México, Distrito Federal I Enero -Febero 2007 I Año 1 I Número 6

 









 

 

selección 2005

Ulises Varsovia (seudónimo) es chileno, de Valparaíso. Trabaja como docente de español en la Universidad de St.Gallen, Suiza. Su poesía ha sido publicada en más de 40 revistas de literatura de España, Latinoamérica, Francia, EE.UU. y Canadá.Ha publicado, además: Der Herbst in St. Gallen, en versión bilingüe; Tus náufragos, Chile, Abasalena, Capitanía del Viento, Canciones de Otoño, El Transeúnte de Barcelona, Alianza (1977), La Catedral de San Gall, Aguas y Naufragios, Jinetes nocturnos (1974), Cuando las blancas alas de la muerte, Máscaras y Rostros, Aguas tumultuosas (1976), Domicilios I, Cólera de amar (1977), Cítara, Madre oceánica, Lumbre y Centinela. Tiene otros títulos inéditos.

Artesanías

 

Artesanías sonidos, murmullos,

vocablos, fonemas, sílabas, rumor

de piedras sonoras por el río

rodando, quebrando, roturando

su áspero idioma, haciéndolo canción,

haciéndolo cascada de notas

en la partitura del aire temblor.

 

Bello el día y sus sonoridades

desprendiéndose, iluminatorias,

áfonas, fónicas, invertebradas,

desde oquedades, planetas, gargantas,

desde planicies, océanos, bosques,

herrerías, volcanes, cascadas,

cataratas, lluvias, tempestades,

astilleros y constelaciones.

 

Aquí congregación de instrumentos,

aquí congregación de rapsodas,

congregación de príncipes, dioses,

semidioses, bardos, monarcas,

héroes, monjes, pastores, patriarcas,

sacerdotes y sobrevivientes,

 

aquí congregación de númenes,

congregación de chispas azules

refulgiendo en la noche sagrada.

 

Artesanías templos y estrellas,

arquitecturas y oraculares

prodigios escritos en el firmamento,

los vaticinios de númenes astrales,

la escritura ágrafa del universo.

 

Artesanías voces áfonas,

voces apenas leves susurros

que sólo nosotros versión al canto,

versión al pneuma, al desgarro pítico,

al sonido de apolíneas cuerdas.

  

Cantar

 

Oh cantar por toda una eternidad,

oh estallar de repente en sílabas

castalienses, saltar en millones

de luciérnagas, briznas o chispas

de luz astral, de luz intempestiva,

de luz  del mismo metal que la lira,

transformarme en una nebulosa

de millones de notas del canto.

 

Oh dormirme de pronto en mitad

del canto, dormirme para siempre,

y quedar para siempre despierto,

sentirme declamar, extasiado,

refulgente de fulgor olímpico,

de fulgor délfico, de fuego pítico.

 

Oh rasguear y rasguear con mis dedos

el arpa eólica, las finas cuerdas

interconectadas del firmamento,

el inalámbrico instrumento acústico

tendido a través de las estrellas,

comunicándolas en el universo.

 

Oh sacudir la cabellera

de los grandes bosques planetarios,

soplar con mis labios en éxtasis

a través de sus intersticios,

arrancarles melodía eólica,

melodía silvestre, melodía.

 

Oh correr cantando por los ríos,

correr por el Nilo, por el Éufrates,

por el Rin, el Támesis, el Tajo,

por el Mississipi, el Bío-Bío,

por el Ganges, por el Amazonas,

el Danubio, el Dnieper, el Yan-Tse.

 

Oh morirme de pronto, empuñando

la lira con todas  mis manos,

y dejar mi numen temblando

en sus cuerdas, sin extinguirse,

cantando hasta el fin de los tiempos.

  

Ira

 

De un grito derribar las torres,

de un grito los grandes portones,

y entrar a saco con mis maleantes,

entrar a saco con mis secuaces,

romper, hacer saltar en pedazos

los códigos, las cajas fuertes,

los seguros de los accesos,

las cárceles, los campamentos,

los cuarteles de policía.

 

Entrar a saco profiriendo

amenazas, gritos, vituperios,

acorralarlos a latinazgos

en bibliotecas, en catedrales,

escuelas, iglesias, academias,

ministerios y universidades.

 

Desvalijar los monasterios,

arrancarles su rico tesoro

de inestimables obras de arte,

de irreproducibles infolios,

penetrar en el consistorio

a caballo, enarbolando lanzas,

pisoteando títulos y apellidos.

