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Daniel Alejandro Gómez
es escritor, ensayista y dibujante argentino. Nació en Buenos Aires,
Argentina, el 11 de Septiembre de 1974; actualmente vive en Gijón,
España. Estudió Análisis de Sistemas y luego Letras, en el Centro de
Altos Estudios de Informática de Olivos, Buenos Aires, y en la
Universidad de Buenos Aires respectivamente. Publicó el libro de
relatos Muerte y vida (Ediciones Mis Escritos, Argentina,
2006) y próximamente se editará, por Editorial Abaco de España, el
libro de poemas llamado Sobre tiempo, amor y otros poemas.
Publicó cuentos y poemas en antologías impresas, y en periódicos y
revistas de Argentina, Colombia, España y Estados Unidos. También
escribió varios artículos de análisis político internacional para la
revista mexicana Sufragio. Le han editado varios libros
digitales en prosa y verso, y suele colaborar con ensayos literarios
y políticos, poemas y cuentos en diversos medios electrónicos del
ámbito hispano, lusoparlante y en Italia, donde le tradujeron poesía
al italiano el escritor argentino Gabriel Impaglione y la escritora
italiana Giovanna Mulas. También estudió dibujo. Practica el dibujo
figurativo con tinta de bolígrafo. Fruto de esta experiencia
artística, se exponen algunos de dichos dibujos en las Galerías
Virtuales Con el Arte, donde se exhibieron también muestras
de su poesía, en Xpressarte, en la Galería de la Revista
de Arte Iberoaméricano Mecenas, en Arte Visual XXI de la
destacada artista plástica argentina Paola Vergottini, en la
Asociación Cultural Ars Creatio de Torrevieja, España, y en
la Galería de Ediciones Mondo Kronhela. Próximamente en la
revista Palabras Diversas en la forma de poema visual.
También escribe ensayos musicales para la importante revista
española digital Filomusica y también para Opus
Música. En 2006 se ha publicado un ensayo filosófico de su
autoría sobre felicidad hedónica y un ensayo de teoría literaria en
la revista de filosofía de Argentina Konvergencias,
del filósofo Daniel López Salort. En la misma revista,
próximamente, se publicará un ensayo sobre semiótica literaria. Y
también se publicará un ensayo sobre teoría o filosofía del arte en
la destacada revista de filosofía Observaciones Filosóficas,
del doctor Adolfo Vásquez Rocca. En la revista literaria española Remolinos recientemente le ha hecho una entrevista.

Le
decían que le faltaban experiencias. En efecto, estaba recluido en la
jungla de cemento porteña. Así que fue para Europa, aunque, como no era
muy ducho en idiomas, el infaltable París cedió ante la castiza España,
más precisamente en Gijón, donde tenía parientes.
Empezó a recorrer las calles de la
ciudad, buscando emociones y vivencias, mientras conseguía trabajo en
una editorial como corrector, puesto que ya había publicado algunos
libros. Pero solamente encontró el puerto gris, ebrio de grúas y barcos
solitarios, bajo la llovizna. Las plazas húmedas, hinchadas de hojas
verdes como esmeraldas de rocío, o de áureos otoños perpetuos.
Su vida era rutinaria y la ciudad
pequeñamente pulcra; una miniatura grisácea, con frecuencia de lluvias.
Su búsqueda de emociones, de cosas
nuevas, pues, había fracasado.
Frecuentaba una plaza muy cerca de su casa; un buen
parque, bien verde. Allí conoció al hombre delgado:
El escritor de las leyendas.
El hombre delgado lo abordó, estando él sentado en
un banco de la plaza, y le dijo, así, que también él era escritor.
Ese hombre era alto, alto y delgado como un palo,
con un rostro cargado de arrugas, de vida aciaga, si bien no parecía
viejo. Su acento era rioplatense, pero, cuando nuestro escritor le
preguntó su procedencia, el otro no dijo nada. Y el otro, además, era
una catarata de palabras, un chorro irrevocable de verborragia de
historias y de recuerdos inventivos: no paraba nunca. No le daba respiro
a nuestro escritor en busca de emociones en Europa.
