Recuerdo el asombro o estupor
que me causó estando de niña sentada en la escalinata del colegio,
ocupada también por los chicos y las chicas mayores, cuando observé que
éstos leían sus libros en silencio.
Entonces descubrí que también se podía leer en silencio
y no solamente en voz alta, la tradición oral corría por mis venas desde
que había nacido debido a los cuentos que me leía mi madre y a las
historias que me contaba mi padre.
No dije
nada, me quedé en silencio, contemplando la escena donde aquellos
muchachos, demasiado mayores, tenía la nariz metida entre las hojas de
sus libros y no hablaban, ni leían en voz alta. Comprendí que lo hacían
en silencio.
Por unos segundos aquella primera hora de la tarde se paró y el
silencio lo inundó todo. Cogí de mi mochila un libro cualquiera y lo
abrí por una página cualquiera y me dispuse a imitar al resto. En aquel
momento algo ocurrió en mi interior que por arte de magia las palabras
resonaron en mi cabeza y en mi cuerpo, veía imágenes y comprendía
situaciones, actitudes y escenas, sin yo abrir la boca. Fue en esa tarde
cuando aprendí a leer en silencio.
Después, años después, me enteré que el mismo asombro que me había
causado el poder leer en silencio, les había ocurrido a muchos
personajes de la historia. En el año 383, Agustín, que todavía no era
San Agustín, al ir a visitar en Milán a Ambrosio quién más tarde también
sería santo, le escandalizó encontrar a éste, reconocido consumado
lector, leyendo de tal forma que señalaría en su libro Confesiones
de está manera: ‘’Cuando leía -dice Agustín- sus ojos recorrían
las páginas y su corazón entendía el
mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas. A menudo me hacía yo
presente donde él leía, pues el acceso a él no estaba vedado ni era
costumbre anunciarle la llegada de los visitantes, de modo que muchas
veces, cuando lo visitaba, lo encontraba leyendo en silencio, nunca en
voz alta”.
‘’Leer en silencio’’
no se tornó la manera natural de leer hasta el siglo X, aunque a lo
largo de los siglos hubo algunos casos que han pasado a la historia como
peculiares y todavía en la actualidad se recuerdan. En el siglo IV a.C.
encontraron a Alejandro Magno leyendo en silencio una carta de su madre,
este hecho desconcertó a sus soldados. Julio César una vez en el año 63
a.C., leyó en silencio una carta de amor, delante de su oponente en el
Senado. E incluso San Cirilo de Jerusalén en el año 349, en un sermón,
rogó a las mujeres que mientras esperaban durante la ceremonia, leyesen
en silencio los textos sagrados.
Se desconoce de dónde viene el momento y el lugar en que algo
hizo clic en la cabeza de alguien y las palabras sonaron en su cerebro
sin abrir la boca. Al igual que se desconoce ésto, se conoce que fue una
suerte de premio para la humanidad, pues fue el principio de una nueva
era de la lectura, denominada: “Leer en silencio”.
Es a partir del momento en que uno descubre la lectura en
silencio cuando de verdad toma contacto con la intimidad que le ofrece
un libro. Es cuando en realidad se adentra en el universo de sueños y
libertad que ofrecen sus hojas. Es cuando se emprende una aventura en
solitario diferente a si se afrontará la misma historia leída por otra
voz en alto, que puede trasladarse a un oyente o a un grupo de oyentes.
Tal vez
por eso no deja de tener cierto poder la imagen de una persona leyendo
agazapada, tumbada, sentada en un rincón, en apariencia apartada del
mundo, presa en su guarida voluntaria o instalada en su atalaya de
independencia, sosiego y lejanía que le ofrece su libro. Ese poder
extraño que le hace sumergirse en la historia que lee y olvidarse del
resto de la humanidad, es el mismo poder que siente la persona que mira
a ese lector realizando, una actividad peculiar, silenciosa y hermética,
que a lo mejor no tiene la suerte de comprender o que por el contrario
se ve reflejado como en un espejo.
destiempos.com
I Año 1
I Número 6
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