
Pilar Máynez
Es doctora en Lingüística por la UNAM. Está adscrita al
Programa de Investigación de la Facultad de Estudios
Superiores de Acatlán donde imparte las materias de Teorías
Lingüísticas I y II para la licenciatura de Letras
Hispánicas.Algunos de sus libros son: Fray Diego Durán.
Una interpretación mexica (1997), Ángel María Garibay.
En torno al español hablado en México (1997), Lenguas
y literaturas indígenas en el México contemporáneo
(2003). Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores
desde 1993. En 1998 obtuvo la “Distinción Universidad
Nacional para Jóvenes Investigadores en el área de
Humanidades”.En 2003, el INAH le otorgó el Premio “Wigberto
Jiménez Moreno” por la mejor investigación en el área de
Lingüística con su libro El calepino de Sahagún.
Un acercamiento.Durante dos años consecutivos
(2001-2003) ocupó la Cátedra Especial Miguel León-Portilla
en el Instituto de Investigaciones Históricas.

Desde
el primer contacto entre los habitantes del nuevo y el viejo
mundo, el idioma español incorporó vocablos de las diversas
lenguas amerindias que aludían a realidades propias de su
universo. Cada voz autóctona insertada en el castellano
representaba la existencia de un objeto o un concepto
inimaginables hasta entonces para los conquistadores. Se
inició así un proceso de transculturación lingüística en el
que, dentro de una conceptualización occidental, se
incorporaban nuevas unidades designativas de no siempre
fácil pronunciación y comprensión, que eran testimonio
irrecusable de insospechados referentes.
Muestra fehaciente de esta
inicial penetración en el castellano fue la inserción de
ají, cacique, hamaca en el Diario de Cristóbal Colón, o
el término canoa en el Dictionarium ex hispaniensi
in latinum sermonem de Antonio de Nebrija (1495), o los
diversos indigenismos que formaron parte del léxico de la
Secretaría Real entre 1492 y 1520, y que aparece en las
Décadas del Arte Novo de Pedro Mártir: areyto,
batata, guanábana, iguana, maguey, mamey, maíz y yuca.
De este modo, un número
importante de voces autóctonas abundaron ya en las primeras
cartas, diarios y crónicas de conquistadores y
evangelizadores que describían los diversos componentes de
aquel impensado universo. En estas narraciones se
introdujeron indigenismos procedentes de los distintos
territorios conquistados que funcionaron como elementos
imprescindibles de denominación. Así, el español
trasplantado a América comenzó a adquirir sus
particularidades que, muchas veces, encontraron su
explicación directa por la acción del sustrato. Y fue
precisamente en el vocabulario donde los idiomas amerindios
dejaron prueba palmaria de su infiltración, pues al decir de
Edward Sapir, “las lenguas como las culturas rara vez se
bastan a sí mismas y el tipo más sencillo de influencia que
una lengua puede ejercer sobre otra es el ‘préstamo’ de
palabras”.
Ahora bien, este proceso de
transculturación implicó, como se mencionó antes, no sólo la
emisión o escritura de vocablos de extraña pronunciación y
conformación en su repertorio léxico, sino la decodificación
e interpretación que, desde su óptica occidental, realizaron
de cada nuevo objeto, de cada nueva realidad. En los diarios
y crónicas de los conquistadores se encuentran distintos
procedimientos lingüísticos para acercar y explicar al
lector la gran diversidad de plantas, animales y comidas, la
variada indumentaria y la riqueza de los atavíos, o la
compleja estratificación social y religiosa de las culturas
prehispánicas. Marcos Morínigo, al referirse a la obra de
Gonzalo Fernández de Oviedo, sostiene que “el número de
indigenismos debió de ser bastante elevado en la lengua
hablada en los primeros tiempos”,
pues Fernández de Oviedo recogió en su Historia más
de cuatrocientos cincuenta, y José María Enguita, por su
parte, analiza la diversa gama de métodos morfológicos,
sintácticos y semánticos que este cronista empleó para
traducir esas nuevas realidades. Asimismo, Fray Bernardino
de Sahagún introdujo en el magno Códice Florentino de
la Historia general de las cosas de Nueva España
alrededor de cuatro mil voces nahuas relativas a los más
variados componentes de la cultura mexica e ideó diferentes
métodos lingüísticos para explicarlas.
