“La distinción le
dijo ante la lámina
rigurosa y exacta
de un espejo:
-Tengo un nombre,
me llamo...
y el pintor
retrató su propia imagen.”
Rafael Alberti.
Velázquez.
EL RETRATO DE RETRATAR
Con
el título de la verdad mentirosa, se ha recordado muchas veces la
definición que Leonardo nos dio de la pintura diciéndonos que es la
naturaleza “vista en un gran espejo”; y cómo en consecuencia, venía
a convertirse el espejo, para Leonardo, en maestro del pintor.
Espejo ante la vida. Espejo de la vida para una pintura –diríamos
que teatral- que trata de darnos esa ilusión de lo que vemos, y por
lo que vemos, como una representación que nos refleja la realidad
misma. Y de lo que certeramente llamó Ortega en Velázquez, por Las Meninas,
el retrato de retratar. El espejo al fondo del
lienzo velazqueño sirve de pretexto a este aserto. En la salita
donde el gran lienzo se había colocado en el Prado, se añadió,
frente al espejismo irreal del lienzo pintado, otro espejo,
realísimo, que lo refleja. Este espejo se situó, no de frente, sino
al costado, para reflejar, sin estorbo, el lienzo por entero. Para
los espectadores, para el público en general, mirar de ese modo, en
espejo, la obra maestra de la pintura velazqueña, ejerce un mágico
atractivo. Tanto que, vueltos de espaldas al original, quedan muchos
más tiempo extasiados de admiración ante su reflejo. ¿Es porque ven
mejor en el espejo que ante el lienzo la pintura misma? Así, el arte
se devuelve, diríamos, a la naturaleza que lo engendró, al darnos
otra ilusión nueva. ¿Su verdad se hace mentirosa y por esa mentira
se descubre, ante los ojos vivos, como todavía más verdadera?
Nuestra mirada nos engaña con la verdad. Pero, ¿con qué verdad?
Al reflejarla con
tan aparente ilusión viva en el espejo real creemos que la pintura
de Velázquez se traiciona. Al convertirse en una representación
ilusoria por la apariencia reflejada, de otra representación,
aparentemente ilusoria de lo real, la pintura se miente así misma. Y
deja de ser creación espiritual para convertirse en recreo físico.
La “verdad cristalina”, que la finge viva a la mirada, lo que nos
ofrece, de ese modo, es una imagen muerta. Una especie de
momificación mortal del arte. Y toda la verdad de la pintura, al
repetirse con esa caprichosa exactitud, se hace mentira pura. Tan
puramente mentirosa que no nos engaña al parecer –con su parecer-
como tan fácilmente y a primera vista parece.
Esa “cristalina
verdad”, que dijo el clásico, del espejo, destruye, o destituye, la
forma viva para dárnosla, al parecer, reducida a esa primera vista,
como más clara y evidente. Pero, al miso tiempo, se queda en eso.
Fuera del tiempo suyo, del momento de historia viva que la eterniza
en la pintura en instanteneidad perdurable. Permanente mientras la
presencia real de su letra la conserve intacta.
Ese espejo vano nos
engaña del modo peor, como las puertas cristalinas de límpida
transparencia, haciéndonos tropezar con él, ciegamente, por la
ilusión viva de traspasarlo. ¿Pensaríamos ahora, ante ese espejismo
engañador, ante esa realidad fantasmal, si las extraordinarias
reproducciones mecánicas de la pintura –en blanco y negro y en
color- no son para nosotros un tremendo tramposo engaño? Las
ampliaciones exactas singularmente.
Este descubrimiento
nos inquieta, teniendo ante los ojos las originalísimas
deformaciones imaginativas a que somete el mismo lienzo velazqueño
de Las Meninas el genial Picasso, Advirtamos que lo que el
pintor malagueño tiene ante sus ojos no es el lienzo mismo sino
reproducciones suyas, más o menos mecánicamente exactas. Es decir,
espejos, mejor o peor azogados, quiero decir, limpios. Todo el
“sosiego espiritual” del lienzo real de Las Meninas ha
desparecido, al aparecer en ellos; en su espejismo de primera –y
única- vista. La mirada del pintor malagueño se complace en esa
tortura deformadora con que nos reproduce, traicionándolo, como el
espejo real, el lienzo velazqueño. Sólo que aquí sucede enteramente
lo contrario que con el otro espejo. Porque la destrucción de la
forma pictórica, su transformación aparente, se hace sin ilusión
ninguna, expresa y expresivamente destructora, deformadora,
caricaturesca, decimos.
Velázquez, y su
lienzo de Las Meninas, así extremadamente y doblemente
traicionado, se nos afirma y nos reclama, más que nunca real, por su
presencia viva. La verdad mentirosa –por ninguno de sus dos
extremos: espejismo real o deformación picassista – no le afecta ni
niega. Tal vez lo subraya y acerca a los ojos – a primera y segunda
y tercera vista- con más fuerza y presencia espiritual que nunca. No
en vano, nos dijo el poeta: “Si Velázquez volviera y recrease / las
Meninas recreadas por Picasso, / ¿pintaría de nuevo sus Meninas?”.