Me
había refugiado de la lluvia e intentaba entrar en calor
ante una taza de café, cerca de uno de los ventanales de la
cafetería Ateneo. El local tenía el suelo cubierto de serrín
y estaba abarrotado de gente. Multitud de paraguas y
gabardinas lloraban en las perchas y en los respaldos de
algunas sillas. El humo de los cigarros flotaba entre el
calor y el barullo de las conversaciones. Había personas de
todas clases, bebiendo y gesticulando, empujándose unos a
otros, entrando y saliendo, pululando de aquí para allá,
todos con la boca abierta y el pelo mojado.
Me encontraba
mirando la puerta y, de repente, apareció un rostro
extrañamente familiar. Al principio no pude recordar de qué
le conocía pero desvié la vista y desee que no me viese, que
no se me acercase. Hundí la mirada en la negra superficie
del café. ¿Era un cliente de la oficina? ¿Coincidimos quizá
en el hotel donde pasé mis últimas vacaciones? ¿Algún
dependiente? ¿El amigo de algún amigo?... Su rostro se me
escapaba y volví a buscarlo entre la gente que se encontraba
más próxima a la entrada, pero ya no estaba allí. Mejor, lo
mismo me daba.
Inesperadamente, una mano se posó en mi hombro y una voz
carrasposa me hizo levantar la mirada y volar hasta los
años de la infancia. Octavo curso, más o menos. El se
sentaba detrás de mí y le tiraba tizas a la profesora de
música. Pegaba chicles en las sillas de las niñas. Daba
patadas a diestro y siniestro cuando jugaba al fútbol.
Se empeñaba en ser mi amigo a toda costa y me pedía que
fuese testigo de cómo comía hormigas. Y mientras yo
soñaba que rescataba de terribles peligros a Belinda, la
niña de la primera fila de la que me había enamorado
secretamente, él se preguntaba en voz alta si le habrían
crecido las tetas tanto como su "pompis pomposo".
¡Hombre!
¡Arturo Contreras! dijo a voz en grito . ¡Cuantos años
sin vernos! ¿Cómo te va la vida?
Su tono era
odiosamente jovial. Yo no conseguía recordar su nombre.
Intenté sonreír y estreché su mano fría y mojada. Tenía
menos pelo y había engordado. Iba vestido de persona
mayor pero seguía conservando su mirada pícara e insana,
su aire de enajenación, sus facciones escarpadas, su
expresión maliciosa, falsamente desenfadada.
¿Te importa
que me siente?
Intenté forzar
un gesto que denotara una aceptación indiferente pero
debió salirme tan raro que lo mantuvo en vilo unos
instantes hasta que, por fin, se desplomó en una silla
frente a mí. Pidió rápidamente un café, resopló, se
frotó las manos y comenzó a hablar por los codos.
Parecía recordar a la perfección a todos nuestros
comunes compañeros de clase, algo totalmente imposible
para mí, por muchos datos que me facilitase.
Si, hombre,
si te tienes que acordar. Era uno gordito, pelirrojo,
que se sentaba en la tercera fila, al lado de la pared,
¿pero no te acuerdas? Era pecoso. ¡Le llamábamos "Granel"!
Ponía tanto
entusiasmo que, en más de una ocasión me sentí obligado
a mentirle porque me daba vergüenza exhibir tan mala
memoria.
¡Ah, sí! ¡Ahora
recuerdo! Uno gordito, pecoso y pelirrojo que se sentaba
en la tercera fila, al lado de la pared. Si, si, ya lo
recuerdo: "Granel". ¿Qué ha sido de él?
Entonces mi
interlocutor me contaba toda la historia que conocía,
sin escatimar detalles, y disfrutaba con ello.
Pues me lo
encontré dirigiendo el trafico, ¿qué te parece? Tantos
años en un colegio de pago para acabar siendo guardia
urbano y se reía, y su risa chirriaba de un modo
desagradable.
Acabó el café
y pidió una copa bien grande de cognac. Estaba
disfrutando, se le notaba. Su voz se convirtió en un
martilleo inacabable. Y me contó que Ricardo trabajaba
en una fábrica de yogures; y Juanito, uno de la clase de
al lado, era taxista.