Solía contarle fantásticas leyendas,
pues era un hombre cargado de ideas; tenía ideas hasta en la
respiración. Finalmente, un día le contó una leyenda interesante.
-Bueno, es algo de acá, de este
lugar-dijo-. Me lo contaron muy confidencialmente. Dicen que hay un
hombre, un hombre en esta ciudad, que anda con el alma de cada uno.
Le preguntó, por seguir la cosa, qué
hacía ese hombre con las almas. Pero el otro, el escritor de las
leyendas, pasó inmediatamente a otro tema y siguió con su torrente de
historias, y sus gestos joviales, y esa camaradería que llegaba muchas
veces hasta la noche, con una fría luna de pálido hielo…
-Sí-dijo sin embargo otro día de pronto
el escritor de las leyendas, como ausente-, ese hombre muestra el alma.
Ah, así que mostraba el alma. Y nuestro
escritor en busca de emociones preguntó que cómo la mostraba.
-Es una especie de espejo, digamos.
-Sí-agregó el escritor de las leyendas,
después de un ensimismamiento como de ensueño-, un espejo.
Y siguió con su charla, hasta que de
pronto dijo:
-Nunca le expliqué cómo soy-comenzó-.
Soy parecido a usted, podríamos decir. Pero yo soy un hombre sencillo.
Soy escritor, es cierto, pero no busco fama ni emociones. No estoy acá.
Voy a irme; me voy para allá, al otro lado del mar-señaló indecisamente
la lejanía.
El nuestro preguntó adónde. Pero el
hombre delgado continuó:
-Sí. Jamás quise escribir para los
demás. Solamente lo hago por mí. Es una necesidad terapéutica que tengo;
es una sensación física, como tocar un libro. No necesito público: mi
público soy yo.
-Bueno, no es una filosofía muy social.
-En todo caso es una filosofía.
Y remarcó:
-Así soy yo.
-Sí-continuó el escritor de las
leyendas-, si llegara a escribir algo bueno, verdaderamente bueno, lo
leería yo. Nadie más. No es social, acaso no sea ético, pero soy yo. Es
mi personalidad. Es-agregó, y como el brujo diciendo su fórmula
secreta-mi alma…
Le pareció a nuestro hombre algo
repugnante: un hombre que no escribía por la comunicación.
Un escritor, pensaba él con cierta afectación, es
un puente tendido; tal vez hacia el abismo, hacia ningún lado, pero es
un puente. Puede caer, sí, pero siempre está tendido, como una mano,
como dos brazos que se abren ante otra persona…
Pero después de esa charla, cuando
volvía a su departamento bajo la helada nieve lunar, su mente brillaba;
era una centella, una antorcha; una procesión de veneros ocultos en su
cráneo. Tenía una lucidez pavorosa, y sus diez dedos parecían escupir
palabras en el teclado del ordenador, ya en su departamento. La
impresora iba sacando esas lenguas de páginas con su oro de tinta negra,
pensaba. Y él iba apilando las hojas, como el millonario contando el
tesoro. Así que leyó al fin la historia completada; la mejor historia
del mundo, pensaba él. Lo tenía todo: filosofía, lenguaje,
entretenimiento, estilo, originalidad, audacia. Todo. Y ya estaba yendo
hacia su meta: ya se veía en la editorial, ya se veía en las letras de
bronce de la fama, sentía el laurel verde acariciándole la sien, el beso
de las musas en su rostro; y fue- una mañana de dorados bronces de sol,
que se filtraban entre nubes ominosas y él llevando el paquete de hojas
bajo el brazo- hacia la editorial a presentar la creación, el soplo de
vida que había insuflado en ese barro de las palabras, y justo pasó por
la plaza.
Allí había un kiosco; compró el periódico local.
Bueno, qué chasco.
En primera plana estaba su amigo, el escritor de
las leyendas: había muerto. Víctima de un atropellamiento negligente en
la principal vía de la ciudad. Estaba allí, en una foto en la portada:
habían encontrado esa foto carné en el cadáver, explicaban, aunque
todavía no sabían el nombre del difunto. Ningún familiar lo reclamaba.
