puede concederme unos minutos.

La frase había sido extremadamente cortés, y se arrepintió de haber exagerado. La mujer se quedó unos instantes en silencio, parecía evaluar desde sus zapatos hasta el color de su cabello. La confianza de López se desvanecía. Pensó que había sido todo y no parecía haber razón alguna para continuar parado frente a ella. En su cabeza escuchaba violines y un acordeón melancólico. Sintió desazón pero inexplicablemente no se sentía ridículo con su corbata un poco desanudada y la mano derecha sosteniendo la taza con el café helado. La mujer no habló sino que hizo una seña indicando que podía sentarse.

López obedeció, aunque la simple operación de sentarse le llevó muchas complicaciones, porque sintió que estaba mal vestido. Antes de sentarse volvió a acomodarse la corbata, verificó que el cuello de la camisa siguiera en la posición correcta. Se relamió la boca. Pensó en decirle: “Se que le va a parecer extraño, pero necesito decirle algo importante”, pero se quedó en silencio y se limitó a observar por la ventana. Las nubes habían tejido una capa densa. La luz muerta de la mañana se volvió gris. Un trueno lejano cimbró las ventanas del café. El cielo reventó en un ejército de gotas. El hombre banal, insulso, se transformó en un hombre líquido. Sentía que se llenaba de humedad, se convertía en el agua que salpicaba y llegaba en pequeñas mareas a la banqueta. Sabía que no había mucho tiempo.

–Escúcheme –dijo acercándose todavía más, olvidándose de cualquier cortesía y estirando los brazos sobre la mesa. La mujer arqueó las cejas. Envalentonado por el súbito arranque, tomó vuelo, aspiro fuerte y dijo:

–Mire, desde que llegué al café me han pasado cosas muy raras. Iba a continuar cuando la mujer habló por primera vez.

–Y quiere saber la razón ¿no es así?

–Sí.

López esperó incrédulo la respuesta. La mujer hizo una pausa mientras sorbía los restos de su jugo de naranja. Apartó el vaso y dijo:

–¿Tanto tiempo y no se ha dado cuenta? En ese momento un silencio total se apoderó del café. Los meseros dejaron sus charolas, la caja registradora se detuvo, todos los rostros apuntaban hacia ellos. La lluvia como por arte de magia había cesado.

–Somos las mismas personas, ocupando los mismos lugares... digamos que estamos dentro de usted. López volteó hacia donde estaba el matrimonio, el chico lo saludó moviendo alegremente la mano.

Ese pobre chico lleva meses poniendo miel a sus hot cakes –suspiró.

–¿Pero qué interés tienen ustedes en mí? –dijo por fin López.

–No, mas bien qué interés tiene Usted en nosotros –dijo la mujer recalcando con fuerza el “usted”

–No entiendo nada, si se trata de una broma dígamelo por favor. Dijo López que ya empezaba a impacientarse. Tomás alzó las manos al cielo como conjurando su ignorancia.

–Todas las noches viene aquí...

–¿Noches? Interrumpió extrañado.

–Ahora se ha tardado tanto que ya está por amanecer.

López volteó. El vidrio estaba empañado, numerosas marcas de manos impregnaban la superficie. Del otro lado de la ventana la mañana había echado reversa y empezaba a clarear. La mujer consultó su reloj.

–Tenemos cinco minutos para irnos, le voy a pedir un favor: ya déjenos en paz, búsquese otro lugar, sea feliz, mire –dijo acercando uno de sus dedos y secándole una lágrima rebelde que bajaba por sus mejillas– está tan triste que ya va a empezar a llover de nuevo, ¡precisamente en sábado!

En ese momento la forma de hablar de la mujer se suavizó y adquirió un tono más cálido, aunque López sintió que era un tono más de lástima que de cariño. La mujer se dirigió a los demás:

–Bueno...es hora de irnos.

Meseros y clientes se pusieron abrigos y salieron ordenadamente del lugar. Al pasar junto a él, le dirigían miradas curiosas. El dueño –un sujeto de nariz afilada y turbante– con un ejemplar ilustrado de Las mil y una noches, fue la última persona en salir. El café se quedó a oscuras.

La calle fue escenario de otra lluvia pertinaz. Las gotas bailaban una danza estridente en los techos de los autos y luego goteaban rítmicamente en el asfalto. Un olor a humedad impregnó el café, las tazas solitarias parecieron humear más deprisa, como pequeñas chimeneas.

Odió la taza de café, quiso ahogarse en ese líquido oscuro, y entonces ocurrió al fin: primero un leve mareo, luego sus ojos convirtiéndose en un pájaro oscuro hundiendo sus alas en el líquido. Se completaba el círculo. Sintió como su cuerpo se hundía, la taza se agrandó y lo jalaba hacia sus entrañas. López trató de aferrarse a la mesa, pero no pudo. Cerró los ojos con fuerza. Una oscuridad lo rodeaba, tuvo miedo y quiso saber dónde estaba. Sólo después de grandes esfuerzos pudo despegar las pestañas y abrir los ojos. La mañana entraba a su cuarto, faltaban cinco minutos para que el despertador sonara y pudo ver a su lado una taza de café caliente, recién servido.


 

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