México, Distrito Federal I Enero-Febrero 2007 I Año 1 I Número 6

 









 

Daniel Alejandro Gómez es escritor, ensayista y dibujante argentino. Nació en Buenos Aires, Argentina, el 11 de Septiembre de 1974; actualmente vive en Gijón, España. Estudió Análisis de Sistemas y luego Letras, en el Centro de Altos Estudios de Informática de Olivos, Buenos Aires, y en la Universidad de Buenos Aires respectivamente. Publicó el libro de relatos Muerte y vida (Ediciones Mis Escritos, Argentina, 2006) y próximamente se editará, por Editorial Abaco de España, el libro de poemas llamado Sobre tiempo, amor y otros poemas. Publicó cuentos y poemas en antologías impresas, y en periódicos y revistas de Argentina, Colombia, España y Estados Unidos. También escribió varios artículos de análisis político internacional para la revista mexicana Sufragio. Le han editado varios libros digitales en prosa y verso, y suele colaborar con ensayos literarios y políticos, poemas y cuentos en diversos medios electrónicos del ámbito hispano, lusoparlante y en Italia, donde le tradujeron poesía al italiano el escritor argentino Gabriel Impaglione y la escritora italiana Giovanna Mulas. También estudió dibujo. Practica el dibujo figurativo con tinta de bolígrafo. Fruto de esta experiencia artística, se exponen algunos de dichos dibujos en las Galerías Virtuales Con el Arte, donde se exhibieron también muestras de su poesía, en Xpressarte, en la Galería de la Revista de Arte Iberoaméricano Mecenas, en Arte Visual XXI de la destacada artista plástica argentina Paola Vergottini, en la Asociación Cultural Ars Creatio de Torrevieja, España, y en la Galería de Ediciones Mondo Kronhela. Próximamente en la revista Palabras Diversas en la forma de poema visual. También escribe ensayos musicales para la importante revista española digital  Filomusica y también para Opus Música. En 2006 se ha publicado un ensayo filosófico de su autoría sobre felicidad hedónica y un ensayo de teoría literaria en la revista de filosofía de Argentina Konvergencias, del filósofo Daniel López Salort.  En la misma revista, próximamente, se publicará un ensayo sobre semiótica literaria. Y también se publicará un ensayo sobre teoría o filosofía del arte en la destacada revista de filosofía Observaciones Filosóficas, del doctor Adolfo Vásquez Rocca. En la revista literaria española Remolinos recientemente le ha hecho una entrevista.

Le decían que le faltaban experiencias. En efecto, estaba recluido en la jungla de cemento porteña. Así que fue para Europa, aunque, como no era muy ducho en idiomas, el infaltable París cedió ante la castiza España, más precisamente en Gijón, donde tenía parientes.

            Empezó a recorrer las calles de la ciudad, buscando emociones y vivencias, mientras conseguía trabajo en una editorial como corrector, puesto que ya había publicado algunos libros. Pero solamente encontró el puerto gris, ebrio de grúas y barcos solitarios, bajo la llovizna. Las plazas húmedas, hinchadas de hojas verdes como esmeraldas de rocío, o de áureos otoños perpetuos.

            Su vida era rutinaria y la ciudad pequeñamente pulcra; una miniatura grisácea, con frecuencia de lluvias.

            Su búsqueda de emociones, de cosas nuevas, pues, había fracasado.

Frecuentaba una plaza muy cerca de su casa; un buen parque, bien verde. Allí conoció al hombre delgado:

El escritor de las leyendas.

El hombre delgado lo abordó, estando él sentado en un banco de la plaza, y le dijo, así, que también él era escritor.

Ese hombre era alto, alto y delgado como un palo, con un rostro cargado de arrugas, de vida aciaga, si bien no parecía viejo. Su acento era rioplatense, pero, cuando nuestro escritor le preguntó su procedencia, el otro no dijo nada. Y el otro, además, era una catarata de palabras, un chorro irrevocable de verborragia de historias y de recuerdos inventivos: no paraba nunca. No le daba respiro a nuestro escritor en busca de emociones en Europa.  

