«Todos
tenemos una historia, una sombra, algo que saldar» dice
Manuel Moya en el primer cuento de su nuevo libro La
sombra del caimán, publicado por Editorial Onuba y que
ahora se presenta en el Encuentro de Escritores de la
Sierra, en Galaroza. El autor empieza así la narración y la
termina con la postura vital de que mientras llega su
momento –sabe que llegará- procura aceptarse tal cual es,
dejando que los días transcurran con su pasividad, a su
ritmo, sin ser alga o nube, vendaval o aire solo. Lo único
que pide a cambio es que en las tardes de tormenta, cuando
todos se refugian y el jardín aparece vacío, lo dejen
reposar en el estanque, es decir, en ese otro mundo que está
dentro de éste en el que vivimos, mundo interior de cada uno;
que le permitan intentar ser por fuera lo que es por dentro,
un buscador de ese algo mágico que sabe que tiene la
existencia más allá o más acá del desasosiego que impone
cada día.
Todos tenemos una historia con
su final, que, en ciertos casos, como ocurre en el relato,
puede ser un principio, el punto donde el personaje vuelve a
un origen espiritual anterior a una realidad a la que se
adapta pero que no entiende porque no es la suya, la
prometida en un sueño, la imaginadamente verdadera, mientras
estaba sorprendido por la ausencia de subterfugios y creía
que lo propio de la vida iba a ser pasar las horas
sobrevolando el ámbito donde conociera el rostro peregrino y
hueco de la felicidad.
Lejos de las anodinas crónicas
de las glorias locales, no empapa la literatura de Moya la
lluvia de los cauces establecidos, sino la de andar en la
linde de los suburbios que asfixian el río, donde hasta la
luz desfallece asqueada por el agrio rictus de la miseria.
Ese es el cuadro que cuelga del muro del vivir en el que el
autor entra en su segundo relato. Barrios dejados de la mano
de Dios (¿dónde está Dios a veces, o siempre?) en cuyas
esquinas dan sombra bujarrones y suripantas, ruinas
consagradas a la ruina, donde sólo una desganada lucecita,
que la humedad torna aún más débil, logra inocular un último
resto de vida. Angustiosa visión de lo que podría ser tienda
del deterioro en la que se vende la memoria extraviada de
las perchas de cada personaje fronterizo con el patetismo.
Cuadro presidido por una mesa en cuyo centro reposa una
desaliñada palmatoria cubierta por un vaso que, a duras
penas, protege la llama entrecortada de una vela: única
visión esperanzadora para las figuras, casi sombras, que
dejan correr el tiempo de espera con ingenuidad, como si del
escaso fuego de la escena pudieran desprenderse
consecuencias determinantes para no se sabe qué. Atmósfera
válida para seguir teniendo una relación escéptica con el
tiempo.
Los autores como Manuel Moya
quieren los hechos para exprimirlos hasta que sueltan su
gota de esencia. Usan la anécdota, no para dárnosla como
cuento, sino para elevarla a categoría, a latido vital. Y he
ahí la principal virtud de este libro. Podría situar sus
escenas en Bolivia o en Bali, pero no lo hace porque lo que
verdaderamente dibuja entre líneas es la biografía del alma.
Da igual que el protagonista se llame Emporio o Rigoletto.
Su nombre cabal será siempre el de un Manuel Moya, cuyo
brillo esconde entre bambalinas de renglones como si, aún de
esta manera, no se fiara del método de abrir de par en par
las esas secuencias convertidas en sentimientos. Sensación
pura son sus relatos, capaces de imaginar el soplo de la
muerte como el de una súbita liberación, el momento en el
que podría vagar de un lugar a otro, entregarse a un cuerpo
rebosante de vida, cruzar los más procelosos cabos o librar
intempestivos combates de amor. Todo eso que le prohíben los
que están empeñados en dejarlo envejecer en una torre.
Manuel Moya es, para más señas
y decirlo ya, una de las mentes literarias más lúcidas que
parió este sur de Europa; un escritor que se ha ganado a
pulso el reconocimiento por su calidad literaria, pareja,
por supuesto, a su calidad humana.
A alguien le dolerá que haya
tenido la osadía de ganar premios, más allá de las
manoseadas fronteras locales, sin recurrir a amiguetes en el
jurado, sin apaños por bajo cuerda, sin morder un carnet,
sin hacer concesiones erótico-festivas, sin aceptar
corrupciones de círculos cerrados, sin dar resbalones en
locas carreras por el pasillo del poder, sin manchar el
móvil con conjuras, sin anchos cargos que sólo sirven para
rellenar una casilla del huero currículo, sin fastos de mesa
y mantel a costa del erario, sin balar en ningún rebaño, sin
toda esa farfolla infame en la que sólo se valora lo
aparente bajo la consigna: A ese sí, a ese no. Premios fuera
del trueque de «te doy esto a cambio de lo que tú sabes»;
premios sacados a pulmón a base de batirse el cobre por esos
mundos, premios de aire limpio, libre, despreciando el
enfermizo consenso de camilla y lamparita bajo cuya luz se
cuece el caldo engañabobos. Para algunos, este individuo
tendría que purgar el éxito ¡sabe Dios de qué modo!. Igual
quemándolo en la hoguera encendida con sus numerosos libros.
Pero para los que lo queremos y creemos en lo que hace, para
los que estamos convencidos de que cuando el tiempo barra la
hojarasca abonada de autobombo y falsedad, él será uno de
los pocos nombres que queden a flote, nos bastará saber que
seguirá escribiendo libros como el presente, porque «Todo
tiene / su luna y su estandarte, / sus bieldos, sus hisopos,
/ sus hímenes cosidos / y esa cruz que arrastran / las
galernas»
Valga anunciar en esta breve
reseña a su libro de cuentos la novela que acaba de parir la
imprenta de Editorial Calima, en Palma de Mallorca, con el
hombre La mano en el fuego, de la que se hablará en
su momento.
Consciente el escritor de que
sólo somos un cacho de memoria más un sueño, sabe que la
vida es 'eso' que pasa sin que percibamos que pasa, como
dijo John Lennon. Por eso inicia su nueva obra La sombra
del caimán marcando que todos tenemos una historia, una
sombra, algo que saldar, y lo termina con casi una
declaración de principios cuando dice que mientras llega su
momento –sabe que llegará- procurará aceptarse tal cual es,
pese a quien pese. Entre ambos extremos está nada menos que
su literatura, su taller de palabras, su expresión elegante,
su guiño como imaginero real.