México, Distrito Federal I Enero-Febero 2007 I Año 1 I Número 6

 









 

 

Francisco Arias Solís. Nacido en Málaga. Pasa los primeros años de su vida y cursa sus primeros estudios en la localidad malagueña de Sierra de Yeguas. Realiza sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias de Granada y en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de Madrid, donde obtiene el título de Ingeniero de Montes. Posteriormente entra por oposición en el Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo. Jefe del Servicio de Prevención del Arsenal de La Carraca y director del Centro de Prevención de Riesgos Laborales de Cádiz. Ateneísta de número del Ateneo Literario, Artístico y Científico de Cádiz, miembro de Honor de la Cátedra Itinerante de Flamencología, fundador y presidente de la Asociación Cultural, Artística y Literaria Foro Libre y de la Asociación Internacional de Usuarios de Internet Internautas por la Paz y la Libertad. Publica en diversos diarios y revistas culturales y literarias.

 

“La distinción le dijo ante la lámina

rigurosa y exacta de un espejo:

-Tengo un nombre, me llamo...

y el pintor retrató su propia imagen.”

Rafael Alberti. Velázquez.        

 

EL RETRATO DE RETRATAR

 

Con el título de la verdad mentirosa, se ha recordado muchas veces la definición que Leonardo nos dio de la pintura diciéndonos que es la naturaleza “vista en un gran espejo”; y cómo en consecuencia, venía a convertirse el espejo, para Leonardo, en maestro del pintor. Espejo ante la vida. Espejo de la vida para una pintura –diríamos que teatral- que trata de darnos esa ilusión de lo que vemos, y por lo que vemos, como una representación que nos refleja la realidad misma. Y de lo que certeramente llamó Ortega en Velázquez, por Las Meninas, el retrato de retratar. El espejo al fondo del lienzo velazqueño sirve de pretexto a este aserto. En la salita donde el gran lienzo se había colocado en el Prado, se añadió, frente al espejismo irreal del lienzo pintado, otro espejo, realísimo, que lo refleja. Este espejo se situó, no de frente, sino al costado, para reflejar,  sin estorbo, el lienzo por entero. Para los espectadores, para el público en general, mirar de ese modo, en espejo, la obra maestra de la pintura velazqueña, ejerce un mágico atractivo. Tanto que, vueltos de espaldas al original, quedan muchos más tiempo extasiados de admiración ante su reflejo. ¿Es porque ven mejor en el espejo que ante el lienzo la pintura misma? Así, el arte se devuelve, diríamos, a la naturaleza que lo engendró, al darnos otra ilusión nueva. ¿Su verdad se hace mentirosa y por esa mentira se descubre, ante los ojos vivos, como todavía más verdadera? Nuestra mirada nos engaña con la verdad. Pero, ¿con qué verdad?

 

    Al reflejarla con tan aparente ilusión viva en el espejo real creemos que la pintura de Velázquez se traiciona. Al convertirse en una representación ilusoria por la apariencia reflejada, de otra representación, aparentemente ilusoria de lo real, la pintura se miente así misma. Y deja de ser creación espiritual para convertirse en recreo físico. La “verdad cristalina”, que la finge viva a la mirada, lo que nos ofrece, de ese modo, es una imagen muerta. Una especie de momificación mortal del arte. Y toda la verdad de la pintura, al repetirse con esa caprichosa exactitud, se hace mentira pura. Tan puramente mentirosa que no nos engaña al parecer –con su parecer- como tan fácilmente y a primera vista parece.

 

    Esa “cristalina verdad”, que dijo el clásico, del espejo, destruye, o destituye, la forma viva para dárnosla, al parecer, reducida a esa primera vista, como más clara y evidente. Pero, al miso tiempo, se queda en eso. Fuera del tiempo suyo, del momento de historia viva que la eterniza en la pintura en instanteneidad perdurable. Permanente mientras la presencia real de su letra la conserve intacta.

 

    Ese espejo vano nos engaña del modo peor, como las puertas cristalinas de límpida transparencia, haciéndonos tropezar con él, ciegamente, por la ilusión viva de traspasarlo. ¿Pensaríamos ahora, ante ese espejismo engañador, ante esa realidad fantasmal, si las extraordinarias reproducciones mecánicas de la pintura –en blanco y negro y en color- no son para nosotros un tremendo tramposo engaño? Las ampliaciones exactas singularmente.

 

    Este descubrimiento nos inquieta, teniendo ante los ojos las originalísimas deformaciones imaginativas a que somete el mismo lienzo velazqueño de Las Meninas el genial Picasso, Advirtamos que lo que  el pintor malagueño tiene ante sus ojos no es el lienzo mismo sino reproducciones suyas, más o menos mecánicamente exactas. Es decir, espejos, mejor o peor azogados, quiero decir, limpios. Todo el “sosiego espiritual” del lienzo real de Las Meninas ha desparecido, al aparecer en ellos; en su espejismo de primera –y única- vista. La mirada del  pintor malagueño se complace en esa tortura deformadora con que nos reproduce, traicionándolo, como el espejo real, el lienzo velazqueño. Sólo que aquí sucede enteramente lo contrario que con el otro espejo. Porque la destrucción de la forma pictórica, su transformación aparente, se hace sin ilusión ninguna, expresa y expresivamente destructora, deformadora, caricaturesca, decimos.

 

    Velázquez, y su lienzo de Las Meninas, así extremadamente y doblemente traicionado, se nos afirma y nos reclama, más que nunca real, por su presencia viva. La verdad mentirosa –por ninguno de sus dos extremos: espejismo real o deformación picassista – no le afecta ni niega. Tal vez lo subraya y acerca a los ojos – a primera y segunda y tercera vista- con más fuerza y presencia espiritual que nunca. No en vano, nos dijo el poeta: “Si Velázquez volviera y recrease / las Meninas recreadas por Picasso, / ¿pintaría de nuevo sus Meninas?”.

 

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