            Solía contarle fantásticas leyendas, pues era un hombre cargado de ideas; tenía ideas hasta en la respiración. Finalmente, un día le contó una leyenda interesante.

            -Bueno, es algo de acá, de este lugar-dijo-. Me lo contaron muy confidencialmente. Dicen que hay un hombre, un hombre en esta ciudad, que anda con el alma de cada uno.

            Le preguntó, por seguir la cosa, qué hacía ese hombre con las almas. Pero el otro, el escritor de las leyendas, pasó inmediatamente a otro tema y siguió con su torrente de historias, y sus gestos joviales, y esa camaradería que llegaba muchas veces hasta la noche, con una fría luna de pálido hielo…

            -Sí-dijo sin embargo otro día de pronto el escritor de las leyendas, como ausente-, ese hombre muestra el alma.

            Ah, así que mostraba el alma. Y nuestro escritor en busca de emociones preguntó que cómo la mostraba.

            -Es una especie de espejo, digamos.

            -Sí-agregó el escritor de las leyendas, después de un ensimismamiento como de ensueño-, un espejo.

            Y siguió con su charla, hasta que de pronto dijo:

            -Nunca le expliqué cómo soy-comenzó-. Soy parecido a usted, podríamos decir. Pero yo soy un hombre sencillo. Soy escritor, es cierto, pero no busco fama ni emociones. No estoy acá. Voy a irme; me voy para allá, al otro lado del mar-señaló indecisamente la lejanía.

            El nuestro preguntó adónde. Pero el hombre delgado continuó:

            -Sí. Jamás quise escribir para los demás. Solamente lo hago por mí. Es una necesidad terapéutica que tengo; es una sensación física, como tocar un libro. No necesito público: mi público soy yo.

            -Bueno, no es una filosofía muy social.

            -En todo caso es una filosofía.

Y remarcó:

-Así soy yo.

            -Sí-continuó el escritor de las leyendas-, si llegara a escribir algo bueno, verdaderamente bueno, lo leería yo. Nadie más. No es social, acaso no sea ético, pero soy yo. Es mi personalidad. Es-agregó, y como el brujo diciendo su fórmula secreta-mi alma…

            Le pareció a nuestro hombre algo repugnante: un hombre que no escribía por la comunicación.

Un escritor, pensaba él con cierta afectación, es un puente tendido; tal vez hacia el abismo, hacia ningún lado, pero es un puente. Puede caer, sí, pero siempre está tendido, como una mano, como dos brazos que se abren ante otra persona…

            Pero después de esa charla, cuando volvía a su departamento bajo la helada nieve lunar, su mente brillaba; era una centella, una antorcha; una procesión de veneros ocultos en su cráneo. Tenía una lucidez pavorosa, y sus diez dedos parecían escupir palabras en el teclado del ordenador, ya en su departamento. La impresora iba sacando esas lenguas de páginas con su oro de tinta negra, pensaba. Y él iba apilando las hojas, como el millonario contando el tesoro. Así que leyó al fin la historia completada; la mejor historia del mundo, pensaba él. Lo tenía todo: filosofía, lenguaje, entretenimiento, estilo, originalidad, audacia. Todo. Y ya estaba yendo hacia su meta: ya se veía en la editorial, ya se veía en las letras de bronce de la fama, sentía el laurel verde acariciándole la sien, el beso de las musas en su rostro; y fue- una mañana de dorados bronces de sol, que se filtraban entre nubes ominosas y él llevando el paquete de hojas bajo el brazo- hacia la editorial a presentar la creación, el soplo de vida que había insuflado en ese barro de las palabras, y justo pasó por la plaza.

Allí había un kiosco; compró el periódico local.

Bueno, qué chasco.

En primera plana estaba su amigo, el escritor de las leyendas: había muerto. Víctima de un atropellamiento negligente en la principal vía de la ciudad. Estaba allí, en una foto en la portada: habían encontrado esa foto carné en el cadáver, explicaban, aunque todavía no sabían el nombre del difunto. Ningún familiar lo reclamaba.