 

De un sólo grito profanatorio

hacer temblar estatuas y altares,

columnas de mármol, relicarios,

arquitrabes, sólidas murallas,

 

conmover dinastías, palacios,

estirpes reales, principados,

guardias pretorianas, ejércitos,

sagrarios, hostias, teofanías.

 

De un grito, de iras entrelazadas,

de un puño acústico retumbante

derribando murallas y naciones,

entrar a saco con mis proscritos,

saquear sus magníficas ciudades,

sus bibliotecas riquísimas,

sus catedrales de pórfiro.

  

Cabalgar

 

A lo mejor cabalgar,

a lo mejor perderme

en las distancias terrestres,

internarme con mi caballo

por estepas de aullidos,

por praderas pastizales,

por las pampas inarbóreas.

 

Dejar atrás las ciudades,

dejar atrás las usinas,

las chimeneas, los hornos,

los complejos industriales,

los enormes asentamientos,

 

alejarme con mi perro,

mi cuchillo, mi arco, mis flechas,

acampar a orillas de ríos,

dormir al abrigo de los astros,

oír la noche rondar en torno.

 

Cabalgar con mi fiel caballo

por las vírgenes serranías,

sentir el aire besarme,

insuflarme su aliento puro,

su inconmovible intemperie.

 

Alcanzar los ventisqueros,

dejarme azotar por los vientos,

estremecerme por la nieve,

marearme por las alturas.

 

Internarme en las soledades

lejos de toda huella humana,

lejos de su metal impuro,

de sus habitaciones cálidas,

de sus corbatas y sus perfumes.

 

Y no volver la vista atrás,

no apiadarme de sus sollozos,

monarca y súbdito de mi reino.

  

Perfume

 

Quien haya escrito, quien haya

roto sus sellos secretos,

destruído sus códigos,

y vaya por el idioma

con sus perros de caza,

con sus halcones de cetrería,

en pos de las parábolas,

entremezclando fórmulas…

 

O haya indagado en sí mismo,

haya penetrado al sótano,

a sus mazmorras nauseabundas

con una pluma de paloma,

con un amuleto de Eleusis,

y un niño apenas vidente

reconociendo a ciegas,

nombrando por los contornos.

 

Quien haya impreso sus dedos,

sus incisiones de cálamo,

y se haya reconocido

en el taciturno zagal,

en el aprendiz de varón

oculto tras los visillos,

ebrio de perfume de mujer.

 

Por cualquier comienzo la misma

puerta, las mismas ventanas,

el mismo zaguán con alguien

sentada allí desde siempre,

imborrable de la memoria.

 

Haya, entonces, testimoniado

la escritura de los prófugos

asomado a aquella ventana,

mirando alejarse su sombra.

 

O mirándola regresar,

y buscarse entre las páginas,

buscarse a ciegas, tactando,

turbio aún de aquel perfume.

  

Caligrafía

 

De toda tu miserable especie,

de todos tus congéneres abyectos

marcados por la mancha original,

tú el peor, tú el más despreciable,

tú el que ni atenuante ni perdón,

enredado en tu caligrafía

de dementes, insanos, desquiciados,

engendros y otros seres nocturnos.

 

De tu mano por cavernícolas

o por bárbaros ágrafos guiada,

¿qué otra letra, sino estos trazos

revueltos, apenas legibles,

casi indescifrables en su dolor?

 

Con ellos por tu peculiar idioma,

por tu dialecto desvinculado

de toda reconocible lengua,

preanunciando el final de los tiempos,

vaticinando catástrofes, pestes,

el regreso del hombre hacia el gusano.

                                                              

¿La maldición de Caín, tal vez,

o el titubeo de Prometeo

llevando el fuego a los mortales,

o tu tribu la tribu de Babel

más cerca del cielo, y más cerca

del castigo ejemplar de Jehová?

 

Con ésta, tu caligrafía

de esperpénticos seres trazando

su escritura con mano convulsa,

 

con esta letra tu poesía,

con ella tu demoníaco

dialecto vaticinatorio,

tus premoniciones infaustas,

tus apotegmas sin solución.

  

Condiscípulos

 

Condiscípulos de la muerte

los de nuestra camaradería,

oscilando entre las cúspides

de cordilleras y desvaríos.

 

Nada más cerca de morir, nada

más cerca de sucumbir que bajar

a las profundidades del caos,

desde donde nuestra memoria

de fárrago, bruma y desorden.

 

A las tabernas de los suburbios,

a las tabernas de puertos sitos

en el destino final de naves

sorteando tormentas y arrecifes,

llenas de rudos marineros

sin nacionalidad ni origen,

 

a las tascas de los bajos fondos,

a la viril congregación

de proscritos, tahúres, rufianes,

renegados y mercenarios,

toda la caterva del demonio.