Ahora bien, en
este interesante fenómeno de transculturación lingüística,
las Antillas desempeñaron un papel preponderante. Los
estudiosos del español en América coinciden en que numerosos
términos indígenas, que aún hoy se emplean con frecuencia en
el castellano de nuestro continente, tuvieron una
penetración decisiva desde ese primer contacto. La demora de
dos décadas de los españoles en las Islas fue fundamental en
el arraigo de las voces antillanas, en su posterior difusión
y en la definitiva preponderancia frente a la competencia
con otras voces indígenas del continente, que aludían a las
mismas realidades.
Agustín de
Zárate comenta en su Historia del descubrimiento y
conquista de la provincia del Perú que:
Los
españoles que fueron a conquistar el Perú, como todas las
palabras y cosas generales y más comunes
iban
mostrados de los nombres en que las llamaban a las Islas de
Santo Domingo y San Juan y Cuba
y
Tierra Firme donde habían vivido, y ellos no sabían los nombres
en la lengua del Perú nombrábanlas
con los
vocablos que de tales cosas traían aprendidos, y esto se ha
conservado de tal manera, que los
mismos
indios del Perú cuando hablan con los cristianos nombran estas
cosas por los vocablos que han
oído dellos.
En
esta ocasión, trataremos de la voz indígena pulque
muy empleada, como lo atestiguan los documentos, en
el castellano del siglo XVI y con un alto rendimiento en
la actualidad, como lo comprueban los modernos estudios
dialectológicos.
En efecto, pulque
o pulcre abunda ya en las crónicas de la Nueva
España, conviviendo con vino y aguamiel o
con las voces nahuas neuhtle y octli
con sus distintas variantes (iztac octli, teooctli),
y en nuestros días, según Juan M. Lope Blanch,
representa por su importancia, “al igual que
aguacate, cacahuate, coyote y tamal, uno de
los vocablos de significado privativo que no sufre
embates de otras voces sinónimas”.
Mito e historia se funden
en la explicación del descubrimiento del pulque.
Y así cuentan que, por los años de 1045 a 1050 reinaba
en Tollan, el rey tolteca Tepancaltzin. Un día se
presentó en su palacio un pariente suyo llamado
Papantzin: “Señor -le dijo- , mi hija ha descubierto que
del centro de las plantas del metl brota un licor
dulce y aromático y se lo hemos venido a ofrecer”.
Xochitl, que así se llamaba la doncella, entró con una
vasija llena de aguamiel del maguey. El monarca recibió
el presente, gustó el licor y dio las gracias al noble
pariente. Más tarde el rey propuso a la doncella que
viviera en su palacio para ser educada y servida en la
casa real. Durante más de un año el amor de Tepancaltzin
y Xochitl dio como fruto un niño, al que le pusieron por
nombre Meconetzin (hijo del maguey).
En el México antiguo esta
bebida, definida como “especie de chicha espesa que se
obtiene de la fermentación del jugo del cogollo del
maguey”, es la bebida típica de la meseta central
mexicana y parte de la alimentación de sus habitantes.
Debe beberse en cuanto está a punto, porque se aceda con
facilidad”.
Tenía diferentes usos y significados sociales,
religiosos y medicinales.
