La
gran ciudad iluminada por farolas de colores palidecía
ante los bellos tonos del atardecer, hacia el horizonte
los tonos rojos del sol que se despedía de un día más,
parecían evocar un dragón hambriento, lanzando llamas
para engullir de un solo bocado la gran urbe que se
extendía a nuestros pies.
Nada podría
habernos preparado para los momentos siguientes, de
pronto todo se oscureció, adentro y afuera sólo
penumbra, más que penumbra, oscuridad total, no podíamos
ver ni el contorno de nuestras narices.
El dragón no
era imaginario, había despertado, y no sólo eso,
aprovechó el momento del crepúsculo para engullirnos,
estábamos entre sus tripas, un ruido ensordecedor
amenazaba con hacernos perder la razón. De pronto
comenzamos a echar de menos las épocas en las que un
fiero y bravo caballero en su corcel se enfrentaba con
sólo una lanza y una espada para combatir contra los
poderosos dragones que asolaban los pueblos medievales.
La
desesperación era total, las almas que poblábamos el
interior del dragón no sabíamos qué hacer, hacia dónde
dirigirnos, no había nadie que pudiera hacerse cargo del
grupo, definitivamente creíamos que sería nuestro fin.
El dragón
corría despavorido, como si se hubiera tragado una bola
incandescente, y hasta cierto punto eso era, nosotros
veníamos en una aeronave que al paso de las horas y al
contacto con los ácidos del estómago del dragón se iba
inflamando, nosotros seguíamos sumidos en la desolación.
A cada paso
dábamos tumbos en las entrañas de la fiera,
necesitábamos salir de ahí, era algo imperativo, de
pronto a uno de nosotros se le ocurrió que tal vez
bajando el tren de aterrizaje seríamos capaces de herir
al dragón de tal modo que pudiéramos escapar.
Así lo hicimos,
un par corrió a la cabina de mando… la nave estaba
completamente automatizada, pero había controles para
situaciones de emergencia. Bajamos pues el tren de
aterrizaje provocando un agudo dolor en el vientre de la
bestia que se paró en seco, provocando que algunos de
los tripulantes nos golpeáramos contra el interior de la
nave.
De pronto todo
fue quietud, alguien atinó a abrir una de las salidas de
socorro, tal como habíamos calculado, nuestro tren de
aterrizaje era tan largo que partió en dos la piel del
dragón, fuimos saliendo de uno en uno azorados ante lo
que veían nuestros ojos.
No podría
decirles si el dragón voló, o si corrió tan rápidamente
que cambió la geografía que habíamos visto cuando
estábamos a punto de aterrizar. Ahora era de noche, pero
no había farolas multicolores, estábamos en el campo
abierto, hacía un frío que calaba hasta los huesos,
nuestra brújula había perdido el norte y nuestro GPS
hacía tiempo que dejó de funcionar pues el software no
soportó las altas temperaturas que imperaban en el
vientre del dragón.
Nosotros
estábamos habituados al calor, mas no al frío, así que
salir al campo como dije antes nos heló hasta los huesos,
nuestro refugio con “calefacción” era la aeronave dentro
del dragón.
Decidimos
pasar ahí la noche, acurrucados unos contra otros para
darnos calor, al cabo confiábamos en que pronto
amanecería y con el nuevo día podríamos tener calor
exterior y una ubicación más precisa de dónde nos
hallábamos.
A la mañana
siguiente unos tímidos rayos de sol penetraron en la
penumbra de la aeronave y comenzamos a espabilarnos,
salimos sin miedo ya, pues la mera presencia del sol nos
aseguraba que encontraríamos calor suficiente para estar
fuera.
El campo se
extendía más allá del horizonte, pero no se veían
caseríos, ni una choza, ni media construcción derruida,
verde y más verde, sólo verde. ¡VERDE! con lo que
detestábamos todos ese color, no podría ser rojo,
amarillo, azul… ¡no! todo era verde, un verde que hería
nuestras pupilas, no teníamos escapatoria, el verde se
cernía a nuestro alrededor como una gran amenaza.
Decidimos que
no podíamos continuar ahí, fabricamos unas gafas que
filtraban el color verde, tomamos las pocas provisiones
que quedaban en la aeronave y decidimos emprender
nuestro camino.
Sabíamos que
al este y al oeste había mar, así que calculando las
distancias que habíamos recorrido y confiando en que no
tuviéramos un gran margen de error nos encaminamos hacia
el este, confiábamos en que sobre ese rumbo al cabo de
un par de días encontraríamos el mar.
Nuestro
recorrido fue bastante accidentado, está demás decir que
pasamos por montañas y valles, por lugares semiáridos,
de pronto comenzamos a ver civilización, personas que se
nos quedaban mirando como si fuéramos de otro planeta,
pero lo que en realidad sucedía es que la larga travesía
había causado estragos en nuestra piel, los niños se
acercaban sin temor, intentaban charlar con nosotros,
pero no entendíamos su lenguaje, nos limitábamos a
sonreír.
Más adelante
la gente empezó a compadecerse de nosotros, nos ofrecían
alimento y nosotros aceptábamos gustosos ya que nuestras
provisiones se estaban agotando rápidamente, seguimos
caminando, los pies nos dolían, los teníamos medio
deshechos, pero la única forma de comunicarnos con los
nuestros era llegar al mar.
Al cabo de una
semana por fin empezamos a divisar algo parecido al mar
en el horizonte, nuestro olfato percibía el aroma de la
sal, nuestros oídos escuchaban la música de las olas, y
continuamos cada vez con más ahínco para llegar a donde
pertenecíamos.
Nos reunimos
en la playa, nos abrazamos con gusto por haber logrado
nuestro cometido, nos zambullimos entre las olas y nos
sentimos vivos, nuestra piel se caía a pedazos pero se
renovaba con gran rapidez, nos transformamos, volvimos a
ser nosotros mismos, emitimos sonidos dentro del agua
para que nuestros compañeros vinieran a nuestro
encuentro.
La gente
acudía desde sus casas, era un espectáculo vernos
chapotear en el agua, sintiéndonos vivos, sintiendo como
la muerte se alejaba cada vez más de nuestros cuerpos y
que la vida simplemente fluía dentro de nosotros.
Una manada de
delfines llegó a nuestro encuentro, nos sentimos entre
hermanos, cabalgamos sobre su lomo hasta el anochecer y
llegamos por fin a casa.
Nunca
olvidaremos esa travesía que nos dejó marcados de por
vida, no podremos desaparecer de nuestra memoria a la
gente que nos ayudó en nuestro camino, siempre
recordaremos la inocencia de los niños que a pesar de
nuestro aspecto se acercaban e intentaban charlar con
nosotros.
En nuestro
hogar nos recibieron con júbilo, la expedición había
tardado mucho más de lo previsto y algunos habían
perdido la esperanza de vernos de nuevo. Yo me sentí
plenamente feliz cuando pude estrechar entre mis brazos
a mi mujer y a mis 6 hijos. El viaje había terminado, y
yo que había dudado en algunos instantes sobre el rumbo
de mi vida, estaba de nuevo entre los míos, agradeciendo
a quienquiera que esté allá afuera observándonos, el que
nos permitiera regresar a casa con bien.
destiempos.com
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I Número 6
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