¿No lo has
visto nunca? Yo me lo he encontrado tres veces. Está
gordo como una vaca. A lo mejor lo has visto y no lo has
reconocido, también podría ser. Por cierto, la última
vez que le vi me contó que Sergio, ¿lo recuerdas?, uno
muy delgadito que era capaz de mover una sola oreja,
pues me contó que Sergio se llama ahora Silvia, ¿qué te
parece?
Hay que ver
la de vueltas que da la vida dije, por decir algo.
A estas
alturas decidió que le llenasen de nuevo la copa y se
empeñó en invitarme a otra, a pesar de que le juré que
no me gustaba el cognac.
Te sentará de
maravilla dijo, poniéndomelo delante de las narices .
Es cosa de hombres y soltó una risotada. Sus mofletes
habían ganado color y sus ojos brillaban.
Entonces se
inclinó hacia delante, bajó el tono de voz y se dispuso
a contarme lo que había de ser el plato fuerte de su
conversación, su inconsciente meta desde el principio.
¿Te acuerdas
de la Niña del Pompis Pomposo: Belinda Nosecuantos?
Belinda
Swartz dije.
A ella si la
recordaba, con toda claridad. Se sentaba en la primera
fila y tenía el cabello dorado y largo y liso y los ojos
azules y era delgada y andaba como si fuese capaz de
levitar.
¡Esa misma!
Pues me la encontré la semana pasada y no vas a poder
creer dónde.
Por las noches
me dormía imaginando que la secuestraban unos piratas y
yo la rescataba. Luchaba con los piratas, los mataba y
la rescataba. Entonces ella se abrazaba a mí temblando
de frío y de miedo.
En
la calle Poeta Querol. Ya sabes. La zona de las putas. ¿Qué
te parece? Con lo modosita que era...
O un comando
terrorista secuestraba el colegio y yo la cogía de la
mano y conseguía sacarla de allí sana y salva, después
de sortear múltiples peligros.
Naturalmente
me la tiré. A pesar de su delgadez, te puedo decir que
tenía un buen polvo. Ella al principio no me reconoció.
O el autobús
que nos llevaba al colegio volcaba en una curva y ella
quedaba aprisionada entre dos asientos y lloraba.
Entonces yo la sacaba de allí por una de las ventanillas
y luego salvaba a otros niños y ella me veía como a un
héroe y me daba un beso en la mejilla: un beso suave y
cálido.
Cuando le
hablé del colegio ella pareció ruborizarse y eso me
excitó aún más ¿sabes? Y le dije que en su nueva
profesión también se merecía un sobresaliente porque me
lo estaba pasando de fábula reía . ¿Recuerdas que era
una niña que siempre sacaba muy buenas notas?
Y por la
mañana me levantaba de un salto y anhelaba llegar pronto
al colegio para verla de nuevo. En la hora del recreo la
observaba embelesado mientras ella saltaba a la cuerda
con las otras niñas y se reía y se le alborotaba su
larga melena rubia y se le bajaban los calcetines.
-Ella apartó
los ojos de un modo muy gracioso. Cuando terminé
hablamos un poco y me contó que se había casado con un
yonqui y que se había enganchado a las drogas. Su marido
la había abandonado y lo último que sabía de él es que
lo habían visto vendiendo pañuelos de papel en un
semáforo. Un dramón, chico. Le dije que volvería a verla,
pero no la he vuelto a encontrar. Una pena.
El tiempo se había
parado y ya no escuchaba los murmullos de la taberna, solo
veía a la gente gesticular; bocas abiertas y escandalizadas.
Todo se había vuelto de color amarillo. Los cristales,
empañados, impedían ver la calle. Mi copa de cognac estaba
vacía. Mis ojos lloraban por dentro y humedecían la imagen
de Belinda columpiándose en mi cerebro.
Y dime dijo de
pronto ¿Tu a qué te dedicas?
Le miré a los ojos
con dureza y, tras un deliberado silencio, me incliné hacia
delante. Él mantenía su estúpida sonrisa. Miré el reloj y le
dije que me disculpase, que me estaban esperando. Pareció
sorprendido. Sentí deseos de aplastarle la cabeza contra la
mesa pero opté por ponerme en pie y salir de allí. Cuando
llegué a la calle, la lluvia había perdido fuerza pero
continuaba resultando molesta. La única diferencia es que ya
no me importaba.