México, Distrito Federal I Enero-Febrero 2007 I Año 1 I Número 6

 









 

 

Pilar Máynez Es doctora en Lingüística por la UNAM. Está adscrita al Programa de Investigación de la Facultad de Estudios Superiores de Acatlán donde imparte las materias de Teorías Lingüísticas I y II para la licenciatura de Letras Hispánicas.Algunos de sus libros son: Fray Diego Durán. Una interpretación mexica (1997), Ángel María Garibay. En torno al español hablado en México (1997), Lenguas y literaturas indígenas en el México contemporáneo (2003). Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores desde 1993. En 1998 obtuvo la “Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Investigadores en el área de Humanidades”.En 2003, el INAH le otorgó el Premio “Wigberto Jiménez Moreno” por la mejor investigación en el área de Lingüística con su libro El calepino de Sahagún. Un acercamiento.Durante dos años consecutivos (2001-2003) ocupó la Cátedra Especial Miguel León-Portilla en el Instituto de Investigaciones Históricas. 

 

Desde el primer contacto entre los habitantes del nuevo y el viejo mundo, el idioma español incorporó vocablos de las diversas lenguas amerindias que aludían a realidades propias de su universo. Cada voz autóctona insertada en el castellano representaba la existencia de un objeto o un concepto inimaginables hasta entonces para los conquistadores. Se inició así un proceso de transculturación lingüística en el que, dentro de una conceptualización occidental, se incorporaban nuevas unidades designativas de no siempre fácil pronunciación y comprensión, que eran testimonio irrecusable de insospechados referentes.

Muestra fehaciente de esta inicial penetración en el castellano fue la inserción de ají, cacique, hamaca en el Diario de Cristóbal Colón, o el término canoa en el Dictionarium ex hispaniensi in latinum sermonem de Antonio de Nebrija (1495), o los diversos indigenismos que formaron parte del léxico de la Secretaría Real entre 1492 y 1520, y que aparece en las Décadas del Arte Novo de Pedro Mártir: areyto, batata, guanábana, iguana, maguey, mamey, maíz y yuca.1

De este modo, un número importante de voces autóctonas abundaron ya en las primeras cartas, diarios y crónicas de conquistadores y evangelizadores que describían los diversos componentes de aquel impensado universo. En estas narraciones se introdujeron indigenismos procedentes de los distintos territorios conquistados que funcionaron como elementos imprescindibles de denominación. Así, el español trasplantado a América comenzó a adquirir sus particularidades que, muchas veces, encontraron su explicación directa por la acción del sustrato. Y fue precisamente en el vocabulario donde los idiomas amerindios dejaron prueba palmaria de su infiltración, pues al decir de Edward Sapir, “las lenguas como las culturas rara vez se bastan a sí mismas y el tipo más sencillo de influencia que una lengua puede ejercer sobre otra es el ‘préstamo’ de palabras”.2

Ahora bien, este proceso de transculturación implicó, como se mencionó antes, no sólo la emisión o escritura de vocablos de extraña pronunciación y conformación en su repertorio léxico, sino la decodificación e interpretación que, desde su óptica occidental, realizaron de cada nuevo objeto, de cada nueva realidad. En los diarios y crónicas de los conquistadores se encuentran distintos procedimientos lingüísticos para acercar y explicar al lector la gran diversidad de plantas, animales y comidas, la variada indumentaria y la riqueza de los atavíos, o la compleja estratificación social y religiosa de las culturas prehispánicas. Marcos Morínigo, al referirse a la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo, sostiene que “el número de indigenismos debió de ser bastante elevado en la lengua hablada en los primeros tiempos”,3 pues Fernández de Oviedo recogió en su Historia más de cuatrocientos cincuenta, y José María Enguita, por su parte, analiza la diversa gama de métodos morfológicos, sintácticos y semánticos que este cronista empleó para traducir esas nuevas realidades. Asimismo, Fray Bernardino de Sahagún introdujo en el magno Códice Florentino de la Historia general de las cosas de Nueva España alrededor de cuatro mil voces nahuas relativas a los más variados componentes de la cultura mexica e ideó diferentes métodos lingüísticos para explicarlas.4

Ahora bien, en este interesante fenómeno de transculturación lingüística, las Antillas desempeñaron un papel preponderante. Los estudiosos del español en América coinciden en que numerosos términos indígenas, que aún hoy se emplean con frecuencia en el castellano de nuestro continente, tuvieron una penetración decisiva desde ese primer contacto. La demora de dos décadas de los españoles en las Islas fue fundamental en el arraigo de las voces antillanas, en su posterior difusión y en la definitiva preponderancia frente a la competencia con otras voces indígenas del continente, que aludían a las mismas realidades.