 

Camaradas de los tugurios,

en una sola noche de invierno

dejar correr el vino a raudales,

aspirar el humo de las pipas

hasta atiborrar los pulmones,

bailar la endemoniada danza

de los hijos de la desventura,

entonar los aires gastados

y gastados por tantas gargantas,

 

y burlar a la policía

corriendo por las callejuelas

oscuras de muelles y suburbios,

hermanos proscritos, renegados,

condiscípulos de la muerte.

 

Pesado carro

 

Pesado de testimonios y viajes,

mi carro hacia las seis de la tarde

en el tardío otoño, rechinando.

 

A estas horas ya la obscuridad,

y el cuerpo que por vejaciones,

por prisiones, escuelas, facultades,

el cuerpo ya no tan erguido

ni los ojos tanta claridad.

 

¿Qué testimonios y qué viajes,

qué tanta pesadumbre encima

de tus ojos, auriga cansado

sobre el pescante de tu viejo carro?

 

Con todas tus fuerzas empujando,

moviendo las ruedas a pulso

en la tortuosidad del camino,

hacia las seis del atardecer,

 

viajero, tal vez aquí el final,

tal vez hasta aquí tu camino

con tu carro pesado de vida,¨

pesado de tanto no llegar.

 

Una vuelta más, sin embargo,

un recodo hacia el cercano invierno,

para que tu reloj las siete,

las ocho, las ánimas, la iglesia,

el cementerio, el sueño final.

  

Huellas

 

Huellas de patas prófugas

sobre la nieve fresca,

huellas de algún animal

nocturno acercándose

a estoy parajes perdidos

en las desorientaciones

de la geografía,

 

perdidos en la memoria

de ancianos anacoretas

que nunca más de aquí con vida,

 

perdidos en el camuflaje

de mi persona escondida

bajo disfraces y máscaras.

 

Huellas de patas de ánimas

merodeando por mis pagos,

donde hasta la misma nieve

apenas su esquiva presencia

de celadora del frío,

apenas su delgada capa

de impoluta cristalería.

 

Huellas de visitantes

nocturnos aproximándose

y huyendo, reconociendo

el terreno en torno a mi casa,

y prorrumpiendo en aullidos,

como si éste el nefasto bastión

de criaturas nefastas,

malditamente marcadas,

 

y sólo las furtivas trazas

de alimañas nocturnas,

su tarjeta de visita

en estos lóbregos parajes

perdidos en la geografía.

  

Contertulio

 

Hasta mi guarida en el invierno

los pasos fantasmales de alguien

parecido a mi presencia

de remoto contertulio,

o a mi cercana ausencia

esfumándose hacia lo lejos,

dejando una estela de humo.

 

Alguien con su equipaje

de pie delante de mí

con su secreto mensaje,

moviendo desesperadamente

sus labios, su boca atrapada

en la mudez del náufrago,

en la más pura desolación.

 

No le reconozcáis, hijos,

no abráis vuestra morada

a los fatídicos mensajes

de uno que desde lejos,

o desde ninguna parte,

extraviado ya en el olvido.

 

Mirad su semblante de niebla,

mirad sus pálidas manos

queriendo apretar las vuestras,

frías como la muerte,

huesudas y cadavéricas.

 

Nadie ha llegado hasta aquí,

nadie ha seguido tus huellas

inconfundibles hasta el invierno,

ni de pie frente a tu puerta

moviendo sus callados labios.

 

En tu inaccesible guarida

junto a los tuyos, los otros,

los mismos y los diferentes,

esperando las noticias

de alguien que nunca llegar,

de alguien anclado ya en el olvido.

  

Idioma

 

Pura, salvaje, intocada

materia del decir, tú, idioma,

gestado por siglos y milenios,

por cientos de millones de labios

y de plumas picando en tus canteras,

arrancándote inflexión y acento,

haciendo de ti conducto plástico,

mármol del cincel de la poesía,

 

y cada día rejuvenecido,

cada día poniendo en mis manos

tu tesoro lúdico inagotable,

tu caudal de impetuosas aguas

arrastrando mi voz hacia el canto.

 

Como el ave Fénix quemándote,

inmolando tu materia sacra

en la gran hoguera de la creación,

hasta consumir tus recursos

quedando de ti sólo cenizas,

 

y hoy nuevamente tu vuelo triunfal,

hoy nuevamente tu madera pura

ardiendo en mis dedos, haciéndose

callada música en la partitura

de los alfabetos en éxtasis.

