El
libro más reciente del historiador Antonio Rubial, Profetisas
y solitarios se basa en varias premisas que demuestran la
ambigüedad que se daba en la época novohispana y que incluye
desde lo que era la Iglesia hasta el ambiente social. El autor,
siempre interesado en la vida cotidiana e incansable estudioso
de ella, para mostrar sus proposiciones toma muy en cuenta las
actividades de ermitaños y beatas y su influencia en la sociedad
y religión de su tiempo, lo cual explica el título que, a
primera vista, podría parecer enigmático, pues por definición,
en el ámbito cristiano de la Nueva España la religión era una y
única: radicaba y era dirigida por el régimen eclesiástico. Los
eremitas eran hombres, en general españoles, que vivían en
soledad –aunque muchas veces estaban muy cercanos a alguna orden
religiosa– y si bien seguían las indicaciones de consejeros
espirituales eclesiásticos se inventaron formas para utilizar
los dogmas, los modelos y los cultos católicos para poderse
mantener y conseguir prestigio o reconocimiento de los
habitantes de los muchos lugares en los que se movían. Las
mujeres, por el simple hecho de serlo, vivían en casas, se
quedaban en un lugar y la mayoría eran criollas. Aunque sus
modos de vida eran distintos, siempre iban vestidos de hábito y
el producto de sus conductas era el mismo: hacerse de dinero,
comida y vestido, impresionar a la gente y hacer que los
admiraran y siguieran. Ésta no era una tarea fácil, pues aunque
los habitantes de la Nueva España tenían una gran necesidad de
tener “santos vivos” con los que pudieran convivir, no aceptaban
a cualquiera con facilidad: tenían que ser personajes que
destacaran de los demás y carismáticos para así convencerlos,
lograr que los reconocieran y estuvieran con ellos. Al conseguir
captar su atención y persuadirlos, a los ermitaños y beatas se
les iba haciendo fama de santidad. La Iglesia, como se puede
suponer, no podía estar de acuerdo con ellos, pues no obstante
saber de formas para distinguir entre estos falsos santos de los
verdaderos y reconocidos, la dificultad radicaba en que sus
formas de actuar eran muy parecidas, por lo que la gente no
podía saber cuáles eran los legítimos y cuáles los adulterados.
Además, y terriblemente peligroso, la sociedad era confiada e
incauta; los ermitaños y beatas aprovechaban esta situación para
convencerlos de su supuesta virtuosidad.
Rubial se vale de varias
reacciones y manifestaciones que resultan tener dobles sentidos
para demostrar este fenómeno que podríamos llamar para-religioso.
Primeramente, la insistencia de la Iglesia en que se debería
renunciar a las tentaciones del mundo y hacer de las virtudes un
patrón de vida pero que muchas veces se reflejaban en escritos o
descripciones de sucesos con contenidos de sensualidad. Por otra
parte, cuando se trataba de explicar la distinción entre lo real
y lo imaginario era difícil de entender la línea divisoria entre
ambos. Por último, los prodigios y milagros interferían cuando
se trataba de diferenciar entre el mundo físico o real y el
sobrenatural, pues para explicarlos se hacía uso de la ruptura
de las leyes de la naturaleza porque se incluía la intervención
divina o demoníaca en un mundo en que se entremezclaban lo
permitido y la infracción de la norma impuesta por los
dictámenes clericales.
Profetisas y solitarios es
una muestra de que su autor seguramente pasó largo tiempo
investigando y recopilando materiales del Archivo General de la
Nación, así como estudiando las múltiples investigaciones sobre
el tema para mostrar de manera más explicita y accesible sus
aseveraciones. Además, presenta muchísimos ejemplos y va guiando
al lector para que vea claramente y se adentre en el entorno en
que los anacoretas y beatas se desenvolvieron. Afortunadamente
para los investigadores de hoy en día, la Inquisición, al llevar
a cabo su principal consigna de proteger la fe, cuando confiscó
escritos para evitar su circulación y sometió a proceso a los
que no observaban sus reglas conservó en sus anales mucha
documentación en los registros que recogió y ordenó, que
permiten su estudio en este siglo XXI que comienza. En ellos y
en las especies de vidas de santos o hagiografías que de estos
hombres y mujeres se escribían fundamenta Rubial su libro y nos
advierte que, como todos estos textos eran producidos por
confesores o miembros de órdenes religiosas, siempre hay que
sospechar que en ellos pueda haber influencias de sus modos de
pensar que contaminaban, por así decirlo, su escritura.
Entre los muchísimos ejemplos que
emplea el autor cabe destacar algunos. Tanto los eremitas como
las beatas tenían capacidades para mediar en conflictos.
Presenta Rubial algunos casos de ermitaños que no estaban
dispuestos a seguir los dictados de los frailes respecto a su
modo de vestir. Hubo algunos como Salvador de Victoria que en
1658 llevaba un hábito con cordón a la manera de los
franciscanos y una cinta como los agustinos. El provincial le
ofreció el hábito de los terciarios, pero el eremita lo rechazó
diciéndole que ésa no era su vocación. Cuando el religioso lo
amenazó con encarcelarlo, respondió que él sólo obedecía al
obispo y se salió con la suya. Otros, como Pedro García Arias
recibieron el apoyo de miembros del clero: se hacía cargo de una
ermita a la que hizo algunas reformas y por ello tuvo problemas
con los indios de Chimalistac. Intercedieron a su favor el prior
de los dominicos de Coyoacán y el rector del colegio carmelita
de San Ángel. La Audiencia también le dio la razón y siguió en
su ocupación. Al correr del tiempo se le retiró la protección
porque criticaba a los religiosos y tuvo que mudarse a
Cuernavaca.