Agustín de Zárate comenta en su Historia del descubrimiento y conquista de la provincia del Perú que:

 

Los españoles que fueron a conquistar el Perú, como todas las palabras y cosas generales y más comunes

iban mostrados de los nombres en que las llamaban a las Islas de Santo Domingo y San Juan y Cuba

y Tierra Firme donde habían vivido, y ellos no sabían los nombres en la lengua del Perú nombrábanlas

con los vocablos que de tales cosas traían aprendidos, y esto se ha conservado de tal manera, que los

mismos indios del Perú cuando hablan con los cristianos nombran estas cosas por los vocablos que han

oído dellos.5

En esta ocasión, trataremos de la voz indígena pulque muy empleada, como lo atestiguan los documentos, en el castellano del siglo XVI y con un alto rendimiento en la actualidad, como lo comprueban los modernos estudios dialectológicos.

En efecto, pulque o pulcre abunda ya en las crónicas de la Nueva España, conviviendo con vino y aguamiel o con las voces nahuas neuhtle y octli con sus distintas variantes (iztac octli, teooctli), y en nuestros días, según Juan M. Lope Blanch, representa por su importancia, “al igual que aguacate, cacahuate, coyote y tamal, uno de los vocablos de significado privativo que no sufre embates de otras voces sinónimas”.6

Mito e historia se funden en la explicación del descubrimiento del pulque. Y así cuentan que, por los años de 1045 a 1050 reinaba en Tollan, el rey tolteca Tepancaltzin. Un día se presentó en su palacio un pariente suyo llamado Papantzin: “Señor -le dijo- , mi hija ha descubierto que del centro de las plantas del metl brota un licor dulce y aromático y se lo hemos venido a ofrecer”. Xochitl, que así se llamaba la doncella, entró con una vasija llena de aguamiel del maguey. El monarca recibió el presente, gustó el licor y dio las gracias al noble pariente. Más tarde el rey propuso a la doncella que viviera en su palacio para ser educada y servida en la casa real. Durante más de un año el amor de Tepancaltzin y Xochitl dio como fruto un niño, al que le pusieron por nombre Meconetzin (hijo del maguey).7

En el México antiguo esta bebida, definida como “especie de chicha espesa que se obtiene de la fermentación del jugo del cogollo del maguey”, es la bebida típica de la meseta central mexicana y parte de la alimentación de sus habitantes. Debe beberse en cuanto está a punto, porque se aceda con facilidad”.8 Tenía diferentes usos y significados sociales, religiosos y medicinales.

Fray Bernardino de Sahagún la consigna 35 veces a lo largo de los libros segundo, cuarto, sexto, octavo, décimo y undécimo de su Códice Florentino, y proporciona los distintos empleos y connotaciones que tenía en el mundo prehispánico, Así, en el segundo libro, el franciscano comenta que durante la fiesta Motlaxquian Tota (“El asadero de nuestro padre”) sólo los viejos podían beber pulque en el calpulco delante de la estatua de Xiuhtecuhtli. Sin embargo, en la fiesta Pillahuano (“Beben los niños”) todos lo bebían: hombres, mujeres, ninos y niñas, viejos y mozos, se emborrachaban públicamente.9

Por otra parte, en el libro sexto, correspondiente a los Huehuehtlatolli (Antigua palabra), donde se tratan diversos temas sobre la moral y recta conducta que debían seguir los diferentes estratos de la sociedad mexica, comenta:

 

Lo que principalmente recomjiendo es, que os aparteys de la borrachera, que no bevays uctli porque es

como beleños que saca al hombre de su juyzio, de lo qual mucho se apartaron, y temjeron los viejos, y las

viejas, y lo tuvjeron por cosa muy aborrecible…Porque este uctli, y esta borrachería es causa de toda

discordia, y disensión, y de todas rebueltas, y desasosiegos de los pueblos, y reynos: es como un torbellino

que todo lo rebuelve, y desbarata, es como una tempestad infernal, que trae consigo, todos los males

iuntos… también es causa el uctli o pulcre de la sobervjia y altivez.10

 

Asimismo, Sahagún presenta una amplia relación respecto a las propiedades medicinales de esta bebida: las cataratas podían combatirse, según los antiguos mexicanos, con el pulque serenado después de haberlas raspado con la raíz zacamalinalli. También era eficaz remedio contra las molestias de la garganta.11

Por su parte, Sonia Corcuera explica, respecto a los variados usos y aplicaciones del pulque u octli en la cultura mexicana, que el maguey es una planta muy apropiada a la ecología del altiplano central de México, por ser resistente tanto a las heladas como a las sequías. Por tal motivo, el pulque sustituyó incluso al agua cuando ésta escaseaba.12

Ahora bien, mucho se ha discutido la procedencia etimológica de este vocablo que, como se mencionó antes, abunda en el español de México, como lo atestiguan los primeros documentos y los trabajos dialectológicos de avanzada. Joan Corominas, por su parte, proporciona en su multicitado Diccionario una detallada explicación en este sentido. Afirma que es una “voz mejicana de origen incierto, quizá del náhuatl puliúhki (descompuesto, echado a perder)”, aunque líneas abajo advierte que “el nombre del pulque en lengua náhuatl es muy diferente, uktli u oktli”,13 lo que implica, entonces, que pulque y octli no tienen el mismo origen lingüístico.