 

Perdure tu caudal sagrado, 

 perdure tu materia olímpica

desgastándose y renovándose

como el Fénix de sus cenizas,

 

perdure, idioma, tu plasticidad

inmolándose en la creación,

para renacer puro, intocado,

brioso, salvaje, como un torrente

arrastrando sin fin nuestro canto.

  

Sentido

 

Tal vez todo tenga sentido,

tal vez el incesante deambular

alrededor de mi mismidad,

buscando allí la clave secreta,

tenga sentido, y encuentre la llave

para salir y respirar hondo,

respirar el aire de la libertad.

 

O tal vez  nada tenga sentido,

tal vez lo que busco llorando

interrogando mi mismidad,

no sea, no esté, no haya existido,

no se encuentre ni dentro de mí,

ni fuera, ni en ninguna parte,

y nunca respiraré el aire

de la fresca, sonora libertad.

 

O llevo mi libertad conmigo,

enredada con mi cautividad.

  

Poción del sueño

 

Estremecedora melodía

de viejos instrumentos sonando

dentro de mí, incesantemente,

conmoviendo mis más íntimas cuerdas,

como si mi interior dominio,

ámbito de jóvenes doncellas

de pies trepidantes en la danza.

 

Es un estremecimiento en olas,

es una oleada de notas

penetrando por todos mis poros,

haciendo de mí una bóveda

donde suena y resuena el ritmo

de viejos instrumentos vibrando,

arrastrando todos mis sentidos

a la profundidad del éxtasis.

 

Moriré de placer escuchándoos,

estallará mi interior de júbilo,

saltará en notas mi existencia,

y alegres doncellas me reunirán

y me llevarán, gráciles, consigo

a una región de dorados pastos,

de rubias espigas danzando.

 

A que mis sentidos capitulen,

a que todo de lo que consisto

salte al escenario campestre

y dance de júbilo hasta el frenesí,

hasta caer en trance, en éxtasis,

en un deliquio de radiantes flores

embriagadas en su propio aroma.

 

Estremecedora melodía,

oleada de mágicos sonidos

transportándome al reino olímpico,

suene, suene tu poción del sueño

destilada de viejos instrumentos.

  

Partir

 

Obscuridad partir de noche,

partir a mis lares nuevamente

llevándome todo conmigo,

mi morral, mis piedras, mis cuadernos,

mis castañas y mis amapolas.

 

Partir, partir otra vez de noche

a mis pagos, a mi terruño

al otro lado del planeta,

y llevar conmigo mis bártulos,

mi talismán y mi poesía.

 

Al atardecer ya consumado,

desde estas orillas brumosas,

reunido en torno a mis piedras,

ponerme en camino, salir, zarpar,

navegar otra vez las Simplégadas,

las islas, las Columnas de Hércules,

el océano voluminoso.

 

¿Quién en las playas de rubias arenas,

quién oteando desde los cerros,

quién haciendo señales, quiénes

esperándome en los mares patrios?

 

Oh partir, partir, partir otra vez,

salir desde aquí al anochecer

con mi barca cargada de sueños,

pasar el país de los lotófagos,

la isla de Circe, la de Calipso,

la de los enormes Cíclopes,

 

y tocar con la quilla las orillas

patrias, las playas con ágatas,

arribar a la ciudad costera

abierta para mí en abanico,

llena de gargantas saludándome.

 

Obscuridad partir de noche,

partir a mis lares nuevamente.

  

Para estas navidades

 

Para estas navidades, Claire,

para estas navidades pausa,

el árbol, la solemnidad,

los villancicos, la nieve,

los leños en la chimenea,

el beso, la copa de champán.

 

La cena en la noche nevada

con las velas encendidas,

los ventanales callados,

la guitarra silenciosa,

tu mirada, el pan del amor.

 

Para estas navidades, Claire,

para esta navidad silencio,

regreso a José y los pastores,

María, el Niño, las cabras,

la noche y el establo de Belén.

 

 Misión

 

Sólo para cantar una vez,

sólo para hacer este poema

y repetirlo miles de veces,

has venido al mundo, hijo.

 

Has venido a la vida a cantar,

pero sólo a cantar una vez:

en tu más profunda caída,

en tu más trémulo día,

en tu momento de mayor unción:

 

deja correr tu pluma, hijo,

deja tu mano deslizarse

para cumplir el mandato,

para escribir este poema.

 

Pues para cantar, hijo mío,

para edificar un himno

y repetirlo miles de veces

has venido a la vida.

 

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