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selección 2005
Ulises Varsovia
(seudónimo) es chileno, de Valparaíso. Trabaja como docente de
español en la Universidad de St.Gallen, Suiza. Su poesía ha sido
publicada en más de 40 revistas de literatura de España,
Latinoamérica, Francia, EE.UU. y Canadá.Ha publicado, además: Der
Herbst in St. Gallen, en versión bilingüe; Tus náufragos,
Chile, Abasalena, Capitanía del Viento,
Canciones de Otoño, El Transeúnte de Barcelona, Alianza
(1977), La Catedral de San Gall, Aguas y Naufragios, Jinetes
nocturnos (1974), Cuando las blancas alas de la muerte, Máscaras
y Rostros, Aguas tumultuosas (1976), Domicilios I, Cólera de amar
(1977), Cítara, Madre oceánica, Lumbre y Centinela. Tiene
otros títulos inéditos.

Artesanías
Artesanías sonidos, murmullos,
vocablos,
fonemas, sílabas, rumor
de
piedras sonoras por el río
rodando,
quebrando, roturando
su áspero
idioma, haciéndolo canción,
haciéndolo cascada de notas
en la
partitura del aire temblor.
Bello el
día y sus sonoridades
desprendiéndose, iluminatorias,
áfonas,
fónicas, invertebradas,
desde
oquedades, planetas, gargantas,
desde
planicies, océanos, bosques,
herrerías,
volcanes, cascadas,
cataratas,
lluvias, tempestades,
astilleros y constelaciones.
Aquí
congregación de instrumentos,
aquí
congregación de rapsodas,
congregación de príncipes, dioses,
semidioses, bardos, monarcas,
héroes,
monjes, pastores, patriarcas,
sacerdotes y sobrevivientes,
aquí
congregación de númenes,
congregación de chispas azules
refulgiendo en la noche sagrada.
Artesanías templos y estrellas,
arquitecturas y oraculares
prodigios
escritos en el firmamento,
los
vaticinios de númenes astrales,
la
escritura ágrafa del universo.
Artesanías voces áfonas,
voces
apenas leves susurros
que sólo
nosotros versión al canto,
versión al
pneuma, al desgarro pítico,
al sonido
de apolíneas cuerdas.
Cantar
Oh cantar
por toda una eternidad,
oh
estallar de repente en sílabas
castalienses, saltar en millones
de
luciérnagas, briznas o chispas
de luz
astral, de luz intempestiva,
de luz
del mismo metal que la lira,
transformarme en una nebulosa
de
millones de notas del canto.
Oh dormirme
de pronto en mitad
del
canto, dormirme para siempre,
y quedar
para siempre despierto,
sentirme
declamar, extasiado,
refulgente de fulgor olímpico,
de fulgor
délfico, de fuego pítico.
Oh
rasguear y rasguear con mis dedos
el arpa
eólica, las finas cuerdas
interconectadas del firmamento,
el
inalámbrico instrumento acústico
tendido a
través de las estrellas,
comunicándolas en el universo.
Oh
sacudir la cabellera
de los
grandes bosques planetarios,
soplar
con mis labios en éxtasis
a través
de sus intersticios,
arrancarles melodía eólica,
melodía
silvestre, melodía.
Oh correr
cantando por los ríos,
correr
por el Nilo, por el Éufrates,
por el
Rin, el Támesis, el Tajo,
por el
Mississipi, el Bío-Bío,
por el
Ganges, por el Amazonas,
el
Danubio, el Dnieper, el Yan-Tse.
Oh
morirme de pronto, empuñando
la lira
con todas mis manos,
y dejar
mi numen temblando
en sus
cuerdas, sin extinguirse,
cantando
hasta el fin de los tiempos.
Ira
De un
grito derribar las torres,
de un
grito los grandes portones,
y entrar
a saco con mis maleantes,
entrar a
saco con mis secuaces,
romper,
hacer saltar en pedazos
los
códigos, las cajas fuertes,
los
seguros de los accesos,
las
cárceles, los campamentos,
los
cuarteles de policía.
Entrar a
saco profiriendo
amenazas,
gritos, vituperios,
acorralarlos a latinazgos
en
bibliotecas, en catedrales,
escuelas,
iglesias, academias,
ministerios y universidades.
Desvalijar los monasterios,
arrancarles su rico tesoro
de
inestimables obras de arte,
de
irreproducibles infolios,
penetrar
en el consistorio
a caballo,
enarbolando lanzas,
pisoteando títulos y apellidos.
De un
sólo grito profanatorio
hacer
temblar estatuas y altares,
columnas
de mármol, relicarios,
arquitrabes, sólidas murallas,
conmover
dinastías, palacios,
estirpes
reales, principados,
guardias
pretorianas, ejércitos,
sagrarios,
hostias, teofanías.