Corominas expone detenidamente cómo Friederici y Robelo han intentado analizar el vocablo partiendo de su procedencia mexica. El primero considera que el término es una corrupción de uktli, que en boca de los españoles se transformó en ucle o ulque; mientras que el segundo sostiene que los conquistadores deformaron el adjetivo náhuatl poliuhqui hasta convertirlo en pulque. Ambas propuestas presentan deficiencias, pues en el primer caso habría que explicar la presencia de la p inicial, y, en el segundo, la contracción de poliuhqui a pulque, que no parece posible por la acentuación grave del náhuatl.

Por su parte, Francisco Javier Clavijero, Elibeé Reclus y Roberto Jaramillo aseguran que es una voz araucana; sin embargo esta teoría resulta inadmisible, pues el vocablo pulque era conocido en México cuando el reino de Chile aún no había sido descubierto por los españoles.14

Ahora bien, otros estudios han manifestado sus reservas respecto al origen etimológico del término, o simplemente han obviado su posible procedencia. Al respecto, Manuel Payno explica que “el pulque en azteca se llama neuhtli: y que no sabemos porqué razón los españoles le nombraron pulque”. Asimismo, Raúl Guerrero comenta que “en el idioma náhuatl la bebida de los antiguos mexicanos fue llamada necutli de donde proviene la voz neuhtle con la que aún se designa”.15

Un cuarto grupo de investigadores ha destacado su probable procedencia antillana. “El conquistador de México y Perú -dice José Moreno de Alba- mostraba que verdaderamente era un veterano en la experiencia americana por el hecho de conservar sus palabras taínas”.16 Y, en efecto, la preponderancia de canoa frente a acalli, de maíz frente a centli, de cacique frente a tlatoani, podría tener su explicación en el hecho de haber sido las Islas el punto inicial de interacción entre españoles y americanos. Lo mismo podría decirse, entonces, de la competencia pulque- octli.

Ahora bien, un testimonio fundamental de la incorporación de voces amerindias en el español, lo tenemos, sin duda, como ya se mencionó, en las crónicas. En efecto, los primeros narradores del nuevo mundo destacaron las voces amerindias que incorporaron en sus relatos mediante pormenorizadas explicaciones que ponían al descubierto la naturaleza de aquel nuevo objeto, de aquella nueva realidad, a la que aludían con el significante recién acuñado. Sin embargo, rara vez señalaron la procedencia lingüística de esos indigenismos.

Caso muy particular lo tenemos en la Historia de las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra Firme de fray Diego Durán, quien conoció ampliamente la estructura y expresiones del idioma mexica. Así lo evidencian su desempeño como intérprete en el Tribunal de la Santa Inquisición y el meticuloso análisis de numerosas voces nahuas que introdujo en su crónica, donde se lee sobre la bebida que venimos tratando:

 

Tuvo cuenta la républica de proveer y obviar por ley y por estatuto de ella, que no se cometiesen males, ni

sucediesen casos desastrosos, y así ningunos había que no plantasen y criasen magueyes, de cuya miel se

hace vino que ellos beben y bebían. Porque el que llaman pulque, que lo hacen los españoles, de miel negra

y agua con la raíz, nunca ellos lo tuvieron, ni lo sabían hacer, hasta que los negros y españoles lo

inventaron, y así este vocablo “pulque”, no es vocablo mexicano, sino de las islas, como “maíz” y

naguas”, y otros vocablos que trajeron de la Española.17

 

Como se puede observar en esta cita, Durán no duda en que el origen lingüístico del sinónimo de uctli provenga de las Islas.

La voz náhuatl metl cedió ante la taína maguey,18¿por qué el término mexica octli no pudo haber cedido ante pulque?

Las explicaciones etimológicas sobre el supuesto origen náhuatl de este vocablo que expusimos aquí brevemente, no parecen convencer del todo. Si tenemos en cuenta las teorías que sustentan la inicial y decidida penetración de ciertos indigenismos procedentes de las Antillas, y que pueden comprobarse ampliamente, si observamos la cautela de los lexicógrafos en proporcionar la etimología de esta voz, o incluso la incertidumbre manifiesta respecto a su origen,19 y si consideramos testimonios tempranos, como los de Agustín de Zárate y Diego Durán, a los que nos referimos, debemos replantear la dudosa teoría de que pulque es una voz mexicana. Claro está que esto requiere de una investigación diacrónica y diatópica más profunda, donde se consigne una amplia gama de documentos, así como la explicación lingüística comparada, en la que se consideren por igual los posibles constituyentes nahuas y antillanos de la voz con sus correspondinetes etapas evolutivas.