            Entonces se sentó, desalentado, en el banco habitual de la plaza. Y vio venir, al rato, auspiciado como en un refugio de rayos matutinos, a la figura alta y delgada; y su corazón le subió hasta la garganta y le costó trabajo tragárselo otra vez. Antes de que pudiera hablar, el hombre, el hombre de las leyendas y los cuentos, se sentó a su lado:

            -No, no me morí-aseguró con grave y cavernosa voz.

            -Gracias a Dios. Se equivocaron. Habrán atropellado a otro.

            -Atropellaron y mataron a un hombre, sí-prosiguió el escritor de las leyendas en tono severo-. Pero creo que usted tendrá que ir a un entierro, ejem.

            -¿Yo?

            -Usted. Alguien debe identificarme. Invente, es un inventor. Los escritores somos inventores, pero sin ciencia. Así, pues, invente un nombre, invente una historia. Invénteme-culminó incisivamente.

            -Está mintiendo. Me está contando una historia. Sí, ja, ja. Bueno, se equivocaron; menos mal.

            Entonces el hombre de las leyendas se reconcentró, como alguien que va a decir algo clave, el desesperado secreto de un códice de tesoros:

            -Yo soy el que muestra las almas-explicó, al fin.

            Nuestro escritor en busca de emociones y fama trató de recordar. De pronto se acordó de esa historia. Sí, el espejo…

            -El que muestra las almas-repitió, con incrédula lentitud, nuestro escritor.

            -Míreme-clamó el otro.

            Y entonces lo miró fijamente al otro: ese rostro delgado, seco, correoso, casi piel y huesos; los ojos fanáticos, llenos de vida… Miraba nuestro escritor, sobre todo, los ojos: el espejo. Y es que miraba, más que nada, la carne del alma podríamos decir: el espejo pues.

            Así que el escritor de las leyendas- el cuerpo, solamente el cuerpo muerto- se levantó y se fue.

Y el nuestro quedó media hora con sus propios pensamientos; mientras que del kiosco cercano, un kiosco a la intemperie, un muchacho que atendía también había mirado al hombre-al cuerpo y físico que había muerto- y salió de ese kiosco y se quedó en la vereda, mirando al escritor que continuaba sentado en el banco de la plaza.

Nuestro escritor estaba decidiendo; sabía que nunca más volvería a ver al escritor de las leyendas, pues había visto sus ojos: y ese hombre ya tenía la misión cumplida.

Media hora después, pues, el muchacho se acercó más y llegó hasta el banco; y se quedó parado junto al escritor que creía escribir para los demás y las luces de la fama, y le dijo:

            -Vaya. Se parecía al que atropellaron. Casi era él: es que era la misma cara-dijo entonces el muchacho, como pasmado.

            -Sí-repuso el escritor, pensando en los ojos, exclusiva y exhaustivamente en los ojos que había visto-; era la misma cara, en efecto. Pero bueno, creo que tendré que ir a un entierro-agregó con una sonrisa fúnebre-, y después me iré para Buenos Aires…

            El muchacho veía una mirada rara en el escritor, como alguien que acaba de ver…a la verdad, hiriente y desnuda.

            -¿Pero quién era?-preguntó entonces.

            Entonces el escritor pensó en el otro, en el escritor de las leyendas; y pensó que no le interesaba ya su alardeante y súbito y rimbombante manuscrito para nada, excepto para su intimidad, y recordando cada vez más agudamente a ese hombre flaco- el hombre; el alma que mostraba a las almas-, y pensando en él mismo y en esos ojos, dijo al muchacho respecto a la pregunta:

            -En fin: yo creo que ahora sé quién era.

            Y se levantó; y- con ese manuscrito que iba a dejar para las bellas celdas de su soledad- fue hacia su departamento, allí donde tenía un espejo, allí donde estaba ese espejo, real y físico, que nunca más tendría que utilizar…

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