México, Distrito Federal I Enero-Febrero 2007 I Año 1 I Número 6

 









 

 

María Águeda Méndez.Es doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México, donde es profesora-investigadora de tiempo completo del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, y Coordinadora Académica del mismo desde 2003. Investigadora Asociada del Proyecto CONACyT Clave G0046-H9608 del Seminario de Cultura Literaria Novohispana, Instituto de Investigaciones Bibliográficas Universidad Nacional Autónoma de México desde 2003. Su área de investigación es la Inquisición y la literatura novohispanas. Coordina el proyecto Catálogo de textos marginados novohispanos. Inquisición: siglos XVI-XIX y es co-subdirectora de la revista Prolija memoria. Estudios de cultura virreinal. Entre sus publicaciones destacan: Amores prohibidos. La palabra condenada en el México de los virreyes, en coautoría con Georges Baudot (1997) y Secretos del Oficio: avatares de la Inquisición novohispana (2001). Actualmente prepara la edición del libro de ensayos  Fiesta y celebración: espacio y discurso novohispanos

 

El libro más reciente del historiador Antonio Rubial, Profetisas y solitarios se basa en varias premisas que demuestran la ambigüedad que se daba en la época novohispana y que incluye desde lo que era la Iglesia hasta el ambiente social. El autor, siempre interesado en la vida cotidiana e incansable estudioso de ella, para mostrar sus proposiciones toma muy en cuenta las actividades de ermitaños y beatas y su influencia en la sociedad y religión de su tiempo, lo cual explica el título que, a primera vista, podría parecer enigmático, pues por definición, en el ámbito cristiano de la Nueva España la religión era una y única: radicaba y era dirigida por el régimen eclesiástico. Los eremitas eran hombres, en general españoles, que vivían en soledad –aunque muchas veces estaban muy cercanos a alguna orden religiosa– y si bien seguían las indicaciones de consejeros espirituales eclesiásticos se inventaron formas para utilizar los dogmas, los modelos y los cultos católicos para poderse mantener y conseguir prestigio o reconocimiento de los habitantes de los muchos lugares en los que se movían. Las mujeres, por el simple hecho de serlo, vivían en casas, se quedaban en un lugar y la mayoría eran criollas. Aunque sus modos de vida eran distintos, siempre iban vestidos de hábito y el producto de sus conductas era el mismo: hacerse de dinero, comida y vestido, impresionar a la gente y hacer que los admiraran y siguieran. Ésta no era una tarea fácil, pues aunque los habitantes de la Nueva España tenían una gran necesidad de tener “santos vivos” con los que pudieran convivir, no aceptaban a cualquiera con facilidad: tenían que ser personajes que destacaran de los demás y carismáticos para así convencerlos, lograr que los reconocieran y estuvieran con ellos. Al conseguir captar su atención y persuadirlos, a los ermitaños y beatas se les iba haciendo fama de santidad. La Iglesia, como se puede suponer, no podía estar de acuerdo con ellos, pues no obstante saber de formas para distinguir entre estos falsos santos de los verdaderos y reconocidos, la dificultad radicaba en que sus formas de actuar eran muy parecidas, por lo que la gente no podía saber cuáles eran los legítimos y cuáles los adulterados. Además, y terriblemente peligroso, la sociedad era confiada e incauta; los ermitaños y beatas aprovechaban esta situación para convencerlos de su supuesta virtuosidad.

Rubial se vale de varias reacciones y manifestaciones que resultan tener dobles sentidos para demostrar este fenómeno que podríamos llamar para-religioso. Primeramente, la insistencia de la Iglesia en que se debería renunciar a las tentaciones del mundo y hacer de las virtudes un patrón de vida pero que muchas veces se reflejaban en escritos o descripciones de sucesos con contenidos de sensualidad. Por otra parte, cuando se trataba de explicar la distinción entre lo real y lo imaginario era difícil de entender la línea divisoria entre ambos. Por último, los prodigios y milagros interferían cuando se trataba de diferenciar entre el mundo físico o real y el sobrenatural, pues para explicarlos se hacía uso de la ruptura de las leyes de la naturaleza porque se incluía la intervención divina o demoníaca en un mundo en que se entremezclaban lo permitido y la infracción de la norma impuesta por los dictámenes clericales.