Las beatas podían negociar también;
tenían infamadores que las acusaban de ilusas (mostraban tener
el favor y la comunicación divinos cuando no era cierto),
mentirosas o herejes pero a la vez había laicos y sacerdotes que
creían en ellas. Teresa Romero cambió su sayal carmelita por
trajes profanos y recibió joyas de regalo. Sus confesores la
regañaron y para calmarlos fingió que San Francisco le llevaba
un jubón con mangas y que él mismo se lo ponía en una ceremonia
parecida a la de los hermanos de la orden religiosa cuando
profesaban. Su hermana Josefa, cuando sor Isabel de Jesús y su
confesor insistieron en que llevara el hábito de terciaria
dominica, dijo tener una visión de una procesión de seglares y
terciarios que llevaban candelas apagadas. Llegaban a un lugar
en el que estaba una criatura desnuda a quien un ángel vestía
con prendas que salían de una fuente de oro. Éste ordenó a
Josefa encender las candelas: las de los seglares se prendían de
inmediato pero las de los terciarios no. Cuando preguntó quién
era la criatura, Cristo le respondió que era su madre y que
nunca había cambiado de vestidura por lo que ella siempre
tendría que vestir limpia, compuesta y alegre, no cabizbaja e
hipócrita, como una beata.
Por otra parte, estas mujeres y
los anacoretas hacían uso de la comunicación como negocio. De
esta manera insistían en que “administraban” en espíritu a gente
que vivía lejos. Algunas, como la ya mencionada Josefa Romero,
tenían una especie de bitácora de las personas con las que se
relacionaban. Mantenía que hablaba con ellas en raptos y le
decían quiénes eran, dónde iban y su ocupación. Así, aprovechó
la creencia que promovía la Iglesia de “el dogma de la comunión
de los santos” –se comunicaban los cristianos del cielo, de la
tierra y del Purgatorio (p. 71). También esto explicaba que
algunas beatas daban la impresión de hacer que los vivos se
pusieran en contacto con los muertos; con sus visiones
transmitían mensajes celestiales a los mortales. Por ser
“canales” de comunicación con el más allá, muchas veces se les
consideraba como “santas vivas”, pues ofrecían bienes materiales
y espirituales de manera espectacular que se tomaban por
milagros.
Como una de las tres pruebas para
la santidad era comprobar tener conocimientos para manifestar
ser partícipes de la ortodoxia (las otras dos eran llevar una
vida virtuosa y hacer milagros), ambos grupos tomaban
información teológica y mística de los libros que se publicaban
para difundir el mensaje cristiano y aparentaban tener
conocimientos sobre estos temas. Los eremitas eran más
ignorantes que las beatas por lo que a veces mezclaban temas
profanos con los sagrados. Así sucedió a Juan Bautista de
Cárdenas que mantenía estar bien preparado en estas cuestiones,
pero los inquisidores al interrogarlo opinaban que era un idiota,
pues hacía una mezcolanza de lo que había leído en libros en
romance con compendios de teología y filosofía que conocía de
oídas. Las beatas, en cambio, tenían más y mejor cultura pues
era común que tuvieran acceso a las lecturas de escritos
místicos, aunque muchas veces los escuchaban; por ejemplo,
Catalina de San Juan pedía a los niños del colegio de la
Compañía de Jesús de Puebla que le leyeran vidas de santos y
libros espirituales. Las Romero no tenían libros pero se los
prestaban sus amigos laicos y sacerdotes; los leían en familia y
los comentaban con su padre. Teresa en sus raptos usaba lo que
había leído en ellos por lo que su hermana Nicolasa atestiguó
que sus visiones eran fingidas. Con su conocimiento de “mística
casera”, como lo describe Rubial, las cuatro hermanas Romero
“pudieron crear las bases de credibilidad que les exigían sus
confesores” (p. 75): tenían muchos modelos que imitar y los
canalizaban como prácticas externas de piedad (oraban en público
o iban a procesiones y ceremonias) o mortificación extrema (periodos
largos sin comer o uso de cilicios).
Por otra parte, los confesores
escribían textos biográficos y hagiográficos de su existencia y
actividades, como sucedió con Catalina de San Juan, aunque en
ellos se hace uso del mundo de algunos sueños que tenía la
vidente, que se compagina con la interpretación de los biógrafos.
Es por ello que resulta difícil distinguir cuáles eran los
modelos medievales que Catalina había asimilado y transmitido de
los que habían introducido sus guías espirituales o hagiógrafos.
Se podrían incluir muchísimos
materiales más que usa el autor de este importante, entretenido
e informativo libro en el que se conjuntan la experiencia y
conocimientos de Antonio Rubial, sus grandes dotes de
investigador y su uso magistral de materiales originales. Desde
luego su lectura en sumamente interesante, pues enseña,
entretiene y convence. Sólo resta aconsejar a los futuros
lectores que se adentren en estas atractivas y sugestivas
manifestaciones estudiadas y descritas por el historiador en sus
infatigables pesquisas relativas al mundo virreinal de la Nueva
España.
Antonio Rubial
García, Profetisas y solitarios. Espacios y mensajes de
una religión dirigida por ermitaños y beatas laicos en las
ciudades de Nueva España. México: Universidad Nacional
Autónoma de México (Facultad de Filosofía y Letras) y Fondo
de Cultura Económica, México, 2006; 258 páginas.
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