Fray
Bernardino de Sahagún la consigna 35 veces a lo largo de los
libros segundo, cuarto, sexto, octavo, décimo y undécimo de
su Códice Florentino, y proporciona los distintos
empleos y connotaciones que tenía en el mundo prehispánico,
Así, en el segundo libro, el franciscano comenta que durante
la fiesta Motlaxquian Tota (“El asadero de nuestro
padre”) sólo los viejos podían beber pulque en el
calpulco delante de la estatua de Xiuhtecuhtli. Sin embargo,
en la fiesta Pillahuano (“Beben los niños”) todos lo
bebían: hombres, mujeres, ninos y niñas, viejos y mozos, se
emborrachaban públicamente.
Por otra
parte, en el libro sexto, correspondiente a los
Huehuehtlatolli (Antigua palabra), donde se tratan diversos
temas sobre la moral y recta conducta que debían seguir los
diferentes estratos de la sociedad mexica, comenta:
Lo que
principalmente recomjiendo es, que os aparteys de la borrachera,
que no bevays uctli porque es
como
beleños que saca al hombre de su juyzio, de lo qual mucho se
apartaron, y temjeron los viejos, y las
viejas,
y lo tuvjeron por cosa muy aborrecible…Porque este uctli,
y esta borrachería es causa de toda
discordia, y disensión, y de todas rebueltas, y desasosiegos de
los pueblos, y reynos: es como un torbellino
que
todo lo rebuelve, y desbarata, es como una tempestad infernal,
que trae consigo, todos los males
iuntos… también es causa el uctli o pulcre de la
sobervjia y altivez.
Asimismo, Sahagún presenta
una amplia relación respecto a las propiedades medicinales
de esta bebida: las cataratas podían combatirse, según los
antiguos mexicanos, con el pulque serenado después de
haberlas raspado con la raíz zacamalinalli. También era
eficaz remedio contra las molestias de la garganta.
Por su parte, Sonia Corcuera
explica, respecto a los variados usos y aplicaciones del
pulque u octli en la cultura mexicana, que el
maguey es una planta muy apropiada a la ecología del
altiplano central de México, por ser resistente tanto a las
heladas como a las sequías. Por tal motivo, el pulque
sustituyó incluso al agua cuando ésta escaseaba.
Ahora bien, mucho se ha
discutido la procedencia etimológica de este vocablo que,
como se mencionó antes, abunda en el español de México, como
lo atestiguan los primeros documentos y los trabajos
dialectológicos de avanzada. Joan Corominas, por su parte,
proporciona en su multicitado Diccionario una
detallada explicación en este sentido. Afirma que es una
“voz mejicana de origen incierto, quizá del náhuatl
puliúhki (descompuesto, echado a perder)”, aunque líneas
abajo advierte que “el nombre del pulque en lengua
náhuatl es muy diferente, uktli u oktli”,
lo que implica, entonces, que pulque y octli
no tienen el mismo origen lingüístico.
Corominas
expone detenidamente cómo Friederici y Robelo han intentado
analizar el vocablo partiendo de su procedencia mexica. El
primero considera que el término es una corrupción de
uktli, que en boca de los españoles se transformó en
ucle o ulque; mientras que el segundo sostiene
que los conquistadores deformaron el adjetivo náhuatl
poliuhqui hasta convertirlo en pulque. Ambas
propuestas presentan deficiencias, pues en el primer caso
habría que explicar la presencia de la p inicial, y,
en el segundo, la contracción de poliuhqui a
pulque, que no parece posible por la acentuación grave
del náhuatl.
Por su parte, Francisco
Javier Clavijero, Elibeé Reclus y Roberto Jaramillo aseguran
que es una voz araucana; sin embargo esta teoría resulta
inadmisible, pues el vocablo pulque era conocido en
México cuando el reino de Chile aún no había sido
descubierto por los españoles.
Ahora bien, otros estudios
han manifestado sus reservas respecto al origen etimológico
del término, o simplemente han obviado su posible
procedencia. Al respecto, Manuel Payno explica que “el
pulque en azteca se llama neuhtli: y que no
sabemos porqué razón los españoles le nombraron pulque”.