De un
grito, de iras entrelazadas,
de un
puño acústico retumbante
derribando murallas y naciones,
entrar a
saco con mis proscritos,
saquear
sus magníficas ciudades,
sus
bibliotecas riquísimas,
sus
catedrales de pórfiro.
Cabalgar
A lo
mejor cabalgar,
a lo
mejor perderme
en las
distancias terrestres,
internarme con mi caballo
por
estepas de aullidos,
por
praderas pastizales,
por las
pampas inarbóreas.
Dejar
atrás las ciudades,
dejar
atrás las usinas,
las
chimeneas, los hornos,
los
complejos industriales,
los
enormes asentamientos,
alejarme
con mi perro,
mi
cuchillo, mi arco, mis flechas,
acampar a
orillas de ríos,
dormir al
abrigo de los astros,
oír la noche
rondar en torno.
Cabalgar
con mi fiel caballo
por las
vírgenes serranías,
sentir el
aire besarme,
insuflarme su aliento puro,
su
inconmovible intemperie.
Alcanzar
los ventisqueros,
dejarme
azotar por los vientos,
estremecerme por la nieve,
marearme
por las alturas.
Internarme en las soledades
lejos de
toda huella humana,
lejos de
su metal impuro,
de sus
habitaciones cálidas,
de sus
corbatas y sus perfumes.
Y no
volver la vista atrás,
no
apiadarme de sus sollozos,
monarca y
súbdito de mi reino.
Perfume
Quien
haya escrito, quien haya
roto sus
sellos secretos,
destruído
sus códigos,
y vaya
por el idioma
con sus
perros de caza,
con sus
halcones de cetrería,
en pos de
las parábolas,
entremezclando fórmulas…
O haya
indagado en sí mismo,
haya
penetrado al sótano,
a sus
mazmorras nauseabundas
con una
pluma de paloma,
con un
amuleto de Eleusis,
y un niño
apenas vidente
reconociendo a ciegas,
nombrando
por los contornos.
Quien
haya impreso sus dedos,
sus
incisiones de cálamo,
y se haya
reconocido
en el
taciturno zagal,
en el
aprendiz de varón
oculto
tras los visillos,
ebrio de
perfume de mujer.
Por
cualquier comienzo la misma
puerta,
las mismas ventanas,
el mismo
zaguán con alguien
sentada
allí desde siempre,
imborrable de la memoria.
Haya,
entonces, testimoniado
la
escritura de los prófugos
asomado a
aquella ventana,
mirando
alejarse su sombra.
O
mirándola regresar,
y
buscarse entre las páginas,
buscarse
a ciegas, tactando,
turbio
aún de aquel perfume.
Caligrafía
De toda
tu miserable especie,
de todos
tus congéneres abyectos
marcados
por la mancha original,
tú el
peor, tú el más despreciable,
tú el que ni
atenuante ni perdón,
enredado en
tu caligrafía
de dementes,
insanos, desquiciados,
engendros y
otros seres nocturnos.
De tu
mano por cavernícolas
o por
bárbaros ágrafos guiada,
¿qué otra
letra, sino estos trazos
revueltos,
apenas legibles,
casi
indescifrables en su dolor?
Con ellos
por tu peculiar idioma,
por tu
dialecto desvinculado
de toda
reconocible lengua,
preanunciando el final de los tiempos,
vaticinando catástrofes, pestes,
el
regreso del hombre hacia el gusano.
¿La
maldición de Caín, tal vez,
o el
titubeo de Prometeo
llevando
el fuego a los mortales,
o tu
tribu la tribu de Babel
más cerca
del cielo, y más cerca
del
castigo ejemplar de Jehová?
Con ésta,
tu caligrafía
de
esperpénticos seres trazando
su
escritura con mano convulsa,
con esta
letra tu poesía,
con ella
tu demoníaco
dialecto
vaticinatorio,
tus
premoniciones infaustas,
tus
apotegmas sin solución.
Condiscípulos
Condiscípulos de la muerte
los de
nuestra camaradería,
oscilando
entre las cúspides
de
cordilleras y desvaríos.
Nada más
cerca de morir, nada
más cerca
de sucumbir que bajar
a las
profundidades del caos,
desde
donde nuestra memoria
de fárrago,
bruma y desorden.
A las
tabernas de los suburbios,
a las
tabernas de puertos sitos
en el
destino final de naves
sorteando
tormentas y arrecifes,
llenas de
rudos marineros
sin
nacionalidad ni origen,
a las
tascas de los bajos fondos,
a la
viril congregación
de
proscritos, tahúres, rufianes,
renegados
y mercenarios,
toda la
caterva del demonio.
