México, Distrito Federal I Enero-Febero 2007 I Año 1 I Número 6

 









 

Néstor Morosetti nació en Buenos Aires, Argentina el 2 de septiembre de 1965. A los veinte años colaboró en la revista La Buraco publicando cuentos de ciencia ficción. También trabajó como periodista en la revista Arte Oeste. En el año 2000 publica por intermedio de Ediciones del Dock El Esquizonauta. En 2001 Ediciones Carena, Barcelona, España publica varios poemas de su autoría en la antología “Poemas y Relatos al Sur”. En 2002 publica Protometálico. También realizó colaboraciones para el boletín mensual de Kieran Mc Laren, la revista digital Destiempos, la revista Malabia y obtuvo la mención de honor en cuento y poesía en el certamen internacional del Instituto Cultural Latinoamericano. Actualmente se encuentra trabajando en un libro de cuentos de ficción y ciencia ficción denominado “El Libro de las Extrañas Criaturas”.

Luego desplegó sus alas para volar por volar, planeando alto entre los vientos del cielo. Yendo siempre adonde quiere.

(El canto del Nilo) Roger Waters

Trajeron a la Mujer Pájaro y la encerraron en una jaula. Sus alas eran completamente blancas. Su rostro tenía un maquillaje parecido a brillantina. La de la luna producía un resplandor, junto con sus lágrimas que se derramaban por sus mejillas.

Yo tenía la misión de custodiarla, pero su mirada ponía en mí el castigo de una culpa. Sus ojos eran azules como los que yo traía puestos detrás de mi visor infrarrojo y su pelo muy corto y negro.

Examiné la fibra de su piel. Me tomó las manos cibernéticas y lloró pequeños cosmos que se dilataron pero que luego, volvieron a contraerse. Sentí flashes eléctricos que vinieron desde el pasado y el futuro y me desacomodaron hasta quedar perplejo. Unas partes de mí penetraban su mente y luego se iban volando por el cielo prendiéndose a la cola de las pléyades.

Ella no hablaba. Había sido arrancada de su nido, que estaba en lo alto de una casa. Ahora batía sus alas en la jaula pero su plumaje quedaba atascado entre las rejas.

“Picos de montañas... un poco de sangre”.

“Arañas en mis circuitos... pedazos de cielo que secan sus lágrimas”.

“Estrellas que lloran... ecos estrangulados por la tristeza.

Pensé en decirle algo, pero eso sería desobedecer. Yo nunca había tenido impulsos y ahora ella me humanizaba. De un momento a otro dijo palabras que se derramaron en mi cuello metálico.

Y ella estaba. Detrás de sus ojos se escondía una naturaleza que mis circuitos querían descubrir. El decir de su mirada suplicante era bello. Sacudió con sus manos los barrotes.

Esa noche la melancolía vino a darse a conocer. Abrí la jaula y la dejé escapar. Sin olvidarme de su llanto suplicante, su llanto que se calmaría en su nido junto a su Hombre Pájaro.

 

En tus pupilas las rosas se derriten o se prenden fuego. Sus pétalos estallan como ojos en los que viven pequeñas muñecas, que van a desahogarse a un mar de lilas encantadas. Y la Mujer Leopardo araña mis mañanas azules con sus garras que tienen melodías con guitarras eléctricas, que hacen sonar sus acordes debajo del agua cristalina.

Y he conocido tantos espécimenes de mujer que se creían dulces lobas negras o se multiplicaban en los espejos como idiotas jirafas. Y he hablado tanto de amor e incluso suplicado: La Mujer Leopardo es la única capaz de encontrarme entre estas selvas árabes en las que vago buscando mi rostro.

Inútil. Inútil que trate de averiguar quién soy en estas horas en que su amor me tiene encarcelado en sus néctares que enferman mi sentir con deliciosos líquidos. Ella sabe donde están todos mis crepúsculos, mis noches químicas y mi deseo de navegar como un satélite enfermo en su órbita sexual.

Mujer Leopardo, enrédame en la historia de tu viento violeta y tu ciudad de hielo que se mece en mi horizonte medular.

Dios habita los ojos de tus pezones, y nada en el océano que lo tiene atrapado como un hombre pez que desea volverse solamente un color rojo.

Y mi rostro me es ajeno cuando la Mujer Leopardo me muestra las máscaras que guarda para las fiestas, que se celebran en los castillos donde bebemos los licores que afiebran los sentidos.

Lentamente ella se va por las escaleras de hielo. El cielo de la noche crece oscuro a la salida del palacio. Yo soy el Hombre Leopardo. No lo sabía cuando la conocí, pero mi rostro que muta frente al espejo me muestra al hombre y al animal que soy.

 

El Muchacho Escarabajo tenía por corazón una paloma. Una paloma que un día voló para siempre de su alma. Fue reemplazada por transistores y microchips, que le llenaban las horas de películas mentales en las que era cualquier cosa menos él. Así, deliraba y deliraba en las llamadas telefónicas a sus amigos repitiendo simplemente, lo que habían programado sus programadores.

Nunca salió de su casa. Tampoco conoció el amor. Y nunca se dio cuenta de ello porque era parecido a un artefacto que los científicos manipulaban con programas genéticos.

Pero había algo que no podían extirparle. Su gran pasión era pintar pájaros. No sabía porqué ni para qué. Tampoco quería hacerse famoso con eso.

Los pintaba libres, con plumajes amarillos y blancos. Un día, llegó a su casa una señorita que se convirtió en un maniquí delante de sus ojos. El tonto creyó que se trataba de otra película que su mente había inventado. La señorita (que había quedado petrificada) logró soltar de su mano una nueva paloma. El Muchacho Escarabajo, abrió la piel de su pecho y dejó que la paloma fuese atravesada por sus arterias hasta ser su nuevo corazón.

Las películas de su mente cesaron, no así la habilidad para pintar pájaros. Pájaros que se posan en sus cuadros como corazones tibios y ardientes.

 

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