 

Este trabajo se publicó en Palabra crítica. Estudios en homenaje a José Amezcua. Serafín González/Lillian von der Walde (eds), México, Universidad Autónoma Metropolitana y Fondo de Cultura Económica, 1997, pp. 441-446.


 

 

1 Cfr. María Ángeles Soler, “El Diario de Colón. Aspectos comunicativos y lingüísticos del primer contacto entre europeos y americanos”, Estudios de cultura náhuatl, vol. 23, México, UNAM, 1993, p. 152, y José G. Moreno de Alba, El español en América, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pp. 50- 51.

2 Edward Salir, El lenguaje, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, p. 23 (Breviario 96).

3 Marcos Morínigo, “La formación Léxica regional hispanoamericana”, Nueva Revista de Filología Hispánica, México, El Colegio de México, 1953, p. 235.

4 Cf. José María Enguita Utrilla, “Fernández de Oviedo ante el léxico indígena”, Homenaje a Ambrosio Rabanales, t. XXX, Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, 1980, y Pilar Máynez, Religión y magia, Un problema de transculturación lingüística en la obra de Bernardino de de Sahagún, México, UNAM, 1989.

5 Citado por Marcos Morínigo, “La formación léxica regional hispanoamericana”…”, Op. Cit.,p. 236.

6 Juan M. Lope Blanch, Léxico indígena en el español de México, México, El Colegio de México, 1979, Jornada 63, pp. 44- 45. Además este término ha dado origen a numerosos dichos y refranes como “El que toma una vez pulque su casa es el tinacal” (disculpa por el vicio de la embriaguez), “Hacerse al pulque” (adaptarse al medio), “No tiene la culpa el pulque sino el briago que lo bebe” (No hay que echarle la culpa sino al que de veras la tiene). Cf. Marius Sala, et al., El léxico indígena del español americano. Apreciación sobre su vitalidad, México, Academia Mexicana y Editora Academiei Romane, 1977, p. 114.

7 Manuel Payno, “De la elaboración del pulque, Conducción a México. Clases de pulque. Propiedades medicinales”, Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y estadística, t. X, México, Imprenta de Vicente García Torres, 1863, p. 386.

8 Marcos Morínigo, Diccionario de americanismos, Barcelona, Muchnick Editores, 1985, p. 380. Francisco J. Santamaría lo define como “bebida embriagante espirituosa de aspecto nauseabundo y sabor desagradable que se obtiene haciendo fermentar el aguamiel. Es la bebida peculiar de la gente pobre en la Meseta Central”, Diccionario de mejicanismos, México, Porrúa, 1978, p. 894.

9 Fray Bernardino Sahagún, Códice Florentino. Historia general de las cosas de Nueva España, México, El gobierno de la república edita en facsímil el Manuscrito 218- 20 de la Colección Palatina de la Biblioteca Medicea Laurenziana, s. f., t. I. Lib. 2, fol. 92, p. 146 v. y Lib. 2, fol. 105, p. 159 r., respectivamente.

10 Ibid.,Lib. 6, fol. 55, p. 58 r.

11 Ibid., Lib. 10, fol. 100, p. 102 r.

12 Sonia Corcuera de Mancera, El fraile, el indio y el pulque. Evangelización y embriaguez en la Nueva España (1523- 1548). México, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 18.

13 Joan Corominas, Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, v. III, Madrid, Gredos, 1976, pp. 919- 920.

14 Véase Oswaldo Goncalves de Lima, El maguey y el pulque en los códices mexicanos, México, Fondo de Cultura Económica, 1956, p. 13.

15 Manuel Payno, op. cit., p. 435 y Raúl Guerrero Guerrero, El pulque. Religión, cultura, folkore, México, SEP/INAH, 1980, p. 37.

16 José G. Moreno de Alba, Op. Cit., p. 51.

17 Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra Firme, t. I, ed. de Ángel María Garibay, México, Porrúa, 1967, p. 203.

18 Philip Motley Palmer en su estudio sobre las aportaciones del Nuevo Mundo al vocabulario alemán desde el siglo XV al XIX, hace derivar maguey del taíno meguey. Véase en Oswaldo Goncalves de Lima, op. cit., p. 14.

19 Por ejemplo, Tomás Buesa y José María Enguita advierten al referirse al chocolate que “su etimología resulta tan controvertida como la de pulque”. Léxico del español de America. Su elemento patrimonial indígena, Madrid, Mafre, 1992, p. 79.

 

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