Camaradas de
los tugurios,
en una sola
noche de invierno
dejar
correr el vino a raudales,
aspirar
el humo de las pipas
hasta
atiborrar los pulmones,
bailar la
endemoniada danza
de los hijos
de la desventura,
entonar los
aires gastados
y gastados
por tantas gargantas,
y burlar
a la policía
corriendo
por las callejuelas
oscuras
de muelles y suburbios,
hermanos
proscritos, renegados,
condiscípulos de la muerte.
Pesado carro
Pesado de
testimonios y viajes,
mi carro
hacia las seis de la tarde
en el
tardío otoño, rechinando.
A estas
horas ya la obscuridad,
y el
cuerpo que por vejaciones,
por
prisiones, escuelas, facultades,
el cuerpo
ya no tan erguido
ni los
ojos tanta claridad.
¿Qué
testimonios y qué viajes,
qué tanta
pesadumbre encima
de tus
ojos, auriga cansado
sobre el
pescante de tu viejo carro?
Con todas
tus fuerzas empujando,
moviendo
las ruedas a pulso
en la
tortuosidad del camino,
hacia las
seis del atardecer,
viajero,
tal vez aquí el final,
tal vez
hasta aquí tu camino
con tu
carro pesado de vida,¨
pesado de
tanto no llegar.
Una
vuelta más, sin embargo,
un recodo
hacia el cercano invierno,
para que
tu reloj las siete,
las ocho,
las ánimas, la iglesia,
el
cementerio, el sueño final.
Huellas
Huellas
de patas prófugas
sobre la
nieve fresca,
huellas
de algún animal
nocturno
acercándose
a estoy
parajes perdidos
en las
desorientaciones
de la
geografía,
perdidos
en la memoria
de
ancianos anacoretas
que nunca
más de aquí con vida,
perdidos
en el camuflaje
de mi
persona escondida
bajo
disfraces y máscaras.
Huellas
de patas de ánimas
merodeando por mis pagos,
donde
hasta la misma nieve
apenas su
esquiva presencia
de
celadora del frío,
apenas su
delgada capa
de
impoluta cristalería.
Huellas
de visitantes
nocturnos
aproximándose
y huyendo,
reconociendo
el
terreno en torno a mi casa,
y
prorrumpiendo en aullidos,
como si
éste el nefasto bastión
de
criaturas nefastas,
malditamente marcadas,
y sólo
las furtivas trazas
de
alimañas nocturnas,
su
tarjeta de visita
en estos
lóbregos parajes
perdidos en
la geografía.
Contertulio
Hasta mi
guarida en el invierno
los pasos
fantasmales de alguien
parecido
a mi presencia
de remoto
contertulio,
o a mi
cercana ausencia
esfumándose hacia lo lejos,
dejando
una estela de humo.
Alguien
con su equipaje
de pie
delante de mí
con su
secreto mensaje,
moviendo
desesperadamente
sus labios,
su boca atrapada
en la mudez
del náufrago,
en la más
pura desolación.
No le
reconozcáis, hijos,
no abráis
vuestra morada
a los
fatídicos mensajes
de uno
que desde lejos,
o desde
ninguna parte,
extraviado ya en el olvido.
Mirad su
semblante de niebla,
mirad sus
pálidas manos
queriendo
apretar las vuestras,
frías
como la muerte,
huesudas
y cadavéricas.
Nadie ha
llegado hasta aquí,
nadie ha
seguido tus huellas
inconfundibles hasta el invierno,
ni de pie
frente a tu puerta
moviendo sus
callados labios.
En tu
inaccesible guarida
junto a
los tuyos, los otros,
los
mismos y los diferentes,
esperando
las noticias
de alguien
que nunca llegar,
de alguien
anclado ya en el olvido.
Idioma
Pura,
salvaje, intocada
materia
del decir, tú, idioma,
gestado
por siglos y milenios,
por
cientos de millones de labios
y de
plumas picando en tus canteras,
arrancándote inflexión y acento,
haciendo
de ti conducto plástico,
mármol
del cincel de la poesía,
y cada
día rejuvenecido,
cada día
poniendo en mis manos
tu tesoro
lúdico inagotable,
tu caudal
de impetuosas aguas
arrastrando mi voz hacia el canto.
Como el
ave Fénix quemándote,
inmolando
tu materia sacra
en la
gran hoguera de la creación,
hasta
consumir tus recursos
quedando
de ti sólo cenizas,
y hoy
nuevamente tu vuelo triunfal,
hoy
nuevamente tu madera pura
ardiendo
en mis dedos, haciéndose
callada
música en la partitura
de los
alfabetos en éxtasis.
