Javier,
un escritor sin trayectoria, pero afanado en escribir una novela
romántica exitosa, no lograba concluir satisfactoriamente el romance de
su obra al ser tan idílico, por lo tanto, decide convertirse en el
personaje protagónico viendo que la descripción del mismo podría
concordar con la de él, y se lanza a la calle en busca de una musa
inspiradora que lo llenara de nuevas ideas.
Cambió su corte de cabello y manera de vestir haciéndolos más
agradables y románticos, llevando siempre una flor en la solapa.
Modificó su estilo de caminar levantando los hombros con elegancia. Así
también tenía mucho empeño en que su imagen fuese impecable por lo que
lustraba sus zapatos con esmero. Adoptó algunas extravagancias propias
de su personaje, como fumar pipa, cosa que antes no hacía, comer frutas
con cubiertos, usar fijador en el cabello en abundancia y cuanta locura
hiciera aquel.
Al verse reflejado en cuerpo entero con el otro, sale al
encuentro de Rosaura, la protagonista femenina de su tórrido romance de
papel. Después de ardua búsqueda encontró en una dorada tarde, en un
parque, a Hilda, una mujer con el cabello exacto al de Rosaura que le
imprimía un gesto tan angelical como el manto castaño y sedoso que caía
en los hombros de su dulce personaje.
Acercándose a ella le habló de sus propósitos: llevarla a su
departamento de él y vivir un romance novelesco sin consecuencias que le
sirviera de inspiración para terminar su novela. Siendo una mujer
decente y felizmente casada, Hilda se sintió ofendida; su respuesta fue
una bofetada dada con tanto ímpetu que tomó de sorpresa al sensible
corazón de Javier quien fue sacudido y vuelto a su triste realidad.
Pero no desistió en su afán y finalmente la convence de ir todos
los días un par de horas para que le descubriera nuevas fuentes de
inspiración, pagándole, por supuesto. Hilda aceptó con reservas, pero
sólo en apoyo del arte ya que era muy aficionada a las novelas de ese
género, y por lo cual quería sentirse parte importante de la trama, pero
eso sí, sin dejar de cobrar por sus horas de empeño, como cualquier musa
terrenal.
Platicaban tomando el té, otra nueva costumbre del escritor, o
paseaban en algún parque inspirándose con los jardines. Todo iba bien
hasta llegado el día cuando Javier, enamorado hasta la médula, quiso
sobrepasarse con ella besándola con los ojos cerrados, los cuales abrió
abruptamente al recibir otra sonora bofetada, esta última de despedida.
Era tan grande su entusiasmo que no se desilusionó con el
incidente, pues aún se percibía en su casa el aura de Hilda la cual le
serviría para unos días más de iluminación poética mientras se
difuminara por completo.
Otro día, sorpresivamente, se encontró en un restaurante con una
mujer con la misma boca y sonrisa de su amorosa Rosaura quien lo cautivó
al momento de regalarle una excitante sonrisa. Margarita, fascinada y
sin dejar de sonreír, escuchó la historia completa de la protagonista de
la novela y los propósitos del escritor; no le parecieron descabellados,
sino invitantes a una lujuria desconocida para ella. El único problema
era su poco interés en la vida por otra cosa que no fuera comer; sin
embargo le prometió pensar en su proposición cuando terminara con los
platillos que había pedido y que llenaban la mesa.
Javier la veía engullendo grandes cantidades de comida a través
de ese par de labios sensuales y su doble hilera de perlas moviéndose
sin parar. Pagó su consumo, no sin sorprenderse del monto y del cuerpo
de Margarita que al parecer no era tan frágil como su nombre. Con
coquetería lo citó para la siguiente tarde en el mismo lugar.
Así iniciaron el romance que después se trasladó al departamento de
Javier no sin antes haber llenado todas las despensas y el refrigerador,
surtidos de finas viandas compradas con la lista que ella le había
proporcionado. Él se adaptaba a cualquier cosa, incluso a disimular que
su nueva musa comía demasiado y su cuerpo no se asemejaba en nada al de
su esbelta Rosaura.
Llegó el día en que el tendero se negó a seguirle fiando
exigiéndole el pago inmediato de su deuda so pena de llevarlo a la
comisaría. Javier tuvo que trabajar por las noches con él mientras
pagaba sus abonos. Margarita al ver las alacenas vacías se sintió
ofendida, y se marchó para siempre.
No fue suficiente para que Javier desistiera. Ya repuesto de su
deuda seguía empeñado en encontrar a una chica ideal y transformarla en
la verdadera Rosaura, como él mismo hizo con su imagen. Entonces conoció
a Lorena en un teatro. De ojos cautivadores y mirada chispeante, muy
parecida a su protagonista por su grácil figura. Era bailarina en
ballets de cantantes, amaba el baile y poseía gran agilidad, lo que
terminó por cautivarlo. De nuevo intentó seducirla llevándola a su
departamento y diciéndole que sería su última musa en ayudarlo a
finalizar su atropellada novela, y claro, pagándole por las ideas que le
proporcionara.
Lorena era una chica de carácter fuerte que no estaba dispuesta
ni siquiera a modificar su peinado; era práctica y nada romántica, lo
que más le interesaba aparte de bailar era el dinero, pero accedió a
quedarse. Después de un romance con altas y bajas, un día, en cuanto
supo la clave de la tarjeta de crédito de Javier, le sacó con sus ágiles
dedos la cartera del pantalón y lo dejó sin nada.
Durante una larga temporada el escritor tuvo que vivir ayudado de
su antiguo empleo con el tendero. Ahora sí estaba indignado de no poder
encontrar a su musa Rosaura fuera del papel y la tinta. Pero entusiasta
como siempre, pensó que tal vez lo que necesitaba ahora era ir en busca
de una bruja.