Entonces se sentó, desalentado, en el
banco habitual de la plaza. Y vio venir, al rato, auspiciado como en un
refugio de rayos matutinos, a la figura alta y delgada; y su corazón le
subió hasta la garganta y le costó trabajo tragárselo otra vez. Antes de
que pudiera hablar, el hombre, el hombre de las leyendas y los cuentos,
se sentó a su lado:
-No, no me morí-aseguró con grave y
cavernosa voz.
-Gracias a Dios. Se equivocaron. Habrán
atropellado a otro.
-Atropellaron y mataron a un hombre,
sí-prosiguió el escritor de las leyendas en tono severo-. Pero creo que
usted tendrá que ir a un entierro, ejem.
-¿Yo?
-Usted. Alguien debe identificarme.
Invente, es un inventor. Los escritores somos inventores, pero sin
ciencia. Así, pues, invente un nombre, invente una historia.
Invénteme-culminó incisivamente.
-Está mintiendo. Me está contando una
historia. Sí, ja, ja. Bueno, se equivocaron; menos mal.
Entonces el hombre de las leyendas se
reconcentró, como alguien que va a decir algo clave, el desesperado
secreto de un códice de tesoros:
-Yo soy el que muestra las
almas-explicó, al fin.
Nuestro escritor en busca de emociones
y fama trató de recordar. De pronto se acordó de esa historia. Sí, el
espejo…
-El que muestra las almas-repitió, con
incrédula lentitud, nuestro escritor.
-Míreme-clamó el otro.
Y entonces lo miró fijamente al otro:
ese rostro delgado, seco, correoso, casi piel y huesos; los ojos
fanáticos, llenos de vida… Miraba nuestro escritor, sobre todo, los
ojos: el espejo. Y es que miraba, más que nada, la carne del alma
podríamos decir: el espejo pues.
Así que el escritor de las leyendas- el
cuerpo, solamente el cuerpo muerto- se levantó y se fue.
Y el nuestro quedó media hora con sus propios
pensamientos; mientras que del kiosco cercano, un kiosco a la
intemperie, un muchacho que atendía también había mirado al hombre-al
cuerpo y físico que había muerto- y salió de ese kiosco y se quedó en la
vereda, mirando al escritor que continuaba sentado en el banco de la
plaza.
Nuestro escritor estaba decidiendo; sabía que nunca
más volvería a ver al escritor de las leyendas, pues había visto sus
ojos: y ese hombre ya tenía la misión cumplida.
Media hora después, pues, el muchacho se acercó más
y llegó hasta el banco; y se quedó parado junto al escritor que creía
escribir para los demás y las luces de la fama, y le dijo:
-Vaya. Se parecía al que atropellaron.
Casi era él: es que era la misma cara-dijo entonces el muchacho, como
pasmado.
-Sí-repuso el escritor, pensando en los
ojos, exclusiva y exhaustivamente en los ojos que había visto-; era la
misma cara, en efecto. Pero bueno, creo que tendré que ir a un
entierro-agregó con una sonrisa fúnebre-, y después me iré para Buenos
Aires…
El muchacho veía una mirada rara en el
escritor, como alguien que acaba de ver…a la verdad, hiriente y desnuda.
-¿Pero quién era?-preguntó entonces.
Entonces el escritor pensó en el otro,
en el escritor de las leyendas; y pensó que no le interesaba ya su
alardeante y súbito y rimbombante manuscrito para nada, excepto para su
intimidad, y recordando cada vez más agudamente a ese hombre flaco- el
hombre; el alma que mostraba a las almas-, y pensando en él mismo y en
esos ojos, dijo al muchacho respecto a la pregunta:
-En fin: yo creo que ahora sé quién
era.
Y se levantó; y- con ese manuscrito que
iba a dejar para las bellas celdas de su soledad- fue hacia su
departamento, allí donde tenía un espejo, allí donde estaba ese espejo,
real y físico, que nunca más tendría que utilizar…
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