Perdure
tu caudal sagrado,
perdure
tu materia olímpica
desgastándose y renovándose
como el
Fénix de sus cenizas,
perdure,
idioma, tu plasticidad
inmolándose en la creación,
para
renacer puro, intocado,
brioso,
salvaje, como un torrente
arrastrando sin fin nuestro canto.
Sentido
Tal vez
todo tenga sentido,
tal vez
el incesante deambular
alrededor
de mi mismidad,
buscando
allí la clave secreta,
tenga
sentido, y encuentre la llave
para
salir y respirar hondo,
respirar
el aire de la libertad.
O tal vez
nada tenga sentido,
tal vez
lo que busco llorando
interrogando mi mismidad,
no sea,
no esté, no haya existido,
no se
encuentre ni dentro de mí,
ni fuera, ni
en ninguna parte,
y nunca
respiraré el aire
de la
fresca, sonora libertad.
O llevo
mi libertad conmigo,
enredada
con mi cautividad.
Poción
del sueño
Estremecedora melodía
de viejos
instrumentos sonando
dentro de
mí, incesantemente,
conmoviendo mis más íntimas cuerdas,
como si
mi interior dominio,
ámbito de
jóvenes doncellas
de pies
trepidantes en la danza.
Es un
estremecimiento en olas,
es una
oleada de notas
penetrando por todos mis poros,
haciendo
de mí una bóveda
donde
suena y resuena el ritmo
de viejos
instrumentos vibrando,
arrastrando todos mis sentidos
a la
profundidad del éxtasis.
Moriré de
placer escuchándoos,
estallará
mi interior de júbilo,
saltará
en notas mi existencia,
y alegres
doncellas me reunirán
y me
llevarán, gráciles, consigo
a una
región de dorados pastos,
de rubias
espigas danzando.
A que mis
sentidos capitulen,
a que
todo de lo que consisto
salte al
escenario campestre
y dance
de júbilo hasta el frenesí,
hasta caer
en trance, en éxtasis,
en un
deliquio de radiantes flores
embriagadas en su propio aroma.
Estremecedora melodía,
oleada de
mágicos sonidos
transportándome al reino olímpico,
suene,
suene tu poción del sueño
destilada
de viejos instrumentos.
Partir
Obscuridad partir de noche,
partir a
mis lares nuevamente
llevándome todo conmigo,
mi morral,
mis piedras, mis cuadernos,
mis
castañas y mis amapolas.
Partir,
partir otra vez de noche
a mis
pagos, a mi terruño
al otro
lado del planeta,
y llevar
conmigo mis bártulos,
mi talismán
y mi poesía.
Al
atardecer ya consumado,
desde
estas orillas brumosas,
reunido
en torno a mis piedras,
ponerme
en camino, salir, zarpar,
navegar
otra vez las Simplégadas,
las islas,
las Columnas de Hércules,
el océano
voluminoso.
¿Quién en
las playas de rubias arenas,
quién
oteando desde los cerros,
quién
haciendo señales, quiénes
esperándome en los mares patrios?
Oh partir,
partir, partir otra vez,
salir
desde aquí al anochecer
con mi
barca cargada de sueños,
pasar el
país de los lotófagos,
la isla
de Circe, la de Calipso,
la de los
enormes Cíclopes,
y tocar
con la quilla las orillas
patrias,
las playas con ágatas,
arribar a
la ciudad costera
abierta
para mí en abanico,
llena de
gargantas saludándome.
Obscuridad partir de noche,
partir a
mis lares nuevamente.
Para estas navidades
Para
estas navidades, Claire,
para
estas navidades pausa,
el árbol,
la solemnidad,
los
villancicos, la nieve,
los leños en
la chimenea,
el beso,
la copa de champán.
La cena en
la noche nevada
con las
velas encendidas,
los
ventanales callados,
la
guitarra silenciosa,
tu mirada,
el pan del amor.
Para
estas navidades, Claire,
para esta
navidad silencio,
regreso a
José y los pastores,
María, el
Niño, las cabras,
la noche
y el establo de Belén.
Misión
Sólo para
cantar una vez,
sólo para
hacer este poema
y
repetirlo miles de veces,
has
venido al mundo, hijo.
Has
venido a la vida a cantar,
pero sólo
a cantar una vez:
en tu más
profunda caída,
en tu más
trémulo día,
en tu
momento de mayor unción:
deja
correr tu pluma, hijo,
deja tu
mano deslizarse
para
cumplir el mandato,
para
escribir este poema.
Pues para
cantar, hijo mío,
para
edificar un himno
y
repetirlo miles de veces
has
venido a la vida.
destiempos.com
I
Año 1
I Número
6
I
2007 ©
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