Profetisas y solitarios es una muestra de que su autor seguramente pasó largo tiempo investigando y recopilando materiales del Archivo General de la Nación, así como estudiando las múltiples investigaciones sobre el tema para mostrar de manera más explicita y accesible sus aseveraciones. Además, presenta muchísimos ejemplos y va guiando al lector para que vea claramente y se adentre en el entorno en que los anacoretas y beatas se desenvolvieron. Afortunadamente para los investigadores de hoy en día, la Inquisición, al llevar a cabo su principal consigna de proteger la fe, cuando confiscó escritos para evitar su circulación y sometió a proceso a los que no observaban sus reglas conservó en sus anales mucha documentación en los registros que recogió y ordenó, que permiten su estudio en este siglo XXI que comienza. En ellos y en las especies de vidas de santos o hagiografías que de estos hombres y mujeres se escribían fundamenta Rubial su libro y nos advierte que, como todos estos textos eran producidos por confesores o miembros de órdenes religiosas, siempre hay que sospechar que en ellos pueda haber influencias de sus modos de pensar que contaminaban, por así decirlo, su escritura.

Entre los muchísimos ejemplos que emplea el autor cabe destacar algunos. Tanto los eremitas como las beatas tenían capacidades para mediar en conflictos. Presenta Rubial algunos casos de ermitaños que no estaban dispuestos a seguir los dictados de los frailes respecto a su modo de vestir. Hubo algunos como Salvador de Victoria que en 1658 llevaba un hábito con cordón a la manera de los franciscanos y una cinta como los agustinos. El provincial le ofreció el hábito de los terciarios, pero el eremita lo rechazó diciéndole que ésa no era su vocación. Cuando el religioso lo amenazó con encarcelarlo, respondió que él sólo obedecía al obispo y se salió con la suya. Otros, como Pedro García Arias recibieron el apoyo de miembros del clero: se hacía cargo de una ermita a la que hizo algunas reformas y por ello tuvo problemas con los indios de Chimalistac. Intercedieron a su favor el prior de los dominicos de Coyoacán y el rector del colegio carmelita de San Ángel. La Audiencia también le dio la razón y siguió en su ocupación. Al correr del tiempo se le retiró la protección porque criticaba a los religiosos y tuvo que mudarse a Cuernavaca.

Las beatas podían negociar también; tenían infamadores que las acusaban de ilusas (mostraban tener el favor y la comunicación divinos cuando no era cierto), mentirosas o herejes pero a la vez había laicos y sacerdotes que creían en ellas. Teresa Romero cambió su sayal carmelita por trajes profanos y recibió joyas de regalo. Sus confesores la regañaron y para calmarlos fingió que San Francisco le llevaba un jubón con mangas y que él mismo se lo ponía en una ceremonia parecida a la de los hermanos de la orden religiosa cuando profesaban. Su hermana Josefa, cuando sor Isabel de Jesús y su confesor insistieron en que llevara el hábito de terciaria dominica, dijo tener una visión de una procesión de seglares y terciarios que llevaban candelas apagadas. Llegaban a un lugar en el que estaba una criatura desnuda a quien un ángel vestía con prendas que salían de una fuente de oro. Éste ordenó a Josefa encender las candelas: las de los seglares se prendían de inmediato pero las de los terciarios no. Cuando preguntó quién era la criatura, Cristo le respondió que era su madre y que nunca había cambiado de vestidura por lo que ella siempre tendría que vestir limpia, compuesta y alegre, no cabizbaja e hipócrita, como una beata.