Asimismo, Raúl Guerrero comenta que “en el idioma
náhuatl la bebida de los antiguos mexicanos fue llamada
necutli de donde proviene la voz neuhtle con la
que aún se designa”.
Un cuarto grupo de
investigadores ha destacado su probable procedencia
antillana. “El conquistador de México y Perú -dice José
Moreno de Alba- mostraba que verdaderamente era un veterano
en la experiencia americana por el hecho de conservar sus
palabras taínas”.
Y, en efecto, la preponderancia de canoa frente a
acalli, de maíz frente a centli, de
cacique frente a tlatoani, podría tener su
explicación en el hecho de haber sido las Islas el punto
inicial de interacción entre españoles y americanos. Lo
mismo podría decirse, entonces, de la competencia pulque-
octli.
Ahora bien, un
testimonio fundamental de la incorporación de voces
amerindias en el español, lo tenemos, sin duda, como ya se
mencionó, en las crónicas. En efecto, los primeros
narradores del nuevo mundo destacaron las voces amerindias
que incorporaron en sus relatos mediante pormenorizadas
explicaciones que ponían al descubierto la naturaleza de
aquel nuevo objeto, de aquella nueva realidad, a la que
aludían con el significante recién acuñado. Sin embargo,
rara vez señalaron la procedencia lingüística de esos
indigenismos.
Caso muy
particular lo tenemos en la Historia de las Indias de
Nueva España e Islas de la Tierra Firme de fray Diego
Durán, quien conoció ampliamente la estructura y expresiones
del idioma mexica. Así lo evidencian su desempeño como
intérprete en el Tribunal de la Santa Inquisición y el
meticuloso análisis de numerosas voces nahuas que introdujo
en su crónica, donde se lee sobre la bebida que venimos
tratando:
Tuvo
cuenta la républica de proveer y obviar por ley y por estatuto
de ella, que no se cometiesen males, ni
sucediesen casos desastrosos, y así ningunos había que no
plantasen y criasen magueyes, de cuya miel se
hace
vino que ellos beben y bebían. Porque el que llaman pulque,
que lo hacen los españoles, de miel negra
y agua
con la raíz, nunca ellos lo tuvieron, ni lo sabían hacer, hasta
que los negros y españoles lo
inventaron, y así este vocablo “pulque”, no es vocablo mexicano,
sino de las islas, como “maíz” y
“naguas”,
y otros vocablos que trajeron de la Española.
Como se puede
observar en esta cita, Durán no duda en que el origen
lingüístico del sinónimo de uctli provenga de las
Islas.
La voz náhuatl metl
cedió ante la taína maguey,¿por
qué el término mexica octli no pudo haber cedido ante
pulque?
Las explicaciones
etimológicas sobre el supuesto origen náhuatl de este
vocablo que expusimos aquí brevemente, no parecen convencer
del todo. Si tenemos en cuenta las teorías que sustentan la
inicial y decidida penetración de ciertos indigenismos
procedentes de las Antillas, y que pueden comprobarse
ampliamente, si observamos la cautela de los lexicógrafos en
proporcionar la etimología de esta voz, o incluso la
incertidumbre manifiesta respecto a su origen,
y si consideramos testimonios tempranos, como los de Agustín
de Zárate y Diego Durán, a los que nos referimos, debemos
replantear la dudosa teoría de que pulque es una voz
mexicana. Claro está que esto requiere de una investigación
diacrónica y diatópica más profunda, donde se consigne una
amplia gama de documentos, así como la explicación
lingüística comparada, en la que se consideren por igual los
posibles constituyentes nahuas y antillanos de la voz con
sus correspondinetes etapas evolutivas.
Este trabajo
se publicó en Palabra crítica. Estudios en homenaje a
José Amezcua. Serafín González/Lillian von der Walde (eds),
México, Universidad Autónoma Metropolitana y Fondo de
Cultura Económica, 1997, pp. 441-446.
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I Número 6
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