Por otra parte, estas mujeres y los anacoretas hacían uso de la comunicación como negocio. De esta manera insistían en que “administraban” en espíritu a gente que vivía lejos. Algunas, como la ya mencionada Josefa Romero, tenían una especie de bitácora de las personas con las que se relacionaban. Mantenía que hablaba con ellas en raptos y le decían quiénes eran, dónde iban y su ocupación. Así, aprovechó la creencia que promovía la Iglesia de “el dogma de la comunión de los santos” –se comunicaban los cristianos del cielo, de la tierra y del Purgatorio (p. 71). También esto explicaba que algunas beatas daban la impresión de hacer que los vivos se pusieran en contacto con los muertos; con sus visiones transmitían mensajes celestiales a los mortales. Por ser “canales” de comunicación con el más allá, muchas veces se les consideraba como “santas vivas”, pues ofrecían bienes materiales y espirituales de manera espectacular que se tomaban por milagros.

Como una de las tres pruebas para la santidad era comprobar tener conocimientos para manifestar ser partícipes de la ortodoxia (las otras dos eran llevar una vida virtuosa y hacer milagros), ambos grupos tomaban información teológica y mística de los libros que se publicaban para difundir el mensaje cristiano y aparentaban tener conocimientos sobre estos temas. Los eremitas eran más ignorantes que las beatas por lo que a veces mezclaban temas profanos con los sagrados. Así sucedió a Juan Bautista de Cárdenas que mantenía estar bien preparado en estas cuestiones, pero los inquisidores al interrogarlo opinaban que era un idiota, pues hacía una mezcolanza de lo que había leído en libros en romance con compendios de teología y filosofía que conocía de oídas. Las beatas, en cambio, tenían más y mejor cultura pues era común que tuvieran acceso a las lecturas de escritos místicos, aunque muchas veces los escuchaban; por ejemplo, Catalina de San Juan pedía a los niños del colegio de la Compañía de Jesús de Puebla que le leyeran vidas de santos y libros espirituales. Las Romero no tenían libros pero se los prestaban sus amigos laicos y sacerdotes; los leían en familia y los comentaban con su padre. Teresa en sus raptos usaba lo que había leído en ellos por lo que su hermana Nicolasa atestiguó que sus visiones eran fingidas. Con su conocimiento de “mística casera”, como lo describe Rubial, las cuatro hermanas Romero “pudieron crear las bases de credibilidad que les exigían sus confesores” (p. 75): tenían muchos modelos que imitar y los canalizaban como prácticas externas de piedad (oraban en público o iban a procesiones y ceremonias) o mortificación extrema (periodos largos sin comer o uso de cilicios).

Por otra parte, los confesores escribían textos biográficos y hagiográficos de su existencia y actividades, como sucedió con Catalina de San Juan, aunque en ellos se hace uso del mundo de algunos sueños que tenía la vidente, que se compagina con la interpretación de los biógrafos. Es por ello que resulta difícil distinguir cuáles eran los modelos medievales que Catalina había asimilado y transmitido de los que habían introducido sus guías espirituales o hagiógrafos.

Se podrían incluir muchísimos materiales más que usa el autor de este importante, entretenido e informativo libro en el que se conjuntan la experiencia y conocimientos de Antonio Rubial, sus grandes dotes de investigador y su uso magistral de materiales originales. Desde luego su lectura en sumamente interesante, pues enseña, entretiene y convence. Sólo resta aconsejar a los futuros lectores que se adentren en estas atractivas y sugestivas manifestaciones estudiadas y descritas por el historiador en sus infatigables pesquisas relativas al mundo virreinal de la Nueva España.

Antonio Rubial García, Profetisas y solitarios. Espacios y mensajes de una religión dirigida por ermitaños y beatas laicos en las ciudades de Nueva España. México: Universidad Nacional Autónoma de México (Facultad de Filosofía y Letras) y Fondo de Cultura Económica, México, 2006; 258 páginas.

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